Las Crónicas de El Gráfico

1967. Bonavena: aire de sobra, puños de hierro

Por Redacción EG · 10 de enero de 2020

Ringo viajó a Alemania para enfrentar al local, Karl Mildenberger. Fue una de las mejores peleas del de Parque Patricios que terminó venciendo por puntos en decisión unánime.

Ahora Bad Soden duerme.

Son las tres de la mañana del domingo. La mesa del comedor ha quedado desordenada. Allí se desparramó hace unas horas la euforia de ochenta argentinos que vinieron al hotel a prolongar el mejor triunfo de Bonavena en toda su carrera. Quedan, tan sólo, los últimos murmullos que vienen desde el hall con su mensaje fatigado y afónico.

Y esos murmullos fortifican nuestra intención de ir narrando una noche que no olvidaremos. Bonavena nos ha dado, al cabo de doce rounds, la imagen de un gigante seguro, confiado, macizo. Así lo habíamos visto en la semana previa que compartimos con él, y así lo vimos dos horas antes de la pelea, cuando llegó al estadio de Frankfurt.

El árbitro Krauss procede a distribuir los guantes. El anunciador entra en funciones.

El árbitro Krauss procede a distribuir los guantes. El anunciador entra en funciones.

Sus gruesas piernas sólo parecieron aflojarse cuando una banda militar tocó el Himno, que cantaron los pocos argentinos desparramados en distintos sectores de este velódromo, que por esta noche fue un improvisado escenario de boxeo. Bonavena agachó la cabeza, sacó de tensión a sus hombros y se entregó al canto de estrofas que lo obligaban más al triunfo. Después, cuando la toalla le secó las lágrimas, volvió a ser el gigante que nos iba a dar su victoria más significativa. Karl Mildenberger, metido en su bata negra, tenía la palidez insegura que la misma prensa alemana se encargó de fortalecer. Dos meses antes de la pelea, cuando Oscar estuvo aquí para firmar el contrato, los diarios y revistas especializados no le asignaban ninguna chance. Luego, al ver a Bonavena en su, campamento de Bad Soden, entrenándose, comenzó la división de opiniones. Finalmente, en los últimos días, cuando José Menno daba la medida exacta de Bonavena al ayudarlo en sus sesiones de guantes, las posibilidades de Mildenberger se fueron minimizando hasta reducirse a un trance de víctima. Y las apuestas, que al comienza fueron 10 a 1, terminaron en paridad absoluta. Ahora, Dieter Verse, empleado de Aerolíneas Argentinas, me traduce lo que dice "Nachtausgabe am sonntag" (edición nocturna del domingo), un diario que tira un millón de ejemplares: "¿Quién le gana a «Ringo»?" Y después de este título, el comentarista Sepp Scherbauer, afirma: "Cuando se eligió a Bonavena como rival de Mildenberger creímos que el futuro campeón estaba en Alemania. Ahora estamos seguros que el próximo campeón saldrá de Argentina."

Esta impresión quedó consolidada por la unanimidad de la prensa germana, que se animó a sostener que ni el mismo Cassius Clay le dio a Mildenberger la paliza que esta noche le infligió Bonavena.

 

POTENCIA Y CEREBRACIÓN

Es muy probable que en el balance general adjudiquemos a Bonavena un elevado porcentaje de potencia como factor de mayor gravitación en el triunfo. Pero hay una cuota de cerebración que para nosotros fue tan importante como su pegada.

La chance de Mildenberger quedó frustrada en el primer minuto de pelea: dos izquierdas —una en gancho, y la segunda en cross— llegaron al cuerpo y a la mandíbula del alemán derribándolo por cuatro segundos. Las 18.000 personas quedaron en silencio, y quedaba establecido que Mildenberger ya no podría lograr su objetivo táctico: mantener en distancia a Bonavena. Sobre su anticipo de derecha llegaba la izquierda potente del argentino, y el planteo posicional habría de confirmar que Oscar no sólo traía a la pelea su pegada. Tal vez éste fue su mayor acierto, pues se mantuvo en actitud de contragolpeador, congelando el combate al ritmo que a él le interesaba. Mientras más lento se desarrollaba el match, más posibilidades le asistían de pegar bien afirmado y dominar el ring.

Diez minutos antes de subir, Lectoure cerró la puerta del camarín y dirigió una reunión de la que participaron también lors hermanos Rago. En esa reunión, el promotor le hizo ver a Bonavena que su mayor chance estaba en manejar los ganchos cerrando la salida lateral sobre la mano izquierda del alemán. Además, todos estaban de acuerdo en que había que aprovechar al máximo los contraataques con descargas de dos o tres golpes antes de llegar al amarre. En esa primera vuelta, Oscar lo puso en práctica y pasó a prevalecer ampliamente.

 

Toda la potencia de Ringo, a punto de impactar al alemán.

Toda la potencia de Ringo, a punto de impactar al alemán.

 

Cuando Mildenberger (92,800 kilos) salió a cumplir la segunda vuelta había en su rostro una clara imagen de desconcierto. Sin convicción para sacar las manos y con menos velocidad para desplazarse, debió sobreponerse a la única preocupación del momento: funcionar defensivamente. Y, sin embargo, otra vez el gancho de izquierda de Bonavena (92,200 kilos) logró confundirlo. La pelea estaba planteada, ahora, a la inversa: Oscar fue a desbordar y sólo pudo trabajar por sorpresa, pues cada vez que llegaba a la media o la corta distancia, el alemán lo trababa.

La impresión que nos dejaba el descanso entre el segundo y tercer asalto era que cada mano de Bonavena tenía opción de remate. Sólo faltaba llegar con claridad.

Esta posibilidad se presentó varias veces, pero la experiencia de Mildenberger, y su capacidad de reacción, le permitieron continuar. La caída del cuarto asalto lo demuestra: "Ringo" llegó con dos manos imperfectas que apenas alcanzaron a "pellizcar" la mandíbula. Y a pesar de eso Mildenberger debió escuchar los ocho segundos que el referí Harry Krauss (53 años, casado, dos hijos, croupier del casino Ceasar Palace, de Las Vegas) efectuó con marcada parsimonia.

 

Bonavena bien plantado, siempre llevó la iniciativa en la pelea.

Bonavena bien plantado, siempre llevó la iniciativa en la pelea.

 

Y la pequeña reacción que el alemán mostró en la tercera vuelta —donde insinuó el anticipo de su prolija derecha—volvió a destruirse, Otra vez Mildenberger afrontaba el combate en el estado de absoluta confusión con sus pómulos traumatizados y una ligera herida en su superciliar derecho.

 

PICARDIA (LA VERDADERA)

El clima previo obligaba a manejarse con prudencia. En la ceremonia del pesa-je —realizada el día anterior— se dejó aclarado que la única autoridad era el referí, y que después de dos amonestaciones habría descuentos de puntos, pudiendo caber la descalificación. Krauss, árbitro pedido desde Berlín por el empresario Gottert, era una amenaza. Era, en definitiva, la carta decisiva que jugaban los alemanes para el caso de una pelea pareja. Por eso Krauss fue el huésped mejor atendido por los organizadores. Y lo demuestran varios hechos: mientras el jurado argentino fue alojado en un hotel de segunda categoría (el Stadion), el señor Krauss vivió en uno de los mejores alojamientos de Frankfurt (el Intercontinental). Mientras a Stern nadie lo recibió, ni lo atendió en los cinco días que estuvo aquí, Krauss fue homenajeado en los mejores restaurantes de la ciudad.

 

El combate fue en Hesse, Alemania.

El combate fue en Hesse, Alemania.

 

Esto significaba, suspicazmente, que Bonavena no podría cometer ninguna infracción. Y más, si la pelea le era favorable en el puntaje. Por eso en el tercer round, Oscar aplicó con gran sentido la picardía a nivel diplomático: le pegó a Mildenberger mientras éste caía —el referí dijo por resbalón—, y se tomó la cabeza tratando de convencer a todos que lo había hecho sin intención. Lo hizo tan bien que casi hasta él mismo lo creyó... Y en el quinto, cuando le descontaron un punto por golpe bajo, repitió: aplicó la mano antirreglamentariamente y se quejó de un cabezazo que no existió. Esto obligó al árbitro a apercibir también a Mildenberger y crearle la obligación de ser tolerante. Lo del golpe bajo tiene una explicación. Bonavena salió, a partir del cuarto asalto, decidido a frenar a Mildenberger. Lo hizo proyectando sus golpes en forma ascendente, y admitimos que un gancho llegó sin intención al agazaparse el alemán. En esta cuarta vuelta volvió a caer Mildenberger, y al reincorporarse —tres segundos en el piso—presentaba un estado totalmente groggy. Se salvó agarrando. Igual que en el séptimo, cuando una corta derecha en gancho tomó al alemán en plena mandíbula. El time keeper —encargado de iniciar la cuenta— se negó a hacerlo, y el árbitro, en pleno desarrollo, hizo un gesto de desaprobación y contó por su cuenta. Fueron seis segundos, más los otros dos que caben reglamentariamente, aunque en este combate la parte reglamentaria fue pronunciadamente deficitaria. La campana no se escuchaba al finalizar cada vuelta, había vacilaciones en cada caída —la del primer round, controlada por nosotros en el tape que vio toda Alemania después de la caída, fue de 15 segundos— y, además, el árbitro se vio confundido en muchos pasajes, presionado por el público y el rincón de Mildenberger.

 

SOLO UN MOMENTO DE ANGUSTIA

Bonavena sólo salió de su plan cuando advirtió que su rival tenía fatiga y sus posibilidades aumentaban al sentirse vigoroso. Por eso en la sexta vuelta se lanzó a un ataque concreto y decisivo. Tal vez le haya faltado orden, pero indiscutiblemente le sobraba potencia para seguir mandando. Se ubicó en función ofensiva y bajó las manos para sorprender. Lo logró en el sexto round, lo tiró, como dijimos, en el séptimo y volvió a "emborracharlo" en el octavo. Su confianza lo llevó al único momento de angustia que pasó en toda la pelea: fue en el noveno. Mildenberger, en la mejor mano que puso, lo tomó de contra con un directo de izquierda y Bonavena acusó el impacto. Se tomó del cuerpo —más sorprendido que sentido— y terminó la vuelta pegando. Este fue el único round que le vimos ganar a Mildenberger. Los demás —con excepción del sexto, que fue equilibrado— los ganó Bonavena arribando, según nuestra tarjeta, a una diferencia de diez puntos.

La derecha ascendente da en pleno rostro. Más puntos para el argentino.

La derecha ascendente da en pleno rostro. Más puntos para el argentino.

De los tres jurados, sólo Harry Krauss se aproximó a esta cifra: dio 56 a 48. El jurado alemán, Rudolph Drust (profesor de educación física, 54 años, soltero, 30 arios de jurado), concedió cuatro puntos a Bonavena: 57 a 53. Finalmente, José Stern, jurado argentino (57 años, casado, tres hijos, otorrinolaringólogo, subsecretario de Bienestar Social de la Comuna de San Isidro), dio cinco puntos: 58 a 53. En cada tarjeta se le restó un punto a Bonavena por el descuento del quinto round (golpe bajo).

 

EL MEJOR GOLPE

El factor más importante de este triunfo de Oscar fue su aptitud física. Un estado al que llegó luego de hacer 450 kilómetros de footing en 60 días de entrenamiento, unos 300 rounds de guantes, 30 horas de gimnasia, y un especial cuidado en las comidas. Fue, sin duda, su mejor estado desde que es boxeador. Y con ese respaldo pudo hacer algo fundamental: terminar con oxígeno (podía hacer diez rounds más), terminar con potencia y mantener ansiedad por continuar. Por eso logró derribar a su adversario en el 10, round, luego de casi treinta minutos de actividad.

El saludo final. Bonavena, todavía con el rostro mojado por las lágrimas, intenta reconfortar al calmo Mildenberger. Un hermoso final para un combate de tanta trascendencia. Para Bonavena es la proximidad de un sueño. Para "Milden" (así lo llaman), una derrota casi definitiva.

El saludo final. Bonavena, todavía con el rostro mojado por las lágrimas, intenta reconfortar al calmo Mildenberger. Un hermoso final para un combate de tanta trascendencia. Para Bonavena es la proximidad de un sueño. Para "Milden" (así lo llaman), una derrota casi definitiva.

Bonavena puso su mejor mano, a pesar de todo esto, en el tercer asalto: fue un cross de izquierda a la mandíbula que llegó después de haber partido la misma mano en gancho abajo. Mildenberger cayó pesadamente hacia atrás, y si el mismo golpe lo recibe en el medio del ring es muy probable que no se hubiera levantado. Pero las cuerdas amortiguaron la caída y lo ayudaron a recuperarse. Fue su último esfuerzo. Tres minutos después, en un round que habría de durar menos de los minutos reglamentarios, Mildenberger fue a su rincón completamente groggy. Es que al no escucharse la campana, Wolfgang Mueller, segundo principal de Mildenberger, entró al ring, y el time keeper hizo señas de que había finalizado la vuelta. Todos pensamos que Mildenberger abandonaba. Incluso los fotógrafos ingresaron al ring, igual que parte del público y los hermanos Rago. El mismo Bonavena levantó los brazos pensando que todo había terminado, pero el referí —que no sabía bien de la situación— aceptó la orden de finalización y la pelea continuó. Dudamos que esta vuelta haya durado los tres minutos. "Terminó" cuando Bonavena realizaba una de sus violentas descargas y Mildenberger, en posición de "no contest", aguantaba contra las cuerdas.

 

El gran final. Los brazos en alto. El grito triunfante. El llanto.

El gran final. Los brazos en alto. El grito triunfante. El llanto.

 

En la vuelta final hubo otra anormalidad: el locutor, con el micrófono abierto, incitaba al público a alentar a "Milden", como le llaman aquí a Mildenberger. Pero los 18.000 espectadores se entregaron mansamente a la resignación de una derrota categórica.

Bonavena terminó pegando. Dando esa imagen de gigante que queríamos ver. Que ahora, definitivamente, sabemos que existe. Que se va a prolongar. Que ya piensa en su próxima pelea contra Jimmy Ellis, el 11 de noviembre en Monterrey, México, donde definirá la semifinal del torneo.

Subió al ring con la bandera argentina y la sonrisa confiada. Bajó del ring con la misma bandera y un grito que agota sus últimas fuerzas: "Ar-gen-ti-na, Ar-gen-ti-na".

Subió al ring pensando en su triunfo. Bajó del ring triunfante. Así lo queríamos ver. Así lo vimos.

 

 

Por Ernesto Cherquis Bialo (1967).

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