Las Entrevistas de El Gráfico

2003. Noche y día con Bilardo

Por Redacción EG · 24 de octubre de 2019

Lo acompañamos a todas partes y terminamos extenuados. Nunca para: la radio a diario, los lunes, televisión, igual que los domingos. Y en el medio, cumbias, viajes y confesiones.

Rápido. Fal­tan unos mi­nu­tos pa­ra que em­pie­ce el pro­gra­ma. Apa­re­ce Bi­lar­do. ¡Clac! Abre su ma­le­tín ne­gro. En él hay CDs. Hay vie­jos ejem­pla­res de El Grá­fi­co. Hay mar­ca­do­res de fi­bra de di­ver­sos co­lo­res. Rá­pi­do. “¡Ve­ní, Mar­tín, to­má!” Vie­ne Mar­tín y to­ma el com­pact. “Va el te­ma nú­me­ro cin­co”, di­ce Bi­lar­do. Y co­rre Mar­tín ha­cia el con­trol. Es­tá por em­pe­zar el pro­gra­ma en La Red. En uno de los es­tu­dios de la ra­dio ya mon­ta­ron las cá­ma­ras, por­que lo es­pe­ra Fan­ti­no. Hay que ha­cer una no­ta. Mien­tras se cie­rra el ma­le­tín, se en­tre­vé un es­tu­che re­don­do con ma­qui­lla­je. Bi­lar­do si­glo XXI. To­ma al vue­lo un par de dia­rios. Los mi­ra. Rá­pi­do. Se en­cie­rra con Fan­ti­no. “Siem­pre es así”, di­ce En­ri­que Pen­dás, uno de los ope­ra­do­res. “Siem­pre es­tá co­rrien­do.” Ya pu­so el CD y pre­pa­ró el te­ma. “El mis­mo eli­ge la mú­si­ca”, agre­ga Al­ber­to Na­ya, el otro ope­ra­dor.

02.35: Plaza de mayo. La misma que se llenó en el 86, ahora vacía. Noche plena. Terminó la jornada.

02.35: Plaza de mayo. La misma que se llenó en el 86, ahora vacía. Noche plena. Terminó la jornada.

Hay un cli­ma eléc­tri­co en el ai­re. Rá­pi­do. Se acer­can las on­ce. Nos mi­ra Bi­lar­do, se des­pi­de Fan­ti­no. Hay que en­trar en el es­tu­dio. “Tran­qui­lo, des­pués char­la­mos”, di­ce. Ca­si con el top de la hora en el ai­re ya es­tá sen­ta­do fren­te al mi­cró­fo­no. Vol­vió a abrir el ma­le­tín. Sa­ca El Grá­fi­co. “Lo com­pré hoy por la avenida Co­rrien­tes”, le di­ce a Mi­guel Da­las­sio, su com­pa­ñe­ro de siem­pre. Top. Em­pie­za la mú­si­ca. Los Au­tén­ti­cos De­ca­den­tes. Ba­ja la mú­si­ca...

–¡Ho­la, mun­do... Bue­nas no­ches!”

Bi­lar­do em­pe­zó su pro­gra­ma. Es­ta no­che se ha­bla­rá to­do, por­que lee­rá, com­ple­to, un re­por­ta­je que le hi­zo Os­val­do Ar­diz­zo­ne. “Es de El Grá­fi­co del 6 de agos­to de 1968”, acla­ra. Y lue­go, lee. Por mo­men­tos pa­ra y di­ce: “Es­to di­go yo”. Y ha­ce aco­ta­cio­nes. Es la úni­ca vez que usa an­teo­jos. Lee, y no pa­ra. Cuan­do quie­re ha­cer otra aco­ta­ción, ha­ce una pau­sa. “Bue­no... no se di­ce bue­no en ra­dio, me lo di­je­ron mil ve­ces. Bue­no...”, y acla­ra.

Es­tá apa­sio­na­do con la no­ta, de la épo­ca en que lo odia­ban ca­si to­dos y gri­ta­ban: “A ése, a ése...”.

Bi­lar­do lee y se­gui­rá le­yen­do. Vie­ne el bo­le­tín in­for­ma­ti­vo. Pi­de otro te­ma mu­si­cal. Ja­más to­ma agua, ni ca­fé, ni na­da. Se­rá ca­paz de po­ner una cum­bia al ai­re y po­ner­se a bai­lar con Mar­tín. ¿Bai­lar en ra­dio?

To­do es po­si­ble en La Ho­ra de Bi­lar­do.

Cuan­do lle­gue el top de las do­ce de la no­che, ha­brá tiem­po de ha­blar.

12.10: La verdulería. En la calle Gavilán, ahí nació Mauro Viale. Y Carlitos Bilardo a unos metros.

12.10: La verdulería. En la calle Gavilán, ahí nació Mauro Viale. Y Carlitos Bilardo a unos metros.

Bi­lar­do pi­de una cer­ve­za. No hay. Es­ta­mos en Me­dio y Me­dio, un pe­que­ño res­tau­ran­te uru­gua­yo en Bal­car­ce y Chile. Es­ta­mos en la ve­re­da. “Da­me Co­ca-Co­la”, di­ce. Aho­ra sí, ya no es to­do rá­pi­do. Es­tá re­la­ja­do en la me­dia­no­che, por­que no só­lo pa­só La Ho­ra de Bi­lar­do por ra­dio; tam­bién ter­mi­nó La Ho­ra de Bi­lar­do por Fox Sports; o sea que ya es la una y me­dia de la ma­ña­na de un mar­tes más...

–¿Sa­bés qué vas a ha­cer ma­ña­na?

–No.

–...

–Bah, sí, ten­go un par de reu­nio­nes gran­des. Im­por­tan­tes. El res­to lo voy arre­glan­do de a po­co. Co­mo es­ta no­ta.

–Te­nés agen­da.

–Sí, cla­ro, ten­go. Pa­ra las co­sas gran­des. No ha­go más de tres co­sas gran­des por día. El res­to lo voy ar­man­do. El mar­tes que vie­ne via­jo a Mar del Pla­ta. En dos se­ma­nas via­jo a Ro­ma y a algún otro lugar. Después, me voy a Sui­za. Una reu­nión de la FI­FA, ¿vis­te?

–¿Y a qué vas a Ita­lia?

–Voy a Ro­ma pa­ra ase­so­rar a gen­te de un club de la se­rie C. Me lla­man y voy.

–¿Sa­bés cuán­tos pa­sa­por­tes gas­tas­te?

–Diez. Los con­té por­que tu­ve que re­no­var la vi­sa a Es­ta­dos Uni­dos. Yo di char­las en Mia­mi, en Nue­va York, en la Uni­ver­si­dad de Stan­ford, en Ca­li­for­nia. An­du­ve mu­cho por allá, así que fui y me la re­no­va­ron.

–Y aho­ra, cuan­do vuel­vas a ca­sa, ¿qué ha­cés, dor­mís?

–No. Pri­me­ro por­que a las 3 de la ma­ña­na re­pi­ten el pro­gra­ma y quie­ro ver­lo, pa­ra ver có­mo sa­lió. Nor­mal­men­te leo. A ve­ces has­ta las cua­tro, cua­tro y me­dia. Leo por lo me­nos dos ho­ras. Leo me­di­ci­na. Re­pa­so los li­bros. A ve­ces, por las no­ches, voy a la guar­dia de al­gún hos­pi­tal, me que­do con los chi­cos. Pe­ro, ojo, leo me­di­ci­na, pe­ro no ejer­zo. Co­mo de­cía Fa­va­lo­ro: “No es­tu­dié hoy, ma­ña­na me atra­sé”. Ya no ejer­zo.

12.30: Recuerdos. La cancha de Argentinos. Los pibes robaban las pelotas que iban afuera, jugaban ellos y después las devolvían.

12.30: Recuerdos. La cancha de Argentinos. Los pibes robaban las pelotas que iban afuera, jugaban ellos y después las devolvían.

–Y si un ami­go tu­yo te di­ce me due­le acá, ¿qué le de­cís?

–Lo man­do al mé­di­co. Los lle­vo a los es­pe­cia­lis­tas ami­gos míos: Fer­mín Gar­cía, Ma­de­ro, D’A­gos­ti­no.

–Cuan­do vas a las sa­las de guar­dia, ¿ser mé­di­co te per­mi­te con­mo­ver­te?

–Sí, cla­ro. A ve­ces sa­bés que hay una so­lu­ción, y el pa­cien­te se te es­ca­pa, se va... Sí, me con­mue­ve; pa­ra mí un pa­cien­te nun­ca fue “el de la ca­ma 8”, pa­ra mí ca­da uno te­nía nom­bre y ape­lli­do. Ha­ce tres o cua­tro años es­ta­ba en una pro­ce­sión de Se­ma­na San­ta. Cuan­do es­tá­ba­mos cer­ca de la Ca­te­dral, en la Pla­za de Ma­yo, se des­com­pu­so una per­so­na. Un ti­po gri­tó “¡un mé­di­co!”. Y me mi­ró a mí. Co­rrí, cla­ro. Me ha pa­sa­do en los avio­nes. Me pa­só en Re­ti­ro. Un día un au­to atro­pe­lló a un se­ñor. Lo le­van­tó en el ai­re. La am­bu­lan­cia no ve­nía y le di­je a un po­li­cía: “Lo lle­vo yo”. El po­li­cía me di­jo que yo me ha­cía res­pon­sa­ble. Fui y lo lle­vé al Hos­pi­tal Fe­rro­via­rio.

–Por suerte no le tenés miedo al avión.

–No, pa­ra na­da. Via­jé en to­dos. Del más chi­co al más gran­de. Una so­la vez, via­jan­do a Ba­hía Blan­ca, me pa­só es­to: íba­mos dos, el pi­lo­to y yo. En eso voy y le pre­gun­to: “¿Y si a vos te pa­sa al­go, qué ha­go yo?”. El pi­lo­to me mi­ró y me di­jo: “Re­zá...”. Des­de esa vez, nun­ca via­jo en un avión que no ten­ga por lo me­nos dos tri­pu­lan­tes, pi­lo­to y co­pi­lo­to...

13.10: Con los pibes antes de entrar a la cancha de River para hacer Minuto Cero, por Fox Sports.

13.10: Con los pibes antes de entrar a la cancha de River para hacer Minuto Cero, por Fox Sports.

La ho­ra de Bi­lar­do, la que va por Fox, termina a la una de la ma­ña­na de los mar­tes, o sea la no­che larga del lu­nes. Bi­lar­do di­ce que pi­dió seis me­ses pa­ra di­ver­tir­se, o sea pa­ra ha­cer lo que quie­re, Gi­lles­pi in­clui­do, in­vi­ta­dos in­clui­dos. El es­tu­dio se lle­na de cu­rio­sos ami­gos. Y Bi­lar­do, que es ca­paz de ma­qui­llar­se so­lo, se va vis­tien­do du­ran­te el pro­gra­ma de ra­dio, que ter­mi­na a las do­ce. De la ra­dio al es­tu­dio hay ape­nas una es­ca­le­ra me­cá­ni­ca. An­tes de que finalice la ra­dio, y mien­tras se pone la cor­ba­ta, sa­le pa­ra el es­tu­dio de Fox. Rá­pi­do. To­do rá­pi­do. Es­tá en­cen­di­do, en lla­mas, car­ga­do de adre­na­li­na. Bai­la, can­ta y se di­vier­te. Y des­pués se que­da char­lan­do con to­dos an­tes de ir­se.

–Siem­pre sien­to que que­da­ron co­sas. Yo com­pa­gi­no to­das las imá­ge­nes du­ran­te la tar­de, pe­ro que­dan co­sas afue­ra.

–Con­ta­me lo de las char­las.

–Me lla­ma gen­te de em­pre­sas: Tos­hi­ba, el Ba­nco To­kio... Les ex­pli­co có­mo se for­man los gru­pos de tra­ba­jo, ha­blo pa­ra di­rec­to­res, ge­ren­tes, ven­de­do­res... Les lle­vo vi­deos. Ten­go gra­ba­dos a Si­meo­ne, a Re­don­do, a Ube­da cuan­do te­nían quin­ce años.

–¿Y qué les de­cís?

–Que quien con­du­ce un gru­po tie­ne que es­cu­char a to­dos y de­ci­dir él. Un día el doc­tor Sol­da­ti nos lle­vó ca­ma por ca­ma. Yo era es­tu­dian­te. Me pi­dió que aus­cul­ta­ra a un en­fer­mo. “¿Qué tie­ne?”, me pre­gun­tó. Le di­je que no en­con­tra­ba na­da. El lo aus­cul­tó y me di­jo: “Tie­ne un so­plo”. En­ton­ces yo, por las du­das, aus­cul­té y di­je que te­nía un so­plo. “No”, me con­tes­tó. “No tie­ne na­da. El en­fer­mo es su­yo y su­ya la res­pon­sa­bi­li­dad.” Apren­dí la lec­ción de que las de­ci­sio­nes de­ben ser pro­pias. Si se pe­lea un ca­ci­que con un in­dio, no pa­sa na­da. Si se pe­lean dos ca­ci­ques, cui­da­te...

–¿Ha­ce mu­cho que no te­nés va­ca­cio­nes?

–La úl­ti­ma fue des­pués del 90. Me fui de un día pa­ra el otro con mi mu­jer, Glo­ria, a Saint Mar­teen. Yo lle­vo só­lo un por­tatra­je, nun­ca des­pa­cho equi­pa­je y me­nos los vi­deos. Allá es­ta­ban Ca­nig­gia y So­rin. A los dos o tres días me ra­jé con mi es­po­sa.

–¿Cuán­tas ve­ces fuis­te a Ja­pón?

–Co­mo vein­te.

–¿Y los lu­ga­res que más co­no­cés?

–Ro­ma, Ma­drid, Fran­cia… Yo aga­rro un avión y via­jo. Ha­go el cru­ce Mi­lán-Sui­za en au­to, no sé por dón­de voy, pe­ro ojo, no me pier­do. Me gus­ta esa zo­na, ha­go Salz­bur­go, Aus­tria... A ve­ces aga­rro el tren y des­pués vuel­vo en au­to, me gus­tan esos pai­sa­jes. Un día es­ta­ba con Si­meo­ne en Pi­sa. Me aga­rró el ata­que, me to­mé un tren a Ro­ma y en otro me fui a Ná­po­les.

22.50: Es lunes y está por empezar La Hora de Bilardo, por La Red. Todo rápido.

22.50: Es lunes y está por empezar La Hora de Bilardo, por La Red. Todo rápido.

Con­fie­sa que en ma­te­ria de gus­tos es muy sim­ple. Co­me de to­do me­nos ajo y ce­bo­lla. “Eso no”, ase­gu­ra. Le gus­tan las pas­tas, to­ma Co­ca- Co­la o agua mi­ne­ral. “Aun­que la nue­va de Pep­si (Twist) es muy bue­na.” Por las no­ches acep­ta una co­pa de vi­no, Val­mont. “Fa­va­lo­ro de­cía: una co­pa de vi­no en la ce­na y una as­pi­ri­na a la ma­ña­na, y le ha­go ca­so”. Nun­ca ha su­bi­do de pe­so, aun­que tie­ne un li­ge­ro sal­va­vi­das. “Cuan­do ju­ga­ba per­día tres ki­los por par­ti­do, en­tra­ba con 67 y me iba con 64, nun­ca po­día su­bir.” Co­mía y dor­mía, co­mo ca­si to­dos los ju­ga­do­res. “Es que ne­ce­si­tan re­cu­pe­rarse, ge­ne­ral­men­te es­tán cons­ti­pa­dos y tie­nen una fre­cuen­cia car­día­ca ba­ja, ne­ce­si­tan dor­mir. Y en­ci­ma si per­dés no dor­mís.”

Ad­mi­te que la peor no­che de su vi­da fue cuan­do per­die­ron con Ca­me­rún. “Me de­ja­ron no­caut. Si vol­vía­mos a per­der, nos man­da­ban a Tie­rra del Fue­go. ¿Sa­bés las ve­ces que rom­pie­ron el fren­te de mi ca­sa? An­tes de 1986, co­mo cin­co ve­ces. Mi hi­ja, en­tre 1983 y 1986, en el co­le­gio fue Da­nie­la. Nun­ca de­cían el ape­lli­do. Esa no­che, des­pués de Ca­me­rún, no pu­de dor­mir. Pri­me­ro los aga­rré a to­dos, des­pués a los más gran­des. A las cin­co y me­dia, seis, se fue­ron a dor­mir. A la ocho, nue­ve de la ma­ña­na, aga­rré a los más chi­cos y al me­dio­día di la for­ma­ción ofi­cial. Fue­ron tres días que pa­re­cie­ron mil.

–¿Co­mis­te?

–Po­co, pe­ro si no co­mo, ¿qué di­cen los ju­ga­do­res? “Y... si la co­mi­da no le gus­ta a Car­los.” En­ton­ces ten­go que co­mer.

–¿Es cier­to que vas a vol­ver a di­ri­gir?

–Sí, se­gún qué me ofrez­can. Ayer me lla­ma­ron de Irán. ¿Te ima­gi­nás ir a Irán aho­ra?

23.35: Cambio y a toda marcha, porque se viene el programa por Fox. Igual puede seguir por radio hablando un rato más.

23.35: Cambio y a toda marcha, porque se viene el programa por Fox. Igual puede seguir por radio hablando un rato más.

So­la­men­te los sábados Bi­lar­do po­ne el fre­no, pe­ro a su ma­ne­ra. Se va a la quin­ta y... ¡Jue­ga al fút­bol! No duer­me la sies­ta, ve los par­ti­dos y vuel­ve a su nue­vo pi­so, en don­de vi­ve ha­ce más de dos años, en la zo­na de Ca­ba­lli­to-Flo­res. “Un día es­tá­ba­mos en Ita­lia con el Die­go. Voy y le di­go que ten­go una quin­ta en el Cru­ce Cas­te­lar, cer­ca del Par­que Tru­jui. Y Ma­ra­do­na va y me di­ce que él tam­bién tie­ne una, ¡a una cua­dra! Así que es­tá­ba­mos tan cer­ca y no lo sa­bía­mos!”.

De lu­nes a mar­tes, por la no­che, duer­me po­co, por lo del pro­gra­ma de Fox. El res­to de la se­ma­na sa­le con su es­po­sa. “Va­mos a La Tras­tien­da, al Mu­seo del Ja­món, al Club Es­pa­ñol, a Hap­pe­ning, na­da del otro mun­do”, ad­mi­te. Cuen­ta que sue­le re­vo­lear apa­ra­tos que no an­dan.

–Un día es­tá­ba­mos en ca­sa y no me an­da­ba el ina­lám­bri­co. Ha­bía gen­te de vi­si­ta. Voy y lo ti­ro por el ai­re y uno de los in­vi­ta­dos, que es­ta­ba en el pa­tio, le di­ce a mi mu­jer: “¡Glo­ria, es­tán ti­ran­do con te­lé­fo­nos!”.

Acep­ta lo de las cá­ba­las y di­ce que aho­ra tie­ne al­gu­nas, pe­ro no las cuen­ta. De la mis­ma ma­ne­ra que no di­ce cuán­do es su cum­plea­ños. Se­gún la fi­cha, na­ció un 16 de mar­zo de 1938. “Pe­ro tam­bién cum­plo el 16 de di­ciem­bre, cum­plo en mar­zo, en oc­tu­bre...”, y gam­be­tea lo que pue­de el te­ma de la edad.

23.45: Primera “mano”. Grandío y Paoloski festejan. Está por empezar La Hora de Bilardo.

23.45: Primera “mano”. Grandío y Paoloski festejan. Está por empezar La Hora de Bilardo.

Es­te do­min­go a la ma­ña­na nos lle­va por el vie­jo ba­rrio. La épo­ca del ca­fé La Pu­ña­la­da, que aho­ra se lla­ma Tempo. Es­tá en Juan B. Jus­to y Bo­ya­cá. “Yo em­pe­cé en San Lo­ren­zo, con Pon­to­ni, y me echa­ron por mor­fón cuan­do es­ta­ba en las in­fe­rio­res”, re­cuer­da. El tiem­po vie­jo lo trans­for­ma. “Es­ta es la ca­sa de El­vi­ra”, nos di­ce, aun­que no sa­be­mos quién fue El­vi­ra. “En es­ta es­qui­na yo me pe­sa­ba por­que era muy fla­co”, cuen­ta, mos­trán­do­nos una far­ma­cia. Es la ca­lle Ga­vi­lán. El na­ció en el nú­me­ro 1685.

“Por la Juan B. Jus­to, Ca­la­bró (el actor cómico) co­rría en la bi­ci­cle­ta con­tra un ca­ba­llo”, re­me­mo­ra. En Ga­vi­lán 1663, al la­do de su ca­sa na­tal, también na­ció Mau­ro Via­le y aho­ra es una ver­du­le­ría. “Eran los tiem­pos de El In­dio, Ar­di­lla... Yo me crié acá, de acá sa­lía­mos pa­ra ir a bai­lar”, di­ce. Y to­do rá­pi­do. Por­que es do­min­go y a la una de la tar­de lo pa­sa­rá a bus­car un au­to pa­ra ha­cer pri­me­ro el pro­gra­ma Mi­nu­to Ce­ro y lue­go Mi­nu­to 90, am­bos por Fox. Ten­drá tiem­po pa­ra po­sar en Pla­za de Ma­yo –en las fo­tos jun­ta las ma­nos y mi­ra de fren­te a la cá­ma­ra (¿se­rá pa­ra evi­tar el per­fil de la na­riz?)– y se pondrá ca­mis­a y cor­ba­ta en el au­to, a me­tros de la Pi­rá­mi­de, pero le pe­di­rá a Rag­gio, con un ges­to, que no le ha­ga fo­tos.

Ca­mi­na por cualquier pa­si­llo le­van­tan­do pa­pe­li­tos por­que odia el de­sor­den. Se emo­cio­na vien­do la pla­za en la que ju­ga­ba de chi­co. Ad­mi­te que ja­más su­bra­yó un li­bro cuan­do es­tu­dia­ba. Cuen­ta que se eno­ja­ba con los fo­tó­gra­fos cuan­do lo aga­rra­ban con la ca­be­za ga­cha des­pués de una de­rro­ta: “El Ru­so Ho­ro­vitz, de El Grá­fi­co, me aga­rra­ba siem­pre”.

Admite que re­ci­be lla­ma­dos de to­das par­tes del mun­do de 10 a 19. Que guar­da to­dos los pa­pe­les que en­cuen­tra, por lo que po­see tres ha­bi­ta­cio­nes lle­nas de vie­jas re­vis­tas y re­cor­tes, y dos con unos sie­te mil vi­deos. Que odia cuan­do la gen­te no re­cuer­da que cuan­do con­vo­có a Ma­ra­do­na, en 1983, mu­chos lo cues­tio­na­ron. “Des­pués de Pe­rú, Na­ta­lio Go­rín, de El Grá­fi­co, me pre­gun­tó si era en se­rio que Ma­ra­do­na se­ría el ca­pi­tán. Los pi­bes, hoy, no pue­den creer que Ma­ra­do­na fue dis­cu­ti­do en la Se­lec­ción an­tes del 86. ¿A vos te parece?”

23.45: La noche está en su apogeo. Y Bilardo, cantando con Cucho, también.

23.45: La noche está en su apogeo. Y Bilardo, cantando con Cucho, también.

Es­tá ca­bre­ro por­que le col­ga­ron el car­tel de an­ti fút­bol. Y pier­de la son­ri­sa al recordar cuan­do le re­pro­cha­ban ver tan­tos vi­deos. “De­ci­me una co­sa, en la épo­ca de la re­vis­ta Go­les, ¿us­te­des no la leían pa­ra ver qué ha­cían ellos? ¿Y por qué los pe­rio­dis­tas pue­den leer a sus com­pe­ti­do­res y no pue­do yo es­tu­diar a los ri­va­les? Y no de­ja de reír­se cuan­do re­cuer­da la pri­me­ra vi­deogra­ba­do­ra que com­pró, allá por 1974, una Sony Be­ta­max.

–Pe­sa­ba co­mo 14 ki­los. Y cuan­do sa­lía de ca­sa car­gan­do el ca­jón, mi vie­jo (don Ca­lo­ge­ro) me de­cía: “En lu­gar de ver vi­deos, ¿por qué no jue­gan al fút­bol? An­dá y po­né wi­nes, ne­ne…”.

Di­ce que re­nun­ció a “Bi­lar­do Pre­si­den­te” por­que ade­lan­ta­ron las elec­cio­nes y “por­que sin pla­ta no se pue­de in­ten­tar ser pre­si­den­te; ha­ce fal­ta pla­ta...”.

Re­co­no­ce que con Me­not­ti si­gue to­do mal y que si lo ve, ni lo sa­lu­da. “Ya es­tá...”

Por fin, ya no sa­be­mos si fue de ma­dru­ga­da o de ma­ña­na, le pre­gun­ta­mos si es cier­to que cuan­do ju­ga­ba pin­cha­ba a los ri­va­les con al­fi­le­res y lo nie­ga no una, sino tres ve­ces.

01.30: Ahora sí terminó la tele y un Bilardo distendido se prepara para el reportaje en uno de los bares típicos de San Telmo.

01.30: Ahora sí terminó la tele y un Bilardo distendido se prepara para el reportaje en uno de los bares típicos de San Telmo.

Así que cuan­do lo ve­mos en Fox, char­lan­do con el cro­nis­ta Ja­vier Ta­ba­res, no po­de­mos creer lo que di­ce. Ta­ba­res cuen­ta que hay mu­chos pe­rio­dis­tas es­pe­ran­do a Bian­chi y él le di­ce: “Aga­rrá una agu­ja y lis­to, abri­te pa­so...”.

Su com­pa­ñe­ro, Mar­tín Li­ber­man, le di­rá: “¿Pe­ro có­mo, Car­los? Yo lo de­fen­dí siem­pre del te­ma de las agu­jas y us­ted le di­ce que aga­rre un al­fi­ler...”

Es do­min­go a la tar­de. Bi­lar­do des­ple­ga­rá lue­go su pi­za­rrón y, tras mos­trar tác­ti­cas y es­tra­te­gias, lo lim­pia­rá cui­da­do­sa­men­te, pues su sen­ti­do del or­den le im­pi­de de­jar al­go su­cio o fue­ra de lu­gar.

A lo me­jor ésa tam­bién es una cá­ba­la de es­te hom­bre que, a ve­ces, no se acuer­da el nú­me­ro de su pro­pia ca­sa.

13.40: A las corridas por Plaza de Mayo. Es que hay que ir a trabajar. Es domingo y tiene por delante una jornada larga. En Fox empieza una hora antes del clásico y concluye a la noche, tarde, pizarrón incluido.

13.40: A las corridas por Plaza de Mayo. Es que hay que ir a trabajar. Es domingo y tiene por delante una jornada larga. En Fox empieza una hora antes del clásico y concluye a la noche, tarde, pizarrón incluido.

 

Por Carlos Irusta (2003).

Fotos: Alberto Raggio.

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Imagen de 2007. Roña Castro 100x100
Las Entrevistas de El Gráfico

2007. Roña Castro 100x100

Personaje total más allá del boxeo, Locomotora repasa sus momentos sublimes y los otros. Su pasión por la velocidad, una acusación de tongo y aquella obra maestra para poner KO a Jackson.

Imagen de 1959. Cap habla de fútbol
Las Entrevistas de El Gráfico

1959. Cap habla de fútbol

Vladislao Cap se entrevista con El Gráfico y pone sobre la mesa conceptos de avanzada para aquellos años. El ¨Polaco¨ fue referente de Racing y también campeón del Sudamericano del 59 con la Selección.

Imagen de 2008. El sello Macaya
Las Entrevistas de El Gráfico

2008. El sello Macaya

Su apellido es marca registrada. Desde 1966, cuando debutó en la tele, Macaya Márquez es sinónimo de comentarios de fútbol. Habla de su vida, del deporte y del periodismo, donde es una eminencia.

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