Las Crónicas de El Gráfico

Más que mil palabras (sobre Pierre-Emerick Aubameyang): la caída

Por Martín Mazur · 14 de febrero de 2013

La sobredosis de marketing, una receta con dudosas probabilidades de éxito, aún cosecha seguidores. Un texto de Martín Mazur.

 Nota publicada en la edición de febrero de 2013 de El Gráfico

DE CABEZA Y PATAS para arriba. Los pies bien lejos del piso. Y de la Tierra.

Pierre-Emerick Aubameyang juega en el Saint-Etienne. Tiene 8 goles en la temporada francesa, uno de los cuales lo llevó al festejo antigravitacional de la foto. Pero en esta imagen, salvo ese gol, en realidad no hay nada para festejar.

Este francés que representa a la selección de Gabón había metido 16 en el campeonato pasado. No fueron suficientes para lograr una gran transferencia, como sí le pasó a Olivier Giroud (21 goles, del Montpellier pasó al Arsenal en 15 millones de euros) y Eden Hazard (20, se fue del Lille al Chelsea por 40 millones).
Interesado en mejorar su estatus a nivel marketing, desde hace tiempo Aubameyang se volcó hacia otro camino: el de llamar permanentemente la atención.

Antes del partido con el Lyon, salió a calentar en el campo de juego con unos botines que brillaban demasiado. Luego se conoció que eran una auténtica obra de orfebrería: tenían incrustados más de cuatro mil cristales de Swarovski, que reproducían fielmente la pipa de Nike, el número 7, sus iniciales y la versión corta de su nombre más el escudo de su club.

Los botines de Aubameyang costaron poco más de tres mil euros, seguramente una ganga para los ingresos de cualquier futbolista profesional en Europa.

Los zapatitos de cristal quizás podrían haberle servido para jugar, pero seguramente el desliz iba a acarrearle un serio problema contractual. Los usó por menos de 10 minutos, los suficientes para poder pasearse y que todos los vieran durante la entrada en calor. No contento con eso, también los llevó al entrenamiento semanal, para mostrárselos a los periodistas y entrar en detalles. Que los hizo la joyería Orravan, de París. Que llevaron 50 horas de trabajo. Que son absolutamente únicos. Los más únicos de los únicos.

Los tenía desde la última Copa de Africa, de la que se despidió en cuartos de final tras errar el penal decisivo. Y de vuelta a las vitrinas.




AUBAMEYANG HIZO PARTE de las inferiores en el Milan, pero desarrolló toda su carrera en Francia. Fue prestado al Dijon, después al Lyon, más tarde al Monaco y por último al Saint-Etienne, el club que finalmente se decidió a comprarlo en un millón de euros. Para el paradigma actual, para transformarse en ese global icon que sueña ser, a Aubameyang ya se le pasó el tren. No quiere decir que todo esté perdido ni mucho menos, al contrario. Jugadores como Luca Toni o Hernán Barcos (ver Fiebre argentina) podrían dar fe del valor de pensar que con trabajo nunca es tarde para cumplir sueños, y de que en todo caso era el mundo el que había vivido equivocado.

Pero Aubameyang está mucho más cerca de ser un personaje más del libro de Fontanarrosa que de transformarse en un ícono de la autosuperación. Su proclividad al exceso constante lo sitúan en la frontera del ridículo.

Posee el único Aston Martin del mundo de color verde manzana. Un auto de doscientos mil dólares pintado de flúo.

Otro dato más para adornar su wikipedia. Palabras que, a la hora de sumar, ocupan el mismo (o más) espacio que decir que ganó un Balón de Oro, o que fue elegido el jugador africano del año… Pero si algo de eso sucediera, difícilmente será con el perfil actual activado.

El espíritu competitivo no está en presumir con los botines más caros del mundo, sino en que surja un gesto como el de Messi, que se va de un partido pegándole un puñetazo a su otra mano, porque acaba de errar el tiro libre que habría significado el triunfo sobre la hora. Fue ante el Málaga, en la misma noche en la que había presentado sus cuatro Balones de Oro, con menos pompa que la que usó Aubameyang para mostrar sus botines de cristal.




EN ESTOS AÑOS de carrera, el francés se detuvo en todas las paradas posibles para fortalecer su necesidad de llamar la atención. ¿Cortes de pelos? Ya los tuvo todos. ¿Festejos? Un manual que incluye desde al Hombre Araña (con careta y todo), bailes de Michael Jackson y, por supuesto, las cabriolas de ocasión.

Faustino Asprilla, Obafemi Martins y hasta Fabián Monzón se animaron a hacerlas, como también Sergio Ramos, más tarde apercibido por el presidente del Real Madrid, Ramón Calderón. El riesgo de una lesión en esos casos es inminente.

“No sabía que me quería el Manchester United. Pero si es así, es porque algo estaré haciendo”, dijo Aubameyang unos días después del episodio Swarovski. Si hay un técnico que no lo comprará es Alex Ferguson, salvo que en el pase se incluya algún bypass en parte de pago. La metamorfosis de Beckham en el Spice Boy se lleva buena parte de la autobiografía de Sir Alex. Pero ¿por qué, aunque sea, el mundo no se obsesiona con Aubameyang como sí lo hizo con Beckham?




“PARA HACERSE DE UNA posición en el mundo, uno debe hacer todo lo posible para hacer creer que ya la tiene”. Lo podría haber dicho cualquier representante de jugadores, pero la cita tiene más de 400 años y es de François de la Rochefoucauld, escritor y eminente crítico de las apariencias de mérito.

Decidido a ingresar en el club de Cristiano Ronaldo, Balotelli y Neymar –sin importarle si futbolísticamente está o no a la altura de ellos– cabe reconocer que llegado a un punto, en casos como los de Aubameyang no hay mucho más para hacer. ¿Cómo se imita a Messi sin ser Messi? ¿A Del Piero sin jugar como Del Piero? ¿O a Pirlo, Zanetti y Henry?

Es más fácil probar con lo que puede imitarse. Peinados. Festejos. Excentricidades.

La fachada puede ser genial, pero si adentro no hay sustancia, todo se remite a una carcasa rellena de telgopor. En ese caso, mejor que levantar el perfil conviene trabajar en busca de una alternativa más sustanciosa para salir del rebaño. Todo lo demás son cabriolas, para terminar de cabeza, patas para arriba y con el piso como destino seguro. Se le llama caída libre.

Por Martín Mazur

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