Las Crónicas de El Gráfico

1991. Holyfield – Foreman: un peleón

Por Redacción EG · 21 de noviembre de 2019

Holyfield retuvo su título mundial pesado al superar por puntos, en fallo unánime, a George Foreman tras doce rounds de gran intensidad. Había sido presente como ¨La batalla de las edades¨.

Escena final para una película de boxeo. Plano general del estadio: el público, de pie, grita enloquecido. Pasa una chica con una pancarta anunciando el último round. Alternativamente se ven las caras de los boxeadores. El campeón aspira profundamente. Está cansado. Su técnico le grita en la oreja, pero no lo oye. El retador, de pie para no acalambrarse, tiene la cara hinchada por los golpes. Se lo ve agotado. Su técnico no le habla. Se baja y lo deja solo, esperando la campana. Un plano más abierto muestra a los hombres caminando hacia el centro del ring. Espigado, elástico y atlético, el campeón mundial trata de bailar de lejos. Gordo, pelado, lento y con la guardia baja, el retador lo persigue casi en cámara lenta. Crece la gritería del público. Se ve a los comentaristas de televisión, vestidos con esmoquin, gritando algo así como "Esto es fantástico, amigos...".

La cámara vuelve a tomar el estadio desde lejos. Se ven brazos en alto. Los hombres están abrazados, pero es el campeón quien se amarra, desesperado. Hay un primerísimo plano de ambos, resoplando. Se los escucha gruñir. Se sobreimprime un reloj. Falta un minuto para terminar la pelea. La ovación crece. Y suena la campana. Es el final. El campeón celebra. El retador, aunque levanta sus brazos, sabe que ha perdido, pero igual sonríe, casi como si hubiese vencido, al escuchar que todo el público corea su nombre.

Los franceses inventaron el cine. Pero fueron los norteamericanos los que lo hicieron "más grande que la propia vida", intensificando colores, subrayando situaciones y acelerando ritmos. Los que estuvimos en el Convention Center de Atlantic City, la noche del viernes 19 de abril de 1991, fuimos, en realidad, parte de una gran película: 17.000 personas, 1.500 periodistas de todo el mundo (vinimos de Indonesia, Finlandia, Italia, Dinamarca y Japón para citar sólo algunos países, incluyendo, claro está, Argentina; EL GRÁFICO fue el único medio con enviado especial desde nuestro país para cubrir la pelea), televisión para 60 países...

Una puesta en escena espectacular, incluyendo las cifras en dólares. Por ejemplo, para televisar este encuentro, Argentina pagó 42.000. Que no son demasiados, si tenemos en cuenta que México abonó 200.000, Brasil debió poner 100.000 y que hasta Cuba, por primera vez, estuvo en negociaciones para quedarse con una pelea que se vio en Moscú a la madrugada del sábado, por razones horarias.

Holyfield recibió un mínimo de 20 millones de dólares y Foreman se aseguró un básico de 12 millones y medio. Se recaudaron unos 8 millones de dólares en venta de entradas (la más cara costaba mil), a los que se deben sumar un millón puesto por Donald Trump para promocionar sus casinos y la venta de derechos de televisión de TVKO, un cable que sólo emitirá boxeo y que se inauguró con esta pelea, cobrándole 39,50 dólares a cada uno de los hogares a los que llegó (los cálculos estimaban 1.750.000 pantallas, record para este sistema de imagen codificada).

El empresario Donald Trump posa cual boxedor con Holyfield y Foreman.

El empresario Donald Trump posa cual boxedor con Holyfield y Foreman.

Ni el peso de los boxeadores se salvó, pues todo el mundo puso la lupa sobre los 94,347 kilos del campeón Holyfield: 22,224 menos que los de Foreman, quien registró 116,571... Eso, sin contar que Foreman, con 43 años, es 15 años más viejo que Holyfield, quien subió al ring con un record invicto de 25 peleas (21 por nocaut) contra las 69 victorias de George (65 antes del límite, el porcentaje más efectivo de todos los pesos pesados) y con sólo 2 derrotas. Claro que cuando Holyfield cumplió diez años, el 19 de octubre de 1972, Foreman estaba a punto de consagrarse campeón del mundo...

Foreman era el candidato del corazón. Pero sería Holyfield quien se llevaría la victoria. George se encargó de "vender" la pelea —sonrisas, jamás un no a la prensa, bromas sobre su gordura, simpatía y carisma—, mientras Holyfield se encerró en su gimnasio computadorizado, en el que no falta ni una bailarina clásica —Marya Kennet— para aligerar sus piernas. O sea, la ciencia contra la fuerza. La juventud contra la "ancianidad". Por primera vez ningún boxeador habló mal del otro, es más: Foreman visitaba a Holyfield en el gimnasio y le contaba chistes. Algo era seguro para la mayoría: si Foreman metía una mano, noqueaba. Y que Holyfield no le dejaría margen y lo bailaría hasta agotarlo...

En un clima sin histerias ni amenazas, los periodistas estuvimos a diario junto a los protagonistas principales, excepto Holyfield, quien apareció poco. Como actores de su propia película, cada uno desempeñó su papel. Duva contaba por qué ganaría su pupilo, el campeón Angelo Dundee —histriónico como siempre, invitado especial para este reparto— juraba que Foreman les daría una sorpresa a todos. Archie Moore —el venerable Archie, también entrenador de Foreman— se dedicaba a impartir bendiciones. Bob Arum —quien ahora maneja a George— no se despegaba de su teléfono celular y entre llamada y llamada repetía que, si ganaba, Foreman pelearía con su otro pupilo, Ray Mercer —campeón de la Organización Mundial de Boxeo— y no con Mike Tyson (pupilo de su archienemigo Don King). Sí, todos nos sentimos inmersos en una película de un argumento formidable y un enigmático final.

 

Postal de una noche donde Holyfield superó a Foreman.

Postal de una noche donde Holyfield superó a Foreman.

 

Pero cuando sonó la campana supimos que no era ficción, que George no subió a llevarse fácilmente su dinero ni Evander se conformaría con bailar. Se pegaron y se amenazaron. Es más: Foreman conmocionó a Holyfield con varias izquierdas cortitas allá por el quinto round. Todos pensamos que se daría el triunfo de la experiencia y la fuerza. Pero Holyfield —quien bravamente se jugó en cada cruce— volvió a sacar ventajas, metiendo derechas sólidas que hubieran puesto nocaut a cualquiera (como hizo con Buster Douglas), pero que sólo movieron a Foreman, quien jamás dejó de avanzar con los brazos doblados sobre su cara y el cuerpo, al estilo Archie Moore o Joe Frazier. En el noveno, Holyfield metió la mejor derecha de la noche, pero ya estaba cansado. George, con el rostro totalmente inflamado, seguía avanzando. A cada paso adelante del retador, estaban las piernas del campeón para alejarse y la derecha a fondo. Ganaba la juventud y la velocidad, el atleta sobre el peleador. Así terminó la pelea, con Holyfield exhausto, es cierto, pero ganador. Ajustado, pero vencedor legítimo...

En las afiebradas horas previas al combate, ¿habrá pensado Holyfield en una noche así? Sinceramente, ¿lo habrán pensado los espectadores del estadio y los millones que siguieron la transmisión en todo el mundo? Es difícil determinarlo, pero lo que surge nítido e indiscutible es que Foreman creyó en él, que una fuerza interior, que su fuego sagrado lo impulsó al protagonismo que nos hizo temblar a todos, que fue un canto a la dignidad del hombre.

Holyfield tenía 28 años, mientras que Foreman 43, por eso se la denominó ¨La batalla de las edades¨.

Holyfield tenía 28 años, mientras que Foreman 43, por eso se la denominó ¨La batalla de las edades¨.

Pero luego, cuando reaccionamos, comprendimos todos que también Foreman triunfó en esta noche de película, porque fue la encarnación más parecida a aquel ya legendario Rocky de Stallone, ¿se acuerda? Nadie daba un centavo por él y él, con sólo llegar de pie al último round, festejaba, demostrando que había tenido dignidad y coraje, que no era un paquete de segunda, sino un auténtico retador, un desafiante de verdad...

Y así se terminó esta noche de película, en donde no hubo un bueno y un malo, pero sí en cambio dos hombres entregados a lo suyo, donde ganó el mejor, pero en la que quedó, además, un hermoso ejemplo de vida. Sí, que nos perdone Holyfield, pero nos pasa a nosotros lo mismo que a todos los periodistas del mundo. Ganó el campeón, pero en esta película el papel se lo "robó" su segunda figura, su desafiante, ese gordo bonachón y simpático que subió al estrado con el rostro hinchado por los golpes pero con la sonrisa de siempre. Ese gordo por el que muchos cuarentones hicimos fuerza sin disimularlo y que, sin olvidar su condición de predicador, nos dejó una frase que está mucho más allá del boxeo:

—Si uno está vivo, uno tiene derecho a soñar...

 

 

Por CARLOS IRUSTA (1991).

Fotos: THE ASSOCIATED PRESS/CHARLES REX ARBOGAST y LOREN FISHER.

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