Las Entrevistas de El Gráfico

El señor de los milagros

Por Redacción EG · 25 de febrero de 2020

Víctor Monzó se había recibido de contador público, era jugador de fútbol y hasta llegó a marcar a Maradona. Pero un accidente automovilístico lo dejó en estado vegetativo. Sólo la fe y el amor materno lo revivieron.

Aquel día, 13 de ma­yo de 1999, dos am­bu­lan­cias in­gre­sa­ron en el Sa­na­to­rio Fle­ni trans­por­tan­do a dos pa­cien­tes. Am­bos se ha­bían co­no­ci­do unos años an­tes en el te­rre­no que más que­rían: una can­cha de fút­bol. Y am­bos, en ese es­pa­cio de tiem­po que du­ró un par­ti­do, es­tu­vie­ron fren­te a fren­te, pues a uno le to­có mar­car al otro. No po­dían sos­pe­char las vuel­tas del des­ti­no. Que­da­ron alo­ja­dos a só­lo una ha­bi­ta­ción de dis­tan­cia. Y mien­tras uno se re­ti­ró po­co des­pués, el otro que­dó allí, lu­chan­do en una de­si­gual pe­lea. Se ha­lla­ba en es­ta­do ve­ge­ta­ti­vo y nin­gún mé­di­co hu­bie­ra apos­ta­do una mo­ne­da por un fi­nal fe­liz. Nin­gu­no, ex­cep­to una di­mi­nu­ta mu­jer ru­bia que, ele­van­do los ojos al cie­lo, se en­co­men­dó a Dios.

Es­ta es, pues, la his­to­ria de ese pa­cien­te, lla­ma­do Víc­tor Mon­zó, un con­ta­dor pú­bli­co na­cio­nal oriun­do de Car­los Te­je­dor, lo­ca­li­dad de 4900 ha­bi­tan­tes ubi­ca­da a 470 ki­ló­me­tros de Bue­nos Ai­res.

El otro pa­cien­te, con quien ja­más vol­vie­ron a te­ner con­tac­to, era Die­go Ar­man­do Ma­ra­do­na.

Es­ta es la his­to­ria de un mi­la­gro.

Víc­tor na­ció el 8 de agos­to de 1967. Su pa­dre, el doc­tor Emi­lio, fue in­ten­den­te de Car­los Te­je­dor. Ca­sa­do con Ge­ma Ma­ría Gar­di­ner, de ori­gen ir­lan­dés, tu­vie­ron seis hi­jos, to­dos pro­fe­sio­na­les. De ellos fue Víc­tor el más fa­ná­ti­co por los de­por­tes. Hin­cha con­fe­so –como to­da la fa­mi­lia– del Ro­jo de Ave­lla­ne­da, Víc­tor em­pe­zó en el fút­bol a los diez años, ju­gan­do en la Sex­ta de Hu­ra­cán de Car­los Te­je­dor. En­ton­ces era nú­me­ro 10 y al­can­zó un cam­peo­na­to lo­cal en Amé­ri­ca, ciu­dad pe­ga­da a La Pam­pa. Te­nía con­di­cio­nes. Tan­to que, cuan­do ya es­ta­ba en la Ter­ce­ra, vi­no de Bue­nos Ai­res Jo­sé Pin­ta­do –her­ma­no del di­ri­gen­te his­tó­ri­co de Ri­ver– y lo lle­vó a pro­barse en Platen­se. De buen fí­si­co –1,85 y tran­co se­gu­ro–, el pi­be sen­tía que iba a en­con­trar su Des­ti­no con la de cue­ro. Es­tu­vo un año y me­dio en De­fen­so­res de Bel­gra­no. Y re­cuer­da, aho­ra, con hu­mor, que “me echa­ron flit, por­que en los en­tre­na­mien­tos hi­ce tres go­les y pen­sa­ron que era el nue­vo Ga­re­ca, pe­ro des­pués no fue tan así”.

El Fla­co, eso sí, apren­dió una gran lec­ción, y fue que un buen en­tre­na­mien­to era fun­da­men­tal si que­ría lle­gar a al­go, por eso em­pe­zó a ju­gar de nú­me­ro 5 y a ren­dir mu­cho más. Así que, cuan­do lle­gó al La­rrou­dé Fút­bol Club de La Pam­pa jun­to a Juan Ga­llo, em­pe­zó a mos­trar un gran fu­tu­ro fut­bo­le­ro. Lle­ga­ron a la fi­nal del cam­peo­na­to de La Pam­pa, con All Boys de San­ta Ro­sa, en 1996, y per­die­ron por un pe­nal que, se­gún me­mo­rio­sos tes­ti­gos, nun­ca exis­tió. Víc­tor sin­tió que es­ta­ba vi­vien­do su me­jor tem­po­ra­da.

Ya era con­ta­dor –se re­ci­bió en la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Ai­res en 1992– y un buen día se en­con­tró con la no­ti­cia que no pu­do creer: Die­go Ma­ra­do­na ven­dría a Car­los Te­je­dor pa­ra ju­gar un par­ti­do.

Con el Diego. Víctor a la derecha, en su tarde más gloriosa. Fue en Carlos Tejedor.

Con el Diego. Víctor a la derecha, en su tarde más gloriosa. Fue en Carlos Tejedor.

En rea­li­dad, na­die cre­yó de­ma­sia­do en la his­to­ria, mo­ti­vo de aná­li­sis y de­ba­tes en los bo­li­ches del pue­blo. ¿El Die­go en Car­los Te­je­dor, la tie­rra que vio na­cer a Hu­go Gat­ti?

Lo que cier­to es que allá por 1993, y gra­cias a la ges­tión de Hu­go Got­tar­di, el sue­ño se hi­zo rea­li­dad. “Esa no­che dor­mí ves­ti­do de ju­ga­dor –re­cuer­da Víc­tor– y el otro día fue, se­gu­ra­men­te, el más bre­ve de mi vi­da. El avión de Die­go –por­que se vi­no en un avión– ate­rri­zó en una pista de ca­rre­ras de ca­ba­llos, ima­gi­na­te.”

Die­go ha­bía pe­di­do la ma­yor dis­cre­ción, pe­ro fue im­po­si­ble: se le aba­lan­zó to­do el pue­blo: “Si me to­can, me voy”, di­jo y to­dos se re­ti­ra­ron. “Ju­ga­mos un tiem­po la Pri­me­ra de los dos clu­bes del pue­blo: Ar­gen­ti­no y Hu­ra­cán. Lo co­rrí to­do el tiem­po, pe­ro más que pa­ra mar­car­lo, que era im­po­si­ble, pa­ra es­tar cer­ca de él, por­que le ha­bía pe­di­do a Mi­guel Mar­tín, el fo­tó­gra­fo, que cuan­do es­tu­vié­ra­mos cer­ca, ga­ti­lla­ra sin as­co…”

Ga­nó el equi­po de Die­go, por am­plia go­lea­da, y el avión se lo lle­vó. No po­día ima­gi­nar Víc­tor que iban a es­tar nue­va­men­te muy cer­ca, ca­da uno en una ca­ma…

 

La no­che del 18 de fe­bre­ro de 1999, en Ri­va, cer­ca de Sui­pa­cha, Víc­tor es­tu­vo dos ve­ces ca­ra a ca­ra con la muer­te. Iba en su au­to jun­to a un ami­go, Ma­rio Al­ber­to Fon­se­ca, cuan­do, en­can­di­la­do por un au­to que ve­nía en con­tra, el su­yo ro­dó va­rias ve­ces. Su­fri­ría en los mi­nu­tos si­guien­tes dos pa­ros car­diorres­pi­ra­to­rios. Si és­tos se prolongan por más de tres mi­nu­tos, las le­sio­nes ce­re­bra­les son irre­ver­si­bles. Por suer­te, du­ra­ron me­nos. El doc­tor Juan Jo­sé Mus­si lo aten­dió y lo de­ri­va­ron al hos­pi­tal Bri­tá­ni­co de Bue­nos Ai­res, don­de es­tu­vo du­ran­te tres me­ses. De­bió su­frir tres ope­ra­cio­nes de pul­món, por in­fec­cio­nes pro­duc­to de su es­ta­do ve­ge­ta­ti­vo. Pa­só por el Fle­ni –adon­de lle­gó la mis­ma no­che que Ma­ra­do­na– y de allí, fi­nal­men­te, lo lle­va­ron a un de­par­ta­men­to de la ave­ni­da San­ta Fe y Vidt. Un mé­di­co le di­jo a su pa­dre: “Emi­lio, tu hi­jo no tie­ne nin­gu­na po­si­bi­li­dad de re­cu­pe­rar­se”.

La úni­ca que no lo cre­yó fue do­ña Ge­ma. Du­ran­te ca­si dos años, le su­mi­nis­tró la úni­ca me­di­ci­na que só­lo se con­si­gue en los ne­go­cios del co­ra­zón: el amor. Ar­ma­da con un ro­sa­rio y sus rue­gos al cie­lo, y es­cu­da­da en un walk­man con mú­si­ca de Gil­da –la fa­vo­ri­ta de su hi­jo–, lo acom­pa­ñó día y no­che. Sa­bía que la mú­si­ca es­ti­mu­la la ac­ti­vi­dad neu­ro­nal, que las ora­cio­nes nos acer­can a Dios y que el Amor to­do lo pue­de. Lo ba­ñó, lo acom­pa­ñó y lo acu­nó co­mo si fue­se un be­bé. Em­pe­ci­na­da, no ce­jó un so­lo día y se ne­gó, ter­mi­nan­te­men­te, a es­cu­char nin­gún pro­nós­ti­co ad­ver­so. Le da­ban de co­mer por me­dio de una son­da. Así es­tu­vo, en co­ma, he­cho un ve­ge­tal, ais­la­do del mun­do y en­co­gién­do­se en sí mis­mo en po­si­ción fe­tal, du­ran­te 16 me­ses. Un día –fue el 3 de ju­lio de 1999– la ma­dre le di­jo “abrí la bo­ca”, y la abrió…

En­ton­ces lo lla­mó al her­ma­no, Emi­lio –el mis­mo que hoy se pos­tu­la pa­ra in­ten­den­te de Car­los Te­je­dor–, y le di­jo: “Res­pon­de”. La res­pues­ta fue bru­tal: “Es­tás lo­ca, ma­má”. Ella, ir­lan­de­sa y ca­be­za du­ra, le or­de­nó que le ha­bla­ra al her­ma­no.

–Ha­ce­me la se­ña del as de es­pa­das –le di­jo.

Y en­ton­ces, co­mo un mi­la­gro, aquel ser em­pe­que­ñe­ci­do y ais­la­do, pe­ro aún vi­vo, le­van­tó las ce­jas…

El 14 de agos­to le apre­tó la ma­no a su vie­ja y el 10 de di­ciembre le di­jo “ma­má”.

Fue co­mo vol­ver a na­cer. Hoy ca­mi­na, se en­tre­na, es­cri­be li­bros, con­ver­sa y ha­ce chis­tes.

Con la camiseta del Rojo, en su canchita. Entrena con todo. Víctor es un canto a la vida.

Con la camiseta del Rojo, en su canchita. Entrena con todo. Víctor es un canto a la vida.

Ves­ti­do con la ca­mi­se­ta de In­de­pen­dien­te po­sa pa­ra El Grá­fi­co y dice que le­van­ta­rá otra vez las ce­jas cuan­do su her­ma­no sea in­ten­den­te. Le man­da sa­lu­dos a su gran ami­go Fer­nan­do Niem­bro y se jac­ta de que cuan­do los in­ter­na­ron a Die­go y a él fue “el Des­ti­no de dos as­tros”.

Es­cu­chán­do­lo, do­ña Ge­ma son­ríe en si­len­cio.

Só­lo una ma­dre es ca­paz de ha­blar con Dios.

 

 

Por Carlos Irusta (2003).

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