Las Crónicas de El Gráfico

1975. Un gigante llamado Dazzan

Por Redacción EG · 16 de mayo de 2019

El 25 de junio de 1975 en Suiza, el argentino Octavio Dazzan conquista de manera épica el mundial juvenil de velocidad. Esta fue la crónica de uno de los días más gloriosos del ciclismo nacional.

Son las 22.35 del miércoles 25 de junio. Estoy viviendo el momento culminante de la jornada más trascendental en la historia del ciclismo argentino. El público aplaude de pie, con un frenesí extraño para esta Suiza hecha a la meticulosidad fría, a las reacciones carentes de apasionamiento. El colega Georges Doneux, de "Sport Suisse", me susurra al oído que nunca vio en ese velódromo de Lausana una euforia parecida. Allá, arriba del podio, Octavio Dazzan levanta los brazos, se esfuerza por mostrarse sereno, disimula una mueca de dolor cuando intenta sonreír. Hasta en su instante más glorioso, la barbilla herida le prolonga el sufrimiento. Sobre el pecho henchido, la camiseta blanca con el arco iris en el medio. La camiseta de campeón del mundo juvenil en velocidad...

Acá abajo, todos nos apretamos alrededor de Antonio Alexandre, que se muerde los labios para que las lágrimas no le inunden las mejillas. Lágrimas que llenan de sal la cara del padre de Octavio. El pibe Osvaldo Storani le pasa una mano sobre el hombro a Palma, que hace un esfuerzo para mantenerse erguido, pese a la pierna izquierda magullada y dolorida. Curuchet y Trillini se abrazan en silencio. El tano Eduardo Piana (ex masajista de Bruno Loatti, 25 años en la Argentina, media vida dedicada al ciclismo) acomoda mejor, disimuladamente, el escudo de tela con los colores celeste y blanco que le flamea sobre el buzo.

La foto corresponde al Panamericano de 1975. Octavio Dazzan mira a su inmediato perseguidor.

La foto corresponde al Panamericano de 1975. Octavio Dazzan mira a su inmediato perseguidor.

La bandera argentina está allá arriba. Los quince integrantes de la expedición argentina cantan nuestro himno a voz en cuello, casi con rabia. Confieso que en ese momento se me hizo un nudo en la garganta y mi voz se quebró. Quizás porque recordé que alguna vez, como estos "mocosos", yo también tuve dieciocho años. Como Dazzan, como Palma, como los "loquitos" Bonavita y Torres, como el adusto Roberto Botas. Y que por entonces solfa dejar de noche, sobre la mesita de luz, aquel "Pedaleando recuerdos" con el que Borocotó me enseñó que el ciclismo era una cosa de hombres, viril, leal, noble. O, como en este caso, una cosa de chicos que se hicieron hombres de repente, casi sin darse cuenta, aquí, entre las montañas de un país lejano y extraño llamado Suiza...

La hostilidad

Se me hace difícil encontrar en las teclas de mi máquina las palabras que sirvan para ubicar en su dimensión justa lo que Dazzan hizo en Lausana. Por eso, lo mejor es pasar a la historia y contar su escalada (sufrída y dolorosa escalada) hasta la corona mundial de velocidad pura. Cuando llegó a Lausana, luego de tres días de entrenamiento en Milán, en el velódromo Vigorelli y alrededores, la barra brava de Antonio Alexandre se encontró con un clima enrarecido. Los europeos sabían que en el grupo argentino venía un chico que ya en 1974, en Montreal, había demostrado lo que valía. Y entonces empezó la guerra, que duraría hasta el momento en que Dazzan les demostró que no había nada que hacer...

Alexandre me lo cuenta así: "Enseguida nos dimos cuenta de que a Octavio los europeos lo miraban como la mayor amenaza en la especialidad más apasionante en este tipo de torneos. Porque ganar en velocidad es un galardón tremendo en el nivel internacional. Y comenzó la guerra de nervios, cuyos protagonistas fueron los seis jurados, representantes de otros tantos países europeos, confabulados para que el título no saliera del Viejo Continente. Presiones solapadas, observaciones fuera de lugar, intentos de minarle la entera moral del pibe Dazzan. Siempre tenían algo para decirnos antes de la partida: «Revise el tubular trasero, que no está bien adherido», «No se desvíe de su línea porque lo descalificamos». Mirá, una verdadera infamia..."

Fuimos testigos de este juego desleal y también de la entereza con que Dazzan y todo nuestro equipo lo resistió. Pero lo grave es que las cosas fueron más allá, mucho más allá...

En este clima adverso, casi hostil, Dazzan empieza a remontar la cuesta. En las clasificatorias registra los dos mejores tiempos (11.6 y 11.7), que luego serían los mejores de todo el campeonato. En los octavos, ya todo el mundo lo ve como el candidato más serio, y entonces los técnicos de Suiza y Alemania Federal acuerdan un desembozado trabajo de presión sobre el jurado. Allí Octavio corre con el alemán Scheller y el italiano Mantino, y se da otro paso adelante en la escandalosa conspiración que se venía tramando entre bambalinas contra el chico de Quilmes.

A cien metros de la llegada, Dazzan se tira desde el peralte, con Mantino a rueda, quebrando a Scheller en la última curva. Pero el italiano, desesperado, agarra a Dazzan de la camiseta, se desequilibra y arrastra a Scheller en la caída. Sacado también de su línea, el nuestro lucha desesperadamente para no caer, pero se le desbanda el tubular trasero, a pesar de lo cual, con la llanta pelada, cruza la línea de sentencia. La platea aplaude de pie semejante alarde físico del argentino. Aplausos que se transforman en cerrada silbatina cuando el jurado lleva su parcialidad hasta el extremo de la aberración: le da ganada la prueba a Scheller, que no había alcanzado la meta, y manda a repechaje a Dazzan y a Mantino. Protesta el público, protesta Alexandre a viva voz y por escrito, pero no hay nada que hacer. La trampa se ha consumado...

4 de junio de 1975, Dazzan es arengado mientras pedalea a toda velocidad.

4 de junio de 1975, Dazzan es arengado mientras pedalea a toda velocidad.

La entereza moral

Ahora hay que ganar el repechaje, cueste lo que cueste. Dazzan está sereno, pero el rival no es nada fácil. Se trata del venezolano Alvarez, que disputó la final con el mismo Dazzan en el Panamericano de Cali, en 1974. Todo marcha bien para el argentino hasta la última curva, donde el destino parece encapricharse en hacerle pagar un precio de dolor, de angustia, de sufrimiento por cada paso adelante en este bendito campeonato...

Dazzan lo quiebra a Alvarez en la última curva, por arriba, cuando al venezolano le estalla el tubular trasero (a 70 km por hora), arrastrando al nuestro en una caída espectacular, escalofriante. Me diría luego el médico de la delegación argentina: "Yo nunca vi una cosa igual; Pareció que se habían reventado contra el piso". Al venezolano lo llevan malherido al hospital, con una costilla fisurada. Alexandre y el padre de Octavio van a auxiliar al nuestro con la desesperación pintada en los rostros. El pibe tiene todo el cuerpo raspado, escoriaciones en brazos y piernas, un impresionante corte en la barbilla que deja entrever el hueso del mentón... Y ahí aflora otra vez la mala voluntad que anima a los jurados contra nuestro chico. Vislumbran la oportunidad de eliminarlo y casi no dan tiempo para medicarlo y contener la sangre que le cae a chorros de la barbilla. El juez llega corriendo y da la orden perentoria: "En diez minutos se larga el repechaje. Si el argentino está mal, que no corra".

La respuesta de nuestro equipo fue fulmínea. Dazzan apretó los puños, contuvo el dolor y se apoyó únicamente en su temple, en su entereza, en sus reservas morales. El doctor Fahey le aplica cuatro puntos en la barbilla. Alexandre padre e hijo desinfectan las heridas y aplican vendas en brazos y piernas. Los otros chicos de la delegación miran asustados. Todos, con el corazón en la boca...

En el viaje de regreso desde Lausana a Milán, César Ruiz (amigo de la infancia de Alexandre) se reía recordando aquel momento, cuyo dramatismo no olvidaré jamás: "Era como llevar una momia a la raya montada en una bicicleta, tantas eran las vendas que el pobre Octavio tenía encima".

Y el nuestro gana por "walk-over", o sea por no presentación de Alvarez, por entonces ya en el hospital. Pero no le gana sólo al venezolano, sino a estos seis señores partícipes de la sucia conspiración en marcha...

La incógnita

Así el gran interrogante se desplaza para el día siguiente, martes 24. ¿Estará Dazzan en condiciones físicas de superar los cuartos de final? Para peor, el jurado intenta una maniobra más: le pone como adversario al fortísimo italiano Villoresi (11.8 en las clasificatorias), con el expreso propósito de aprovechar la desventaja física del nuestro. Y fue ahí, en la noche entre el 23 y el 24, que Dazzan empezó a tocar la corona mundial con la punta de los dedos.

Pero dejemos que lo cuente el mismo Alexandre: "Octavio estaba muerto, fusilado. Mientras Oscar García trataba de recomponerle la bicicleta, que había quedado a la miseria por la caída, yo le hablé clara y crudamente. Y le dije que todo estaba pendiente de un hilo, y que sólo apelando a sus mejores reservas íbamos a poder seguir adelante. ¿Sabés qué me contestó mientras el doctor Fahey le hacía ver las estrellas pasándole alcohol sobre una de las heridas?: «Quédese tranquilo, Antonio, que mañana no me va a doler más, y al italiano le gano los dos sprints». Mirá, te juro que no supe si besarlo o ponerme a llorar".

Al día siguiente, Dazzan cumple su promesa. Gana con esfuerzo las dos corridas y lo escucho a Villoresi decir, cuando se baja de la bicicleta, con un gesto de desazón: "Non c'e' niente da fare. E troppo forte". Gracias a su fortaleza anímica, Dazzan ha superado la crisis. Por eso el regreso al hotel es un jolgorio. "Pasamos el día D", me dice Alexandre. El alivio general se ve en los rostros, en los chistes. Para colmo, esa misma noche coronan a Palma subcampeón mundial en persecución individual. Vuelven a escucharse los cuentos de Torres y Bonavita, alguno evoca la última película que vio de Terence Hill. Ya estamos con un pie en el gran, en el histórico día: un 25 de junio en Lausana, a orillas del lago Leman, entre los Alpes suizos...

La gloria

Todos estábamos convencidos de que, luego de tantos padecimientos, después de tantas trampas, si Dazzan andaba bien físicamente, tenía que trepar los dos últimos peldaños que lo separaban del cielo. Cuatro sprints y luego la gloria. Me diría después el pibe de Quilmes: "Cuando empecé el precalentamiento me di cuenta de que no podía perder. Me dolía todavía todo el cuerpo, pero me sentía seguro, agrandado, luego de superar tantos obstáculos. ¿Cómo iba a fallar en los momentos decisivos?"

 

El quilmeño dejándolo todo.

El quilmeño dejándolo todo.

 

Y no falló. En las semifinales le toca como rival un virtual desconocido, el alemán oriental Kuschich. En el primer match lo destroza tirándose del peralte faltando 200 metros Y resistiendo el contraataque de Kuschich en la recta final. Descansa un poco, toma glucosa líquida y un jugo de durazno, le guiña un ojo al pibe Torres, que lo mira con cara de espanto, se sube a la bicicleta y le vuelve a ganar al alemán por un cuarto de rueda...

Y por la noche, las finales. Con viento, lo que teóricamente perjudicaba a Dazzan. El rival es otra vez Gerad Scheller, que acaba de eliminar al norteamericano Barsevsky, y que viene rodando muy bien. Alexandre elabora entonces un plan basado en una premisa: como Scheller arranca muy bien desde lejos, Dazzan tiene que dejarlo hacer y tomarle rueda cuando se tira abajo, por lo general a 300 metros de la llegada, para atacarlo en la recta final. Dazzan cumplió este plan a la perfección y ganó por una rueda.

Y acá se produce el manotón agónico de los intereses que no se resignaban a que el título de velocidad, la "niña bonita" de las pistas, fuera a parar lejos, muy lejos de Europa.

Como el alemán ha terminado agotado el primer match, y en un gesto de impotencia acaba de revelar su estado físico y anímico, hay que permitir su recuperación. Dazzan, en tanto, está entero. Y entonces el jurado hace correr una prueba puntable intermedia, fuera de programa, que le permite a Scheller volver a recobrar el aliento perdido. Pero no hay nada que hacer. En el segundo match Alexandre invierte la estrategia: lo manda a Dazzan que tome la punta desde el vamos. Y con un arranque progresivo, que se hace frenético en los últimos 150 metros, impide que Scheller achique la diferencia a menos de una máquina...

Y ahora sí, la locura total. El podio. Nuestra bandera y nuestro himno. El abrazo de toda la barra brava. La gente aplaudiendo de pie. La afonía de todos. Otra vez las lágrimas. Octavio Dazzan. Alexandre. El pibe Palma. Este grupito de rostros adolescentes, con los ojos enormes. Miro el reloj. Son las 22.35 del 25 de junio de 1975. Allá arriba, Dazzan me parece más gigante todavía...

La revelación

Fue José Palma, a la postre subcampeón mundial en persecución individual. Otra hazaña tremenda, pues en esta especialidad se dio una circunstancia muy especial. El que fue campeón, el suizo Robert Dill-Bundi, es un fuera de serie que marcó una diferencia abrumadora con todos los demás contrincantes. Basta con indicar que en las clasificatorias clavó 3.39.22, y el segundo, el ruso Igor Pelitenko, 3.47.69, detrás del cual se escalonaron diez ciclistas en menos de tres segundos (Palma hizo 3.49.4, o sea el quinto tiempo). De manera que haber sido segundo de semejante fenómeno es, para un novato como Palma, un suceso de enorme trascendencia. Por otra parte, el riocuartense impuso en cada presentación un sello distintivo, personalísimo: salía lento y contenido e iba en un "in crescendo" progresivo e implacable, que en las tres últimas vueltas se convertía en un tifón imposible de resistir. Así quedaron en el camino Koutchin, el italiano Berto e incluso el ruso Pelitenko, a quien Palma superó en la semifinal por una rueda con el excepcional tiempo de 3.46.53. En la final no hubo nada que hacer, pues el fenomenal Dill-Bundi le sacó casi diez segundos (3.42.07 contra 3.51.32 del nuestro), lo que, paradójicamente, brinda la dimensión exacta del desempeño de Palma. Que también vuelve a casa magullado, debido a la caída sufrida en la cuarteta de persecución, cuando junto con Kusich (incluido pese a estar enfermo), Bonavita y Curutchet habían remontado hasta los cuartos de final...

La serenidad

Borroneo estos últimos apuntes en Milán. Hay aprestos de partida. La barra termina de festejar a Palma, que cumple años. Dazzan se ha ido con el padre a un pueblito de Friuli, a conocer a los abuelos. Allí se ha organizado una fiesta descomunal en homenaje al joven campeón. Piénsese que cuando Francisco Moser, semanas atrás, se clasificó campeón de Italia, los festejos duraron en su pueblo natal diez días seguidos...

Una radio de Río Cuarto entrevista a Palma y desde Viedma requieren a Gustavo Kusich, que también hizo un gran papel en persecución individual, registrando el décimo tiempo (3.50.65), pese a haber corrido afectado de forunculosis.

El negro Alexandre me deja las últimas reflexiones:

"Mirá, esta experiencia ha sido algo excepcional. Estos chicos cumplieron, cada cual en lo suyo, a la total perfección. Lo de Dazzan fue más allá de todo lo previsible, pues tuvo que luchar no sólo contra los rivales, sino contra la adversidad, la mala intención de los jurados, el medio hostil y demás. Y por si fuera poco, esta revelación maravillosa de Palma. ¿Qué más puedo decirte? Si vos sabés que ésta es la satisfacción más grande de mis cuarenta años, casi todos dedicados al ciclismo"...

En el primer piso oigo risas y gritos. Los chicos están empezando a preparar las valijas. En una de ellas va una camiseta blanca con el arco iris en el centro. La que enfundaron alguna vez Fausto Coppi, Koblet, Bevilacqua, Maspes, Eddy Merckx. La que pertenece ahora a un pibe de 17 años, que vive en Quilmes y se llama Octavio Dazzan...

 

Por Bruno Passarelli.

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