Las Crónicas de El Gráfico

1996. La tragedia de Guatemala

Por Redacción EG · 11 de marzo de 2020

La mala organización, la reventa de entradas y la impericia policial provocaron una masacre horas antes de comenzar un partido eliminatorio entre Guatemala y Costa Rica. Murieron 84 personas.

Héctor René Monroe es morocho, bajito y de brazos fuertes. A los 35 años es reportero gráfico y bombero voluntario, esto impulsado por su natural vocación de servicio.

Está acostumbrado a las tragedias. En Guatemala casi todos parecen estarlo. El miércoles 16 de octubre llegó al Estadio Nacional "Mateo Flores" de la ciudad de Guatemala a las cinco y media de la tarde. Vio la multitud ubicada en las tribunas y a la gran cantidad de gente que se acercaba por las calles y pensó en sacar las primeras fotos. Una hora y media después, cerca de las siete, salió a caminar otra vez por las afueras del estadio, en la búsqueda de alguna foto curiosa. Al pasar por la entrada de la puerta 14 de la tribuna Sur y ver la cola de gente ansiosa por ingresar, le comentó a un colega: "El lío se va armar cuando toda esta gente se dé cuenta de que no tiene lugar. Esta tribuna ya está llena..."

Jamás supuso lo que anticipaban sus palabras.

Cuarenta minutos después, Héctor René Monroe se olvidó de su tarea de fotógrafo, se arrodilló sobre la pista atlética que rodea al campo de juego y, con angustia, comenzó un masaje cardíaco sobre el pecho de un chico de no más de 10 años de edad... "Cuando empezó la tragedia, saqué cuatro o cinco fotos, pero enseguida vi a este niño tirado en el suelo con convulsiones...", cuenta Héctor, con la calma increíble de quien está habituado a ser testigo de la muerte cada día.

"Le puse la mano debajo de la nuca y le di respiración boca a boca. Luego le hice un masaje cardíaco, pero enseguida el niño lanzó una flema, se estiró, se amorató todo y ahí mismito se quedó..."

Héctor nunca supo quién era el niño. Supo, sí, que había muerto. Igual que otras 83 personas que llegaron a un estadio a vivir la fiesta del fútbol y jamás regresaron a sus casas, víctimas de una noche que debió ser de festejo y terminó siendo de espanto.

Desde el miércoles 16 de octubre de 1996, ya nadie podrá borrar las huellas de sangre sobre el tartán de la pista atlética del Estadio Nacional "Mateo Flores".

Fue construido en el año 1950, y está ubicado en la Zona 4 de Guatemala, a unos diez minutos del centro y muy cerca de algunos de los edificios más lindos de la ciudad. Verlo, de todas maneras, no es sencillo, pues se encuentra edificado en un pozo gigantesco, lo cual obliga a asomarse para, desde arriba, poder apreciar su belleza. Al igual que nuestro Estadio Ciudad de Mar del Plata —y al contrario de la mayoría—, el público ingresa por la parte más alta de las tribunas, y luego baja hacia los escalones más cercanos al alambrado y al campo de juego. La aclaración no es casual, pues éste sería un elemento crucial en la tragedia.

La capacidad total, según un informe de las autoridades deportivas guatemaltecas, es de 47.555 personas y para aquella noche del 16 de octubre los dirigentes de la Federación Nacional de Fútbol pusieron a la venta 45.796 localidades, con precios que fueron desde los 20 quetzales (unos 3 dólares) las más baratas, hasta los 300 qudzales (50 dólares) las más caras. Se dejaron sin vender, por cuestiones de seguridad, 1.759 entradas.

Alvaro Arzu, presidente de Guatemala, y su par de Costa Rica, José María Figueres. Ambos presenciaron el drama.

Alvaro Arzu, presidente de Guatemala, y su par de Costa Rica, José María Figueres. Ambos presenciaron el drama.

El operativo policial y de seguridad incluyó a 365 agentes de la policía nacional, 77 hombres de una policía privada y 38 de la guardia presidencial. A las cuatro de la tarde se abrieron las 24 puertas de ingreso, cada una de las cuales estaba custodiada por dos controles, dos policías privados que sólo se encargaban de detectar armas de fuego -secuestraron 24- y un supervisor de los controles.

Los accesos, claro, no tienen molinetes, y los colados son parte habitual del fútbol guatemalteco.

A las siete de la tarde, una hora antes del horario previsto para el comienzo del partido entre Guatemala y Costa Rica, por las Eliminatorias de Centroamérica de Francia '98, el estadio ya estaba colmado y parecía a punto de desbordar. Sin embargo, una multitud todavía pugnaba por ingresar, alentada por el fervor popular y por las bebidas alcohólicas -sobre todo ron y cerveza- que, a pesar de la prohibición, se vendían en las zonas aledañas. Pero, además, el público empujaba alentado por un hecho sencillo y contundente: todos tenían una entrada en sus manos.

Según quienes mejor conocen el estadio, la puerta 14 de la tribuna Sur es la que ofrece mayores peligros. Las razone son varias. Allí, por ser la tribuna más económica, se concentra la mayor cantidad de gente. Además, para ingresar, hay que atravesar un túnel estrecho, donde los apretujones y ahogos son cosas de todos los días.

A las 19:30 horas, a treinta minuto del comienzo, la tribuna Sur parecía punto de explotar y los espectadores se apiñaban casi uno encima del otro. A esa hora, el público que aún pretendía ingresar se impacientó y con violencia pasó por encima de los escasos dos controles y dos policías privados que custodiaban la entrada. De ahí al drama hubo apenas un paso. La gente comenzó a caer contra la valla y a ser aplastada. Pocos escucharon los gritos desesperados. Es lógico pensar que por el tipo de muerte —asfixia, fracturas en el cuello y en la base del cráneo- las víctimas casi no pudieron pedir ayuda.

Muchos murieron sin que los espectadores que estaban diez escalones más arriba lo advirtieran. La música seguía en los altoparlantes...

Hasta que alguien escuchó: "¡Hay un muerto!"

Allí la desesperación colectiva llegó al límite. Los gritos de "¡Hay un muerto! ¡Hay un muerto!" se sucedieron ante la mirada pasiva de los policías guatemaltecos, quienes observaban la escena desde el campo de juego.

"¡Por favor abran la puerta!", pedía el público, pero los policías miraban y negaban con sus cabezas.

La angustia se apoderó del público cuando las noticias circularon en el estadio.

La angustia se apoderó del público cuando las noticias circularon en el estadio.

En ese punto de la noche aparece en escena el teniente coronel José Tobías Cadena, miembro de la Guardia Civil Española. Junto a un grupo de sus hombres, el teniente Cadena participa en Guatemala en cursos de asesoramiento y entrenamiento de la policía local. Según el relato de testigos, fue el teniente español quien corrió en busca de la llave de la puerta que comunicaba la tribuna con el campo de juego.

Ante la respuesta negativa de quien las tenía —un supuesto administrador—, el teniente Cadenas lo tomó del cuello y, a los empujones, lo obligó a entregárselas. Corriendo, se dirigió al sector de la tribuna Sur y abrió la puerta para permitir la salida del público. La catarata de personas fue incontenible. Entre ellos, cadáveres y espectadores en muy grave estado. Ya era demasiado tarde.

Desde los otros sectores del estadio, el público comenzó a observar los acontecimientos con un murmullo. A medida que los cadáveres iban siendo alineados en la pista atlética y cubiertos por las camperas de los bomberos, el murmullo dio paso al silencio.

Cuando la línea ya superaba la decena de personas, muchos tuvieron conciencia de la tragedia.

Ya nadie se atrevió a cantar. Ya nadie se animó al festejo. Apenas algún grito de dolor cortaba la noche.

El licenciado Edgar Rolando Pineda Lam es, desde diciembre de 1995, el presidente de la Federación Nacional de Fútbol de Guatemala. A los 50 años y junto a un grupo de colaboradores, es quien diseña y ejecuta los hechos en el fútbol de Guatemala.

Dos días después de la muerte de 84 espectadores, Pineda Lam respondió a las preguntas en el edificio de la avenida Reforma, donde tiene su sede el Comité de Selección.

—No, yo no me siento responsable. Acá no se trata de echarse culpas unos a otros. Ahora hablar es fácil, y además todo el mundo quiere salvar su pellejo. Nosotros llevamos adelante un operativo de seguridad como nunca antes se había visto en Guatemala, es decir que por ese lado podemos estar tranquilos.

—¿Entonces por qué murieron 84 personas?

—Fue un accidente. Esto es claro y definitivo. Un accidente trágico, lamentable y consternador por el número de víctimas, pero un accidente. Fíjese que los hechos se produjeron en un espacio reducido, un sector de no más de 20 metros de ancho, tal vez menos del 2 % del estadio. Todos los otros sectores estaban igual de cubiertos y, sin embargo, no pasó nada. La organización fue muy buena.

Una de las víctimas de la tragedia es socorrida por un agente de seguridad.

Una de las víctimas de la tragedia es socorrida por un agente de seguridad.

—Pero debe haber alguna causa...

—Hay tres versiones. Una dice que gente que se había quedado en el túnel de ingreso a la tribuna Sur empujó para poder entrar, y así se produjo la avalancha que terminó con los muertos. Las otras dos teorías hablan de peleas entre grupos adversarios, lo cual provocó cierto pánico, corridas y los aplastamientos...

—Si hubo gente que, con sus entradas, empujó por ingresar a una tribuna ya cubierta, quiere decir que se vendieron más entradas de las debidas o hubo una falsificación masiva...

—Nosotros pusimos a la venta 45.796 entradas y la capacidad del estadio es 47.555. No hay error posible. En cuanto a las entradas falsificadas, es cierto que se han encontrado algunas, pero nosotros no podeos hacer mucho para combatir eso. Nuestras entradas fueron confeccionadas con papel de seguridad, tinta sangrante, sello de agua, todo lo que se requiere para complicar la falsificación, pero es inevitable. En Estados Unidos, el país más desarrollado del mundo, se venden entradas falsas para los deportes más populares.

—¿Ustedes esperaban semejante cantidad de público?

—No, y éste es un punto importante. El entusiasmo del público fue inesperado. Nadie podía imaginar una respuesta así cuando todos los partidos anteriores habían arrojado pérdidas. Además, el estadio "Mateo Flores" ni siquiera tiene el antecedente de un incidente menor, algo que nos hiciera prevenir. Le puedo nombrar una docena de veces donde el estadio estuvo tan concurrido como el miércoles, y no pasó nada... Por eso sostengo que fue un accidente. Lamentable, pero un accidente. Las palabras de Edgar Rolando Pineda Lam, "El Licenciado" como lo llaman, no admiten dudas. Para él fue sólo un accidente. Esa es su posición. Pero más allá de ella, la entrevista se realizó en un ambiente que no evidenciaba tristeza ni gran preocupación. Entre promesas de almuerzos y algunas risas, la prioridad de los dirigentes del fútbol de Guatemala parecía ser demostrar que fue un accidente y no encontrar los motivos y a los responsables. Como si el hecho de que fuera un accidente aliviara o borrara la realidad de 84 muertos y 229 heridos en una cancha de fútbol. Una reacción, la de los dirigentes, de verdad muy particular.

 

LAS CAUSAS DE LA TRAGEDIA

 

Las víctimas fatales en la pista de atletismo del estadio.Las víctimas fatales en la pista de atletismo del estadio.

 

Si el operativo de seguridad fue inédito en Guatemala —cosa que anunciaban los diarios la mañana del miércoles 16— si el futbol guatemalteco no ofrecía antecedentes de violencia, ni en los clásicos locales entre Comunicaciones y Municipal, ni en los partidos de la Selección, ¿qué fue lo que provocó la tragedia? No parece haber un factor único. Habría que empezar por admitir que unas 65.000 personas pretendieron ver un partido en un estadio cuya capacidad es de 47.555. Es decir que un exceso de casi 20.000 personas convirtió al estadio "Mateo Flores" en el escenario ideal para una tragedia. ¿Y de dónde salieron las 20.000 entradas sobrantes? Que hubo falsificación es un hecho confirmado. Hay quienes hablan de 7.000 entradas falsas, y cuatro revendedores están detenidos en los laberínticos y aterradores pasillos del Departamento de Policía de la ciudad. Pero su detención se parece más a la necesidad de encontrar un culpable que a un acercamiento a las razones definitivas. Nadie sabe todavía en Guatemala cuántas entradas se falsificaron y quienes lo hicieron. Por otra parte, la "calesita" es un viejo mal del fútbol de Guatemala. Según relatan los periodistas locales, el Estadio Nacional "Mateo Flores" ha vivido en los últimos años, esplendorosas tardes de 30.000 personas en la cancha y sólo 15.000 entradas vendidas. El otro elemento clave parece ser la impericia de la policía, un dato comprobable en cada esquina de la ciudad. Los agentes encargados de la seguridad se ubicaron en el campo de juego —no los había en la tribuna donde se produjo la tragedia— y durante largos minutos miraron las caídas y los aplastamientos sin re-accionar. Tal vez si el teniente español José Tobías Cadena no hubiera estado allí, hoy la cifra de muertos sería mucho mayor. De todo y como una mueca trágica del destino, en la organización del partido una sola cosa apareció flamante y firme. La valla que separa la tribuna. Sur del estadio, la cual había sido reforzada y a la que se le habían agregado alambres en su parte superior. Nada de esto importa hoy, claro. Lo que importa y lastima es el grito de dolor que llega de los barrios de Mixco y La Florida, donde la gente más humilde de la ciudad aún llora a sus muertos. Nada de esto le importa a Marco Tulio Chamale, de 31 años, quien llegó al estadio acompañado por sus hermanos Samuel, María del Carmen, Edgar Genaro, Blanca Lidia y Mónica Elizabeth, la más niña de la familia, con apenas 17 años. Después de 15 años, los hermanos Chamale habían olvidado por una noche una vida de penas para disfrutar la fiesta del estadio. Cinco de ellos jamás volvieron. Murieron aplastados contra las vallas. Marco Tulio fue el único sobreviviente.

Semejante horror merece una respuesta. Para que no vuelva a pasar. Nunca. En ningún estadio del mundo.

 

 

Por GONZALO ABASCAL (1996).

Fotos: "DIARIO GRAFICO", "PRENSA LIBRE", THE ASSOCIATED PRESS y REUTERS.

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