Las Crónicas de El Gráfico

1993. Talleres - River, infierno en Córdoba

Por Redacción EG · 05 de diciembre de 2018

Por Abascal. La pelea por el título y por el descenso se dirimían en ese encuentro del 23 de mayo en el entonces llamado Chateau Carreras. Un penal polémico de Castrilli desató hechos lamentables. VIDEO

INFIERNO EN CÓRDOBA

 

Primero, lo que vi. El relato de los hechos, la cronología de una espiral de locura y violencia que parecía no detenerse nunca, que invadió a cerca de veinte mil personas, que se extendió durante más de una hora, que muy pocos intentaron frenar. Que pudo terminar, en definitiva, en una tragedia. Verdadera, siniestra y sangrienta.

A los 27 minutos del segundo tiempo, apenas uno después de que River consiguiera de penal su segundo gol y empatara el partido, desde la popular norte ocupada por la hinchada local, Rubén Varela, un hombre cercano a los treinta años, pelo largo negro y la camiseta de Talleres cubriendo su torso, invadió el campo, corrió más de treinta metros seguido por un policía y, por la espalda, alcanzó a empujar a Javier Castrilli. El juez se dio vuelta y levantó sus brazos poniéndose en guardia, mientras el agente de policía detenía al agresor, que continuaba insultando, descontrolado. En ese instante los jugadores de Talleres y su técnico, José Omar Pastoriza, rodearon a Castrilli pidiéndole, seguramente, que el partido continuara.

El árbitro deja el campo de juego rodeado y custodiado por la policía. Las protestas comenzaron por la sanción de un penal a favor de River. Nada justifica el terror.

El árbitro deja el campo de juego rodeado y custodiado por la policía. Las protestas comenzaron por la sanción de un penal a favor de River. Nada justifica el terror.



Todo pareció tranquilizarse hasta que, de manera imprevista, el árbitro se acercó a la medialuna del área de Talleres y le mostró la tarjeta roja al defensor Catalino Rivarola. A partir de ese instante el infierno, la locura colectiva, no tuvieron freno. Luego de expulsar a Rivarola, el juez hizo lo mismo con Kenig. El delantero, presa de un ataque de nervios, intentó agredirlo, pero fue frenado por la policía, mientras el propio Pastoriza defendía a Castrilli alejándolo del centro del conflicto.

Pero ahí, las imágenes se dividieron en diferentes sectores. Mientras el técnico y la policía pretendían contener a sus jugadores, Kenig era sacado de la cancha por dos hombres, sufriendo un fuerte ataque de nervios y de llanto, ante la mirada de toda la popular y la platea de Talleres, cubierta a esta altura por hinchas enardecidos. En ese mismo momento, una palabra, algo, descontroló a Pastoriza. Entonces fue él quien atacó al árbitro, que continuaba siendo defendido por los policías, ya los únicos que parecían querer evitar los hechos.

El penal para River Plate, a los 72 minutos. Lo convirtió Da Silva, así; lo había provocado una dudosa acción de Obulgen sobre el mismo Polillita.

El penal para River Plate, a los 72 minutos. Lo convirtió Da Silva, así; lo había provocado una dudosa acción de Obulgen sobre el mismo Polillita.



Un minuto después, cuando el juego ya se había reanudado, un vándalo ingresa al campo de juego para agredir al árbitro Javier Castrilli. Lo empuja.

Un minuto después, cuando el juego ya se había reanudado, un vándalo ingresa al campo de juego para agredir al árbitro Javier Castrilli. Lo empuja.



La policía lo detiene inmediatamente.

La policía lo detiene inmediatamente.



Pero el descontrol no se detuvo. Javier Castrilli, decidido a suspender el partido, abandonó el campo de juego fuertemente custodiado, mientras Pastoriza y algunos de sus jugadores, atrapados por la irracionalidad, incitaban a los hinchas ubicados en la platea baja a que fueran a agredir al árbitro. Ya en la zona de los vestuarios, el plantel de Talleres intentó ingresar al camarín del juez.

Desaforados, le patearon la puerta, lo insultaron y lo amenazaron hasta que la policía logró alejarlos. Mientras todo eso sucedía, el señor Carlos De Genaro, comisario deportivo, ante la pregunta de por qué Castrilli suspendía el partido, cometió la locura de responder: "Porque se le da la gana". El público, contagiado por la irracionalidad de los protagonistas, desató el infierno en las tribunas y en las calles. Los gases lacrimógenos fueron lanzados hacia todos los sectores, mientras las detonaciones de armas llegaban desde fuera del estadio.

Vi a hombres llorando sin contención, a un espectador con convulsiones provocadas por los gases; una mujer, llorando y herida, fue sacada delante de mis ojos por cuatro policías. Todos, sin excepción, tenían el miedo reflejado en el rostro.

Aquí es necesaria la primera definición. Nadie, salvo el plantel de River, mantuvo la calma, pretendió serenar. Si la locura fue colectiva, es responsabilidad de quienes no tuvieron la frialdad para advertir y prevenir lo que podía desencadenarse. Y de esto no es culpable Castrilli, quien estaba dirigiendo de manera discreta, y mucho menos por el penal que sancionó, aunque haya sido producto de una jugada dudosa. Es tiempo entonces de internarse en las posibles causas, en las actitudes, en los antecedentes que permitían suponer que algo así podía suceder. Los fotógrafos, testigos privilegiados de los hechos, aseguran que Pastoriza, durante los incidentes, le gritó al juez: "¡No lo suspendas, no seas b..., te van a matar a tiros, ya nos tiraron a nosotros!".

La acción siguiente sorprende: el juez camina hasta el área de Talleres y expulsa a Catalino Rivarola. Enseguida, hace lo mismo con Kenig, quien, se acercó a protestarle. Se produce un gran tumulto.

La acción siguiente sorprende: el juez camina hasta el área de Talleres y expulsa a Catalino Rivarola. Enseguida, hace lo mismo con Kenig, quien, se acercó a protestarle. Se produce un gran tumulto.



Castrilli, enardecido, le grita en la cara a uno de sus líneas la decisión: ¡El dos se va!

Castrilli, enardecido, le grita en la cara a uno de sus líneas la decisión: ¡El dos se va!



Pastoriza propició a la calma hasta que se enteró que el encuentro se suspendería y explotó.

Pastoriza propició a la calma hasta que se enteró que el encuentro se suspendería y explotó.



Finalmente, ocho minutos después, deja la cancha con fuerte custodia.

Finalmente, ocho minutos después, deja la cancha con fuerte custodia.



El entrenador se refería a uno de los últimos entrenamientos semanales del plantel, cuando habrían sufrido el ataque de un grupo de hinchas, lo que obligó a que continuaran bajo custodia policial. Ese era el clima previo. Pero no es el único detalle a tener en cuenta. Hace siete días, en la fecha anterior, Castrilli, también en Córdoba, fue árbitro del partido entre Belgrano y Argentinos, rival de Talleres en la lucha por no descender. Entonces cobró un penal en contra de Belgrano que -más allá de la justicia o no -provocó la bronca de media provincia. Ese penal, que aún hoy se discute, contagió a la otra media provincia, los de Talleres. Por eso, apenas Castrilli ingresó al campo de juego del Chateau, recibió el insulto indiscriminado, una hostilidad mayor a la acostumbrada y la mala predisposición manifestada al grito de "¡Ladrón!" y de "¡Porteño, hijo de p*!"

La pregunta aparece, obligada: ¿Teniendo en cuenta el antecedente de hace solo siete días, no era posible designar a otro árbitro, evitar que Castrilli debiera enfrentarse otra vez con la ira de los cordobeses?

Causas posibles, pequeños hechos que sirven para acercar las primeras conclusiones. Como el irresponsable discurso de algunos medios cordobeses, teñidos de un localismo extremo, negando los hechos que todos estábamos viendo. Era casi como llamar a un desborde de los hinchas. Mientras Castrilli era agredido, algunos, micrófono por medio, hablaban del estadio más seguro del país, del excelente operativo policial, que allí no había pasado nada. Injustificable. Como la prioridad de Miguel Srur y Pastoriza, quienes en el medio de lo que pudo ser una tragedia, se acercaron hasta el vestuario de River para hablar con Davicce. "Le solicitamos al presidente de River, que le pida a Grondona que postergue su viaje a Europa, y que no se haga cargo él de la conducción de la AFA hasta que esto se solucione." Lo que, en realidad, debía solucionarse en ese momento era la locura general y no un resultado deportivo, que por otra parte quedará en manos del Tribunal de Disciplina y no de los presidentes de los clubes. Como cierre del desconcepto que invadió a casi todos, las declaraciones de Francisco Martín, el vicepresidente de Talleres, quien luego de esperar cerca de dos horas junto al presidente Alfredo Davicce para firmar el secreto informe del árbitro, encontraba razones increíbles a lo sucedido. "Esta es la injusticia más grande que se ha cometido en el fútbol argentino. No se puede arruinar el trabajo y el esfuerzo de toda una institución por causa de una persona que se vuelve loca y expulsa jugadores sin razón. No se puede echar a nuestros hombres porque sí. Yo creo que Castrilli se volvió loco cuando vio en el autotrol el gol de Vélez"

Lo que el dirigente no advierte, en su descontrol, es que este mismo árbitro le anuló erróneamente un gol a River en su propio estadio, frente a Racing, hace sólo dos fechas, y lo privó de un triunfo. Se puede hablar de errores entonces, de fallos desafortunados, pero nunca imaginar intenciones aviesas, acuerdos turbios, ni ninguna de esas cosas, producto del delirio y no de la realidad.

La salida de Castrilli del estadio Córdoba, a las 19.27  del domingo 23. Intentaron agredirlo, la policía lo protegió.

La salida de Castrilli del estadio Córdoba, a las 19.27 del domingo 23. Intentaron agredirlo, la policía lo protegió.



Por último, Castrilli, su arbitraje. Hasta los 27 minutos del complemento, momento en que se desencadenan los hechos, estaba jugando un partido normal. Si se le puede adjudicar un error, es haberle mostrado la tarjeta roja a Rivarola, en un momento de gran nerviosismo general. Su expulsión, lejos de calmar los ánimos, desató los incidentes más graves. Ese fue su error.

El encuentro con Gonzalo Abascal, de EL GRÁFICO, en el vuelo de regreso a Buenos Aires, con Silvani y Astrada como testigos.

El encuentro con Gonzalo Abascal, de EL GRÁFICO, en el vuelo de regreso a Buenos Aires, con Silvani y Astrada como testigos.



A las 19,27 de la noche, y aún acosado por hinchas enfurecidos que atacaron a patadas su auto, el árbitro emprendió, custodiado por tres patrulleros, el camino hacia el aeropuerto. Una hora y media más tarde despegó hacia Buenos Aires en el vuelo 409 de Austral. Con los ojos congestionados y cerca del llanto, sólo quiso responder unas pocas preguntas.

-¿Está bien?

-Estoy bien, tranquilo. Intento encontrarle una explicación a lo sucedido, pero no puedo.

-¿Por qué expulsó a Rivarola y Kenig?

-No puedo hacer más declaraciones, sólo le digo que hay cosas que no se pueden permitir dentro de una cancha.

-¿Tuvo miedo?

-No, nunca, se lo aseguro.

A las diez de la noche del domingo aterrizó en Buenos Aires. Setecientos kilómetros y varias horas atrás había dejado una de las tardes más difíciles de su vida. El domingo que el infierno se instaló en un estadio de Córdoba. Lo sufrió Castrilli. Y todos los que estuvimos allí.

 

GONZALO ABASCAL Notas: NILO NEDER

Fotos: GERARDO HOROVITZ, NORBERTO MOSTEIRIN y VICTOR HUGO SAAVEDRA (Enviados especiales a Córdoba)


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