Las Entrevistas de El Gráfico

2002. Las vueltas de Comizzo

Por Redacción EG · 29 de noviembre de 2019

En su tercera etapa en River, Ángel David Comizzo a los 40 años conseguía su tercer campeonato y repasaba las buenas y las malas, las partidas y los regresos en el club que aprendió a querer de pibe.

“Son las co­sas de la vi­da, son las co­sas del que­rer.

Son las vuel­tas de la vi­da, son las vuel­tas de Da­vid.”

Siem­pre es­tu­vo vol­vien­do An­gel Da­vid Co­miz­zo. Po­dría de­cir­se que des­de aquel pri­mer con­tac­to con el mun­do ro­ji­blan­co fe­cha­do el 14 de ju­lio de 1984, cuan­do un Mo­nu­men­tal res­pe­tuo­so lo des­pi­dió con aplau­sos tras una des­ta­ca­dí­si­ma ta­rea en el ar­co de Ta­lle­res que só­lo pu­do ser vul­ne­ra­da por un tal Fran­ces­co­li en el úl­ti­mo mi­nu­to, en­tre Fla­co de Re­con­quis­ta y Ri­ver exis­tió una atrac­ción irre­sis­ti­ble que los obli­gó a mu­tuos pac­tos de reen­cuen­tro, por to­do y a pe­sar de to­do.

Cua­tro años des­pués de aquel pri­mer flas­ha­zo, se abra­za­ron por pri­me­ra vez. Y fue­ron fe­li­ces una tar­de de 1990, la del pri­mer fes­te­jo gran­de. Se des­pi­die­ron por un tiem­pi­to, un año más tar­de, y su es­ta­día en Mé­xi­co de­bió in­te­rrum­pir­se abrup­ta­men­te por­que Da­niel Pas­sa­re­lla no acer­ta­ba con el ar­que­ro, no le en­con­tra­ba reem­pla­zan­te ni con Mi­guel ni con Pas­set, y en­ton­ces pe­gó el gri­to de au­xi­lio pa­ra que vol­vie­ra. Y Co­miz­zo vol­vió. Y fue cam­peón otra vez en su pri­mer in­ten­to. En aque­llos tiem­pos, el tí­tu­lo de la no­ta de El Grá­fi­co sin­te­ti­za­ba con pre­ci­sión el sig­ni­fi­ca­do del nue­vo lo­gro. “La Re­con­quis­ta de Co­miz­zo” no só­lo apun­ta­ba a la ciu­dad de na­ci­mien­to del ar­que­ro (y don­de se ha­bía con­cre­ta­do la en­tre­vis­ta) si­no a un con­cep­to más pro­fun­do: la rei­vin­di­ca­ción an­te su en­tre­na­dor. Pe­ro el amor du­ró po­co: el téc­ni­co lo col­gó, se mul­ti­pli­ca­ron las ver­sio­nes ma­lin­ten­cio­na­das pa­ra jus­ti­fi­car una de­ter­mi­na­ción in­jus­ti­fi­ca­ble, y la his­to­ria en­tró en los ca­pí­tu­los más o me­nos co­no­ci­dos. Pe­ro aun­que el hom­bre ya tu­vie­ra 30 años so­bre el lo­mo no se dio por ven­ci­do y se ju­ró vol­ver. Dos ve­ces pe­gó en el pa­lo allá le­jos y ha­ce tiem­po (1995) cuan­do en el ti­món del bar­co se en­con­tra­ba su ami­go Don Ra­món, pe­ro le­jos de api­cho­nar­se apos­tó su fi­cha fi­nal en el ama­ne­cer del nue­vo si­glo. Y vol­vió otra vez Co­miz­zo. Y dio otra vuel­ta olím­pi­ca, la ter­ce­ra con Ri­ver, pa­ra no rom­per la cos­tum­bre. Sa­na cos­tum­bre.

Las vuel­tas de la vi­da, las vuel­tas de Da­vid.

 

La primera alegría fue en el campeonato 1989/90.

La primera alegría fue en el campeonato 1989/90.

 

“Me acuer­do per­fec­to de esa tar­de del ‘84. Ata­jé muy bien y us­te­des me die­ron co­mo fi­gu­ra del par­ti­do con ocho pun­tos. In­clu­so en la ju­ga­da pre­via al gol de Fran­ces­co­li me ha­bía man­da­do una vo­la­da bár­ba­ra pa­ra sa­car la pe­lo­ta al cor­ner. Ese día, cuan­do aban­do­na­ba el cam­po de jue­go, me pa­só al­go pa­re­ci­do a lo que le ocu­rrió ha­ce po­qui­to a Iván Za­mo­ra­no cuan­do vi­no con el Amé­ri­ca: me aplau­die­ron. Y ese día lo pen­sé, te lo ju­ro: al­gu­na vez es­te ce­men­to co­rea­rá mi nom­bre.”

Co­miz­zo evo­ca con nos­tal­gia aquel ins­tan­te de amor a pri­me­ra vis­ta, aun­que bien po­dría de­cir­se que el vín­cu­lo con Ri­ver se re­mi­tía a su mis­mo de­but en Pri­me­ra Di­vi­sión, por­que no fue otro que An­gel Ama­deo La­bru­na quien le dio el bau­tis­mo ofi­cial en el fút­bol pro­fe­sio­nal. Y de­cir La­bru­na es de­cir Ri­ver. “No lle­gué a co­no­cer­lo de­ma­sia­do a An­gel –re­vi­ve el ar­que­ro–, por­que al po­qui­to tiem­po de mi de­but, se fue pa­ra Ar­gen­ti­nos Ju­niors y, ade­más, por­que él se ma­ne­ja­ba más con los gran­des. De to­das for­mas man­ten­go en mi re­cuer­do al­gu­nas imá­ge­nes im­bo­rra­bles. Las de nues­tras vuel­tas en el co­lec­ti­vo a Bue­nos Ai­res, des­pués de ju­gar al­gún par­ti­do, por ejem­plo. Esos co­lec­ti­vos eran ca­si­nos am­bu­lan­tes, de no creer. Yo no po­día ju­gar por­que era el che pi­be, el ce­ba­dor ofi­cial, y ade­más por­que no te­nía ni un cos­pel par­ti­do al me­dio. Des­pués que­dó una lin­da re­la­ción con Ana, su mu­jer. Ya cuan­do ju­ga­ba en Ri­ver y ella se da­ba una vuel­ta por el club, ha­blá­ba­mos bas­tan­te, me re­co­no­cía de aque­llos tiem­pos de Ta­lle­res.”

Cu­rio­sa his­to­ria la del Fla­co Co­miz­zo. A pe­sar de las se­ña­les que re­ci­bía des­de el club del que fue hin­cha to­da su vi­da (La­bru­na en el de­but, los aplau­sos del ‘84), de­bió in­ter­ce­der el des­ti­no pa­ra tor­cer una his­to­ria que te­nía otro rum­bo.

–Yo ve­nía de es­tar un año col­ga­do en Ta­lle­res por ha­ber aga­rra­do del co­go­te a Ama­deo Nuc­ce­te­lli, el pre­si­den­te. Cuan­do él se fue del club lo­gré re­sol­ver mi si­tua­ción. Ya te­nía to­do lis­to pa­ra se­guir y sur­gió el in­te­rés del Mi­llo­na­rios de Co­lom­bia. Via­jé a Bue­nos Ai­res pa­ra re­sol­ver las co­sas y al día si­guien­te apa­re­cí fir­man­do en Ri­ver. El Fla­co Me­not­ti me ha­bía pe­di­do y se hi­zo to­do de gol­pe. No sé qué pa­só esa no­che en Bue­nos Ai­res pe­ro lo cier­to es que al día si­guien­te yo apa­re­cí sien­do ju­ga­dor de Ri­ver.

La segunda, tras volver de México, entre Américo Gallego, Fabián Basualdo y Daniel Passarella.

La segunda, tras volver de México, entre Américo Gallego, Fabián Basualdo y Daniel Passarella.

–En­tre Mi­llo­na­rios y Ri­ver…

–Pre­fe­ría Ri­ver, sin du­das. Por­que soy hin­cha y por­que Ri­ver era mi pi­so, mien­tras que Co­lom­bia era mi te­cho.

–O sea que por un par de ho­ras tal vez es­ta his­to­ria de hoy no exis­ti­ría.

–Exac­to.

De to­das for­mas y a pe­sar de la pre­mo­ni­ción de aque­lla tar­de de aplau­sos, el “ce­men­to” del Mo­nu­men­tal se to­mó un tiem­po pa­ra co­rear su nom­bre. Co­miz­zo en­tró en un equi­po nue­vo, re­ple­to de nom­bres ru­ti­lan­tes, que de­mo­ró más de una rue­da en en­sam­blar­se. Mien­tras tan­to, ben­di­to achi­que que es­tás en los cam­pos de jue­go, los de­lan­te­ros lle­ga­ban de a 10 o 15 ve­ces por par­ti­do a ver­le la ca­ra ma­no a ma­no. Te­nía que sa­lir de­ma­sia­do, y que­da­ba ex­pues­to, co­mo to­do el equi­po.

“Tra­ba­ja­ba un po­co de bom­be­ro en aque­llos tiem­pos –son­ríe Co­miz­zo–, apa­gan­do in­cen­dios. Igual yo ja­más cues­tio­né una de­ci­sión de los téc­ni­cos, y ni ha­blar del Fla­co Me­not­ti, que pa­ra mí es­tá en el pe­des­tal de los en­tre­na­do­res. Yo ve­nía con mu­chos al­ti­ba­jos y la gen­te es­ta­ba im­pa­cien­te. Des­pués de la pri­me­ra ron­da de ese cam­peo­na­to, a prin­ci­pios del ‘89, re­ci­bí un gran res­pal­do de Me­not­ti, sin ne­ce­si­dad de pa­la­bras, pe­ro lo per­ci­bí. Arran­qué muy bien en el tor­neo de ve­ra­no y de ahí en ade­lan­te no pa­ré más. En­se­gui­da vi­no ese par­ti­do fa­mo­so en la can­cha de Bo­ca, que em­pa­ta­mos 0-0 y des­pués que­dó pa­ra no­so­tros el pun­to ex­tra cuan­do ata­jé tres pe­na­les. No lo ol­vi­do más. Aque­lla no­che fue la pri­me­ra vez que los hin­chas de Ri­ver co­rea­ron mi nom­bre.”

Cuan­do se le pre­gun­ta si sien­te que, así co­mo se ha­bía ga­na­do de­fi­ni­ti­va­men­te a la gen­te en aque­lla no­che de pe­na­les ata­ja­dos en la Bom­bo­ne­ra la re­con­quis­tó 13 años des­pués en ese mis­mo es­ta­dio, Co­miz­zo pre­fie­re pa­sar y de­jar el ve­re­dic­to en el te­rre­no de los hin­chas. Pe­ro al­go de eso hay, sin du­das. Por­que una vez con­su­ma­do el re­tor­no del ar­que­ro en el 2001, la gran ma­yo­ría de los sim­pa­ti­zan­tes mi­ró ha­cia el cos­ta­do y du­dó: los 39 años de edad, el re­cuer­do de una eta­pa no muy aus­pi­cio­sa en Ban­field, la in­cer­ti­dum­bre por su pa­sa­do re­cien­te en el exi­lio me­xi­ca­no. Y esas du­das se acen­tua­ron an­te un par de go­les “bo­bos” (Pal­mei­ras, Vé­lez), al­gu­nos re­bo­tes ino­por­tu­nos (Ra­cing, gol de Be­do­ya) y otras tan­tas in­de­ci­sio­nes en cen­tros cru­za­dos. Es­te año to­do cam­bió. Y Co­miz­zo fue len­ta­men­te trans­for­mán­do­se en fi­gu­ra cla­ve del equi­po. En la Bom­bo­ne­ra, la tar­de-no­che inol­vi­da­ble del 3-0, el ar­que­ro le­van­tó una mu­ra­lla pa­ra ase­gu­rar el ce­ro en los mo­men­tos cru­cia­les del par­ti­do. Lo mis­mo ocu­rrió con el co­rrer de los par­ti­dos. Los que du­da­ban, a par­tir de allí ya no du­da­ron más.

–El 3-0 fue un or­gas­mo, así de cla­ri­to. Nos que­ría­mos que­dar a vi­vir ahí, es­tá­ba­mos lo­cos. Lo que sen­tí des­pués del gol de Ro­jas es di­fí­cil de ex­pli­car. Y eso que no pu­de ver el gol por­que lo fui a bus­car a Ca­ve­nag­hi. El Gor­do ha­bía ta­pa­do el cen­tro en la ju­ga­da pre­via y que­dó ti­ra­do en el pi­so, con el hom­bro do­lo­ri­do. Le es­ta­ba pi­dien­do que se le­van­ta­ra, que te­nía que se­guir po­nien­do hue­vo por­que no ha­bía ter­mi­na­do el par­ti­do, cuan­do se de­sa­tó el de­li­rio. La úni­ca bron­ca de ese día fue que de la can­cha nos tu­vi­mos que ir di­rec­to a Ezei­za pa­ra em­bar­car rum­bo a Mé­xi­co, por­que nos es­pe­ra­ba el par­ti­do con el Amé­ri­ca por la Co­pa. Era pa­ra mo­rir­se: una vez que le ga­ná­ba­mos a Bo­ca, uno que­ría ver to­dos los pro­gra­mas de­por­ti­vos de te­le­vi­sión, es­cu­char la ra­dio, to­do. ¿Sa­bés las ga­nas que te­nía de ir al día si­guien­te al club y que me sa­lu­da­ran to­dos los so­cios? No me iba más del club, ¡eh!

–¿Cuál fue el pri­mer diá­lo­go que tu­vis­te des­pués de ese triun­fo?

–Con mis hi­jos, por­que ha­bían ido a la po­pu­lar y que­ría sa­ber si es­ta­ban bien. Y apar­te es­pe­ra­ba es­cu­char lo que fi­nal­men­te es­cu­ché: que me lo me­re­cía. Fue lo más gran­de que me pu­die­ron ha­ber di­cho.

El abrazo con Celso Ayala, apenas consumada la goleada sobre Boca.

El abrazo con Celso Ayala, apenas consumada la goleada sobre Boca.

–¿No sen­tis­te que has­ta ese par­ti­do la gen­te te­nía du­das so­bre tu ni­vel?

–No, no, la ver­dad es que nun­ca me di cuen­ta de las du­das de la gen­te. Mi pro­ble­ma es que con­fío de­ma­sia­do en lo mío. En su mo­men­to asu­mí los go­les pe­lo­tu­dos que me hi­cie­ron por­que son res­pon­sa­bi­li­dad mía, del res­to asu­mo la cuo­ta par­te que me co­rres­pon­de por­que es­to es un equi­po de fút­bol, si pen­sa­ra de otra ma­ne­ra me­jor me de­di­co a ju­gar al te­nis, que es in­di­vi­dua­lis­ta. Mien­tras for­me par­te de un gru­po, de un equi­po de fút­bol, tan­to los erro­res co­mo los acier­tos de­ben ser com­par­ti­dos. Así pien­so yo.

–La ver­dad, Da­vid, ¿creías que po­días llegar al ni­vel que al­can­zas­te?

–Sí, sí, por­que yo ata­ja­ba en es­te ni­vel en Mé­xi­co. Por ahí la gen­te no pen­sa­ba que iba a ata­jar así, por­que la gen­te mi­ra más a Eu­ro­pa que a Mé­xi­co. Pa­ra mí es un error.

–Vol­va­mos al tor­neo: des­pués de Bo­ca em­pe­za­ron a caer…

–Tu­vi­mos un ba­jón, se pue­de de­cir que no ju­ga­mos co­mo se ve­nía acos­tum­bran­do a la gen­te. Le­van­ta­mos otra vez con­tra Co­lón y en La Pla­ta con Gim­na­sia ju­ga­mos un par­ti­da­zo: un muy buen plan­teo tác­ti­co, ju­ga­mos con gran per­so­na­li­dad y con ac­tua­cio­nes ex­ce­len­tes, co­mo las de De­mi­che­lis, el Lo­bo (por Le­des­ma), Ariel, An­drés y Ca­ve­nag­hi. An­drés es­tá que­rien­do en­ten­der en dón­de de­be to­car y en dón­de gam­be­tear pa­ra que no lo gol­peen tan­to. Ape­nas ter­mi­nó ese par­ti­do, le di un be­so al Gor­do, co­mo una mues­tra de ca­ri­ño y agra­de­ci­mien­to. El Gor­do apren­dió que no só­lo tie­ne que ha­cer go­les, si­no que hay que sa­cri­fi­car­se en be­ne­fi­cio del equi­po, qui­zás eso an­tes le cos­ta­ba un po­co más. Hay mu­chos chi­cos jó­ve­nes en el plan­tel. Ellos tie­nen la edad de mis hi­jos y jus­ta­men­te por eso, por mis hi­jos, mu­chas ve­ces los com­pren­do. A ve­ces me ha­cen eno­jar los gua­chos, co­mo mis hi­jos, pe­ro es to­do pa­sa­je­ro, ten­go una re­la­ción bár­ba­ra.

–En el tor­neo pa­sa­do una vez te eno­jas­te fie­ro des­pués de per­der con Chi­ca­go.

–Es que se em­pe­zó a ha­blar de Bo­ca cuan­do an­tes te­nía­mos que ju­gar ese par­ti­do co­ntra Chi­ca­go. Yo lo sa­bía, la ex­pe­rien­cia me lo in­di­ca­ba, no en va­no pei­no ca­nas. Pe­ro ese cam­peo­na­to lo de­ja­mos es­ca­par no­so­tros, cuan­do per­di­mos al­gu­nos pun­tos in­creí­bles. Y tam­bién por al­gu­na ayu­da ex­tra que re­ci­bió Ra­cing, no nos en­ga­ñe­mos. A Ra­cing le po­dría­mos ha­ber ga­na­do si no nos anu­la­ban el gol en off­si­de que no fue, tam­po­co me ol­vi­do de aque­lla muy ma­la ac­tua­ción de Eli­zon­do en Co­lón, de Mar­tín con­tra San Lo­ren­zo, del lí­nea con­tra Chi­ca­go que tam­bién nos pri­vó de un gol. Des­pués de aquel 1-1 con­tra Ra­cing es­tá­ba­mos muy mal: no­so­tros nos sen­tía­mos su­pe­rio­res, lo ha­bía­mos de­mos­tra­do en el par­ti­do, pe­ro nos que­dá­ba­mos con las ma­nos va­cías.

El arquero con la bandera que hicieron unos hinchas de Hurlingham detrás.

El arquero con la bandera que hicieron unos hinchas de Hurlingham detrás.

Aho­ra las ma­nos ya no es­tán va­cías, el Fla­co es cam­peón otra vez, aun­que en la rec­ta fi­nal ha­ya te­ni­do que su­frir más de la cuen­ta por un error in­fan­til del que se arre­pin­tió en­se­gui­da. Y jus­to en un par­ti­do de­ci­si­vo en el que ha­bía vuel­to a ser un ac­tor prin­ci­pal del par­ti­do ta­pán­do­le dos ma­no a ma­no a Es­te­vez. Aho­ra que es cam­peón otra vez, ¡có­mo no re­cor­dar el ins­tan­te má­gi­co en que se ges­tó su rei­vin­di­ca­ción tan­tas ve­ces so­ña­da y pos­ter­ga­da!

“Yo creo que mi re­gre­so se hi­zo po­si­ble por­que fui ca­paz de so­ñar­lo. Uno em­pu­ja des­de el sue­ño, ¿no? Uno ja­más pue­de per­der las ilu­sio­nes ni los sue­ños por­que si no no ten­dría sen­ti­do vi­vir. Cuan­do me lla­ma­ron a Mé­xi­co por te­lé­fo­no y me di­je­ron que es­ta­ba to­do lis­to pa­ra vol­ver, em­pe­cé a trans­pi­rar co­mo lo­co, ter­mi­né con la ca­mi­se­ta em­pa­pa­da. Da­río, mi hi­jo ma­yor, es­ta­ba con­mi­go en ca­sa. A Da­vid, el me­nor, lo lla­mé por­que an­da­ba por León. Le di­je que ha­bía lle­ga­do la ho­ra de pre­pa­rar el de­sem­bar­co a Ri­ver, que se ha­bía con­cre­ta­do ese sue­ño mío. El me con­tes­tó que le tem­bla­ban el te­lé­fo­no, las pier­nas; que iba a llo­rar, que es­ta­ba fe­liz. Y pen­sar que él ha­bía ido con­mi­go al en­tre­na­mien­to el día que me se­pa­ra­ron del plan­tel en el ‘92, cuan­do te­nía ape­nas 5 años. Po­bre, no en­ten­día na­da.”

Sen­sa­cio­nes fuer­tes, irre­pe­ti­bles: “El día que vol­ví a en­trar a una can­cha con la ca­mi­se­ta de Ri­ver, con­tra Ta­lle­res en Cór­do­ba, sen­tí la mis­ma emo­ción que el día que de­bu­té, la mis­ma”. Es pa­ra creer­le.

“Son las co­sas de la vi­da, son las co­sas del que­rer.

Son las vuel­tas de la vi­da, son las vuel­tas de Da­vid”.

 

 

Por Diego Borinsky (2002).

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