Las Crónicas de El Gráfico

"El túnel del tiempo", un texto de Eduardo Sacheri

Por Redacción EG · 18 de julio de 2011

A partir de la edición de enero, el prestigioso escritor argentino se incorporó a la revista con columnas exclusivas. Autor de múltiples cuentos y varias novelas, entre ellas la que apuntaló el Oscar ganado por "El secreto de sus ojos".

Nota publicada en la edición junio 2011 de la Revista El Gráfico

EDUARDO SACHERI es autor de varios libros de cuentos ("Esperando a Tito", "Te conozco Mendizábal", "Lo raro empezó después") y novelas como "Aráoz y la verdad" y "La pregunta de sus ojos".EDUARDO SACHERI es autor de varios libros de cuentos ("Esperando a Tito", "Te conozco Mendizábal", "Lo raro empezó después") y novelas como "Aráoz y la verdad" y "La pregunta de sus ojos".

Cuando era chico había una serie que se llamaba “El túnel del tiempo”. Los protagonistas eran dos muchachos jóvenes que, como parte de un experimento científico que salía medio bien y medio mal, habían quedado sueltos, a la deriva, en el pasado. Como había salido medio bien, estos dos tipos podían seguir ahí, vivitos y coleando. Como había salido medio mal, los científicos responsables del proyecto (una especie de NASA para viajes inter-temporales) no conseguían traerlos de nuevo al presente, y lo único que lograban era pasearlos de aquí para allá a través de distintos acontecimientos históricos, desde el hundimiento del Titanic hasta el circo romano; desde las Cruzadas, al Egipto de los faraones.

Después de mi niñez, nunca volví a ver esa serie. Supongo que si la viese ahora me pasaría lo mismo que con otras: me desencantaría su lentitud, cierta candidez, una insanable ingenuidad en la trama de los capítulos. Recuerdo que cada emisión terminaba justo en el instante siguiente a que los dos muchachitos consiguieran conjurar un gravísimo peligro para la Humanidad –o para los Estados Unidos de América, que para los autores de la serie era, seguramente, sinónimo de la Humanidad-. En ese momento, sin tiempo para risas o felicitaciones, el equipo de científicos que estaban en nuestra época –una doctora muy linda que a mí me parecía odontóloga como mi mamá, un doctor peladito y narigón, entre otros- los sacaban de ahí para tirarlos de cabeza en otro embrollo histórico de proporciones. Y hasta el siguiente capítulo.

Muy a menudo, al irme a dormir, yo fantaseaba con tener acceso, alguna vez, a esa máquina del tiempo. Pero yo no la quería para ir al pasado a resolver entuertos históricos. Yo la quería para viajar al futuro inmediato del lunes siguiente, o del otro, o del otro, para enterarme de los resultados de la fecha del fútbol argentino, volver al punto de partida, jugar la boleta correspondiente y ganar el Prode.

Lo tenía todo calculado. Iba a necesitar esa máquina unas cuantas veces, porque no pensaba ganar un domingo cualquiera. No, señor. A veces, el Prode lo acertaba cualquier cantidad de apostadores, y yo no pensaba malgastar semejante emprendimiento para sacar en limpio algunas chirolas. No, señor. Yo recabaría los datos de una fecha sin ganadores, y ese sería mi gran triunfo. Como tenía ocho años, no podía apostar con mi propio nombre. No importaba. La haría a nombre de mi papá. Mejor todavía: que el nombre de Héctor Ricardo Sacheri, el más grande de mis héroes, recorriera los titulares de los diarios, me parecía un homenaje tan inesperado como merecido.

Mientras me entraba el sueño iba construyendo los detalles. Todos los domingos, después de comer, mi papá se sentaba a la mesa del comedor a fumar y a escuchar los partidos. Mataba el tiempo dibujando unos planitos a mano alzada con la reforma que planeaba hacer en mi casa, para ampliarla.

A mí me fascinaba acompañarlo, aprender a interpretar las líneas como paredes, los segmentos como aberturas, los cuartos de círculo como puertas que se abrían. “Este va a ser tu dormitorio”, me explicaba, “acá el de Sergio, acá el de Alejandra, allá el nuestro”, marcaba con dedo índice manchado de nicotina. Me estaba permitido sugerir, preguntar, quejarme de las cosas que no me gustaban. No había problema. Mi papá remendaba según mis requerimientos, o cambiaba la hoja y empezaba con un diseño nuevo. Y mientras tanto, en segundo plano, oíamos los partidos. Cuando las conexiones avisaban de un gol, mi papá echaba mano a la boleta de Prode que usaba como borrador y anotaba un palito al lado del equipo correspondiente.

Al final, pasaba en limpio la boleta con los locales, empates y visitantes, y la comparaba con la que él había jugado en la semana. Por último, como si se tratara de una evaluación de la escuela y él fuera, a la vez, alumno y profesor, circulaba el número de aciertos como si fuese su calificación. Rara vez alcanzaba los siete u ocho puntos. Y la mayoría de las veces sabía desde el día anterior, por los resultados del fútbol del ascenso, que debería transcurrir otra semana, por lo menos, antes de volverse millonario.

Yo, que me sabía al dedillo cada uno de esos gestos, podía anticiparme con exactitud a la tarde de nuestro triunfo. Una vez que me tomase de ida y vuelta la máquina del tiempo, iba a encararlo a mi viejo a más tardar el miércoles de la semana decisiva. No le brindaría demasiada información. ¿Para qué inquietarlo? Los padres tienden a preocuparse cuando los hijos se alejan de casa sin preguntar. Jugar a la vuelta de mi casa sin dejarlo dicho previamente, me había costado más de una reprimenda. Si pedía permiso para hacerme, ni más ni menos, un viajecito de ida y vuelta al futuro, corría el riesgo de que no me dejaran. O peor aún, podían designar a mi hermano mayor para la aventura, y yo no estaba dispuesto a compartir la gloria. Mejor lo haría sin avisar una palabra. Y a la vuelta, le diría a mi papá que tenía una corazonada, que esa semana me hiciera caso y jugara mi boleta. Seguro que podría convencerlo.

Y el domingo… Dios mío. Qué emoción. Qué emoción indescriptible. Me sentaría a comprobar nuestro milagro. Iría viendo en su rostro la sorpresa, la ansiedad, la alegría contenida, la nerviosa incredulidad, el júbilo incipiente, la certeza enloquecida, el llamado a mi mamá, el abrazo de todos, nuestra primera cena como potentados. Interrumpiéndonos, montando unas voces sobre otras, intentaríamos establecer un orden de prioridades. La ampliación de nuestra casa sería la prioridad número uno, por supuesto. Yo tenía un anhelo secreto, que tenía que ver con eso. Mi casa me gustaba mucho, pero odiaba que en lugar de un gran jardín tuviera un patio minúsculo. “Cosas de vivir en una esquina”, me habían explicado hasta el cansancio.

Pues bien, ahora yo tenía la solución: sería tan inmenso el premio que el dinero nos alcanzaría para comprar, sin pensarlo demasiado, la casa de al lado: la demoleríamos para hacer en su lugar un jardín como Dios manda. La prioridad dos sería comprar un auto. Yo no tenía mayores pretensiones sobre marca, modelo, color o tamaño. Pero quería un auto, sobre todo para que mis amigos dejaran de mirarme con burlona conmiseración cada vez que conversábamos sobre el tema.

Después las prioridades se mezclaban y se diluían. Bicicletas, vacaciones, un tren eléctrico de dimensiones desquiciadas, un galponcito en el fondo para irme a leer los días de lluvia.

Son incontables las noches que pasé fantaseando eso. La ventaja de soñar muchas veces lo mismo es que uno va memorizando su deseo como si fuera un recuerdo, y puede retomar donde quiera, o donde ayer lo haya vencido el sueño. Es verdad que el talón de Aquiles de mi proyecto era la dichosa máquina del tiempo. Con ella, todo era posible. Sin ella, mi viejo seguiría pegándole a seis o siete resultados cada fin de semana. Pero si el hombre era capaz de viajar a la Luna, nada impedía que cualquier día de estos los de la NASA inventaran algo para llevarme a mí la semana que viene.
Lo que no recuerdo con tanta precisión es cuándo dejé de soñarlo. Tal vez fue cuando dejaron de dar esa serie, o cuando crecí lo suficiente como para avergonzarme de mi credulidad, o cuando demasiados cigarrillos volvieron inviables ese y todos los futuros.

Pero la idea básica, esa de ir y volver, ir y enterarse, y volver y saber más que todos los otros, sigue siendo cautivante. No necesariamente para construir una apuesta perfecta y volvernos millonarios. Sino también con objetivos más modestos. Por ejemplo, para anticipar los resultados del fútbol de los próximos meses, sus campeones y sus descensos, sus goleadores y el score de los clásicos.
Un punto a favor de semejante idea sería que nos convertiríamos, a los ojos de nuestros amigos y conocidos, en una fuente infalible de conocimientos futboleros. Para propios y extraños, nos convertiríamos en doctores, en filósofos, en oráculos del noble deporte del fútbol. Otra ventaja de saber las cosas de antemano: si a nuestro equipo lo aguarda una campaña mediocre y olvidable, podemos ahorrarnos el dineral que, ebrios de esperanza, pensábamos gastarnos este año en comprar un abono a la platea, o en pagar las cuotas sociales atrasadas.

Pero se me ocurre también una desventaja: saber lo que va a pasar, ¿no les quita su sabor a las cosas? Cualquier futbolero sabe lo insípido que resulta ver un partido en diferido, cuando se conoce el resultado. En ciertas circunstancias puede tener cierto atractivo. No sé: supongamos que el equipo de uno ganó un clásico. Está bueno revivirlo unas horas después, con el corazón en calma, apreciando lo que horas antes, en medio de la excitación y la tensión, en medio de la algarabía o de la angustia, uno no pudo apreciar. Pero ya no es lo mismo. El fútbol, me parece, para ser fútbol, tiene que conjugarse en tiempo presente, un presente que siempre está con un pie en el futuro. Lo importante no es, en el fondo, ver los goles de hace un rato, sino saber qué va a pasar con esa pelota que cruza el mediocampo exactamente AHORA.

Me parece que los viejos partidos de fútbol –y viejos son desde el instante en que el árbitro los termina– pueden ser un camino hacia la nostalgia, hacia el recuerdo, hacia el eco de una gran alegría. Pero nada más. Son sombras. Ya dejaron de ser fútbol.
Imagen de 1939.  Los Diablos Millonarios
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