Las Crónicas de El Gráfico

1999. El clásico de los inundados

Por Redacción EG · 21 de febrero de 2020

Unión y Colón, dice la leyenda, nacieron casi juntos a principios de siglo cuando el agua desbordó Santa Fe. Pero esta vez festejaron los Tatengues que le ganaron a los Sabaleros por 2 a 0.

Por el boulevard Pellegrini un cachorro husky, vestido con la camiseta de Unión, ladra al compás de las bocinas. Desde un balcón, un conejo blanco, un conejo de verdad, agita las patitas al ritmo de la gente que sale de la cancha festejando. Un chico sostiene a ese conejo, pero es improbable que sea el responsable de sus movimientos: primero, porque al conejo se lo ve feliz sinceramente, no parece estar fingiendo; y segundo, porque cuando se juega el clásico de Santa Fe, todo es posible, como cuando se juega Alicia en el país de las maravillas.

Unión ha ganado dos a cero el último clásico del milenio. Hacía exactamente diez años, un mes y siete días que había logrado su última victoria sobre Colón, el rival eterno. Y no querían saber nada con esperar hasta el año 2000 para volver a festejar este triunfo. ¡Qué jubileo ni jubileo!

Pero como aquí en Santa Fe todo es posible, la hinchada “derrotada”, la gente de Colón, se ha quedado en el estadio cantando en honor a sus jugadores. Al fin de cuentas, le han ofrecido una década de paternidad sabalera sobre los tatengues. Al margen de que este domingo el equipo haya ofrecido un partido horrible, jugando sin estilo ni ambiciones visibles más allá de tramitar de oficio el objetivo pobretón de un empate sin goles.

Por eso, cuando uno crea que lo ha visto todo en el mundo del fútbol, le convendrá darse una vuelta por el clásico santafesino. Un chico nos explica:

–Acá vienen muchas minas a la cancha, ¿vio?

–Sí, muchas, es cierto.

–Y las de Unión son las que están más fuertes.

–Bueno, no sé... Son las que estaban más cerca de los palcos.

–Acá lo que pasa es que las minas son terriblemente futboleras. Yo, por ejemplo, voy a bailar a un boliche en Buenos Aires, y lo primero que te preguntan para entrar en conversación es de qué signo sos... Acá, en cambio, te preguntan si sos de Unión o de Colón. Las tenés que fichar bien antes de contestarle, porque si le contestás equivocado... te re-fuiste. Acá las minas son así, ¿me entiende?

–Lo que entiendo es que acá el fútbol es así.

Christian Domizzi y Nicolás Piccoli pelean a muerte por la pelota. Así se juega el clásico en Santa Fe.

Christian Domizzi y Nicolás Piccoli pelean a muerte por la pelota. Así se juega el clásico en Santa Fe.

 

“Acá el fútbol es así”

Parece estar de más discutir que los de Colón son más que los de Unión. Por eso el pibe del diálogo deduce que estadísticamente los de Colón ligan más que los de Unión, porque numéricamente hay más chicas hinchas de Colón. Y por más enamorado que uno esté... mentir sobre los colores que uno ama es difícil. Y eso que la ciudad es grande: ya anda por los 400 mil habitantes y el anonimato disimula las mentiras... hasta donde es posible.

Por ejemplo: sobre el Huevo Toresani, los hinchas de Unión le cuentan a uno las cosas más horrendas. No sólo porque viste la camiseta de Colón, sino “porque nos mintió a todos, nos engañó, peor que si te pusiera los cuernos”.

–¿Puede ser para tanto?

–Sí. Fue un símbolo de Unión. Se hizo famoso en el club. Acá la gente lo amaba, así, de una, porque siempre dijo que era hincha de corazón. Y después... mire, mejor no me haga acordar.

–Bueno, es un profesional, y el hecho de que juegue en Colón...

–¡Eso no es nada! Cuando pasó a Boca, confesó que, en realidad, toda su vida fue hincha de Colón. Se sacó fotos con sus hijos con la camiseta de Colón. Y encima nos gritó un gol en la cara... Por eso es la bronca. Porque nos mintió.

Esto, que parece una anécdota agigantada por la condición de figura del Huevo Toresani, es comprobable, sin embargo, en la vida cotidiana: dicen que la inmensa mayoría de los pibes de las divisiones inferiores de Unión son, desde la cuna, hinchas de Colón. Que van a Unión porque sus categorías juveniles están mucho más organizadas que las de Colón. Y que se sienten obligados a disimular su genética rojinegra, para evitar reproches el día de mañana...

Incluso, parece que a los chicos que venden gaseosas en Unión les cuesta confesar que son hinchas de Colón, tal vez porque teman ser despedidos. Sólo uno de los consultados aprieta los dientes, desafiando:

–¡Soy raza! ¡Qué voy a ser! ¡Raza hasta la muerte!

Ser “raza” significa ser de Colón, justamente por aquello del Día de la Raza, el 12 de octubre, etcétera. Los de la otra orilla, los de Unión, no tardaron mucho en agregarle un desagradable calificativo que empieza con “p”, que consta de dos sílabas, y que permite un rítmico coro agresivo hacia el rival. Pero del mismo modo que ocurrió en Buenos Aires con las “gallinas” y los “bosteros”, terminó siendo apropiado por las presuntas víctimas, hasta ser objeto de orgullo.

Lo mismo pasó con “sabaleros”, el otro apodo del hincha de Colón, que nació descalificando y terminó siendo un orgullo. El sabalero, en esta tierra de pescadores, se alimenta del sábalo, que anda por el fondo del río y se traga el barro buscando su comida. Era fuerte, es cierto.

Pero acá las metáforas son buenas. No por nada, el hijo dilecto de uno de los tres países sabaleros es el cantautor folclórico Horacio Guarany. El “Pescador del Paraná” nació en Alto Verde. Las otras dos naciones de Colón son el Barrio Centenario  y el Santa Rosa de Lima, seguramente “el” barrio sabalero por antonomasia.

Andrés Silvera concluye su obra. Es el 2-0 de Unión sobre Colón. Hacía diez años que los tatengues no festejaban.

Andrés Silvera concluye su obra. Es el 2-0 de Unión sobre Colón. Hacía diez años que los tatengues no festejaban.

Uno de los grandes orgullos del Santa Rosa de Lima es haber creado la primera hinchada de trompetas y bombos que hubo en el fútbol argentino. La primera banda musical, al estilo del carnaval correntino, pero mucho antes que se les ocurriera la idea en Corrientes. Por supuesto, habrá que chequearlo con historiadores estos datos. Pero, por las dudas, hagámoslo una vez que nos hayamos alejado de este barrio.

Recordemos que al estadio de Colón se lo conoce como El Cementerio de los Elefantes, porque como diría el tango,“amainaron guapos junto a sus ochavas”, y desde el Boca de Rattin, hasta el Santos de Pelé, fueron derrotados y bailados en jornadas inolvidables.

Y tengamos en cuenta que Colón maneja como ninguna otra cosa la temperatura anímica del pueblo santafesino. Por eso, un vendedor de gorritos y banderas es entrevistado por LT10, la radio de la Universidad, y declara:

–La verdad es que estamos desde las 8 de la mañana, pero está floja la venta. Estamos esperando que gane Colón, para ver si a lo último vendemos algo...

–¿Cómo es su nombre, señor?

–Daniel Villalba. Soy de Santa Rosa de Lima, y aprovecho la oportunidad para enviar un saludo a dos amigos míos que están en la cárcel de Coronda...

 

El mundo en tatengue

Por supuesto, la palabra “tatengue”, que quiso ser despectiva, sufrió el mismo destino que “raza” o “sabalero”. Dicha por los colonistas, quiso significar una mezcla de “maricones” y “bienudos”. Pero por esas cosas del idioma, acabó siendo una proclama de identidad orgullosa. “Soy... tatengue / soy... tatengue”, cantan triunfales tras el clásico, los hinchas rojiblancos.

Un intelectual y poeta santafesino, admirador de Juan José Saer y miembro de una peña de la calle Belgrano, pide guardar su anonimato bajo el seudónimo con que piensa editar su historia del fútbol en Santa Fe. Acompañado por sus compañeros de Peña, el Gallego, hoy concejal, y el Flaco, hoy asesor de una importante emisora, el Turco cuenta:

–Yo conocí a un viejito, que ya no está, lamentablemente, llamado Don Genero. Genéro, así, no “género”. Estaba siempre en Unión y era muy cascarrabias. La gente no se lo tomaba muy en serio, pero yo sentí que debía tener cosas para contar... y fue así. Era historia viva del fútbol de aquí. Y él era tan hincha de Unión, que juraba que en realidad el club más antiguo es Unión, porque Colón mintió la fecha. Oficialmente es 15 de abril de 1907, Unión; y 5 de mayo de 1905, Colón. Don Genero, que fue uno de los primeros socios, juraba que los dos nacieron en 1905, el año de la más terrible inundación que se haya registrado en la historia de la provincia... el agua llegó a todas partes y para los que la vivieron, fue por supuesto imborrable. Por eso, como fue en ese año, él juraba que se acordaba y que fue entonces cuando los dos nacieron...

En fin. Esta Santa Fe de “los Inundados” y de Monzón, y del Lole, y de Unión y Colón, tiene su propio lenguaje, su propia historia, y su propia manera de contarla.

Sin ir más lejos, aquí, a la pelota de fútbol, se la conoce como “bolo”. “Vamos a jugar un desafío y el bolo lo ponemos nosotros”, se decían en las cartitas de reto a duelo, en los primeros años del siglo, cuando todavía no sabían que iban a convertirse en un clásico. Esas declaraciones de “guerra” volaban tiradas con una piedra, de la frontera de un barrio al otro. Lo que nadie se imaginaba era que un día esa piedra, y ese bolo, entrarían juntas rodando hacia el tercer milenio...

 

 

Por HORACIO DEL PRADO (1999).

Notas: Claudio Cherep.

Fotos: Luis Cetraro.

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