Las Crónicas de El Gráfico

1996. Una historia de amor

Por Redacción EG · 25 de octubre de 2019

Las vueltas de la vida permitieron que, en Paraguay, se conocieran un padre y sus dos hijos -ambos jugadores del Espoli, de Ecuador- después de 23 años de silencio.

De vez en cuando la vida sale a quebrar desventuras, a endulzar almas en pena. De vez en cuando el amor, como una figura frágil y misteriosa, se asoma al escenario universal donde se cobijan las grandes verdades y desnuda su perfil más bello y apasionado. De vez en cuando, en este mundo violento y descarnado pasan cosas que multiplican la ternura y reivindican el llamado de la sangre...

Algo de eso ocurrió el lunes 8 de abril en Asunción, cuando un ex jugador de fútbol, Alfonso Teodoro Obregón -51 años, oriundo de la ciudad paraguaya de San Ignacio de las Misiones- conoció, luego de 23 años, a dos de sus hijos, que juegan en el Espoli, un equipo ecuatoriano. Detrás del encuentro, que por supuesto marcó un antes y un después en la vida de los protagonistas, se fue reconstruyendo un drama familiar con un final acorde a las producciones del mejor cine rosa norteamericano. Es una historia que tiene el sabor de las auténticas pasiones.

Para entender el capítulo esencial hay que remontarse a 1970. Ese año, Obregón -un delantero potente y veloz, que jugó en Nacional de Asunción y Guaraní- buscó en Ecuador un mejor destino profesional, y recaló en la Liga Deportiva Universitaria de Porto Viejo. Allí, en 1971, se convirtió en el goleador del campeonato junto con el recordado Alberto Spencer, quién jugaba en el Barcelona de Guayaquil. Pero es obvio que no sólo de fútbol vive el hombre.

Obregón, hoy casado con María Miguela -licenciada en Ciencias Sociales- y con 4 hijos, tuvo sus amores. De uno de ellos, con la joven Lirisis Cancino, nació Alfonso Andrés el 12 de mayo de 1972. El niño fue reconocido por su padre, quien a los diez meses del alumbramiento partió hacia Colombia -actuó en el Unión Magdalena de Santa Marta, luego pasó al Deportivo Alajuelense de Costa Rica y cerró su carrera en el Cincinatti Comet de Estados Unidos-, apurando una virtual despedida de tierras ecuatorianas.

Una pelota que se muestra mansa y dócil para que el padre y sus dos hijos demuestren sus virtudes en el jardín del hotel Itaenramada.

Una pelota que se muestra mansa y dócil para que el padre y sus dos hijos demuestren sus virtudes en el jardín del hotel Itaenramada.

Pero las semillas que esparció Obregón también habían alcanzado, por esos días, a la también agraciada y joven Ruth Zambrano. De esa relación sin futuro, nació el 28 de noviembre de 1971, Luis Alberto, sin que Obregón tuviera noticias de su paternidad.

La historia atravesó origen y desarrollo, ahora llega el desenlace. La escenografía tiene nombre: aeropuerto Silvio Pettirosi de la ciudad de Asunción. El reloj marcaba las 5 de la mañana del pasado lunes 8 de abril. El Espoli -cuya sigla significa Escuela de Policía- arribó a Paraguay para disputar ante Cerro Porteño y Olimpia los partidos pendientes por el Grupo 1 de la Copa Libertadores de América.

La familia Obregón, en pleno, fue a recibir a Alfonso Andrés, volante central del equipo e integrante de la Selección de Ecuador que, conducida por Francisco Maturana, está disputando las Eliminatorias. El encuentro tuvo todos los condimentos de un afecto correspondido: sonrisas, lágrimas, besos, felicitaciones, silencios que dicen más que un millón de palabras. En definitiva, la vida explotando en un minuto.

"Tú eres mi hermano y él es tu hijo", atinó a balbucear Tania Erica (19), hija de Obregón padre, quien estaba a su lado. Unos segundos que parecieron vulnerar la medida real del tiempo fueron el preámbulo de un abrazo conmovedor entre padre e hijo. "¡Te quiero y estoy aquí para que me conozcas, para que te integres a mi familia. Te digo, con la mano en el corazón, que eres uno de nosotros". El joven futbolista miró con los ojos desbordados de lágrimas y apenas pudo disparar cuatro palabras: "Sí, lo sé, papá".

Luego caminaron juntos unos pasos, volvieron a mirarse como se miran los hombres que sienten la calidez de la tierra bajo los pies y quedaron en charlar durante la semana más serenos y con menos testigos.

Pero había más. Como si fuera poco, los duendes del destino acercaron otra sorpresa, como para dejar helado a cualquier guionista de cine y televisión.

Obregón conocería esa tarde a Luis Alberto Zambrano, delantero del Espoli. Un dirigente del club de Quito, que lo frecuentaba en su etapa de jugador durante la década del '70, fue el mensajero de una confidencia trascendente: "Bertoni" Zambrano –así lo apodan, porque en sus comienzos usaba la camiseta con el número 4, igual que Ricardo Daniel Bertoni en el Mundial '78- era su otro hijo. El hijo del que no conocía su existencia.

Los hermanos sean unidos. Alfonso Andrés y Luis Alberto posan antes del partido en que Espoli cayó ante Olimpia por 2-0.

Los hermanos sean unidos. Alfonso Andrés y Luis Alberto posan antes del partido en que Espoli cayó ante Olimpia por 2-0.

"Yo no sabía que Ruth estaba embarazada; cuando le hablé de mi viaje al exterior, no me dijo absolutamente nada", susurró Obregón envuelto en dudas y quedándose sin reacción. 'Aquí tenés a tu otro hijo", le transmitió Alfonso Andrés casi sollozando y con voz tenue, en el lobby del hotel Itaenramada. Luis Alberto estaba mudo; el papá también. Hasta que pudo reaccionar, muy emocionado.

"Quiero que me disculpes por lo que pasó, porque toda la culpa de esto fue mía. Pero también quiero que sepas que mi apellido está a tu disposición, aunque sé que a esta altura ya puede ser demasiado tarde". La respuesta inmediata de Luis fue largarse a los brazos de su padre abriendo las puertas a un microclima altamente emotivo. Las palabras entrecortadas, la respiración agitada, el mundo que pareció ser más pequeño que nunca, pintaron de mil colores una tarde inolvidable.

La realidad es que Alfonso y Luis -quienes viven en Quito en el mismo edificio, pero en distintos pisos- ya sabían que los unía algo más fuerte que la simple defensa de un equipo de fútbol. "Nosotros estábamos al tanto de que éramos hermanos de sangre, pero como era un tema muy delicado preferimos no tocarlo. Hasta que una noche con un par de cervezas encima nos animamos a decirnos todo lo que teníamos guardado", aseveró Alfonso. Y la verdad saltó la barrera de los rumores y las sospechas.

Los hermanos -ambos casados y con hijos muy pequeños-, a su manera, intentaron recrear el pasado. También se sintieron cómplices de una aventura compleja y no muy presentable. Todavía más: ante el avance de algunos comentarios periodísticos negaron cualquier vínculo familiar. Sin embargo, el viaje a Paraguay sería el detonante de la historia. Una verdadera historia de amor.

El martes 9 de abril, Cerro Porteño vencía a Espoli 2-1. En las tribunas, la familia Obregón desafiaba la noche lluviosa para ver en vivo a dos muchachos que tenían hinchada propia. El miércoles, el técnico uruguayo del Espoli, Fernando Rodríguez Riolfo, les dio permiso a

Alfonso y a Luis, porque en la casa paterna, en el kilómetro 14 del barrio San Lorenzo, la mesa estaba tendida. Una parrillada de achuras y afectos quedó para siempre en el álbum de los grandes recuerdos. Los duendes, felices con el reencuentro, seguían convocando ilusiones.

El viernes, horas antes del partido con Olimpia -le ganó 2-0 al Espoli-, en el estadio Defensores del Chaco, EL GRAFICO reunió a Obregón con sus hijos. Abundaron las sonrisas, las miradas plenas de afecto, las referencias obligadas al ayer y, sobre todo, al presente y el futuro inmediato. "Esto sólo pasa en las novelas, pero dio la casualidad de que nos ocurrió a nosotros", dijo don Alfonso, abrazando a los muchachos.

-¿Como los ve futbolísticamente a sus dos hijos?

-Alfonso es un volante de gran manejo. Técnicamente es excelente. Incluso me hacer acordar a Redondo, aunque Fernando es de pisar más la pelota y él la juega más de primera. Y Luis es un delantero de área muy potente, que va a todas y no se achica nunca. Es muy guerrero, cosa que yo no era.

También se afirmó el deseo que Alfonso y Luis jueguen en un club paraguayo. Acá tendrían un buen trampolín para seguir progresando", fue la frase que quedó picando. Por lo pronto, ambos prometieron que en diciembre regresarán a Paraguay para pasar las fiestas juntos.

En el centro, el padre Alfonso Obregón, abrazando a sus dos hijos: a la izquierda, Luis Alberto Zambrano, y a la derecha, Alfonso Andrés Obregón.

En el centro, el padre Alfonso Obregón, abrazando a sus dos hijos: a la izquierda, Luis Alberto Zambrano, y a la derecha, Alfonso Andrés Obregón.

Después posaron, brindaron e hicieron jueguito, con una número cinco que se mostró dócil. También hablaron de la admiración que le profesan a Redondo, Batistuta y Maradona, y dejaron sellada una comunión que sólo admite el sabor inigualable del reencuentro.

La historia dirá qué pasó en Asunción. Y que no fue el fruto de un delirio de imaginación, rico en desencuentros y pasiones familiares. Es que de vez en cuando la vida nos regala estas sorpresas. Y siempre vale la pena dejarse acariciar por esos soles.

 

 

Por EDUARDO VERONA (1996).

Fotos: OSVALDO MARCARIAN.

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