Las Entrevistas de El Gráfico

1988. Di Stéfano – Maradona, dos grandes frente a frente

Por Redacción EG · 27 de enero de 2020

Se encontraron en Nápoles y compartimos con ellos cada instante de una charla más que interesante. Jugadores, técnicos, recuerdos, comparaciones, las vivencias de ambos en el más alto nivel europeo.

El 30 de octubre de 1960 fue para Alfredo Di Stéfano un día como cualquier otro. A las 8.30 besó a su esposa Sara y a su hijo Alfredito, que tenía cuatro años (Nannette y Silvana ya estaban en la escuela), echó una ojeada a la cuna donde dormía la beba Elena y, con el bolso colgando de su mano derecha, cerró a sus espaldas el portón de Henares 13, en el barrio madrileño de El Viso. Subió a su Jaguar sport, puso primera y encaró hacia el estadio Chamartin, donde el Real Madrid entrenaría a las órdenes de don Pedro Escartín.

Era el momento más espectacular y glorioso en la carrera de Alfredo. Como había titulado ¨Marca¨ el 19 de mayo anterior, tras la victoria en Glasgow contra el Eintracht Frankfurt (7-3), que le había asegurado al Real su quinta Copa europea de campeones consecutiva: Honor a la Saeta Rubia, rey indiscutido del fútbol mundial".

Rey indiscutido, y no sólo por la quíntuple victoria en la Copa de Europa. Le pertenecía el primado de goleador absoluto, con 38 tantos, en dicha competencia. Había sido también goleador de la Liga Española por cinco años seguidos. En dos ocasiones lo distinguieron con el Balón de Oro que va al mejor jugador europeo (sólo años después lo superaría el holandés Johan Cruyff).

No tuvieron que esperarlo. Ni el húngaro Puskas, ni el uruguayo Pepe Santamaría, ni los españoles Gento, Del Sol y Pachín. Como era su costumbre, Alfredo fue uno de los primeros en llegar. Y entrenó como uno más, con la misma humildad y la misma entrega que cualquiera de los pibes que recién daban sus primeros pasos en aquel Real legendario. Porque Alfredo era siempre el que más corría, el que más luchaba, el que más se sacrificaba. Sobre todo cuando era el mejor del mundo.

Esa tarde, cuando volvió a su casa de la calle Henares no se enteró, como no se enteró nadie, excepto algunos pocos habitantes de Villa Fiorito, a pocos pasos de Avellaneda, de la alegría que había iluminado el humilde hogar de un correntino morocho y retacón que salía todas las madrugadas a las cuatro para pelearle a la vida por un cacho de pan y una taza de mate cocido. En esa casa había nacido Diego Armando Maradona.

La cena que se prolongó hasta la madrugada en Nápoles y el brindis junto a Guillermo Cóppola. Una noche inolvidable para ambos el fútbol argentino.

La cena que se prolongó hasta la madrugada en Nápoles y el brindis junto a Guillermo Cóppola. Una noche inolvidable para ambos el fútbol argentino.

Han pasado 28 años. Y el balance es inapelable: Di Stéfano y Maradona no sólo son los dos más grandes jugadores de fútbol nacidos en la Argentina sino que, en el Olimpo de los mejores de todos los tiempos, admiten únicamente la intromisión del brasileño Pelé. Y acaso, con un poco de buena voluntad, la del holandés Cruyff. Por eso, por esos blasones indiscutidos que para los argentinos son un orgullo, juntar en una mesa a Alfredo y Diego para que hablen de fútbol, horas y horas, sin prejuicios ni formalidades, es una oportunidad irrepetible. EL GRAFICO lo logró. Fue después del programa televisivo que Maradona tiene en Nápoles y que contó a Di Stéfano como invitado especial. Cuando ya la madrugada empezaba a venirse, se sentaron en una mesa del restaurante La Sacristía. Únicos testigos privilegiados: Guillermo Cóppola, Bruno Pesaola (aquel wing que fuera de River Plate y que hizo una carrera triunfal en Italia), Carlos "Pato" Onofrio, Fernando Signorini y este corresponsal de EL GRAFICO.

He aquí todo lo que se dijeron:

EL GRAFICO: —Confesa una cosa, Diego. Cuando esta noche presentaste a Alfredo ante las cámaras de televisión, estabas emocionado, emocionado de verdad. Lo disimulaste muy bien, pero la conmoción estaba...

MARADONA: —Es cierto, estaba conmovido. En la Argentina, antes de ir a jugar a España, yo había oído hablar mucho de Alfredo, pero no tenía la dimensión exacta de lo que fue en el fútbol mundial. Lo descubrí en España. Ahí me di cuenta qué embajador del fútbol argentino había sido. Para mí, el más grande de toda la historia...

DI STEFANO: —Largue, pibe, usted dice esto porque es un gomía, como decía el gordo Troilo...

MARADONA: —No, maestro, lo digo porque estoy convencido. Fíjese, acá en Italia están dele y dele con eso de que si Maradona es superior a Pelé o viceversa. En España de Pelé no habla nadie. Ahí no tienen dudas, saben que Di Stéfano fue y será inigualable. Y yo estoy de acuerdo con los españoles...

EL GRAFICO: —Es cierto lo que decís, Diego. Estos italianos son aburridísimos con esta manía de las comparaciones. Y la tuya con Pelé es improponible por una sola razón: Pelé no juega más y vos tenés por delante, por lo menos, cinco o seis años en el más alto nivel competitivo...

DI STEFANO: —Pero también es improponible porque Pelé fue grande, sensacional, pero nunca jugó en un equipo europeo, no compitió en España o en Italia, que para mí son los dos fútbol más difíciles del mundo. Lo suyo fue menos complicado. El lío es cuando tenés que estar un año entero rigoreado y rodeado de caras extrañas, como dice el tango. Por eso yo sostengo que hay ventaja para Diego. Y después no me vengan con otras comparaciones estúpidas. Llego a Nápoles y un periodista me viene: "¿Maradona o Platini?" Yo le contesté, pero no me pregunten pavadas, es como elegir entre Jesús y uno de los ladrones...

MARADONA: —¿Sabe qué sucede, maestro? Acá en Italia, la polémica, la comparación, la rivalidad incluso personal llevada a los extremos, es el pan del que comen todos. Es un defecto, pero también una virtud. Por eso los domingos todos los estadios están llenos, incluso donde se juegan partidos de tercera o cuarta categoría. El Napoli, contra el Milan, recaudó casi dos millones y medio de dólares. Y cuando jugamos contra equipos chicos andamos siempre cerca del millón...

EL GRAFICO: —Alfredo, ¿qué tiene Diego que usted no tenía? Y, al revés, ¿qué le faltaría a él que usted tenía?

DI STEFANO: —¿Se da cuenta, mi viejo, de que también usted cae en la trampa que le critica a los italiatia?`Pero le voy a contestar: Diego, técnicamente, como individualidad, es superior a mí. Lo que hace con los pies, con la cabeza, con los hombros, con el pecho, yo no era capaz de hacerlo. Es un virtuoso, un esteta, un prestidigitador. Yo no lo era tanto. Pero jugaba en toda la cancha, a lo largo y a lo ancho. Ojo, creo que Diego lo podría hacer también, con una preparación atlética idónea para eso...

MARADONA: —Maestro, no se olvide de los equipazos que había en su época. El Milan de Schiaffino y Grillo, El Honved húngaro, el Manchester de Bobby Charlton, el Inter que dirigía Helenio Herrera, el Juventus de Sívori y Charles, el Benfica de Eusebio, hasta el Stade Reims donde jugaban Kopa e Hidalgo. Debía ser terrible enfrentar a esos cuadrazos y a esos fenómenos. Y usted ganó la Copa de Europa cinco veces consecutivas, desde 1956 a 1960...

EL GRAFICO: —No sólo eso, Diego. Alfredo fue goleador absoluto de ese torneo dos veces, en 1958 y en 1961... La primera, cuando el Real le ganó 3-2 al Milan, en un partido que los italianos siguen recordando con admiración...

DI STEFANO: —Sí, la final se jugó en Bruselas. El Milan era un cuadrazo: Pepe Schiaffino, Grillo, el finadito Cucchiaroni, el sueco Liedholm, Maldini, el padre del que hoy juega en la Selección Italiana y en el mismo Milan. Estuvimos siempre en desventaja. Marcó Schiaffino, empaté yo, Grillo nos convirtió el segundo, volvió a empatar Rial y fuimos al suplementario. Me acuerdo que hicimos un conciliábulo a un costado para ver cómo encarábamos esa última media hora y el Yiyo Carniglia, que era el técnico nuestro, nos ordenó: "Hay que ir al ataque, que ellos se caen". Carniglia era un fenómeno para infundirnos moral, si los que se caían éramos nosotros. Lo cierto es que, apenas empezó el segundo tiempo del alargue, Gento metió el tercero y, entonces sí, todo el mundo a defender el gol, hasta el Yiyo... Me acuerdo la furia del Pelado Grillo cuando terminó el partido: no se daba paz, se quería pelear con todos...

MARADONA: —¿Fue la Copa más linda de todas las que ganó, maestro?

DI STEFANO: —Tal vez la más brava, pero la más linda fue en Glasgow, contra los alemanes del Eintracht Frankfurt. Teníamos a todos los escoceses en contra, por no sé qué motivos políticos. Cuando salimos a la cancha, la silbatina pareció rajar el estadio. Al principio nos tuvieron mal, un tal Kress metió el primero, pero hacia la media hora empezamos a levantar cabeza. Canario llegó dos veces hasta el palo y la cruzó fuerte al medio. Las dos veces llegué justo y la mandé adentro. Después empezó a funcionar la zurda de Pancho Puskas y los matamos. Pancho marcó cuatro goles y yo tres. Ganamos 7-3 y al final nos hicieron una ovación como no recuerdo otra igual jugando fuera de Madrid. Claro, estas Copas tienen un significado especial, acá en Europa se viven con toda el alma...

MARADONA: —Es cierto, Alfredo. Por eso yo espero que este año se nos dé el triunfo en la Copa de la UEFA. El Napoli armó un buen equipo, caminamos bien la cancha y, arriba, tenemos una potencia demoledora. El brasileño Careca es un fenómeno, define como un monstruo, jugándose la vida en cada pelota: Yo 10 cargo y le digo: "Vos no sos brasileño, tenés el pasaporte cambiado", Y Careca se agarra unas broncas bárbaras...

La visita de Alfredo Di Stéfano al programa de Diego Armando Maradona en la TV italiana. Dos grandes juntos.

La visita de Alfredo Di Stéfano al programa de Diego Armando Maradona en la TV italiana. Dos grandes juntos.

EL GRAFICO: —Usted también se jugaba la vida en cada pelota, Alfredo. Pero la diferencia es que siguió haciéndolo hasta cuando tenía 39 años, en que se retiró. ¿Cuál es el secreto para jugar tanto tiempo?

DI STEFANO: —El entrenamiento. Yo entrenaba todos los días, sin faltar nunca. Si Diego quiere y se esmera, él también puede jugar hasta los umbrales de los 40. Lo fundamental es que no se aburra del fútbol. .

MARADONA: —No, maestro, qué me voy a aburrir... Claro, el problema son los golpes, las patadas, se sienten más a los 28 que a los 18, yo me doy cuenta. Y va a ser peor dentro de cinco o diez años. Jugar en Europa es muy exigente, la técnica no basta, hay que complementarla con el trabajo físico. Vea mi caso: cuando llegué a Barcelona, tenía una caja torácica mucho más reducida, era menos resistente, cada carga de un defensor me hacía doler hasta las pestañas. Ahora no: hago pesas, pectorales, dorsales. Y otra cosa: hoy en día nadie puede darse el lujo, por crack que sea, de jugar parado o al tranco, a media máquina. Hay que estar permanentemente en movimiento. Esto es lo fundamental que debería aprender cualquier chico argentino que venga a jugar a Europa...

DI STEFANO: —¿Sabes qué sucede, Diego? La técnica argentina es superior, sin ninguna duda, pero la concepción es lenta. Se para la pelota y se da tiempo para que los defensores se recuperen. Hay que trabajar en velocidad. Ahí está el secreto de por qué a vos, no te pueden parar nunca. Porque tu juego es el fútbol de hoy: técnica y velocidad de concepción.

MARADONA: —Yo creo que habernos mentalizado sobre eso fue el gran mérito de Bilardo en México. Y el gran secreto para la victoria final.

EL GRAFICO: —¿También La Máquina de River tenía ese mismo secreto, Alfredo? ¿O aquel equipo estaría en desventaja hoy?

DI STEFANO: —Ojo, que yo sigo sosteniendo que el River Plate de 1947 fue el mejor equipo de club que integré, pese a todo lo que fue el Real. Y no sólo por los grandes jugadores, de una personalidad enorme, que lo formaban. Para mí, fue el antepasado de dos grandes equipos, Hungría de 1953/54 y Brasil de 1958, porque fue el primero en utilizar la doble punta de lanza ofensiva. Como siempre pasa, fue un equipo que se armó un poco de casualidad. El Fanfa Moreno había vuelto de México en 1946, poco después me reincorporé yo tras un campeonato en Huracán. Ya no estaba Pedernera como armador en el medio de la cancha y lo reemplazó Moreno en ese rol. Teníamos una jugada que nos salía diez puntos: Moreno la tocaba corta con Pipo Rossi y, de pronto, sacaba el pase largo, rapidísimo, para el pique mío o la llegada al vacío de Angelito Labruna. Con ese esquema, nos cansamos de hacer goles: fueron 90, a un promedio de tres por fecha. Una verdadera aplanadora...

MARADONA: —Cuente alguna anécdota de aquel período, Alfredo, sé que hay algunas para matarse de la risa...

DI STEFANO: —El que nos hacía morir era Pipo Rossi. Entraba en todas y ya lo teníamos junado. Resulta que fuimos a Turín a jugar un amistoso tras el desastre de Superga, en el que murió todo el equipo del Torino, y tanto el Fanfa Moreno como el Tuerto Ramos le habían hecho el bocho: "Pipo, llevate cigarrillos de la Argentina que en Italia hay una mishiadura tan grande, después de la guerra, que por cada paquete te dan una bicicleta, un reloj de oro, lo que quieras...". Y Pipo se llevó varios envases de Columbia y los custodiaba noche y día. Los muchachos le pedíamos de fumar, pero Pipo ni se conmovía, no convidaba por nada del, mundo. Me acuerdo que aterrizamos en Turín después de 44 horas de vuelo y en el piso había varios atados vacíos de Lucky Strike. Moreno, matándose de risa, lo llamó a Pipo y le dijo: 'Mita lo que fuman acá, Lucky Strike, y vos te trajiste como cien atados de esos Columbia malolientes, que parecen petardos'. Al Fanfa le gustaba hacer chistes, pero no soportaba que le faltasen el respeto. Un día jugábamos contra Huracán y no nos salía una. Íbamos cero a cero y Moreno meta a indicarnos cómo había que jugar y dársela a él. Yo me cansé y le grité: 'Déjeme tranquilo, ¿quiere?'. Me arrepentí enseguida, porque era un pibe y en ese tiempo uno no se atrevía a faltarle el respeto a los grandes. Pero dos minutos después, mientras Moreno me miraba todavía feo, se escucha el vozarrón de Pipo Rossi, quien también era un chico, que grita desde allá atrás: 'Largue con tantas órdenes, haga el favor´. Cuando terminó el primer tiempo, salimos últimos. Teníamos miedo que Moreno nos esperase en el túnel y nos pegase tres o cuatro sopapos. Pero no nos dijo nada. Cuando estábamos por volver para el segundo tiempo, nos llamó y nos miró como si fuese la última vez: Está bien, ya me faltaron el respeto, ahora vayan a la cancha y jueguen como nunca lo hicieron en la vida, porque si no ganamos los reviento a trompadas...". Ganamos 3-0 y yo hice dos goles...

Don Alfredo y Diego concentrados. Leyendas del fútbol mundial que nacieron en Argentina.

Don Alfredo y Diego concentrados. Leyendas del fútbol mundial que nacieron en Argentina.

MARADONA: (riendo) —Huy, lo que hubiera pagado por jugar sólo un partido con aquellos fenómenos. Yo no había nacido cuando estaba aquel River Plate, pero tengo un recuerdo maravilloso del Boca de 1969-70 que dirigía usted, Alfredo. Qué jerarquía, qué nivel, qué clase... Angelito Rojas, Madurga, Novello, el peruano Meléndez... Yo era un mocoso, no tenía todavía diez años, pero mi viejo me llevaba a la popular. Me había enamorado del Loco Pianetti. Me acuerdo que le clavaba los ojos cuando aparecía por el túnel y lo seguía los 90 minutos. Para mí, Pocho Pianetti fue un jugadorazo, pateaba como un animal, pero además jugaba como los mejores...

DI STEFANO: —Sí, aquél fue un gran equipo. Tanto, que me embaló y pensé muy seriamente en quedarme definitivamente en la Argentina. Salimos campeones del Nacional y fue una enorme satisfacción. Más trabajo me costó ganar el torneo de 1982 con River Plate. Me encontré con un plantel descompensado, física y futbolísticamente, con jugadores que corrían demasiado y otros que corrían muy poco y no podían entrar en ritmo de juego. Las lesiones y suspensiones, aunque parezca mentira, me ayudaron a encontrar la solución, echando mano a los muchachos de las divisiones inferiores. Salió un River obrero, combativo, mordedor, que no gustaba a la hinchada, pero ganamos el Nacional...

EL GRAFICO: —Fue aquella final contra Ferro, en Caballito. Y usted dejó afuera nada menos que a Alonso, a Jota Jota López, a Merlo, al Pelado Díaz...

DI STEFANO: —A Díaz le molestó mucho que lo sacara del equipo que iba a jugar el último partido. Una vez, Labruna me había dicho: 'El Pelado es el delantero ideal para meterlo con el partido en marcha y los rivales desgastados, para aprovechar mejor su velocidad, pero no sirve cuando hay que trabajar en todo el frente de ataque y taponar a los defensores que suben". Me acordé de Angelito y lo hice entrar en el segundo tiempo, anduvo bien. Veo que casi ocho años después ha cambiado poco. El técnico del Inter, Trapattoni, lo usa igual que yo: un tiempo, un rato, y después lo saca. Díaz era un fenómeno cuando jugaba al lado de Maradona. Pero no lo tiene a Diego desde el Mundial de 1982...

EL GRAFICO: —Si mal no recuerdo, fue en 1981 que se produjo el primer enfrentamiento entre Di Stéfano técnico y Maradona jugador de Boca. Fue en la Bombonera, se jugó de mañana y River ganó 4-2...

MARADONA: —Sí, pero aquella vez le hice un golazo a Fillol. Recuerdo que me la dio Perotti sobre la izquierda, amagué el centro una y otra vez y lo vi a Fillol jugado hacia el segundo palo, esperando el envío. Entonces no dudé: le pegué fuerte buscando con exactitud el agujero que quedaba entre el Pato y el primer poste. Cuando reaccionó, la pelota ya estaba adentro. Lo cómico fue que después dijo que se había resbalado...

EL GRAFICO: —El duelo siguió en España, con Diego en el Barcelona y usted, Alfredo, dirigiendo al Real Madrid...

DI STEFANO: —En el primer partido a Diego lo marqué en zona, tratando de hacerlo caer en la trampa del offside, pero no hubo caso. En el siguiente lo mandé encima, como estampilla, al pibe Sanchis, que estaba surgiendo. Y este genio de Diego lo volvió loco. Una vez también fue para nosotros, creo que ganamos 2-0, pero la conclusión es una sola: todas las tácticas son válidas, pero lo fundamental son los jugadores. El ejemplo de Diego es lapidario. Y ésa es la suerte argentina. Pese a la crisis, pese a las canchas espantosas, pese a los clubes fundidos, pese a Sanchis, Pardeza... Yo estuve hace poco un mes en Argentina y vi que siguen saliendo chicos con posibilidades, aunque noté ahora una peligrosa tendencia a ensuciar el juego, a entorpecer, a destruir más que construir. Lo que hacen algunos muchachos es increíble: juegan sin contrato, con montones de plata que les deben. Y, sin embargo, hacen campañas bárbaras, como las de Deportivo Español y San Lorenzo. Es impensable que en Europa un jugador salga siquiera a la cancha en esas condiciones...

 

Una plaqueta en homenaje a Di Stéfano.

Una plaqueta en homenaje a Di Stéfano.

 

EL GRAFICO: —¿Le ofrecieron algún equipo, Alfredo?

DI STEFANO: —Hubo algún interés de Vélez, después que se fue Willington. También me hablaron amigos de Español, pero allí está Aimar, que es muy buena gente y un técnico preparadísimo. Se me hace cada vez más difícil volver a dirigir allá. Y no sólo por cuestión de dinero: tendría que tener la seguridad de que puedo estar arriba en un campeonato. Lo otro, aceptar un equipo de medio pelo, es jugarse la vida por nada. Yo volví tres veces y dos salí campeón. Está bien que allá tengo a mi madre, mi familia, mil amigos, pero uno ha echado raíces en España, por lo hijos. Sólo aceptaría con un proyecto serio y ambicioso. De otra manera, no...

EL GRAFICO: —Alfredo, tras una vida en el fútbol y después de todas las satisfacciones recibidas, ¿hay algo de que se lamenta?

DI STEFANO: —Yo no me lamento de lo que quedó atrás, sea bueno o malo. Eso sí, me habría gustado jugar algún Mundial con la Selección Argentina. Pero eran otros tiempos: hoy te mandan un télex, un fax, hay discado automático intercontinental. En la década del '50, para comunicarse, se necesitaban semanas, todo era más difícil. Además, Argentina recién volvió a jugar un Mundial en 1958 y, para entonces, yo ya había quedado atrapado por el asunto de la doble nacionalidad. Lo cómico es que con España no pude jugar el de Suecia porque nos eliminó Escocia y tampoco el de 1962, en Chile, porque me lesioné. En fin, fue el destino…

Habrían seguido charlando horas y horas más. Di Stéfano se había aflojado la corbata (esa prenda que tolera con tanta dificultad) y remontaba recuerdos con una precisión apabullante. Maradona tenía los ojos bien abiertos y, de tanto en tanto, decía la suya. Pero ya era madrugada. Al día siguiente, Diego tenía que entrenar por la mañana. Y a Alfredo lo aguardaba el avión de Iberia en el aeropuerto de Fiumicino, en Roma, para el regreso a Madrid. Cuando salieron de La Sacristía y se dieron el abrazo final en la vereda, allá arriba, en la noche gélida, había una luna llena grandota y monda, que brillaba más de lo habitual. Era el fútbol que les estaba diciendo gracias…

 

 

Por BRUNO PASSARELLI (1988).

Fotos: BENEDETTO PERCUOMO y Archivo "EL GRÁFICO" .

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