Las Crónicas de El Gráfico

1991. No hay caso, Boca lo tiene de hijo

Por Redacción EG · 26 de noviembre de 2019

Ese año el Xeneize le ganó a River el quinto partido consecutivo, lo que hace historia en el clásico. No había conseguido sacarle ventajas en el juego, pero la presencia de Latorre fue decisiva.

Boca completó frente a River una serie que no tiene precedentes entre los clásicos adversarios del fútbol argentino: cinco victorias consecutivas con un mismo director técnico. Está bien que una sola corresponde al campeonato de primera división de la AFA y otras dos a la Copa Libertadores. Las dos restantes fueron obtenidas en torneos veraniegos de Mar del Plata que, no obstante su carácter de competiciones no oficiales, se juegan entre los viejos rivales a cara e' perro. Oficiales o no, fueron cinco triunfos boquenses seguidos con la orientación del uruguayo Oscar Washington Tabárez. A principios de la década del '80, Boca había conquistado cinco triunfos consecutivos, pero conducido por diferentes entrenadores: Carmelo Faraone en una oportunidad y el Zurdo López en las restantes.

Luchan por la pelota el pie izquierdo de Marchesini y el derecho de Silvani. Víctor Hugo fue el valor más parejo de Boca.

Luchan por la pelota el pie izquierdo de Marchesini y el derecho de Silvani. Víctor Hugo fue el valor más parejo de Boca.

Este último domingo, en la Bombonera, River trató de imponer su juego, cortarle las comunicaciones entre defensa y ataque, aislar a sus realizadores de los posibles abastecedores, quitarle la pelota y dominarlo, teniéndolo en su propia mitad del campo. Estuvo a punto de tener éxito en su planteo táctico y en su desarrollo sobre la cancha. ¿Qué le impidió cumplirlo?

River chocó con dos problemas difíciles de resolver: no los numeramos porque no podemos definir cuál de los dos pesó más sobre la balanza del partido. Los enunciamos, simplemente:

• Su falta de gol, su incapacidad de definir. Necesita atacar mucho para lograr muy pocos dividendos. Aquella impactante sociedad para el gol que formaban Da Silva y Medina Bello se ha fracturado, no tiene ida y vuelta. Va pero no viene. De ese modo, River llega mucho pero produce muy poco.

Navarro Montoya cachetea la pelota frente a Da Silva para asegurarla ante la atenta mirada de Víctor Hugo Marchesini. Los dos hombres de Boca se destacaron por su eficiencia en tanto que el uruguayo volvió a padecer una tarde de bajo rendimiento.

Navarro Montoya cachetea la pelota frente a Da Silva para asegurarla ante la atenta mirada de Víctor Hugo Marchesini. Los dos hombres de Boca se destacaron por su eficiencia en tanto que el uruguayo volvió a padecer una tarde de bajo rendimiento.

• En Boca juega Diego Latorre. Nada más y nada menos. La tocó muy poco. Venía de una semana trajinada, luego de su actuación en el Seleccionado Nacional, sufrió un fuerte golpe a poco de iniciado el clásico y debió dosificar su esfuerzo. Pero como sucede con los grandes jugadores, los que ya llegaron y los que van llegando a la cumbre, Diego aprendió a esperar su oportunidad. Está agazapado y al acecho. Listo para pegar el zarpazo cuando llega el momento de la acción. Tuvo dos grandes apariciones, una en cada etapa. En el minuto 18, surgió en el área para escapar ante la salida desesperada del arquero Miguel y le cometieron penal. Fue la primera gran ocasión para desnivelar que tuvo Boca pero Miguel rechazó el tiro de once metros disparado por Batistuta. Luego, Latorre no volvió a dar señales de vida hasta el minuto 73. Fue el gol de la victoria. Pero semejante conquista merece un punto y aparte.

Latorre impacta de derecha y queda suspendido en el aire. Fue determinante en el Superclásico que quedó en manos de Boca.

Latorre impacta de derecha y queda suspendido en el aire. Fue determinante en el Superclásico que quedó en manos de Boca.

Cuando Diego Latorre la recibió de Apud estaba en posición de 8, a unos treinta metros del arco, en posición algo oblicua. Se desplazó hacia adentro y adelante como buscando a un destinatario de su pase y de pronto, despachó un derechazo alto y cruzado, como se debe patear. ¿Cómo es eso? Sin acomodarse, sin denunciar la intención del remate, con toda la carga de sorpresa y potencia posibles. Miguel quedó sin chance. La Boca explotó en un grito de aquellos que brotan desde el fondo de los tiempos. Cuando tiraban los Varallo, los Boyé, los Paulo Valentim, los Pepino Bortello, los que la metían haciendo ruido, levantando la red y sacudiendo los corazones. Fue un auténtico golazo y su significado tiene valor histórico. Marca nada menos que el quinto triunfo al hilo sobre River, como para que el grito de "¡HIJOS NUESTROS!" resuene más fuerte que nunca en la ribera, en la ciudad, en la provincia y en el país.

Son rachas, indudablemente. River había hecho tanto por el resultado como Boca. Había buscado algo más. Chocó contra la eficiencia de Marchesini en el fondo, la desprolijidad y las agallas de Giunta y a Boca le quedaba una carta en la manga para jugarla en el momento oportuno: la ganadora, que encarna Diego Latorre.

 

La emoción de Diego Fernando Latorre.

La emoción de Diego Fernando Latorre.

 

Diego es un jugador distinto. Ha crecido en personalidad, no lo desespera pasarse varios minutos sin entrar en contacto con la pelota. Sabe que cuando la consiga, puede generar algo trascendente. En Boca, salvo Pico cuando se le arrima y habla en su mismo idioma, no tiene mucha oportunidad de establecer un diálogo fluido. Pero es capaz de establecer diferencias en cualquier momento. Lo bueno es que él lo sabe. Para bien. Para sacar partido de ese potencial favorable. Cuando Tabárez lo reemplazó por César, faltando un par de minutos, se fue bañado por una cariñosa ovación de la tribuna boquense. Era lo que correspondía. El hincha quiere ver ganar a Boca pero los que saben jugar le ganan el rincón más íntimo del corazón.

 

 

Por JUVENAL (1991).

Notas: DANIEL GALOTO.

Fotos: FORTE, ABACA, HOROVITZ, MAURI, PREGO, GIUSTOZZI, SPERANZA y PINTA.

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