Las Entrevistas de El Gráfico

La verdad de Chupete

Por Redacción EG · 18 de marzo de 2020

En 2005 Ramón Quiroga, arquero argentino nacionalizado peruano, se entrevistó con El Gráfico, él fue el recibió los seis goles en el Mundial 78. Cuenta cómo fue aquel partido y las secuelas que dejó.

Ha trans­cu­rri­do más de me­dia vi­da en su tie­rra adop­ti­va y ca­si to­das sus ex­pre­sio­nes de­la­tan la con­fluen­cia de há­bi­tos que le brin­da­ron los dos paí­ses en los que cre­ció. Ca­mi­nan­do por uno de los pa­si­llos del co­que­to club de te­nis Te­rra­zas de Mi­ra­flo­res, ubi­ca­do en uno de los ba­rrios más dis­tin­gui­dos de Li­ma, en­ca­ran­do pa­ra el ves­tua­rio an­tes de pres­tar­se con ama­bi­li­dad a la en­tre­vis­ta, le pi­de al en­car­ga­do de las ro­pas, con to­no ri­sue­ño: “Guar­da­me la cha­que­ta, bo­lu­do”. Allí es­tá, en­ton­ces, la sín­te­sis per­fec­ta: “cha­que­ta” es cam­pe­ra en Pe­rú; “bo­lu­do” es un se­lli­to más ar­gen­ti­no que el dul­ce de le­che. Y así se­rá en las dos ho­ras de diá­lo­go, ges­tos en pe­rua­no y tics en ar­gen­ti­no en pro­por­cio­nes ca­si idén­ti­cas.

Ra­món Qui­ro­ga, “Chu­pe­te” des­de su in­fan­cia ro­sa­ri­na por ra­zo­nes que hoy no lo­gra pre­ci­sar, “Lo­co” des­de que se hi­zo fut­bo­lis­ta por su par­ti­cu­lar es­ti­lo de ar­que­ro sa­li­dor, es una re­fe­ren­cia obli­ga­da en el fút­bol in­cai­co. In­te­gran­te de una ge­ne­ra­ción que no vol­vió a re­pe­tir­se, Qui­ro­ga ayu­dó a que Pe­rú de­ja­ra su im­pron­ta en dos mun­dia­les (1978 y 1982) y tu­vie­ra al bor­de del no­caut a la Ar­gen­ti­na de Ma­ra­do­na y Pas­sa­re­lla que lue­go se­ría cam­peón del mun­do, en las eli­mi­na­to­rias de 1985.

“No es por ti­rar­me flo­res, pe­ro en Pe­rú yo soy co­mo el Die­go”, se de­fi­ni­rá ya en con­fian­za, con­fir­man­do que de au­toes­ti­ma an­da 10 pun­tos. En la Ar­gen­ti­na, en cam­bio, qui­zá por­que ape­nas es­tu­vo tres años en Pri­me­ra División, en­tre Cen­tral e In­de­pen­dien­te, el nom­bre de Ra­món Qui­ro­ga se aso­cia in­me­dia­ta­men­te a la go­lea­da 6-0 a Pe­rú del Mun­dial 78. La sos­pe­cho­sa go­lea­da que lo tu­vo co­mo pro­ta­go­nis­ta sa­lien­te, en el cen­tro de las acu­sa­cio­nes, por una cues­tión ob­via de na­cio­na­li­dad.

A Qui­ro­ga no le fas­ti­dia ha­blar de esa no­che que de­po­si­tó al con­jun­to de Me­not­ti en la fi­nal del Mun­dial, aun a veintisiete años de los he­chos. No pon­drá el fre­no ni expresará fastidio, aun­que el te­ma se ro­be gran par­te de la en­tre­vis­ta. Pro­ba­ble­men­te sea un te­ma su­pe­ra­do pa­ra él o tal vez se tra­te de la co­ra­za que se cons­tru­yó pa­ra es­ca­par­le a un he­cho os­cu­ro, que aún per­ma­ne­ce en ti­nie­blas.

 

Es jue­ves en Li­ma y, pa­ra no per­der la cos­tum­bre, el sol se re­sis­te a mos­trar su ros­tro en la eter­na ciu­dad de la nie­bla. Qui­ro­ga sa­lu­da a to­dos los in­di­vi­duos que se cru­zan en su ca­mi­no. Con 55 años, tres hi­jas ma­yo­res e igual can­ti­dad de di­vor­cios a cues­tas, un tí­tu­lo de téc­ni­co que utiliza para entrenar a las divisiones menores del Cienciano, ahora también anda tras la pista china: busca llevar a algunos jugadores a prueba.

“Soy téc­ni­co; los últimos tiempos di­ri­gí la U, pe­ro no en­tra­mos en las Co­pas –ex­pli­ca–. Cuan­do no di­ri­jo me preo­cu­po más por mí que por otras co­sas, es­toy en ca­sa y jue­go ful­bi­to, aun­que eso sí: nun­ca de ar­que­ro.” Cla­ro, fue­ron de­ma­sia­dos años tra­tan­do de evi­tar go­les. Des­de su in­fan­cia en Ro­sa­rio. De allí bro­tan los re­cuer­dos.

“Yo soy de Lu­due­ña, un ba­rrio ro­sa­ri­no que es­tá cer­ca de la can­cha de Cen­tral, del mismo que el Chelito Delgado. Y me hice Canalla. Chu­pe­te me pu­so el Lo­co Po­li­che­la, el dia­rie­ro del ba­rrio, no sé bien por qué, qui­zá por­que gri­ta­ba to­do el día. Hi­ce las in­fe­rio­res en Cen­tral, de­bu­té en el 70 con Sí­vo­ri y fui cam­peón en el 71. En el 72 me vi­ne pa­ra el Cris­tal a prés­ta­mo por seis me­ses y me ter­mi­na­ron com­pran­do el pa­se. En el 76 fui un año a In­de­pen­dien­te, vol­ví a Cris­tal has­ta el 84, des­pués un año en el Bar­ce­lo­na de Gua­ya­quil y mis úl­ti­mas tres tem­po­ra­das las hi­ce en la U, en Pe­rú.”

Co­mo en­tre­na­dor, su cu­rrí­cu­lum no es­tá a la al­tu­ra de lo que fue co­mo ju­ga­dor. Arran­có en du­pla con Obli­tas en Uni­ver­si­ta­rio y, ya so­li­to, di­ri­gió Mu­ni­ci­pal, de Li­ma, Alian­za Atlé­ti­co, León, de Huan­co, Eco­sol, de Tru­ji­llo, y Cien­cia­no, de Cus­co, to­dos en su país, nin­gu­no de gran nombre. En esa épo­ca es­tu­vo a pun­to de mo­rir.

“La épo­ca del te­rro­ris­mo, con Sen­de­ro Lu­mi­no­so, fue du­ra. En 1991 ti­ra­ron bom­bas ca­za­bo­bos y el can­che­ro del es­ta­dio de Mi­ra­flo­res, don­de yo me en­tre­na­ba con Mu­ni­ci­pal, cre­yó que eran de­so­do­ran­tes. Las jun­tó y las lle­vó al ves­tua­rio. Ha­bía­mos ter­mi­na­do de en­tre­narnos, jus­to ha­bía lle­ga­do el hi­jo del pre­si­den­te del club. Aga­rró una y se pu­so a ju­gar. A su la­do es­ta­ba el mo­re­no Ma­tei y le di­jo: ‘Po­ne­te el de­so­do­ran­te’. Y ex­plo­tó la bom­ba: Ma­tei mu­rió, al hi­jo del pre­si­den­te la bom­ba le vo­ló la ma­no y yo aga­rré las es­quir­las en mi cos­ta­do iz­quier­do, es­ta­ba a cin­co me­tros. Me en­tra­ron co­mo treinta es­quir­las y una me per­fo­ró el in­tes­ti­no grue­so. Me cu­ra­ron las he­ri­das, pe­ro un doc­tor ami­go me di­jo: a la tar­de va­mos a ha­cer una eco­gra­fía. Me pa­ra­ron, y me caí co­mo si hu­bie­ra ata­ja­do un pe­nal. Te­nía una he­mo­rra­gia in­ter­na, za­fé de mi­la­gro.”

Son­ríe Chu­pe­te cuan­do evo­ca ese ac­ci­den­te que ca­si le arran­ca la vi­da. Son­ríe y se se­ña­la el cuer­po, cer­ca de la cla­ví­cu­la iz­quier­da, e in­vi­ta a to­car, allí don­de se pue­de pal­par el cuer­po ex­tra­ño.

Como DT, en Universitario de Lima, en 2003. No le fue bien. En su país dirigió mayormente a equipos chicos.

Como DT, en Universitario de Lima, en 2003. No le fue bien. En su país dirigió mayormente a equipos chicos.

“Aho­ra me es­tá sa­lien­do una es­quir­la, la car­ne la es­tá ti­ran­do pa­ra afue­ra. Cuan­do voy a los ae­ro­puer­tos, el de­tec­tor de me­ta­les sue­na co­mo la pu­ta ma­dre. Só­lo jo­de un po­co cuan­do hay hu­me­dad. Ten­go dos, una aquí y otra en el cu­lo, que cuan­do me sien­to de cier­ta for­ma me da un pin­cha­zo.”

Y Chu­pe­te in­vi­ta otra vez a pal­par la es­quir­la, la se­gun­da es­quir­la, pe­ro ya es su­fi­cien­te.

El fút­bol, la se­lec­ción, los mun­dia­les, co­mien­zan a me­ter­se na­tu­ral­men­te en la char­la, sin fór­ceps.

–¿Hoy se sien­te más pe­rua­no que ar­gen­ti­no?

–Sin du­da. Si­go te­nien­do a mi her­ma­na, a mi vie­ja y mis ami­gos en Ro­sa­rio, pe­ro mi vi­da so­cial la hi­ce aquí, don­de vi­ne con veinte años. Una vez por año voy a la Ar­gen­ti­na y me que­do veinte días, has­ta que me pu­dro del ve­ra­no de Ro­sa­rio, los cuarenta gra­dos y los mos­qui­tos que te ma­tan.

–Con Pe­rú dis­pu­tó los Mun­dia­les 78 y 82, ¿con cuál se que­da?

–Nos fue me­jor en el 78; tu­vi­mos una gran pri­me­ra rue­da, le ga­na­mos a Es­co­cia, em­pa­ta­mos con Ho­lan­da y le ga­na­mos a Irán. Ter­mi­na­mos pri­me­ros en el gru­po y nos to­có Bra­sil y Ar­gen­ti­na en la se­gun­da ron­da. In­creí­ble. En el 82 arran­ca­mos em­pa­tan­do con Ca­me­rún, lo mis­mo con Ita­lia y, en el úl­ti­mo par­ti­do, con Po­lo­nia, si em­pa­tá­ba­mos qui­zá po­día­mos cla­si­fi­car, pe­ro nos hi­cie­ron el pri­me­ro, nos de­sar­ma­mos y nos co­mi­mos cin­co.

–¿Le si­guen pre­gun­tan­do por el 6-0 del 78?

–Sí. En la última Co­pa Amé­ri­ca me en­con­tré con Ca­sa­gran­de, Fal­cão, mu­chos ju­ga­do­res bra­si­le­ños que se acuer­dan de mí per­fec­ta­men­te. Una vez se lo di­je muy cla­ro a Ri­ve­lin­ho y a Zi­co: “Es­to es una co­sa que in­ven­ta­ron us­te­des por­que per­die­ron el cam­peo­na­to al no ga­nar­le a Ar­gen­ti­na”.

–¿Con Me­not­ti ha­bló al­gu­na vez de ese te­ma?

–Ja­más. Y Me­not­ti me co­no­cía des­de los catorce años, por­que mi ba­rrio se pe­ga al de él, Fis­her­ton. Por ahí pasa, como ocurrió en esta Copa América, que vino a comentar para la tele y nos juntamos a comer un asado. Pero de aquel partido ni se habla.

–¿Por la ca­lle le si­guen pre­gun­tan­do?

–No. Yo en Pe­rú soy co­mo Die­go. No es por ti­rar­me flo­res, pe­ro siem­pre que me puse la ca­mi­se­ta de Pe­rú la de­fen­dí a muer­te, y, si ten­go que ju­gar aho­ra pa­ra Pe­rú, voy y jue­go. Eso, la gen­te lo sa­be.

–¿Có­mo fue re­ci­bi­do des­pués del Mun­dial?

–Nun­ca tu­ve in­con­ve­nien­tes.

–Y cuan­do va a la Ar­gen­ti­na, ¿le dan las gra­cias?

–Sí, al­gu­nos di­cen: “Por és­te sa­li­mos cam­peo­nes”.

–¿Le da bron­ca?

–Bue­no, si me hu­bie­se co­mi­do al­gu­nos de los seis go­les, de re­pen­te, sí. Pe­ro fi­ja­te vos que yo ten­go más bron­ca por no ha­ber sa­li­do cam­peón con In­de­pen­dien­te, por ha­ber­me co­mi­do ese gol con­tra Ri­ver, que me me­tió Pe­dro Gon­zá­lez en el de­sem­pa­te pa­ra ir a la fi­nal de la Li­ber­ta­do­res 76, que se me ca­yó la pe­lo­ta de la ma­no, que por lo del 78. Ade­más, si ana­li­zás los seis go­les, en cua­tro tu­ve que sa­lir a en­fren­tar al de­lan­te­ro que en­tra­ba en el área con pe­lo­ta do­mi­na­da.

–¿A ese Mun­dial ha­bían ido con ex­pec­ta­ti­vas?

–No. Y nos fue me­jor de lo ima­gi­na­do. El Mun­dial 78 fue muy bue­no pa­ra mí. Si no hu­bie­ra si­do por mí, Pe­rú ha­bría per­di­do mu­chos par­ti­dos. Otros ju­ga­do­res tam­bién se des­ta­ca­ron, co­mo Teó­fi­lo, Mu­ñan­te, Obli­tas, el vie­jo Chum­pi­taz, el mis­mo Ve­láz­quez. Des­pués ter­mi­na­mos un po­co de­sar­ma­dos, con mu­chos le­sio­na­dos. Apar­te, tra­ji­mos un pa­lo y me­dio de dó­la­res al Pe­rú, y no sé quién se lo lle­vó, por­que no­so­tros no vi­mos na­da.

–¿Qué pen­só en los mi­nu­tos pre­vios al par­ti­do, cuan­do se en­te­ró de que Ar­gen­ti­na te­nía que me­ter cua­tro go­les pa­ra lle­gar a la fi­nal?

–Lo pri­me­ro que pen­sá­ba­mos es que no nos iban a ha­cer nun­ca esos go­les, que po­día­mos ga­nar­lo o per­der­lo, pe­ro nor­mal.

–En la pre­via se le de­ben ha­ber cru­za­do co­sas…

–Es que yo soy lo más des­preo­cu­pa­do que exis­te. De­cían que mi vie­ja es­ta­ba ame­na­za­da en aque­llos días: ¡qué iba a es­tar ame­na­za­da! A mi vie­ja só­lo la po­dés ame­na­zar con un sa­la­me de Mi­lán, con un pla­to de co­mi­da. Na­da que ver, to­do men­ti­ra. Mi vie­ja vi­vía y vi­ve fe­liz, en mi ba­rrio.

–Y a me­di­da que iban ca­yen­do los go­les, ¿no pen­sa­ba: “Uh, aho­ra van a de­cir que co­mo yo soy ar­gen­ti­no…?”

–En un par­ti­do no me pue­do po­ner a pen­sar eso.

 

El pa­so del tiem­po le ali­vió la car­ga a Qui­ro­ga. O le en­du­re­ció la co­ra­za. Un vue­lo ra­san­te por el ar­chi­vo lo con­fir­ma. Re­vis­ta Gen­te, del 13 de ju­lio de 1978, al­gu­nas se­ma­nas des­pués del 6-0, ha­bla Chu­pe­te: “Es­ta­ba muy tris­te. Que­ría que el par­ti­do ter­mi­na­ra cuan­to an­tes. Ni la hin­cha­da ar­gen­ti­na me gri­tó al­go ma­lo ni me tra­tó mal: pe­ro yo que­ría ir­me de allí. De lo úni­co que te­nía ga­nas era de en­ce­rrar­me y no ha­blar con na­die. Que­ría ca­mi­nar con la ca­be­za ba­ja y no le­van­tar­la más. No le­van­tar­la ni si­quie­ra pa­ra mi­rar a mis com­pa­ñe­ros. Mi­ra­ba el sue­lo y pen­sa­ba: ‘Qui­ro­ga, aho­ra te­nés que vol­ver a Li­ma, en­fren­tar­te a to­dos esos que te sa­lu­da­ban cuan­do te re­co­no­cían en la ca­lle. ¿Có­mo vas a ha­cer pa­ra mi­rar­los de fren­te?’”.

No hu­bo pro­ble­mas en el re­gre­so pa­ra Qui­ro­ga. ¿La prueba? Atajó para Perú ca­si diez años más.

–Su compañero Obli­tas con­tó que, an­tes del par­ti­do, Vi­de­la les habló en el ves­tua­rio, pero que ca­si nin­gu­no de los jugadores lo re­cuerda.

–¿Tú crees que cuan­do te es­tás cam­bian­do pa­ra un par­ti­do le vas a dar bo­la a un di­ri­gen­te que es­tá ahí, cuan­do en­tran 50 mil “Fi­gu­re­tti”? En los ves­tua­rios siem­pre en­tra gen­te, pe­ro Vi­de­la no nos ha­bló o si ha­bló con al­gu­no, no le di bo­la. Ni me preo­cu­pa­ba que fue­ra Vi­de­la, se­gu­ro que en­tró a sa­lu­dar al al­mi­ran­te Gál­vez, de Perú. Nos es­tá­ba­mos ven­dan­do, ma­sa­jean­do, en­tró co­mo en­tra cual­quie­ra.

Ramón Quiroga, en Miraflores, su barrio de siempre en Lima. Allí practica deportes y juega “fulbito”.

Ramón Quiroga, en Miraflores, su barrio de siempre en Lima. Allí practica deportes y juega “fulbito”.

–¿Qué ex­pli­ca­ción le en­cuen­tra al 6-0?

–Fue uno de esos par­ti­dos, lo­co, que a ve­ces Pe­rú quie­re ter­mi­nar rá­pi­do pa­ra re­gre­sar a Li­ma por­que se ex­tra­ña­ un mon­tón de co­sas. Pa­ra el Mun­dial de Es­pa­ña nos con­cen­tra­mos en un lu­gar no­ta­ble, pa­re­cía que es­tába­mos pa­ra sa­lir en­tre los cua­tro pri­me­ros, les ga­na­mos en la pre­via a Fran­cia, a Hun­gría, a to­dos, y no pasó na­da. Por eso la eli­mi­na­ción del 82 me do­lió más que la del 78. Y en nin­gu­na de las dos ga­né un pu­to pe­so.

–¿Ese Pe­rú es­ta­ba pa­ra co­mer­se seis go­les?

–Yo creo que no. Pe­ro tam­po­co es­tá­ba­mos pa­ra co­mer­nos cin­co go­les de Po­lo­nia en el 82 y nos los co­mi­mos. Apar­te, tam­bién se ha­bló de ese par­ti­do, ¿qué mier­da nos po­día dar Po­lo­nia, un país co­mu­nis­ta don­de ha­bía mu­cha ham­bre? Lo mis­mo se de­cía de Ar­gen­ti­na: ¿qué mier­da te pue­de re­ga­lar la Ar­gen­ti­na con el ham­bre que ha­bía allá y acá?

–¿Por qué se co­mie­ron seis go­les, en­ton­ces?

–Ar­gen­ti­na nos pa­só por en­ci­ma.

–Des­pués, ¿en al­gún mo­men­to se sin­tió mal por to­do lo que se ha­bló?

–En lo más mí­ni­mo. Lo úni­co ma­lo de ese parti­do fue que al ter­mi­nar me po­día ha­ber ido a co­mer un asa­do con mi vie­jo y me tu­ve que que­dar en el ho­tel por­que el téc­ni­co no nos dio per­mi­so pa­ra sa­lir.

–¿Có­mo to­mó lo que en su mo­men­to di­jo y lue­go des­min­tió Man­zo, que Pe­rú se ha­bía ven­di­do?

–No sé, Dios cas­ti­ga con la in­di­fe­ren­cia. To­do se pa­ga en la tie­rra. ¿Vis­te dón­de es­tá hoy Man­zo? La­bu­ran­do de al­ba­ñil en Ca­ñe­te, un pue­bli­to per­di­do de Pe­rú. El la­bu­ro más pe­sa­do que yo ten­go es ma­ne­jar el con­trol re­mo­to, me pue­den sa­lir ca­llos en los de­dos. La úni­ca preo­cu­pa­ción que ten­go es que no se me cor­te el ca­ble y que en in­vier­no no ha­ga mu­cho frío. Y na­da más, fe­liz­men­te…

–Pe­ro al­go ra­ro hu­bo en ese par­ti­do.

–Son par­ti­dos ra­ros, her­ma­no.

–Obli­tas só­lo po­ne las ma­nos en el fue­go por us­ted.

–Por­que me co­no­ce, co­mo me co­no­ce la ma­yo­ría de los ju­ga­do­res.

–No pu­so las ma­nos en el fue­go por los de­más.

–Ca­da uno tie­ne su for­ma de pen­sar.

–¿Us­ted po­ne las ma­nos en el fue­go por to­dos sus com­pa­ñe­ros?

–Cuando el vie­jo Chum­pi­taz es­tuvo con un pro­ble­ma de po­lí­ti­ca, ya que lo me­tie­ron pre­so cuan­do era re­gi­dor de Li­ma, me di cuenta de que lo habían usa­do. Es un ti­po sa­no y ho­nes­to al que usa­ron.

–No con­tes­tó, ¿po­ne las ma­nos en el fue­go?

–Yo soy com­pa­ñe­ro, pe­ro no ami­go de to­dos, co­noz­co a la ma­yo­ría, hay gen­te de fiar.

–¿Exis­te la chan­ce de que al­gu­nos com­pa­ñe­ros su­yos no ha­yan en­tre­ga­do to­do?

–Pe­rú lle­gó muy de­sar­ma­do a ese par­ti­do, con mu­chos le­sio­na­dos.

–¿Le mo­les­ta ha­blar del te­ma?

–No.

–¿Y no le fas­ti­dia que le ha­ya que­da­do una eti­que­ta de ese par­ti­do? En la Ar­gen­ti­na, a us­ted se lo aso­cia en­se­gui­da con el ar­que­ro del 6-0.

–No me mo­les­ta, la gen­te que me co­no­ce co­mo per­so­na no du­da de mí. Pre­gun­ta­le a cual­quie­ra.

El cuarto gol de Argentina, convertido por Jacinto Leopoldo Luque.

El cuarto gol de Argentina, convertido por Jacinto Leopoldo Luque.

Ya es­tá, es su­fi­cien­te pa­ra Chu­pe­te, que se va con ese co­lla­ge de idio­mas tan par­ti­cu­lar que des­co­lo­ca al in­ter­lo­cu­tor, con la co­ra­za que su­po cons­truir en es­tos años, de­jan­do ape­nas tras­lu­cir al­gu­nas ver­da­des y lle­ván­do­se otras bien aden­tro. Co­mo esas dos es­quir­las que aún conserva en su cuerpo. Qui­zás al­gún día sal­gan del to­do a la su­per­fi­cie.

 

Bajo sospecha

La goleada a Perú generó sospechas que manchan la gran conquista del Mundial 78. Argentina salió al Gigante de Arroyito con la ventaja de saber que debía meter cuatro goles para ir a la final ante un rival que no se jugaba nada. Hizo seis (en la foto, Luque mete el cuarto). ¿Dudas? El arquero era argentino. Unos meses después, el gobierno de Videla donó una carga importante de trigo a Perú, lo que alimentó la sospecha. Rodulfo Manzo, un modesto back que jugó ese partido para Perú, apareció en 1979 jugando en Vélez (¿una recompensa?). Y habría deslizado en off, aunque luego lo desmintió, que su equipo se había vendido esa noche l

 

 

Por Diego Borinsky (2005).

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