Las Crónicas de El Gráfico

1909. Tormenta de verano: Crónica pugilística del viejo Buenos Aires

Por Redacción EG · 01 de octubre de 2019

El match entre Maden - Gould, vivido entonces y relatado en 1952 por Marcelo Peacan del Sar, da testimonio de una práctica clandestina que ganaba en las sombras enorme popularidad.

Jack Meden llegó a nuestro país en mayo de 1909. El hombre ostentaba un ponderable número de triunfos por knock out y sus combates habían tenido verdadera resonancia. Se decía que era el púgil de los "cruces efectivos" y el más ajustado al concepto técnico del boxeo. Muchos, pero muchos, fueron los aspirantes que durmieron sobre el tapiz por la veleidad de querer conquistar un triunfo e sus expensas, y los comentarios qué suscitó la llegada a Buenos Aires de ese personaje del ring precedido de tanta fama corrían de boca en boca.

 

Otra reliquia gráfica, con sabor al Buenos Aires de entonces. Willie Gould, con gorra, se dirige hacia el "ring", acompañado por sus segundos y por el doctor Magnanini.

Otra reliquia gráfica, con sabor al Buenos Aires de entonces. Willie Gould, con gorra, se dirige hacia el "ring", acompañado por sus segundos y por el doctor Magnanini.

 

Como era natural, no bien se le nombraba el pensamiento de nuestros aficionados se fijaba en Willie Gould, valor pugilístico del momento en nuestro ambiente. Meden visitó el Buenos Aires Boxing Club. Allí fue agasajado en forma y los entusiastas de aquel entonces rodeaban al huésped con expresivas muestras de curiosidad, como queriendo descubrir en las huellas bien marcadas de su rostro las honrosas marcas de sus combates. Y... la fantasía, ¡oh, loca fantasía, que desconoce límites y se encarga de multiplicar las expresiones hasta más allá de lo irreal!, comenzó a trabajar la mente de los cultores del noble arte, y nuestro maestro, consagrado por sus méritos, aparecía más que como un digno rival como una posible víctima. Una cuenta más, se decía, que completará el rosario de los vencidos por los puños maravillosos de aquel turista, que arrastrando fama tan pesada y larga como una cola de novia llegaba al país. Pronto la curiosidad de los aficionados se vio satisfecha, y en el local de le calle Florida 525 el desafiante del campeón argentino, en una magnífica exhibición, lucía su técnica, que si no convenció del todo, bueno es recordarlo, a muchos preocupó porque vieron en él a un artista consumado de los puños, pero un artista que al parecer sabía esconder sus habilidades pare el momento de su prueba decisiva. Sin embargo no faltó quien lo encontrara disminuido por la acción del tiempo.

 

De un grabado de la época reproducimos estos tres aspectos del match Gould-Maden: el ring, cuyas cuerdas eran sostenidas por los espectadores; el cinturón ganado por el vencedor y éste llevado en andas después del triunfo.

De un grabado de la época reproducimos estos tres aspectos del match Gould-Maden: el ring, cuyas cuerdas eran sostenidas por los espectadores; el cinturón ganado por el vencedor y éste llevado en andas después del triunfo.

 

Estábamos en presencia de un fighter de indiscutible valía, pero faltaba saber si era el Maden de sus mejores épocas. Cuando las condiciones de la pelea se ajustaron y la fecha quedó establecida sin fijarse el lugar de su realización por los inconvenientes de la ordenanza que la prohibía, el público comenzó a paladear el plato... sujeto a las maquinaciones del espíritu en trance de solucionar dificultades. Así, a medida que el tiempo transcurría y la fecha se acercaba, pero en la ignorancia aún de dónde se llevaría a cabo, la tensión nerviosa de nuestros aficionados aumentó en forma tal que en ese Buenos Aires tranquilo se apuraban los whiskies o los clásicos tragos en los bares y confiterías al amparo de comentarios y charlas que sin iniciarse con el fin de analizar las perspectivas del match fatalmente terminaban en él.

—El próximo domingo será la sensacional pelea — expresaban.

— ¿Cuánto tiempo podrá permanecer de pie nuestro campeón frente al visitante?

Todas eran preguntas que se formulaban y respuestas que se esperaban. Otros agregaban enfáticamente:

— Piensa dejarlo desarrollar a Gould su juego para rematarlo en forma espectacular, como lo hiciere en su último combate en Londres.

Y cronistas extranjeros que siguieron de cerca su actuación en el Viejo Mundo aseveraban que Maden era el liviano de mayor pegada que se había conocido. Así transcurrieron los días hasta que una mañana, bien temprano, el 13 de septiembre, descendí del tren en la estación de Vicente López, encaminándome a la vieja y tradicional quinta de la familia Cano, donde se había resuelto realizar el encuentro. Lo tengo presente como si fuera ayer. El pasto estaba tan húmedo por el rocío de la noche que trabajo costaba caminar por el angosto sendero a la vera de las vías sin resbalar. Dos viejos amigos vinieron a mi encuentro, ansiosos de cambiar conmigo sus últimas impresiones. El uno era Alfredo B. Panes, un discípulo de Gould. Aficionado de aquella época, a quien recuerdo haber visto actuar con eficacia. El otro, sin haber jamás calzado los guantes, sentía verdadera afición por el boxeo. Todo un sportsman en la cabal acepción de le palabra a quien la afición uruguaya lo exigía en la dirección de los partidos internacionales de fútbol. El referee aficionado de mayor autoridad que conocí, y que tan honda congoje provocara su temprana desaparición, don Hugo Gondra. Y juntos del brazo los tres, como para darnos mayor fuerza en la subida de la pequeña cuesta, fuimos escalando el ancho camino de la residencia, formando contraste con la caravana de toda clase de vehículos que transportaba al público.

 

Así conocimos, los porteños que éramos jóvenes en el centenario, al inglés Willie Gould, primero peleador y después excelente profesor de proficua labor.

Así conocimos, los porteños que éramos jóvenes en el centenario, al inglés Willie Gould, primero peleador y después excelente profesor de proficua labor.

 

Impidió la obstinada persecución policial levantar el ring reglamentario, más la concurrencia tenía un interés tan grande en presenciarlo que contribuyó a subsanar todos los inconvenientes. Como a la usanza antigua, antes de la construcción de los tinglados, las cuerdas se colocaron como lo ilustra la nota gráfica para delimitar el ring con sus medidas reglamentarias, estiradas y sostenidas por los mismos asistentes sobre el césped. Se habría abonado cualquier suma por no perder detalle de la pelea, y saltando cercos, procurando las ramas más altas de los árboles, o en improvisadas plataformas, construidas con cajones vacíos, buscaba colocación el espectador. Tomadas las providencias del caso, los boxeadores hicieron su entrada en el improvisado cuadrado con su indumentaria de rigor, pero cubiertos escasamente por sus sacos de vestir a pesar de la baja temperatura reinante, y un silencio impresionante se produjo de inmediato. El referee, ingeniero Mascías, dirigiéndose a los contendientes les recalcó la imprescindible necesidad de observar las reglas y atenerse a las indicaciones oportunas, y rogó a los asistentes abstenerse de toda manifestación en apoyo de sus favoritos. El gong en medio de esa expectación, anunció la iniciación del combate. Maden y Gould se buscaron decididamente. Tenían la misma firme decisión de pelear desde el comienzo para alcanzar el final lo más rápidamente posible.

 

Marcelo Peacan del Sar. Quien recrea la pelea de principios de siglo XX con una notable crónica, fue presidente del Buenos Aires Boxing Club, y encargado de la organización de peleas

Marcelo Peacan del Sar. Quien recrea la pelea de principios de siglo XX con una notable crónica, fue presidente del Buenos Aires Boxing Club, y encargado de la organización de peleas

 

Nuestro campeón aprovechó la iniciativa del visitante para colocar su izquierda, que llegó a destino como un verdadero latigazo, y descargando seguidamente su derecha, sin darle tiempo a un esquive, lo fulminó, dejándolo dormido por mucho más del tiempo reglamentario. 58 segundos había durado el match esperado con tanta ansiedad... 58 segundos después de múltiples conjeturas sobre la capacidad del viajero que llegara precedido de tanto renombre.

¿Es que el Maden que estuvo en Buenos Aires, siendo el verdadero Maden que ilustraran las crónicas, se encontraba en franca decadencia? ¿O es que Gould, en su decidido propósito de darle fin a la pelea, lo aprovechó con suerte?

Me trasladé de París a Londres para asistir al gran encuentro de Carpentier con Bombardier Wells, y fueron también contados minutos los que pudo sostenerse de pie, frente al ídolo francés, el campeón británico.

— ¿Y para esto — me dije en aquel entonces, — hemos realizado un viaje penoso, cruzando la Mancha en plena borrasca y soportando las consecuencias del mareo?

Aquí, si bien el resultado fue parecido en su aspecto técnico y en su corta duración, no tuvo el vencedor la suerte de escuchar, como Carpentier, el batir de palmas que consagre y alienta todo esfuerzo. Gould debió dejar la quinta de la familia Cano escondido entre los cortinajes de un auto, buscado y perseguido por la policía. Maden, sorprendido por el rápido desenlace, en esa ignorancia y ese aturdimiento tan propio del que sin alcanzar a luchar cae por un certero golpe sobre el tapiz, no comprendía las palabras de aliento de sus segundos y menos podía interpretar la actitud de las autoridades en trance de interrogarlo...

Aquella descongestión de público que descendía presuroso por la barranca de la quinta en forma silenciosa, pero algo desilusionado, procurando medios para retornar a la ciudad, se encargaba de confirmar el interés de ese encuentro que transcribo al través del tiempo, tratando de recordarlo en sus más precisos detalles.

Peleas he presenciado en mi vida que, como ésta, me han recordado a las tormentas de verano, en que pareciera venirse el cielo abajo, y sólo basta un ligero chaparrón para despejar el ambiente. De ahí el título de esta crónica. Le atmósfera se había puesto pesada para la afición. Nuestro cielo, como en una amenaza de tormenta, estaba cargado de nubarrones que se desplazaban como para descargarnos toneladas de agua, y hasta de granizo, pero no resultó sino una simple lluvia de verano. Gould, triunfante, nos alegró, como suele alegrarnos el sol rasgando las nubes que le impiden brillar y nos facilita después de la tormenta el magnífico espectáculo del arco iris...

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