Las Entrevistas de El Gráfico

2008. El sello Macaya

Por Redacción EG · 12 de noviembre de 2019

Su apellido es marca registrada. Desde 1966, cuando debutó en la tele, Macaya Márquez es sinónimo de comentarios de fútbol. Habla de su vida, del deporte y del periodismo, donde es una eminencia.

Pun­tual, co­mo co­rres­pon­de a un pro­fe­sio­nal acos­tum­bra­do a cum­plir con los tiem­pos. In­gre­sa a Ta­bac en don­de –se en­tien­de– lo co­no­cen to­dos. Tie­ne un pi­lo­to ver­de oli­va cru­za­do, jeans, cal­za­do mo­der­no, una car­pe­ta en la ma­no. Cuan­do sa­lu­da, lo ha­ce con un fuer­te abra­zo. Es­te cro­nis­ta sien­te que fue ayer cuan­do de­bu­tó en la te­le a su la­do, en trans­mi­sio­nes de bo­xeo des­de la Fe­de­ra­ción Ar­gen­ti­na, en 1974. Y ya por en­ton­ces Ma­ca­ya era un ape­lli­do re­gis­tra­do...

Hay una pri­me­ra ron­da de ca­fés, mien­tras a tra­vés del ven­ta­nal se ve la llu­via que in­vi­ta a una char­la que no se ale­ja­rá de pa­sio­nes co­ti­dia­nas: el fút­bol, la vi­da, el pe­rio­dis­mo...

–Vos sa­bés que en mi épo­ca de ni­ño uno sen­tía que el pe­rio­dis­ta es­ta­ba más cer­ca del es­cri­tor que del in­ves­ti­ga­dor, y hoy su­ce­de, jus­ta­men­te, al re­vés... Cla­ro, no ha­bía te­le. En­ton­ces ha­bía una preo­cu­pa­ción no só­lo por es­cri­bir muy bien, si­no tam­bién por ha­blar muy bien. Lo que se es­cu­cha­ba por ra­dio era un idio­ma pu­ro, bien pro­nun­cia­do y sin apu­ros. Exis­tía una gran preo­cu­pa­ción por ha­blar bien, co­sa que he­mos he­re­da­do los de nues­tra ge­ne­ra­ción. Hoy, en cam­bio, por un la­do se in­ves­ti­ga más y eso es muy bue­no. Pe­ro tam­bién los rit­mos son más ace­le­ra­dos y no se cui­dan tan­to las for­mas, de ahí que en ra­dio, a ve­ces es­cu­ches ca­da co­sa...

–...Que vos ja­más di­rías an­te un mi­cró­fo­no.

–No, se­gu­ro; hay una co­rrien­te cha­ba­ca­na en la ra­dio que no me atre­ve­ría ja­más a se­guir. Por un la­do, la grá­fi­ca te obli­ga a ex­pre­sio­nes co­rrec­tas, ya que te­nés tiem­po de co­rre­gir la no­ta e in­clu­so que te la co­rri­jan. En la ra­dio o la te­le, en cam­bio, si­ no te­nés ri­que­za de vo­ca­bu­la­rio, si no sa­bés en­he­brar los ver­bos, se no­ta en­se­gui­da. Por eso aque­llos que pa­sa­ron por la grá­fi­ca tie­nen ma­yo­res po­si­bi­li­da­des, por­que al ha­blar pue­den po­ner un pun­to, un pun­to y co­ma o abrir un pa­rén­te­sis por me­dio de las pau­sas o los si­len­cios... El asun­to es que a ve­ces se usa un vo­ca­bu­la­rio que no com­par­to. Y, ojo, no cre­cí en­ce­rra­do en un as­cen­sor, ¿eh?

Macaya a la derecha, remata Carlos Ares. En el suelo, Zapiola (ambos de El Gráfico). Fue en 1976...

Macaya a la derecha, remata Carlos Ares. En el suelo, Zapiola (ambos de El Gráfico). Fue en 1976...

Lo di­ce con una son­ri­sa, por­que des­pués de to­do, su te­rri­to­rio de pi­be lle­gó al Ba­jo Flo­res.

–¿Vos sa­bés lo que era eso en ese tiem­po? Si al­go no me fal­ta, te di­ría que me so­bra, es po­tre­ro, no me voy a po­ner co­lo­ra­do por una ma­la pa­la­bra, al con­tra­rio... En aque­llos tiem­pos yo vi­vía en Di­rec­to­rio y Ca­ra­bo­bo y ju­ga­ba mu­cho en el Par­que Ave­lla­ne­da y di­cen, y yo tam­bién lo creo, que ju­ga­ba muy bien. Mi­rá, don­de yo vi­vía... Te­nía de ve­ci­nos a Al­fre­do –en nin­gún mo­men­to men­cio­na­rá el ape­lli­do Di S­té­fa­no, lo da­rá siem­pre por ob­vio– y a Li­ber­tad La­mar­que, ¿qué te pa­re­ce? Yo iba mu­cho a la ca­sa de Al­fre­do, te­nía ape­nas unos ocho años y era... ¡Ima­gi­na­te! Era mi ído­lo. No era fá­cil la co­mu­ni­ca­ción con él. Pe­ro uno apren­día de ver­lo y de es­cu­char­lo. Cuan­do él em­pe­zó a ju­gar pro­fe­sio­nal­men­te, no lo hi­zo nun­ca más en el ba­rrio. Tu­vo una ri­que­za téc­ni­ca que no fue re­co­no­ci­da. Se sa­be que la ha­bi­li­dad es una par­te de la téc­ni­ca. Por ejem­plo: en el ba­rrio, se pri­vi­le­gia­ba a quien ju­ga­ba me­jor la pe­lo­ta, al gam­be­tea­dor; yo, por ejem­plo, era un buen gam­be­tea­dor, por­que de eso se tra­ta­ba: de ju­gar a la pe­lo­ta y en­ton­ces se pre­mia­ba al más ha­bi­li­do­so. Al­fre­do, en cam­bio, era un es­tra­te­ga, co­mo lo fue­ron Zor­zi, Ye­bra, Ma­ran­te, el pro­pio Pe­lé. El tra­ta­ba de que la pe­lo­ta re­co­rrie­ra los es­pa­cios más cla­ros po­si­bles, de que no le pe­ga­ran nun­ca, de no cho­car con na­die. Era un ade­lan­ta­do, por­que él sa­lía a ga­nar, que de eso tam­bién se tra­ta. A ver si me ex­pli­co... en los po­tre­ros, cuan­do se hacía un pe­nal, se lo ti­ra­ba afue­ra. Lo ti­rá­ba­mos afue­ra, por­que pa­ra no­so­tros no te­nía mé­ri­to un gol de pe­nal, así co­mo hoy se lo fes­te­ja co­mo si fue­ra ver­da­de­ro... No­so­tros, los pi­bes, dis­fru­tá­ba­mos ju­gan­do y na­da más. Cla­ro, lo ló­gi­co es que ha­ya tam­bién que ga­nar, pa­ra eso exis­te el tan­tea­dor, ¿no? Bue­no, Al­fre­do te­nía ese con­cep­to: el de ga­nar. El éxi­to, cuan­do tie­ne be­lle­za, du­ra; la­men­ta­ble­men­te, la be­lle­za, si no tie­ne éxi­to, pue­de ser ol­vi­da­da. Al­fre­do fue un ca­so ra­ro, un ti­po sa­li­do de la cla­se me­dia, que fue di­rec­to a pro­fe­sio­nal... por al­go fue La Sae­ta Ru­bia, te­nía una gran ve­lo­ci­dad, ex­plo­sión, no da­ba chan­ce... De él apren­dí mu­cho, cla­ro...

–¿Y có­mo eran tus días en­ton­ces?

–Yo iba al co­le­gio, que en esos tiem­pos eran de un so­lo tur­no, pe­ro que in­cluían los sá­ba­dos. A la es­cue­la “Re­pú­bli­ca Orien­tal del Uru­guay” has­ta ter­cer gra­do, mix­to, y des­pués a la “J. J. Ur­qui­za”, fren­te a Pla­za Flo­res, só­lo pa­ra va­ro­nes. Y des­pués pa­sé al se­cun­da­rio, al “Hi­pó­li­to Viey­tes”... Du­ran­te el pri­ma­rio y des­pués de ha­cer los de­be­res, me iba a ju­gar al fút­bol. Me iba al Ba­jo Flo­res. Yo ju­ga­ba de 5 y San­fi­lip­po de 10 en el Na­cio­nal de Flo­res, así se lla­ma­ba nues­tro equi­po, y que des­pués se lla­mó Glo­rias del Four­nier. Ju­gá­ba­mos en los Cam­peo­na­tos In­fan­ti­les Evi­ta. De ahí sa­lie­ron el Co­co Ros­si, el Na­no Areán, Zam­bra­no, que fue fi­gu­ra en In­de­pen­dien­te, o los her­ma­nos Le­gui­za­món...

–¿Y vos?

–No me fui a pro­bar. Y co­mo no me fui a pro­bar... nun­ca su­pe a lo que ha­bría po­di­do lle­gar.

 

Hoy los tiem­pos son otros, re­pi­te, mien­tras pi­de otro ca­fé. Por si ha­ce fal­ta de­cir­lo, es­tar fren­te a él es igual que te­ner­lo en la te­le, o sea: es tan na­tu­ral en la te­le co­mo si es­tu­vie­ra to­man­do un ca­fé con uno, ¿se en­tien­de?

–Hoy los tiem­pos son dis­tin­tos por­que los clu­bes in­vier­ten mu­cho. Bus­can a los ju­ga­do­res o a los can­di­da­tos, no ha­ce fal­ta que ellos va­yan a pro­bar­se co­mo po­dría ha­ber he­cho yo. In­vier­ten y mu­cho: se ha­cen pro­nós­ti­cos de cre­ci­mien­to, se tra­ba­ja en la par­te fí­si­ca y mé­di­ca, en lo nu­tri­cio­nal... Es to­do un pro­ce­so, por­que cuan­do los de­tec­tan, son pi­bes de ocho años que jue­gan al baby. Des­pués pa­san a las can­chas gran­des, se les da co­le­gio, gim­na­sia me­tó­di­ca... Ya de­ja de ser un jue­go, ¿ves? Cuan­do lle­ga a las in­fe­rio­res ya es un pro­fe­sio­nal, pe­ro sin sa­ber si es un gran chi­co o un chi­co gran­de, ha­cer un ca­ño o un som­bre­ro es pa­ra mos­trar­se, no por el pla­cer de ju­gar. Y des­pués, cuan­do cuan­do lle­gan a los 18, 19 años, vie­ne al­guien y le di­ce: “No hay con­tra­to”, por­que cla­ro, de tan­tos pos­tu­lan­tes, lle­ga ape­nas un 20 por cien­to. Los me­jo­res abas­te­ce­do­res de ta­len­to han si­do los po­tre­ros, por­que el que jue­ga en el po­tre­ro tie­ne tiem­po pa­ra ha­cer­lo. Y al mis­mo tiem­po, a ve­ces no co­me bien, no tie­ne fuer­za. Pe­ro es de los po­tre­ros que vie­nen los Mes­si, los Agüe­ro, los Te­vez, los Ma­ra­do­na... En par­te por eso, hoy se cum­ple la ley de los pin­güi­nos y lle­gan los ge­né­ti­ca­men­te más fuer­tes, los que aguan­tan más que los ta­len­to­sos. Y, en­ci­ma, mu­chos car­gan con el es­tig­ma o el con­trape­so de sus pa­dres, que vuel­can en ellos sus frus­tra­cio­nes de ha­ber que­ri­do ser ju­ga­do­res y quie­ren ver en sus pi­bes al pró­xi­mo Ma­ra­do­na pa­ra que sal­ve a to­da la fa­mi­lia... Mi­rá, un día me mos­tra­ron la car­ta de un hi­jo al pa­dre que le de­cía: “No sé por qué su­frís si yo pier­do, si a mí a los cin­co mi­nu­tos se me pa­sa...” Acá to­da­vía hay una gran can­te­ra... ¿Sa­bés lo que me pa­só una vez con el Co­lo­ra­do Mac A­llis­ter?

–No.

–Lo en­cuen­tro y me di­ce que es­tá es­pe­ran­do a tres em­pre­sa­rios del fút­bol eu­ro­peo. ¡Tres! Vos sa­bés que él tie­ne una es­cue­la con su nom­bre en La Pam­pa... Bue­no, así se ma­ne­jan las co­sas hoy, de la mis­ma for­ma en que Bo­ca ya in­cor­po­ró a su pro­yec­to el club Par­que, que lo pro­vee de ta­len­tos...

 

La cul­pa la tie­ne la televisión, le di­go, sa­bien­do que es, ape­nas, una fra­se he­cha, ya vie­ja.

–Cla­ro que la te­le tie­ne mu­cho que ver, eso es cier­to. Has­ta los fes­te­jos se mo­di­fi­ca­ron en fun­ción de las cá­ma­ras, los téc­ni­cos aho­ra “ven­den” su tra­ba­jo de otra ma­ne­ra...

–¿Cuán­tas cá­ma­ras se usa­ban cuan­do arran­cas­te y cuán­tas hay aho­ra?

–Se­rían cua­tro, cin­co, aho­ra son de ocho pa­ra arri­ba y has­ta se lle­gan a usar dieciséis en gran­des par­ti­dos. Yo arran­qué en 1966... eran otros tiem­pos.... ¿Sa­bés con quie­nes?

–No, a ver...

–Con Juan­ci­to De Bia­se (his­tó­ri­co es­cri­ba de “Cla­rín”) y Faus­ti­no Gar­cía (una de las vo­ces más ca­rac­te­rís­ti­cas de Ra­dio Ri­va­da­via).

–Y to­da­vía es­tás, un ca­so úni­co no del pe­rio­dis­mo de­por­ti­vo, si­no de la te­le...

–Sí, creo que sí. En el 66 yo es­ta­ba en In­gla­te­rra por el Mun­dial. Aquí vi­no el gol­pe mi­li­tar de On­ga­nía.... ra­ja­ron a to­dos... yo me sal­vé. Y así mu­chas ve­ces por­que, ojo, ¿eh? Tam­bién en épo­cas de­mo­crá­ti­cas era co­mún que hu­bie­ra lim­pie­za ge­ne­ral... y, sin em­bar­go, za­fé...

–Vuel­vo al te­ma: sos el ti­po que más años lle­va hoy en la te­le... Y sin pa­rar...

–Sí, por­que Mirt­ha tu­vo tem­po­ra­das de des­can­so y yo no...

–Sa­lien­do al ai­re va­rias ve­ces por se­ma­na...

–Es cier­to. En una épo­ca ha­cía­mos la Pri­me­ra B los sá­ba­dos, ha­bía un par­ti­do el do­min­go, otro el lu­nes, lue­go uno de co­pa y el ade­lan­ta­do de los vier­nes... des­pués vi­no tam­bién el Gor­do Mu­ñoz a Ca­nal 7 y tra­ba­jé con Ju­lio Ri­car­do, Pé­rez Loi­zeau, Mar­ce­lo Arau­jo, Mau­ro Via­le...

–La épo­ca en que el re­la­tor só­lo nom­bra­ba al ju­ga­dor que te­nía la pe­lo­ta.

–Sí, y eso me gus­ta­ba, ¿ves? Hoy se ha­ce ra­dio por te­le­vi­sión, los rit­mos im­po­nen un re­la­to que ha­ce que se di­ga lo que el es­pec­ta­dor es­tá vien­do... A mí, en cam­bio, me gus­tan las pau­sas. Y co­mo co­men­ta­ris­ta in­ten­to re­don­dear­le al es­pec­ta­dor lo que no ve... Ade­más, aho­ra, con tan­tas cá­ma­ras, po­dés pe­dir imá­ge­nes o re­pe­ti­cio­nes que en otra épo­ca no exis­tían...

–Tu pri­mer Mun­dial...

–Sue­cia, 1958. Por Ra­dio El Mun­do trans­mi­tían Fio­ra­van­ti y Ho­ra­cio Be­sio; el di­rec­tor de ra­dio Bel­gra­no qui­so ha­cer otra trans­mi­sión y en­ton­ces me lla­mó pa­ra via­jar por Ra­dio Li­ber­tad jun­to a Eu­ge­nio Or­te­ga Mo­re­no. Lle­ga­mos de ca­sua­li­dad, ésa es la historia, no teníamos idea...

–¿Por qué?

–¡No te­nía­mos ni idea! Sa­li­mos en un DC 7 de Pa­nair de Bra­sil; Or­te­ga Mo­re­no creía que íba­mos a Ham­bur­go y en rea­li­dad íba­mos a Frank­furt. No sa­bía­mos in­glés. Nos lle­va­mos ano­ta­das, en fo­né­ti­ca, al­gu­nas fra­ses... No, no ten­dría­mos que ha­ber lle­ga­do... De­cí que nos en­con­tra­mos con Ro­ber­to Mo­re­no y él nos ayu­dó. Trans­mi­tía­mos di­rec­to, sin re­tor­no de Bue­nos Ai­res, to­do de­re­chi­to, sin ha­cer pau­sas co­mer­cia­les, na­da... fue una gran ex­pe­rien­cia. Lo más im­por­tan­te fue que to­dos apren­di­mos, en ese Mun­dial, que eso de “pio­las” y de la “vi­ve­za crio­lla” no era así... Cuan­do em­pe­zó el par­ti­do con Che­cos­lo­va­quia y el pri­mer che­co que aga­rró la pe­lo­ta la ti­ró afue­ra, yo le di­je a Eu­ge­nio: “Pa­pi­ta pa­ra el lo­ro”... ¡Pa­ra qué! Des­pués de aque­llos seis go­les vol­ví a fu­mar. Fue una du­ra lec­ción. No­so­tros éra­mos bue­nos, pe­ro no te­nía­mos com­pe­ten­cia in­ter­na­cio­nal, no co­no­cía­mos a los ri­va­les y en­ci­ma nos reía­mos del téni­co ale­mán que sí sa­bía to­do de no­so­tros...

Igual cuando habla que cuando está en la tele. Macaya no pierde naturalidad alguna. Un grande.

Igual cuando habla que cuando está en la tele. Macaya no pierde naturalidad alguna. Un grande.

Hay otro ca­fé, mien­tras afue­ra la llu­via se va apa­gan­do, el cie­lo se po­ne gris.

–Apren­dí des­pués de eso a no rom­per el car­net. Yo no pue­do ser hin­cha de la Se­lec­ción. Yo soy co­men­ta­ris­ta de fút­bol y me pa­gan pa­ra eso. En el úl­ti­mo Mun­dial mi nie­to Fa­bri­zio, que tie­ne diez años, un día me di­jo por te­lé­fo­no: “Con lo que es­tás di­cien­do no vas a po­der ba­jar del avión”. Y yo le ex­pli­qué que uno no pue­de ser hin­cha de la Se­lec­ción. Creo, con res­pe­to, que el re­la­tor sí pue­de po­ner­le co­lor y én­fa­sis por­que pa­ra eso es, jus­ta­men­te, re­la­tor. Pe­ro el que ana­li­za, que ven­go a ser yo, tie­ne la obli­ga­ción de de­cir: “Guar­da, que pa­sa es­to y es­to”. Eso sí, lo di­go des­de un pun­to de vis­ta en don­de no agre­do. Pe­ro sí opi­no. Lo que pa­sa es hay un so­lo pro­ble­ma: no so­mos los me­jo­res, te­ne­mos que acep­tar­lo. Y los resultados que exige la gente no siempre se pueden dar...

–Ba­si­le, hoy...

–Ba­si­le tie­ne ra­zón en de­cir que más que un téc­ni­co es un se­lec­cio­na­dor. Es di­fí­cil el te­ma con tan­tos ju­ga­do­res afue­ra. Ten­drá que via­jar, es­tar, bus­car... Fi­ja­te que trajo a Ri­quel­me, que venía de tres me­ses de inac­ti­vi­dad.

–La te­nés con Ri­quel­me...

–Es que tie­ne gran­des con­di­cio­nes, como lo demostró ante Chile y Bolivia, pe­ro tie­ne mu­cho más pa­ra dar de lo que da. Es un lec­tor in­te­li­gen­te del par­ti­do, no hay du­da, pe­ro jue­ga po­co sin la pe­lo­ta y en el ma­no a ma­no mu­chas ve­ces pue­de lle­gar a per­der. Tiene que estar convencido de lo que hace. En­ton­ces no es que es­té en su con­tra, pe­ro creo que de­be dar mu­cho más, que pue­de dar más, pe­ro tam­po­co es bue­no que un equi­po ten­ga que de­pen­der de él. Tal vez eso sea co­rrec­to en el ca­so de Bo­ca, pe­ro nun­ca de una Se­lec­ción...

–Di­cen que no te ju­gás...

–Hay una co­sa; yo no agre­do, que es dis­tin­to. Ni soy el due­ño de la ver­dad. Yo sé de­cir “no sé”. Y, cuan­do no sé al­go, tra­to de apren­der, pe­ro no me lar­go a opi­nar sin fun­da­men­tos. Y eso pue­de ser que pa­ra mu­chos sea no ju­gar­se, pe­ro pa­ra mí es pru­den­cia y res­pe­to pa­ra con quien me es­cu­cha.

 

 

Por Carlos Irusta (2008)

Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico.

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