Las Entrevistas de El Gráfico

1984. Passarella: “Bilardo no me llama”

Por Redacción EG · 08 de abril de 2020

El defensor, figura del ciclo de Menotti y destacándose en Fiorentina, mostraba sus ganas de ser parte del seleccionado en una entrevista en la que también habló de sus colegas y su vida en Italia.

 

Daniel Alberto Passarella en Florencia. A la vista su gran momento, pero por dentro una duda que lo atrapa: “Me parece que Bilardo no me llama”.

—¿De dónde lo sacaste?

—No... Lo digo por decir... La de la Selección es la camiseta que más quiero, la que me puse siempre con más orgullo; si consideras la de Argentino de Chacabuco, la de River y la de Fiorentina ni se le acercan... Por eso aquellas declaraciones que hice cuando llegué a Buenos Aires, para ver si podía ayudar a mejorarla. Te digo una cosa: creo que sí, pero ojalá que todos los que la tienen ahora. sientan lo mismo que sentía yo...

 

El fútbol sudamericano al más alto nivel. Juegan Napoli-Florentina. Passarella domina la pelota ante su rival, Diego Armando Maradona. Más atrás. el brasileño Sócrates.

El fútbol sudamericano al más alto nivel. Juegan Napoli-Florentina. Passarella domina la pelota ante su rival, Diego Armando Maradona. Más atrás. el brasileño Sócrates.

 

—¿Vos pensás en la Selección en tiempo pasado o en tiempo presente?

—De todas las maneras. En pasado pienso. porque lo que hicimos fue mucho y nadie lo puede olvidar; en presente también; se lo dije a los jugadores el día que hablamos en Ezeiza. El día que debutaron contra Chile en el ciclo Bilardo yo estaba acá en Florencia y no pude dormir en toda la noche, daba vueltas en la cama, no podía creer que el equipo estuviera en un lugar y yo en otro. . . Pero más pienso en tiempo futuro; ya te digo, por eso hablé.

—¿Y cómo creés que quedaron las relaciones después de la aclaración?

—No puede haber resquemores, todo el que sea inteligente ahora se tiene que haber dado cuenta. Aquel momento era difícil y a lo mejor reaccionaron por calentura, pero ahora que pasó un poco de tiempo...

—Y cambió la situación...

—Claro. Con Bilardo hablamos tres horas y media, él decía que en ese momento mis declaraciones podían ser negativas, y yo le contesté que, al contrario, iban a ser positivas porque servían para unir al grupo. Y me parece que tuve razón. Pero lo otro todavía es más importante. Hoy fui a entrenar y los jugadores me hablaron de la Selección, me preguntaban por uno, por otro. . . Estaban interesados. ¿Sabés por qué? Porque así como una vez dije que contra Brasil habían ido a buscar un resultado, temerosos, sin personalidad, y después contra Uruguay lo mismo, en estos partidos en Europa, y especialmente con los alemanes, fue distinto, fueron a la cancha demostrando quiénes eran, convencidos de que podían. Y ahí está la diferencia.

 

Passarella paseando por Florencia y posando para El Gráfico.

Passarella paseando por Florencia y posando para El Gráfico.

 

—¿Vos seguís sintiéndote fuera del grupo?

—Todo está igual, ¿no? ¿O cambió algo? Yo tengo la expectativa de siempre: hoy estoy pensando en este campeonato italiano y en ganar algún título con Fiorentina, pero reconozco que la Selección me atrae, me conmueve. . . Bilardo lo sabe; si me llama, voy. Al que no le importa la Selección es porque ya perdió el fuego sagrado, y eso a mí no me pasa.

—¿Entonces por qué se te escapó eso de que no te va a llamar?

—Lo dije por decir, viejo... Trossero está jugando bien, Ruggeri también, Brown también. . . Pero no sé nada; lo dije por decir…

 

La familia disfrutando en casa, Graciela, Sebastián y Lucas Daniel que juegan con la pelota, y Daniel que lee los diarios.

La familia disfrutando en casa, Graciela, Sebastián y Lucas Daniel que juegan con la pelota, y Daniel que lee los diarios.

 

Los últimos brotes del verano circundan a Florencia. Estuvo de visita hace unos días el Tolo Gallego, acaba de irse el Flaco Menotti, protagonista de una charla inconclusa con los dirigentes de Florentina; están aquí los padres de Daniel y también el matrimonio amigo que los acompaña desde el primer día. La vida sigue, pretendiendo ser normal: Graciela, los chicos, una ciudad que lo admira, el Duomo y el Ponte Vecchio para alegrar el corazón, el fútbol. El fútbol. Esta pasión que comparte toda Italia, al margen de la diferencia notoria entre el caos napolitano y la actitud mucho más silenciosa y prudente de los norteños. La pasión que también vive en Firenze mientras Antognoni empieza a mover su pierna fracturada, la Copa de la UEFA a ilusionar y Sócrates a dilucidar un mundo diferente, ajeno a su pachorra.

—No sé si este campeonato va a defraudar; pero jugar bien, no sé, va a ser difícil. Todos esperan que sus extranjeros desnivelen y yo te digo que van a ser los más marcados, y además dos tipos no pueden ganar un campeonato. Algún partido puede ser. Algunos podrán jugar bien: la Juventus, Inter, Verona, Roma, nosotros. . . Me vas a preguntar por el Napoli, ¿no? Napoli es una cosa distinta, no trajo a Maradona y Bertoni y los puso en un equipo armado: los puso con otros cuatro jugadores nuevos y entonces va a tardar en funcionar como equipo, no hay una base ya formada, tienen que empezar de cero.

—¿Los descartas para el título?

—Tienen la ventaja de Diego, pero esa ventaja significa menos de lo que podría significar en Buenos Aires. Acá están los mejores jugadores del mundo, y además son especialistas en defender. Acá hay treinta extranjeros del mejor nivel. Un día jugás, hacés dos goles y pensás que fuiste la figura de la fecha, pero resulta que llegas a tu casa y Platini hizo tres, Zico hizo dos...

—De todas maneras estamos de acuerdo en que Diego es el número uno...

—Yo no tengo ninguna duda, pero más allá del entusiasmo de la gente en Europa algunos sí tienen dudas. Ellos piensan solamente en el resultado y Diego anduvo bien en el Barcelona, pero entre la hepatitis, la lesión. . . Lo respetan pero lo ponen el nivel de Platini, de Falpao, Zico.

—Vos te sacas.

—Yo me saco.

—¿Esos fueron los mejores de la temporada pasada? ¿Platini, Falpao, Zico?

—El mejor fue Platini. Después Zico, que hizo 19 goles, uno menos, pero los hizo en el Udinese. Y te puedo decir también Brady, que jugó en Sampdoria.

—¿Ya quiénes ves perfilarse este año?

—Creo que va a ser bueno para Bertoni. Va a estar bien en Nápoles por su carácter, van a tener siempre 85.000 tipos gritando en la tribuna cuando jueguen de local, y además él tiene ganas de revancha. De los que llegaron ahora, me parece que Briegel y Elkjaer, los dos del Verona.

—¿Sócrates no?

—Veremos. Ahora empezó a entrenarse bien y el otro día en el entrenamiento hizo dos golazos, pero le falta. Acá hay que darle y darle.

— Daniel, hablame de los argentinos.

—¿De quién?

—Del Pelado Díaz.

—El año pasado jugó muy bien, hizo siete goles en un equipo como el Avellino, que siempre pelea el descenso y que este año otra vez es candidato. El Pelado tuvo la mala suerte de venir al Napoli, que andaba mal, lo dejaban solo adelante... En el Avellino se recuperó, pero tampoco es equipo para él; si estuviera en uno de los grandes, hace 15 goles fácilmente...

—¿Y Patricio Hernández?

—Le andaba todo bien, pero hubo un partido en la segunda rueda que lo volteó, fue contra Roma, en Roma. Tiró un penal, se lo atajaron. y al final Pruzzo les ganó el partido. Era importante porque estaban peleando arriba y después de eso el Torino se cayó. Y bueno, ahora estaban calientes con Junior, había que eliminar a él o a Schachner, y lo eligieron a él.

—¿Ir al Ascoli significa un descenso grande?

—Realmente sí. Es como ir de San Lorenzo a un equipo chico o un equipo del Interior.

 

Caminata de tres argentinos por la parte histórica de la ciudad. El Daniel, como lo llaman los italianos, acentuando la "a"; César Luis Menotti, un visitante ilustre, y José Luis Barrio, de EL GRAFICO.

Caminata de tres argentinos por la parte histórica de la ciudad. El Daniel, como lo llaman los italianos, acentuando la "a"; César Luis Menotti, un visitante ilustre, y José Luis Barrio, de EL GRAFICO.

 

Bueno, ahora nos queda uno: vos. Realmente pareces de aquí, como si hubieras estado siempre... ¿Sos un argentino en Italia o un italiano en Italia?

—Soy un argentino en Italia. De noche como más tarde que ellos, me acuesto a las doce o doce y media en lugar de las diez... Por supuesto que después de dos años en algunas cosas cambié, mejoré... Aprendí a vestirme mejor, a comer mejor porque acá en cualquier parte hay variedad, y mejoré en sociabilidad. ¿No te acordás que era huidizo? Ahora estoy más suelto. No es que me guste más: me resulta más fácil eso de relacionarme. Pero en lo demás. . . En mi casa como carne y tomo mate. Y en relación con el fútbol tengo la mentalidad del River del '75, la mentalidad de ganar en cualquier cancha, mientras que acá con un empatecito afuera todo el mundo está feliz.

—¿Y no lo hablas con ellos?

—Por supuesto que lo hablo, pero... Creo que es lo que le falta al Fiorentina para ser campeón. Juventus, por ejemplo, de local te ataca y de visitante se cuida un poco más pero se va al contraataque con seis tipos, y como todos se desesperan por ganarles al final te ganan ellos. Son vivos, esperan el momento justo, saben que con Platini, Paolo Rossi o Boniek desequilibran en un segundo. Para mí la forma es esperarlos, porque me acuerdo que con River nos pasaba: íbamos a Rosario o a la cancha de Vélez, por ejemplo, ellos se preparaban un mes para el partido, hacían un desgaste bárbaro y nosotros les ganábamos con el picadito de todos los días.

—¿Qué te quedó de aquel River?

—Jugué 19 campeonatos y gané 7; para ese equipo el saldo es negativo, debió haber ganado 15. Había mucha diferencia con los demás, pero el ambiente nos llevó a dejarnos estar. No sé, a lo mejor el error de Labruna fue fijarse un objetivo chico, salir campeón. Si hubiéramos trabajado como Menotti en la Selección, era un equipo histórico, a la altura del Santos de Pelé, del Real Madrid de Alfredo o del que vos quieras. Ahora lo comprendo, y me quedó esa especie de frustración.

 

Un entrenamiento del Florentina. Así, todos los días. Más de da mil personas alrededor de la cancha. Una pasión desbordante.

Un entrenamiento del Florentina. Así, todos los días. Más de da mil personas alrededor de la cancha. Una pasión desbordante.

 

El dueño del café se acerca y lo comprueba con una sonrisa: "Esi, e lui. . .". Nos agasaja, mi permanente actitud defensiva ante alimentos desconocidos me salva de unos testículos de toro a la vinagreta traidoramente presentados en rebanadas. (Montesi dice que estaban ricos). Me propuse contar aproximadamente los autógrafos en los dos días que compartimos, pero al llegar a los quinientos abandoné; me propuse anotar frases, pero tal vez sea mejor la descripción englobadora de ambientes y circunstancias, y finalmente la conclusión: es ídolo —lo que nunca logró en River—; para él no hay restaurantes pagos, ni ropa a comprar sin descuentos, ni miradas indiferentes, ni manos lejanas, ni lugares prohibidos para estacionar, ni trámites largos, ni sonrisas suficientes...

Es "Daniel", con el acento en la "a", la bandera y la esperanza. Es el símbolo, por encima del poco tiempo que lo reúne con Toscana. Es el mejor. El hincha pícaro se le acerca y le pregunta: "¿El do-mingo jugamos otra vez con diez?", en obvia alusión a Sócrates. La respuesta es rápida: "Que yo sepa vamos a ser once".

Vamos al entrenamiento y hay más de dos mil personas, uno se cae de la bicicleta por no quitarle la vista de encima, otros mandan a los pibes con el papelito y la lapicera, un chico venezolano llega desde Roma para verlo y también para invitarlo a su casa. "Cuando vaya a jugar las eliminatorias", dice.

—El comienzo fue duro porque le pegué a un periodista que le había cambiado declaraciones a Pin. Fue un desastre, los diarios decían que era la primera vez en la historia del fútbol italiano. Y bueno, durante un tiempo los tuve en contra; yo no jugaba tan mal pero los diarios ponían, "clamoroso", que aquí quiere decir increíble, cada vez que pasaba algo. Después tuve lío con el masajista ése, una vez me echaron de la cancha. El equipo andaba mal, Bertoni y yo veníamos de perder el Campeonato del Mundo, y Antognoni, Graziani y Massaro, de ganarlo. Todos teníamos una razón para estar aflojados.

—¿El cambio cómo vino?

—Se hizo una conferencia de prensa, y como no nos poníamos de acuerdo con el periodista al que le había pegado, me levanté y le dije: "Mire, vamos a discutir diez años. Le propongo borrón y cuenta nueva". Le di la mano y el tipo ahora me apoya en todo. Y además el equipo mejoró en la segunda rueda, y yo también. Ahí empezaron a hablar de Passarella jugador.

—De Passarella líbero…

—Esa es la cosa, ése es el cambio que me costó. Platini, Zico, Cerezo, Felpan, llegaron y siguieron jugando como lo habían hecho toda la vida porque son jugadores de mitad de cancha hacia adelante; el único que se mueve un poco diferente es Boniek. Yo no; yo tuve que pasar de la zona de toda la vida a ser líbero y a tener delante al stopper. Pero terminó siendo un desafío, y aprendí.

—¿Nunca pensaste en volver?

—A los argentinos que iban afuera y se volvían enseguida yo los criticaba, les preguntaba sí estaban locos. . . ¿Cómo iba a hacer lo mismo? Yo no hablaba italiano, no me adaptaba al puesto y mi familia extrañaba, pero por amor propio no podía volver, aunque te digo que lo pensé varias veces. No podía volver como fracasado. El otro día se lo dije a Sócrates: tenés que aprender rápido a hablar para desahogarte, los entrenamientos son para desahogarse. Pero si en la cancha no entendés nada, vas al vestuario, todos comentan o se ríen y vos no entendés, no podés aguantar. Ahora lo peor es llegar a tu casa y que tu mujer te diga que extraña. Ahí se viene todo abajo.

—Así que tu receta fue el amor propio...

—Te podría decir que sí. Ahora estoy bien, y cuando deje de jugar, dentro de tres o cuatro años, Italia va a ser un país que voy a visitar seguido. Vamos a ver; tengo ganas de comprarme una casa acá. Me rompí todo durante quince años y ya tengo planeado disfrutar mucho después, lo tengo acá en la garganta. Y quiero que mi mujer también disfrute, porque ellas sufren más que nosotros. Pero recién ahora puedo pensar en todo eso, pensar en irme de Italia. Ahora puedo porque ya conseguí el reconocimiento de la gente.

—¿Y eso cómo fue llegando, Daniel?

—El segundo año tuve una buena preparación y anduve bien, bien. Acá hubo solamente cuatro jugadores en todo el campeonato que nunca sacaron menos de seis puntos, y a eso se le da mucha importancia: Tacconi, el arquero de la Juventus, brady, Platini y yo. Y gané lejos el Top Undici, que es un promedio entre todas las publicaciones para ver quién es el mejor en cada puesto. Un año antes eso parecía increíble. ¿no?

—¿Quiénes son los otros líberos que andan bien, que te gustan?

—Scirea, Righetti, del Roma; Tricella, de Verona; Baresi, el del Inter... Edinho. En Francia anda bien Bossis, pero no es Tressor. Y Stielike me gusta pero no de líbero; en ese puesto de vez en cuando hay que hacerse sentir, y él no lo hace nunca.

—¿La situación con Fiorentina cómo está?

—Van a intentar renovarme el contrato porque la gente presiona, pero yo estoy firme; en junio del año que viene se termina, y si no me dan la cifra que les pedí me compro el pase yo mismo en 250.000 dólares más o menos. Ojo que no es un invento mío, está reglamentado acá en Italia: después de tres años se saca un promedio por los sueldos que ganaste. Y no sé, en ese caso le vendería el pase a otro club italiano.

—¿A la Argentina no?

—A vivir sí, después. A jugar, nunca más. ¿Adónde voy a ir a jugar? Yo en la Argentina ya hice todo lo que tenía que hacer; no es solamente la cuestión económica, es que no hay motivaciones nuevas.

—¿Ni siquiera si fuera una exigencia de la Selección?

—Eso no puede darse. Por lo pronto tengo un contrato hasta junio del año que viene, justo el momento en que son las eliminatorias, y yo pienso que los que jueguen las eliminatorias van a jugar el Mundial.

—¿Vos pusiste alguna condición para ir, pediste algo? ¿La cinta de capitán, por ejemplo?

—Para nada. ¿Qué condiciones voy a poner? Yo respeto todo, viejo; la manera de trabajar y de vivir de Bilardo, todo. Lo único que querría es respeto por mi trayectoria, pero si tengo que ir a ganarme el puesto, voy. No tengo pretensiones raras. Me acuerdo del '76; yo era suplente y sin embargo lo vivía con felicidad, ¿me entendés? Me reía, trabajaba contento... Pizzarotti estaba extrañado. Un día no aguantó y me lo preguntó: "Oiga, viejo, ¿usted cómo está tan contento si no juega?". ¿Sabes qué le contesté? "Mire, profe, lo que pasa es que estoy totalmente seguro de que el Mundial lo voy a jugar yo…”

 

La familia Passarella en pleno: su esposa, Graciela, y sus hijos Sebastián, el mayor, y Lucas Daniel. Viven al lado del Centro de Coverciano, donde se forman los técnicos italianos.

La familia Passarella en pleno: su esposa, Graciela, y sus hijos Sebastián, el mayor, y Lucas Daniel. Viven al lado del Centro de Coverciano, donde se forman los técnicos italianos.

 

Es apenas una sensación, pero me parece que de repente todo lo demás se hace chiquito: los autógrafos, el líbero afianzado, la hermosa casa, el Ponte Vecchio, la buena ropa, el afecto italiano, la Copa de la UEFA, el gran campeonato, il Duomo, Europa, la plata. . . Reconozco que es apenas una sensación indefendible, a lo mejor frágil. Pero la siento. Hablamos, y a pesar de todo me parece que frente a mí sigue el capitán de la Selección, el de aquella foto con la Copa entre las manos que recorrió el mundo.

O el de la otra, que tal vez es más valiosa. El que salía de la derrota con Brasil que nos eliminaba de España con la camiseta puesta. Con el corazón roto, la mirada adelante y la camiseta puesta.

—Yo lo siento así. ¿Cómo voy a cambiar la camiseta de la Selección? Para mí siempre fue algo distinto, y la verdad es que me siento extraño. Si ganar el Mundial '78 fue la alegría deportiva más grande de mi vida, esa noche del '83 que el equipo de Bilardo debutaba en Chile fue la amargura también más grande. No podía creer que estuvieran jugando y yo lejos. Y todavía no me acostumbré...

JOSE LUIS BARRIO

Fotos: STEFANO MONTESI (Enviados especiales a Florencia, Italia)

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