Las Crónicas de El Gráfico

2000. Delante de las noticias

Por Redacción EG · 03 de enero de 2019

La internación de Diego Maradona en terapia intensiva en Punta del Este en enero de 2000, potenció la locura mediática que su figura genera habitualmente. Y esta vez no hubo límites. Por Mansilla y Balmaceda.

Diego Maradona está ahí, oculto tras el esmerilado de los cristales de las ambulancias que lo trasladan de las clínicas a los aeropuertos y viceversa. En el atardecer del domingo, después de casi seis días de guardia, de algunas visitas pertinentes (familiares, amigos) y otras disparatadas (famosos, cholulos, integrantes de la farándula “esteña”, como suele decirse todos los años a esta altura), todo estaba listo para el traslado desde Punta del Este hacia Buenos Aires.

Maradona, entonces, iba a quedar expuesto al alcance de los flashes y de las cámaras. Sin demasiadas guardias, sin el celo de los médicos, sin defensas. Listo para mostrarse. Pero algo falló. El sol tuvo parte de la culpa, transformando a los vidrios en virtuales espejos para las cámaras. Pero nada más cruel que ese esmerilado con una cruz en el medio. No hubo nada que hacer. Fue como una victoria de la privacidad del hombre que moviliza a toda la Argentina contra la desmesura que lo rodea y que muchas veces él alimenta. A decir verdad fue una pequeña batalla ganada en una guerra perdida desde hace muchos años.

Maradona es un partícipe necesario de esta locura. Pero no es el responsable. El periodismo tiene su razón de ser en exponer a la gente aquellos temas que esa gente reclama, valora y necesita conocer. El periodismo debe comunicar. Pero esta vez  quedó lejos: ¿qué es lo que la opinión pública quería saber en este hecho particular? El estado de salud de Maradona,  precisiones sobre su afección (¿quién sabe, ahora, después de tantas idas y vueltas, qué es lo que tiene realmente?), si su adicción podía complicar el cuadro y, quizá, detallar la causa judicial. ¿Se logró el objetivo? No.



La construcción de la noticia

El martes 4 de enero los enviados a Uruguay de Crónica TV tomaban imágenes de un desfile en la playa Movicom cuando recibieron un llamado, a las 16.40, comunicándoles la situación: “Maradona llegó de urgencia al Cantegril. Está mal”. El aviso lo recibió el cronista Javier Díaz, quien hizo un llamado para confirmar la información. Mientras intentaba comunicarse, recibió un segundo llamado, de una fuente policial, que le corroboró el dato. Díaz ordenó a los técnicos que dejaran de filmar el desfile y todo el equipo partió con velocidad. Una periodista de Canal 26 alertó: “Se van los de Crónica”. Otro colega respondió: “Debe haber pasado algo grosso”. Tenían razón. ¿Tenían razón?

Lo cierto es que el caso (típica palabra que muchas veces simplifica la discusión sobre qué palabra utilizar correctamente) ya estaba en marcha. Había noticia. Al menos, Maradona estaba efectivamente allí, internado en el Sanatorio Cantegril. Y lo demás (las causas, por ejemplo) estaba por verse. Pero Diego estaba allí y eso quería decir que había noticia. La ecuación perfecta.

¿Había noticia? Había, como mínimo, un hecho concreto: Diego Maradona estaba enfermo. Y había también, un efecto inmediato: “Maradona volvió a paralizar al país”, tituló Página/12 dando cuenta del fenómeno desatado pocas horas antes, exactamente a las 17.42, de acuerdo con el registro de Crónica TV, que insistió hasta el hartazgo con este dato hasta abandonarlo para dedicarse de lleno al “affaire Coppola”. El representante había intentado, en las primeras horas, cuando todo era especulación, minimizar los hechos: “Hipertensión”, “Mala alimentación”, “Ya pidió morfi”,  “Diego está bien”, etc. La noticia, entonces, se deshilachaba.

 

La hipótesis cocaína

En estos casos vale hacer una aclaración que parece obvia, pero no lo es: Maradona ya no juega al fútbol. Se retiró hace poco más de dos años. Y cuando un futbolista deja de jugar, ya no se somete a controles antidóping. No da positivo, ni negativo. Sin embargo, Crónica encendió la mecha y hubo que esperar los resultados del análisis de orina. ¿No se sabía ya que Maradona no pudo aún superar su adicción a la cocaína? Lo cierto es que se necesitaba el parte médico, la confirmación. La misma que le “cortó las piernas” en el Mundial de Estados Unidos y que llegó en el mediodía del jueves 30 de junio de 1994, cuando ya todo el país imaginaba el desenlace en el atardecer del miércoles 29. Otra vez el control antidóping.

En su edición del miércoles 5 de enero, Diario Popular publica un sugestivo recuadro sobre el tema que, por unos instantes, había opacado el centro de la novedad. “Primicia exagerada”, se llamó. Y dice: “La internación de Diego Maradona fue una primicia explotada por la TV. El canal de noticias que puso en la calle la impactante novedad no se conformó en haber sido el primero sino que avanzó lanzando una y otra vez carteles uno más alarmante que otro”. Ya no importaba la salud de Maradona. El escenario era ocupado por el enfrentamiento entre Guillermo Coppola y Crónica TV.

 “Crónica TV logró un triunfo por nocaut”, aseguró el jueves el diario que le dio origen a este canal de noticias. La declaración de Máximo Costa Rocha, jefe de policía de Maldonado, había zanjado la discusión: si había restos de cocaína, era sobredosis. Así, a secas. El único motivo. “Crónica nunca miente”, se golpeaba el pecho una placa televisiva.

Coppola intentó, después de bromear con algunos periodistas amigos en la puerta del Sanatorio Cantegril, evitar el aparente nocaut amparándose en el mismo argumento que Diario Popular: “Lo que ustedes hicieron fue una falta total de respeto. Pusieron la placa roja y dijeron que estaba en coma. Todo salió al aire antes de que le terminaran de hacer los estudios”.

Era una polémica de poca monta. Era el conflicto entre un hombre muchas veces desprestigiado y dos medios “sensacionalistas”. Como para que el resto levantara el hombro y los mirara de reojo, con cierto desprecio. Pero intervino también un diario tradicional. La Nación, en su edición del viernes 7, opinó sobre la cuestión: “El periodista destacado por Crónica TV en Punta del Este es Javier Díaz, un profesional serio, experimentado y de destacables virtudes humanas”. La publicación de este comentario coincidió con el peor momento de Maradona. Pero la noticia ya no se agotaba en los aburridos partes médicos.



Todo estaba bien

Víctor Alderete era un tema para los enviados. La presencia de Carlos Menem era otro. Poco, muy poco. Ni siquiera romances. Ni siquiera muchas modelos conocidas. Y nada de nada, en realidad, para un medio deportivo. Sólo algunas fotos robadas de Martín Palermo en la pileta del Hotel Conrad... “Y eso que parecía venir todo tranqui”, reconoció Olé el miércoles 4, mientras Diario Popular se ofendía por el quinto lugar que le correspondió a Maradona entre los mejores futbolistas del siglo (de acuerdo con la elección realizada por la Federación Internacional de Historia y Estadísticas) y los enviados de América todavía se lamentaban por lo cerca que habían quedado de tener ellos la primicia que agitaba Crónica con un orgullo grosero. Los hombres del multimedios de Eduardo Eurnekian se comunicaron con Coppola el martes 4 a las 14.30, mientras Maradona ingresaba en la clínica, con el objeto de lograr una entrevista con el ex futbolista. Coppola, ante la urgencia, le mintió: “A la noche hablamos. Por ahí, hoy jugamos un partido”.

A la noche, en realidad, comenzaron las visitas. Y entre ellos, Carlos Menem, que comentó que se había enterado del problema de Maradona “porque me lo contó Constancio (Vigil)”. Menem dijo: “Diego va a estar bien muy pronto”. Entonces, sin saberlo, los médicos uruguayos tuvieron una coincidencia con los periodistas argentinos: se enojaron con el ex presidente por minimizar la cuestión. Nadie quería minimizar nada en la noche del martes.

Cuando el miércoles llegaron los resultados del “antidóping” de la policía uruguaya, sólo Crónica insistió con el tema de la credibilidad. Los demás (y ellos también, por supuesto, pero sin abandonar lo otro) se lanzaron a la caza de brujas. Allanamientos, declaraciones, supuestos detenidos. Carlos Ferro Viera, Pablo Cosentino, la palabra “empresario” puesta en todos lados sin demasiadas explicaciones. Todos empresarios, todos sospechosos de proveer de droga a Maradona. Con relación a este último de los “allegados” (otra de esas palabras, como “entorno”, que se difunden sin certeza sobre su correcta utilización), los cronistas del diario Olé habían obtenido una nota con Maradona el 1º de enero. La relación con ellos era buena. Pero al día siguiente de la internación el periodista Lucas Favro fue increpado por Cosentino: “¿Por qué ponen cualquier cosa? ¿Por qué no me consultás? Con vos no hablo más.” Más tarde le pidió disculpas al periodista.



¿Quién es el culpable?

Era la pregunta del millón. Pero, ¿cómo responderla sin mancharse? Y en esto se sumó un clásico problema que sufren (sufrimos) los periodistas: cómo sostener un rumor que puede ser conflictivo, que puede generar(nos) consecuencias legales. Ese temor suele atravesar las redacciones. Y mucho más en asuntos de cocaína como éste. Por eso, siempre es mejor que otro publique y “levantar” las informaciones. Los otros son los culpables. Nosotros dormimos tranquilos.

El diario uruguayo La República cumplió con ese papel tan necesario para que el disparate sumara nuevos capítulos. Dijo todo y más. Y más. “Coca y circo en Punta”, tituló el miércoles 5. Pero no se limitó a esta afirmación rimbombante. Fue por más: “Se sabe quién le dio la droga: Carlos Ferro Viera, publicista del peronismo”, gritaba desde la primera plana, que se completaba con esta bajada: “La policía taponó todas las salidas del país  para evitar que huya el dealer que proveyó a Maradona del fatídico cóctel”.

Los medios extranjeros tenían licencias. Y algunos las usaron. Cuando se conoció la noticia, el periódico El Mercurio, de Chile, afirmó: “En definitiva, se veía venir”. Y el diario deportivo As, de España, afirmó que “la adicción a la cocaína ha propiciado que Maradona haya sido hospitalizado en más de una ocasión, como le sucedió en Chile, en mitad de un programa de televisión”. ¿No había sido aquél otro caso de hipertensión?

El País, de Madrid, aportó, en medio del desconcierto, algunas reflexiones interesantes. Carlos Ares, su corresponsal en Buenos Aires, publicó, en la edición del viernes 7 una columna titulada “Demasiada muerte”, en la que señala que “ahora todos saben ya en la Argentina que Maradona es mortal... Y que se va a morir si sigue como va... Y no, no está muerto a los 39 años. Se mata (como se dice en la Argentina de quienes consumen demasiado de lo que sea) y lo matan (los medios de comunicación que se exceden en la crítica y el elogio). Esa admiración mutua, de Maradona y la prensa, que no soporta ni un día de abstinencia, es la que parece arrasar con todo”.

Ese mismo día, La República redoblaba la apuesta y alcanzaba el paroxismo de su propio estilo: “Maradona no saldrá de Uruguay... y puede ir preso si encubre o si traficó con drogas”. Un día antes, mientras Diario Popular se preguntaba “¿Se puede superar la adicción a las drogas”?, La Nación sumó otro testimonio imperdible, el de Cristiana Sinagra: “En nombre de mi hijo, le digo a Diego que tenga coraje, que puede salir de esto”. Olé, en tanto, optó por la cautela ante la presencia de cocaína en la sangre de Maradona (“Pronóstico reservado”, tituló), pero acudió a un viejo recurso que se recicla con cada crisis del ex capitán de la Selección: la tristemente célebre foto obtenida cuando salía del departamento de la calle Franklin, en abril de 1991, tras ser detenido por la policía. La imagen estaba acompañada por un conjunto de frases extraídas del reportaje a Maradona en 1996 en el marco del operativo menemista llamado Sol sin Drogas que contó con la colaboración de la revista Gente.

Crónica, por supuesto, analizó los puntos oscuros de la investigación en función de la polémica que había impuesto en las primeras horas. En una columna titulada, “Diego, no te podés volver a equivocar”, el periodista Alberto Dean, expresa: “Si algún colega piensa que favorece a Maradona ocultando la verdad, se equivoca. Perjudica a Diego y se perjudica a sí mismo”. Y concluye: “Contale a tus hijas aquellas gambetas de los comienzos. Andá con tus padres a pasear a su Corrientes natal. Abrazala a Claudia y cobijate en ella. Volvé a ser feliz, arriesgate. Será la mejor jugada de tu historia. Y terminará en gol. Te lo aseguramos. Hacelo, antes de que se te escape la tortuga”.

Una escena de la guerra desatada en la clínica Fleni por retratar a Maradonas. Un fotógrafo de la agencia DyN se enfrenta a un custodio.

Una escena de la guerra desatada en la clínica Fleni por retratar a Maradonas. Un fotógrafo de la agencia DyN se enfrenta a un custodio.



De aguantes y buchones

En muchos sentidos, la cobertura periodística frente al Sanatorio Cantegril se asemejó a la que realizaron los medios en Dolores, provincia de Buenos Aires, cuando trataron el caso Coppola. Y esto incluye los vicios habituales... Un desconocido estuvo ofreciendo fotos de Maradona en la cama, a cambio de dinero. También hay quienes aseguran que tienen grabaciones con escuchas telefónicas de los que rodean al ex futbolista.

Otros turistas se instalaron para pedir autógrafos a los colegas de televisión y a las figuras que pasaban (Enzo Francescoli, Carlos Bilardo y Domingo Cavallo, entre otros). Seguramente, se incluirán en los álbumes del verano en Punta. Todo esto, mientras los automovilistas que transitaban por la avenida Roosevelt tocaban bocinazos o y tomaban partido: “¡Aguante, Diego!”, “¡Vamos, Maradona!”, “¡Crónica buchón!”, o cosas por el estilo. O, mejor dicho, cosas sin sentido.

Pero cuando la posibilidad de un traslado a Buenos Aires comenzó a hacerse más firme, apareció un nuevo tema: la Justicia uruguaya. Maradona declaró que no había consumido en Punta del Este. Y entonces, los medios volvieron a la teoría del control antidóping. Maradona no juega más. Pero cuando lo hacía, uno de los temas que siempre lo rodeaban era el del metabolismo. ¿Cuánto demora el organismo en metabolizar la droga? Era un tema insufrible entonces. Lo sigue siendo ahora. Pero volvió. En su edición del sábado 9, Clarín publicó un recuadro titulado “Dónde fue” que se suma a la moda del control antidóping y se basa en las declaraciones de Alfredo Cahe: “Cuando uno es adicto puede consumir muy poco, pero el organismo no lo metaboliza por problemas hepáticos o de riñones. Y sus restos pueden aparecer después de 10 días”. Si Maradona es un adicto hiperconfeso, ¿a quién le puede importar dónde y cuándo se drogó?

“Es difícil comprobar cuándo probó la cocaína”, titula Diario Popular basado en el testimonio del “especialista en adicciones” Eduardo Kalina. “¿Probó?” Y... debe haber sido por 1982... ¿Importa?

Ese día, el sábado 8, se sucedieron algunas cosas extrañas. “Pipí cucú” fue la expresión que empleó Olé para resumir el estado de salud de un Maradona que estaba lejos de encontrarse óptimo. Y Clarín cerró su crónica con una pintura exquisita: el detalle de una fiesta en la que tocó Kool & The Gang y en la que varios invitados (no cita la fuente) lamentaban: “Si Diego se sintiese bien estaría aquí con nosotros”.

Pero él está todavía muy lejos de poder asistir a fiestas. Y en esto, vale una notable reflexión del periodista Juan Tejedor en la nota llamada “La vida exagerada”, publicada en Mística del 8 de enero: “Antes tomaba, pero estaba bien físicamente y lo soportaba sin problemas. Ahora toma y está gordo, mal alimentado, se pasa las horas en la cama mirando televisión, casi sin ver a nadie, y no se cuida absolutamente en nada. Hace asados casi todos los días. Le gustan mucho los asados. O, si no, tiene épocas en que se antoja con algo y lo come hasta que está hasta el cogote. Papas fritas, garotos, queso... Por ahí le agarran ganas de comer Mantecol, manda comprar cincuenta Mantecol y se los baja en media hora. Los médicos ya le dijeron que todo junto no se puede: una vida sedentaria, una mala alimentación y, encima, seguir tomando como siempre. Son descuidos demasiado importantes como para combinarlos”.

 

¿En paz?

El traslado de Maradona a la clínica Fleni fue un show triste, plagado de peleas, de frases inconexas, de empujones, de circo decadente. Reporteros gráficos y camarógrafos corriendo, chocando, peleándose. EL GRÁFICO también fue parte de esta locura. Uno de sus fotógrafos captó a través de esos vidrios esmerilados una escena impactante de Maradona tendido en la camilla. Sobre el cierre, en la madrugada del lunes, preferimos dar un paso atrás, no sumar otro grano de arena a la confusión general. Y no la publicamos.

Ese desenlace desquiciado, el de la clínica Fleni, fue acorde con el prólogo y el desarrollo de la historia. Una comedia. No se trata sólo de una cuestión de límites. En general, aquellos que se aferran a éstos, coquetean con la posibilidad permanente de pontificar, de establecer principios morales de bajo precio. Y los hechos vinculados a Maradona obligan a otra reflexión. Se trataba de informar. Y los medios estuvieron lejos de hacerlo. La anécdota de quien dio una primicia y otros tantos dislates le ganaron por puesta de espalda a la reflexión.

“Déjenlo en paz”, dice Jorge Lanata, desde la revista Veintidós. Noticias, en cambio, tiene otro reclamo: “Otra vez vendrán las promesas de siempre”, asegura la crónica del hecho sin precisar quiénes son los autores de esas promesas y quiénes los que creen en ellas. Ah... además, Diario Popular publicó el sábado 8 esta información crucial: “Suar, preocupado por la miniserie”.

 

JULIAN MANSILLA y DANIEL BALMACEDA (2000)

Fotosd: Hugo Ramos, Eduardo Forte, Alejandro Pagni, Héctor Villalba y Juan Mabromata
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