Las Entrevistas de El Gráfico

2008. Gringo viejo, nomás

Por Redacción EG · 25 de noviembre de 2019

Un hombre de carácter que estaba haciendo sus primeras armas en el Real Madrid, pero que había pasado por Manchester y era un indiscutido en la Selección, Heinze no le escapa a ningún tema.

Ga­briel Ivan Hein­ze sa­le del as­cen­sor que lo de­po­si­ta en el sec­tor de pren­sa de la im­po­nen­te ciu­dad de­por­ti­va del Real Ma­drid en Val­de­be­bas, con una son­ri­sa que le en­vuel­ve la ca­ra, con­tra­se­ña in­con­fun­di­ble que lo acom­pa­ña des­de chi­qui­lín y que le va­lió el apo­do de “Sonry”, que aún con­ser­va no so­lo en el en­va­se si­no tam­bién en­tre sus se­ñas per­so­na­les; co­mo el co­rreo elec­tró­ni­co, por ejem­plo.

-Me lo pu­so un pro­fe en mi pue­blo cuan­do yo era chi­qui­to y ju­ga­ba en los Po­lli­tos de Cres­po -evo­ca pa­ra en­cen­der la char­la-, y tam­bién se man­tu­vo cuan­do pa­sé a Cul­tu­ral y Unión, por­que es­ta­ba siem­pre son­rien­do, era un chi­co fe­liz.

-¿Eras?

-Si­go sien­do.

-¿Por qué son­reías?

-Era una per­so­na con mu­chas ener­gías; se de­cía que has­ta cuan­do dor­mía, son­reía de la ale­gría.

 

Pan­ta­lo­nes bien cal­za­dos por en­ci­ma de la lí­nea del om­bli­go, co­mo aún los usan los abue­los, a con­tra­ma­no de las ten­den­cias ac­tua­les que tien­den a uti­li­zar­los por de­ba­jo de la lí­nea de flo­ta­ción, Ga­briel Hein­ze no tar­da­rá de­ma­sia­do tiem­po pa­ra po­ner so­bre el mos­tra­dor otra de las fa­ce­tas pre­do­mi­nan­tes de su ca­rác­ter, que lo han eri­gi­do en lí­der de los equi­pos que in­te­gró y  que, por cier­to, no son un re­jun­ta­do de cua­tro de co­pas: des­de el Man­ches­ter al Real Ma­drid, pa­san­do por la Se­lec­ción. Ha­bla­mos de su per­so­na­li­dad. Ya ve­re­mos có­mo, lle­ga­do el tur­no de in­da­gar acer­ca de la Ce­les­te y Blan­ca, el hom­bre sal­ta a la yu­gu­lar del pe­rio­dis­ta cuan­do cree ad­ver­tir cier­ta car­ga ne­ga­ti­va en la pre­gun­ta. Ese eno­jo, esa re­bel­día; aquí con la pa­la­bra, más allá con la pe­lo­ta es -así co­mo la son­ri­sa per­ma­nen­te- un sig­no dis­tin­ti­vo del Grin­go fut­bo­lis­ta.

“¡Qué fo­to her­mo­sa!”, agra­de­ce y son­ríe otra vez, al re­ci­bir una ta­pa de El Grá­fi­co donde se lo ve con la ca­mi­se­ta del Man­ches­ter y la ban­de­ra ar­gen­ti­na ce­le­bran­do la ob­ten­ción de la li­ga 2006/0; sin sa­ber que al­gu­nas se­ma­nas des­pués de ese ins­tan­te es­ta­ría en la fuen­te de Ci­be­les, ri­to im­pos­ter­ga­ble que co­ro­na las li­gas con­quis­ta­das por el Real Ma­drid. “Yo, si su­bie­ra a lo más al­to, a la Dio­sa le pon­dría la ban­de­ra ar­gen­ti­na”, ex­pre­sa­ría Hein­ze en los me­dios es­pa­ño­les, ya con­su­ma­da la con­sa­gra­ción, y sa­bien­do que el aban­de­ra­do de ta­les há­bi­tos es por su­pues­to el ca­pi­tán Raúl. Y la insignia, la española.

Pe­ro nos ade­lan­ta­mos al tiem­po por­que al mo­men­to de la en­tre­vis­ta, el Ma­drid to­da­vía no ha­bía sa­bo­rea­do su tí­tu­lo de li­ga N° 31, el se­gun­do con­se­cu­ti­vo con clu­bes dis­tin­tos en la fo­ja de servicios per­so­nal de Hein­ze.

-Pa­sas­te de un gi­gan­te co­mo el Man­ches­ter a otro co­mo el Ma­drid, ¿qué di­fe­ren­cias hay?

-Son muy si­mi­la­res, clu­bes que tra­tar de lle­gar a la per­fec­ción. Una di­fe­ren­cia es, qui­zás, que el Real Ma­drid es más abier­to a to­do, el ju­ga­dor tie­ne más con­tac­to con las per­so­nas, con los pe­rio­dis­tas; el Man­ches­ter es un club más ce­rra­do. Por la fi­lo­so­fía del club, y del en­tre­na­dor en es­te ca­so, en Man­ches­ter el ju­ga­dor no tie­ne tan­ta re­la­ción con el mun­do ex­te­rior en los en­tre­na­mien­tos, que son siem­pre a puer­tas ce­rra­das.

-Com­pa­rá las li­gas in­gle­sa y es­pa­ño­la.

-Son muy dis­tin­tas. Yo soy un aman­te del fút­bol in­glés, a mí me sir­vió pa­ra ju­gar y pen­sar más rá­pi­do. Es muy ve­loz y se jue­ga siem­pre ver­ti­cal­men­te, es un ida y vuel­ta cons­tan­te. En Es­pa­ña se ve el bri­llo del fút­bol, lu­ce más lo téc­ni­co.

-En el Ma­drid con­vi­ven va­rios ar­gen­ti­nos y bra­si­le­ños, ¿hay pi­ca, hay cargadas?

-Hay mu­cho res­pe­to.

El rostro desfigurado para celebrar su primer tanto en el Madrid, ante el Sevilla. Lo atrapan Raúl y Cannavaro.

El rostro desfigurado para celebrar su primer tanto en el Madrid, ante el Sevilla. Lo atrapan Raúl y Cannavaro.

-Pue­de ha­ber res­pe­to y pi­ca tam­bién.

-An­tes que na­da es­tá el res­pe­to, por­que la pi­ca pue­de ter­mi­nar mal. Y yo, co­mo soy muy ar­gen­ti­no, no doy lu­gar a que ha­ya ni una pi­ca.

-¿Con quién hi­cis­te más re­la­ción?

-Raúl es una per­so­na que me ayu­dó mu­cho des­de que vi­ne, con Can­na­va­ro tam­bién ha­bla­mos bas­tan­te por­que com­par­ti­mos la de­fen­sa y uno es­tá más cer­ca; pe­ro soy una per­so­na muy abier­ta y ha­blo con to­dos.

-Venís jugando de seis y de tres, ¿cuál es tu pues­to pre­fe­ri­do?

-Hoy el fut­bo­lis­ta no pue­de de­cir que tie­ne un pues­to, de­be ser po­li­fun­cio­nal. A mí me da exac­ta­men­te igual. Siem­pre ju­gué de mar­ca­dor de pun­ta iz­quier­do: así lo hi­ce en el Man­ches­ter los tres años, sal­vo los úl­ti­mos par­ti­dos. Acá jue­go mi­tad y mi­tad, la ver­dad es que el tiem­po va pa­san­do y me voy yen­do más al me­dio. Por las ban­das es ma­yor el des­gas­te fí­si­co, y si ju­gás en un gran­de te­nés que es­tar ade­lan­te y atrás por­que te lo re­quie­ren el equi­po y la gen­te.

-¿Quién es el me­jor de­fen­sor del mun­do, hoy?

-Pa­ra mí siem­pre va a ser Ro­ber­to Aya­la, por lo me­nos has­ta que no de­je de ju­gar. Me en­se­ñó co­sas bá­si­cas, tan­to en lo per­so­nal co­mo en lo fut­bo­lís­ti­co. Lo que ha he­cho ese hom­bre no lo ha he­cho cual­quie­ra.

-¿Es­tá bien que se re­ti­re de la Se­lec­ción?

-No, pa­ra mí tie­ne mu­cho pa­ra dar, lo veo y es­tá me­jor que yo.

-¿Có­mo es Schus­ter?

-Da li­ber­tad, di­ce la pa­la­bra jus­ta y de­ja el res­to li­bra­do al pro­fe­sio­na­lis­mo del ju­ga­dor.

-¿Y Sir Alex?

-Fer­gu­son es más que un en­tre­na­dor. A pe­sar de los úl­ti­mos mo­men­tos, que fue­ron muy du­ros en la relación, siem­pre ten­dré pa­la­bras de agra­de­ci­mien­to ha­cia él. A mí me ayu­dó y me hi­zo cre­cer un mon­tón, y me dio la po­si­bi­li­dad de ju­gar en uno de los me­jo­res clu­bes del mun­do.

 

A sir Alex le agradece, aunque terminó mal.

A sir Alex le agradece, aunque terminó mal.

 

-¿Te dio la po­si­bi­li­dad por­que te pi­dió él?

-En el Man­ches­ter, si Fer­gu­son no te quie­re, no vas; así de sim­ple. Ahí te com­pra él. A mí me ayu­dó en lo fut­bo­lís­ti­co y en lo per­so­nal.

-¿Te pu­teas­te con él, al fi­nal?

-No, yo no me pu­teé con él ni con na­die, no soy así, soy una per­so­na de ca­rác­ter pe­ro ten­go mi ca­mi­no ya tra­za­do; me lo en­se­ñaron mis pa­dres.

-¿Vos te qui­sis­te ir del Man­ches­ter o ellos que­rían que te fue­ras?

-En nin­gún mo­men­to me qui­se ir del Man­ches­ter, pe­ro cuan­do uno to­ma de­ci­sio­nes lo ha­ce ata­do a sus con­se­cuen­cias. Les di tiem­po a ellos para re­no­var el con­tra­to; me que­da­ba un año, ellos me di­je­ron que sí, des­pués que no, más tar­de pu­sie­ron una op­ción de com­pra y al fi­nal, co­mo era el Li­ver­pool el que me que­ría com­prar, no me de­ja­ron ir. Des­pués qui­sie­ron sen­tar­se con­mi­go, pe­ro yo no cam­bio, soy una per­so­na que cuan­do di­go ne­gro es ne­gro.

-¿Vos no en­ten­días que ha­cía co­mo 50 años que no ha­bía trans­fe­ren­cia di­rec­ta en­tre Manchester y Liverpool, por la ri­va­li­dad?

-Me da exac­ta­men­te igual. Al club que a mí me quie­re y me ha­ce sen­tir gran­de y útil, no ten­go pro­ble­ma en ir.

-¿Fer­gu­son te pi­dió que no fueras?

-Me pro­hi­bie­ron ir. Des­pués qui­sie­ron re­no­var­me; pe­ro ahí, el que di­jo que no fui yo.

-¿Ha­bla­bas ca­ra a ca­ra con Fer­gu­son?

-Siem­pre.

-¿En in­glés?

-Sí, en el jui­cio tam­bién fue ca­ra a ca­ra. Ter­mi­né bien, le agra­de­cí to­do lo que ha­bía he­cho por mí, pe­ro le ase­gu­ré que yo no ves­tiría nun­ca más esa ca­mi­se­ta. Des­pués vi­no la ofer­ta del Ma­drid.

 

De gala con un tal Ronaldo, en el Manchester.

De gala con un tal Ronaldo, en el Manchester.

 

-¿Fue du­ro el ju­cio?

-Cla­ro, ima­gi­na­te lo que pue­de ser un jui­cio. Con es­tra­do, co­mo en las pe­lí­cu­las. Yo ha­blé muy co­rrec­to, él tam­bién, fue to­do en­tre abo­ga­dos. Per­der en los es­tra­dos me gol­peó mu­cho, nun­ca ha­bía pa­sa­do tan­ta ten­sión, nun­ca ha­bía es­ta­do en un jui­cio. Fue­ron 18 días muy du­ros, la gen­te ni se imagina lo que es. Hoy el con­se­jo que pue­do dar es que no lle­guen a eso, por­que es muy feo.

-¿Qué fue lo que más te mo­les­tó?

-Que me trataran co­mo un ob­je­to, que me dis­cri­mi­naran por ser ar­gen­ti­no, por ser su­da­me­ri­ca­no. A ellos no les im­por­ta­ba na­da: era un ju­ga­dor ar­gen­ti­no que le ha­cía jui­cio al me­jor club del mun­do. Tam­bién di­je­ron men­ti­ras, in­ven­ta­ron co­sas pa­ra po­der ga­nar.

-¿Qué se siente pa­seando por Old Traf­ford con la ban­de­ra ar­gen­ti­na?

-Fue una de las co­sas más bo­ni­tas que me pa­sa­ron en la vi­da, con un es­ta­dio co­rean­do “Ar­gen­ti­no, ar­gen­ti­no”; al­go que no se ha­bía vis­to nun­ca. Eso y que el pri­mer año los hin­chas del Man­ches­ter me eli­gie­ran el me­jor ju­ga­dor de la tem­po­ra­da fue lo más bo­ni­to que me pa­só.

En Manchester fue campeón en 2007 y se paseó con la bandera argentina.

En Manchester fue campeón en 2007 y se paseó con la bandera argentina.

-¿Nun­ca per­ci­bis­te cli­ma an­tiar­gen­ti­no en In­gla­te­rra?

-Ja­más, el afi­cio­na­do del Man­ches­ter me hi­zo sen­tir siem­pre muy bien, a mí y a mi fa­mi­lia.

-¿Qué con­se­jos le dis­te a Te­vez?

-Car­los te­nía va­rias pro­pues­tas y lo úni­co que le di­je es que si po­día ir al Man­ches­ter, ni lo du­da­ra, por­que el club lo ayudaría en to­do sen­ti­do y que lo iba a ha­cer más gran­de to­da­vía a él. Un club que te ha­ce ser gran­de no so­lo en lo fut­bo­lís­ti­co.

-¿Cuán­to le de­bés vos a Biel­sa por ha­ber ju­ga­do en Man­ches­ter y Real Ma­drid?

-Mu­cho, por­que es la per­so­na que me dio la po­si­bi­li­dad de ves­tir la me­jor ca­mi­se­ta del mun­do y la que más sen­ti­mien­to me da, la que me ha­ce llo­rar y po­ner con­ten­to; le voy a es­tar agra­de­ci­do toda la vida. Y des­pués, le agradezco por los va­lo­res fut­bo­lís­ti­cos que me dio.

-¿Ha­blás con él?

-No, por­que co­no­cién­do­lo a él y él co­no­cién­do­me a mí -que soy un po­co tí­mi­do-, no ha­bla­mos. Las po­cas pa­la­bras que le pu­de de­cir con­tra Chi­le, cuan­do vi­no a ju­gar las Eli­mi­na­to­rias, ya me bas­taron. Lo sa­lu­dé y le agra­de­cí, na­da más, y no le pu­de de­cir na­da por­que él tam­po­co te da pie; les agra­dez­co mu­cho a él y al Pro­fe Bo­ni­ni que me ayu­da­ron mu­cho.

 

Mez­cla el tú con el vos con asom­bro­sa fre­cuen­cia, co­mo si aún no se hu­bie­ra adap­ta­do a la len­gua de la ma­dre pa­tria. En el cam­po de jue­go, en cam­bio, no ne­ce­si­tó ni me­dia tem­po­ra­da pa­ra con­quis­tar el res­pe­to de la afi­ción me­ren­gue. El Grá­fi­co pu­do dar fe -co­mo tes­ti­go en un par de par­ti­dos- de la ad­mi­ra­ción que des­pier­ta el en­tre­rria­no de la lo­ca­li­dad de Cres­po, que ha­ce 20 años pin­ta­ba pa­ra cam­peón de pádel en pa­re­ja con su pri­mo Ariel, pe­ro que de­bió aban­do­nar, según cuenta: “Por­que ha­bía que pa­gar­se to­dos los pa­sa­jes, era un de­por­te muy cos­to­so y yo era de fa­mi­lia hu­mil­de”.

En el Ber­na­béu, Hein­ze tra­ba, va a los pies con to­da su ca­rro­ce­ría, trans­mi­te, con­ta­gia, vi­ve con in­ten­si­dad y dien­tes apre­ta­dos ca­da ac­ción; de al­gún mo­do sintetiza la per­so­na­li­dad del fut­bo­lis­ta ar­gen­ti­no, el ins­tin­to de su­pe­ra­ción an­te la ad­ver­si­dad, ese va­lor de nues­tros em­ba­ja­do­res que tan­to se co­ti­za en el ex­te­rior.

Gran cabeceador, aquí ante México, en el Mundial 2006. Llegó con lo justo y cumplió.

Gran cabeceador, aquí ante México, en el Mundial 2006. Llegó con lo justo y cumplió.

Hoy, el hom­bre dis­fru­ta del re­co­no­ci­mien­to, pe­ro nun­ca ol­vi­da­rá que Eu­ro­pa no le dio una cá­li­da bien­ve­ni­da: “El fut­bo­lis­ta ma­du­ra más rá­pi­do que otra gen­te. Des­pués de una de­cep­ción no te que­da otra al­ter­na­ti­va que po­ner­te de pie. Al lle­gar al Va­lla­do­lid yo no ju­gué ca­si na­da, pe­ro eso me hi­zo más fuer­te pa­ra lo que ven­dría”.

-Ha­ble­mos de la Se­lec­ción. ¿Qué ex­pli­ca­ción le en­con­trás a la de­rro­ta con Bra­sil en la Co­pa Amé­ri­ca?

-Ellos hi­cie­ron el plan­tea­mien­to co­rrec­to, nos pu­sie­ron pre­sión en los ju­ga­do­res de crea­ción y el pri­mer gol nos hi­zo mu­cho da­ño.

-El gol fue a los 5 mi­nu­tos, des­pués hu­bo 85 sin reac­ción.

-No im­por­ta, per­do­na­me, pe­ro los que es­ta­mos ahí aden­tro so­mos no­so­tros. En cin­co mi­nu­tos se pue­de ha­cer mu­cho da­ño, más en un Ar­gen­ti­na-Bra­sil. Ade­más, creo que sí reac­cio­na­mos por­que tu­vi­mos el ti­ro de Ro­mán en el palo.

-Una so­la ac­ción de ries­go.

-Pe­ro reac­cio­na­mos.

-¡Una lle­ga­da en 40 mi­nu­tos!

(Se eno­ja, lan­za el con­traa­ta­que, pone sobre la me­sa el con­tra­pe­so de su son­ri­sa per­ma­nen­te.)

 -Lo que pa­sa es que yo nun­ca le pue­do ex­pli­car  a un pe­rio­dis­ta lo que es un par­ti­do de fút­bol, por­que nun­ca se han ves­ti­do ni es­ta­do ahí aden­tro; por eso cuan­do vos me de­cís eso de los 40 mi­nu­tos, yo te ten­go de­cir: “Y bue­no, mos­tro, no te pue­do ha­blar de fút­bol”.

-¿No te pa­re­ce po­co dos lle­ga­das en 85 mi­nu­tos?

-Qué se yo, en una fi­nal Ar­gen­ti­na-Bra­sil no re­cuer­do que se hayan dado mu­chas lle­ga­das.

-No te sien­tas ata­ca­do.

-Me ca­lien­ta que us­te­des siem­pre se in­cli­nen por la ne­ga­ti­va, no por la po­si­ti­va. Us­te­des cuan­do ha­blan de la Se­lec­ción Ar­gen­ti­na, pri­me­ro que nos ha­cen sen­tir ex­tran­je­ros, se tie­nen que de­jar de hin­char las pe­lo­tas, si to­dos te­ne­mos la mis­ma ban­de­ra.

-La pre­gun­ta es qué pa­só pa­ra que no se repita. Den­tro de po­co se viene Bra­sil...

-Yo creo que sí hu­bo reac­ción, pe­ro ellos hi­cie­ron un me­jor plan­tea­mien­to que el nues­tro y nos me­tie­ron un gol a los cin­co mi­nu­tos. Qui­zás el error fue ir a bus­car to­dos, y en ca­da con­tra­gol­pe se veía que po­día venir gol. Cuan­do em­pe­zás el par­ti­do así y no sa­lís a flo­te y no sa­lís, no hay ex­pli­ca­ción. No­so­tros no en­con­tra­mos a Ro­mán, no le di­mos la con­ten­ción a Ro­mán. Igual, si en­tra­ba la de Ro­mán no sé si pa­sa­ba eso, por­que ya em­pe­zás a ver el par­ti­do dis­tin­to, nos pa­rá­ba­mos me­jor atrás y el me­dio­ no se iba tan­to.

-¿Cuál es tu aná­li­sis del úl­ti­mo Mun­dial?

-Iba­mos de me­nor a ma­yor, cre­cien­do fut­bo­lís­ti­ca­men­te, co­mo gru­po es­tá­ba­mos bien, ter­mi­na­mos me­jor que Ale­ma­nia en to­do los as­pec­tos; el gol de ellos fue un error nues­tro, una ca­de­na de erro­res, tal vez no pu­di­mos ter­mi­nar el par­ti­do an­tes por­que ellos no que­rían sa­ber más na­da de la vi­da. Des­pués, los pe­na­les son par­ti­dos apar­te, co­sas que pa­san; te­nés un mal día y el ar­que­ro un buen día, y a la mier­da. Po­dríamos haber hecho al­go más, es la amar­gu­ra mía.

-Ahí hi­cis­te una bue­na re­la­ción con Ma­ra­do­na, ¿no?

-Sí, es cier­to, a par­tir del Mun­dial lo pu­de co­no­cer. To­dos sa­ben lo que sig­ni­fi­ca Die­go pa­ra no­so­tros, nun­ca va a de­jar de ser fut­bo­lis­ta. En el Mun­dial nos dio un plus de ener­gía. Es y va a ser el nú­me­ro uno siem­pre, di­gan lo que di­gan. Un ti­po que po­ne a los com­pa­ñe­ros por de­lan­te de él es un ver­da­de­ro ca­pi­tán, un nú­me­ro uno.

-Ga­briel, ¿có­mo pro­ce­sas­te que tu pa­pá te ha­ya vis­to en un so­lo par­ti­do con la ca­mi­se­ta de Ar­gen­ti­na?

-Fue con­tra Ecua­dor, en can­cha de Ri­ver, des­pués fa­lle­ció. Son co­sas que no se su­pe­ran nun­ca; pe­ro por otro la­do me dio más fuer­za, por­que yo sé lo que pien­sa él. Por lo que me ha en­se­ña­do, por to­dos los va­lo­res que me trans­mi­tió, to­do lo que he lle­ga­do a ser es gra­cias a mis vie­jos. Mi pa­pá me dio el ca­rác­ter y la san­gre. Hoy, ya más frío, lo pienso y di­go: la pu­ta, se fue en el mo­men­to jus­to pa­ra en­se­ñar­me más co­sas. Aunque por otro lado, es co­mo si me hubiera dicho: “Ya lle­gas­te adon­de yo que­ría, en­ton­ces aho­ra tu ca­mi­no ha­ce­lo vos, ya sos bas­tan­te hom­bre”. Has­ta en eso fue un gran­de.

 

 

Por Diego Borinsky (2008).

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