Las Entrevistas de El Gráfico

2009. Verón–Palermo: el reencuentro

Por Redacción EG · 22 de octubre de 2019

Se distanciaron después de la final del Apertura 06, pero la amistad de toda una vida no se podía terminar por un partido. El Gráfico los invitó a charlar y ellos se divirtieron recordando anécdotas.

-Miren eso.

-¿Y acá qué hay? No empiecen con cosas raras, ¿eh?

Dos sobres blancos, tamaño oficio, descansan sobre la mesa ratona del salón Business Center del hotel Faena, en el corazón sin taquicardia de Puerto Madero. Adentro atesoran una perlita del archivo, un destello fotográfico que ahora, vitaminizado por el tiempo transcurrido y la estatura casi legendaria de los protagonistas, adquiere un barniz de nostalgia y ternura, de simbología y candidez.

-¡Nooooo! Mirá lo que es esto... No se puede creer lo cortito que usaba los pantalones...

-¿Y mi pinta? Guarda que tenía el buzo del Pato Fillol, no cualquier pilcha.

-¡Tomatelas! Las que eran modernas eran tus rodilleras, jajaja...

Palermo:"Mirá qué arquerazo... Guarda que tenía el buzo del Pato Fillol, no cualquier pilcha“. Verón: "No se puede creer lo cortito que eran mis pantalones... Qué barbaridad“

Palermo:"Mirá qué arquerazo... Guarda que tenía el buzo del Pato Fillol, no cualquier pilcha“. Verón: "No se puede creer lo cortito que eran mis pantalones... Qué barbaridad“

Se ríen con ganas Juan Sebastián Verón y Martín Palermo. Se ríen con la intensidad y la complicidad de dos amigos. El Loco está colgado de un hombro de La Brujita y, entre carcajada y carcajada, le van sacando punta al recuerdo. Ninguno registraba esa foto -la misma que ilustra la página de al lado-, capturada en el amanecer de los años ochenta. La sacó un familiar de Martín y aterrizó casualmente en la redacción de El Gráfico allá por 1998, durante el sismo mediático de su primera temporada rutilante en Boca. “¿Cómo se llamaban los dos pibes que están con nosotros? No me acuerdo...”, indaga Martín. “Yo tampoco”, se suma Sebastián, que enseguida profundiza su poder de observación: “Fíjense lo que era Estudiantes en esa época: todos teníamos medias diferentes y un pantalón de cada color...”. 

Un llamado telefónico, una consulta cara a cara y una confirmación por mensaje de texto. Apenas eso -¿cinco minutos en total? ¿diez con toda la furia?- insumió la preproducción del reencuentro a nivel mediático de dos figuras gigantescas del fútbol argentino, distanciadas tras la final del Apertura 06 y reconciliadas por voluntad propia, dicho esto sin desmerecer los pacientes y buenos oficios de un amigo en común, Ezequiel Raimundez, testigo de casamiento de Palermo y mejor amigo de Verón.

En cueros, con incipientes tatuajes. Así posó para El Gráfico, en 1996, jugaba en Boca.

En cueros, con incipientes tatuajes. Así posó para El Gráfico, en 1996, jugaba en Boca.

“Yo no tengo ningún problema en hacer la nota. Si Sebastián se prende, la podemos armar lunes o martes al mediodía en el Faena”, se enganchó Martín. Antes de grabar un especial de Retratos para Fox Sports, Verón lo resolvió con tres palabras: “Dale, la hacemos”. Y quedó en confirmar la fecha al día siguiente, por mensaje de texto: “Martes”. El primer indicio fue clarísimo: entre ellos, todo volvió a estar más que bien. 

Sebastián se vino desde La Plata y llegó puntualísimo, envasado en una sencilla onda casual: camisa blanca con cuadros azules, delicado buzo gris de D&G, jean azul con arabescos, zapatillas blancas de Gola, reloj portentoso, un anillo en cada mano y bijou sutil en las orejas (brillante mínimo en la izquierda, aro convencional en la derecha).

Martín arrancó desde Casa Amarilla y se demoró apenitas, aunque igual abrió el paraguas no bien traspuso la puerta con el ímpetu de un hombre de SWAT que pretende abortar una maniobra enemiga. “Bueeeenassss... Llegué un poquito tarde, ¿no?”, se disculpó dedicándole la primera sonrisa a Sebastián, que lo apretó en un abrazo. También sencillito, Martín: remera Puma de algodón, jeans clásicos, zapatillas blancas de lona, reloj formal, arito de brillante en la oreja derecha y, eso sí, un prolijísimo y esmerado peinado con gel.

Un minuto después, la foto los transportó mágicamente a aquellas tardes donde no eran más que pibes que se divertían jugando a la pelota, sin siquiera sospechar que un día serían ídolos, íconos, modelos a seguir y respetar. Tiempos en los que convivían mucho en el club y poco dentro de la cancha, porque Sebastián es dos categorías menor que Martín. Razón por la cual, dicen, se desencadenó un pequeño malentendido el día que jugaron por primera vez para el mismo equipo. Verón, que andaría por los 6 añitos, quería hacerle goles a Martín y no al arquero adversario, y como le decían que la cosa era al revés y él no quería saber nada, lloriqueaba a más no poder, hasta que lo entendió... 

 

Glorias pincharratas.

Glorias pincharratas.

 

A Martín, quizás por ser el mayor, le afloran más claritos los recuerdos de esos días teñidos de travesuras.

-Jugábamos bastante contra el equipo de los Schelotto. For Ever, se llamaba. Yo atajaba para Estudiantes en un torneo que se jugaba en la Municipalidad. Y cada tanto se armaba lío.

-¿Vos y los Mellizos? ¡Qué raro!

-Je, una vez hubo hecatombe. Ahí en la canchita de la foto, que era de tierra-tierra. En una jugada salí mal, le pegué una patada a uno de los dos -no me acuerdo si era Guillermo o Gustavo-, saltó el padre de ellos, se prendió mi viejo y se pudrió todo.

-¿Ustedes ya eran amigos, Sebastián?

-No mucho, porque él era categoría 73 y yo 75, pero las delegaciones iban juntas a enfrentar a otros clubes y cada tanto me subían a la de ellos. Yo los seguía siempre porque mi viejo y el Bocha Flores eran los técnicos. Más que amigo, los seguía. Por eso vi varias de esas agarradas.

-¿Cuánto duró el Palermo arquero?

-Habrán sido dos años, hasta que me aburrí. En la Prenovena ya arranqué de delantero. A Sebastián lo recuerdo bastante, porque en ese tiempo el papá jugaba en la Primera de Estudiantes, así que imaginen lo que era para mí que viniera Verón y trajera a su hijo para que jugara un rato con nosotros.  

-Sebastián, ¿vos eras delantero?

-Era un poco de todo, según el día. Era igual que cualquier pibe: corría atrás de la pelota todo el tiempo.

-¿Compartieron equipo en inferiores?

-No creo. Bah, no sé si Martín recuerda algún partido...

-No, no. Nos veíamos siempre, pero jugábamos en categorías distintas.

La última vez que jugaron juntos. Fue el 9 de diciembre de 1995, cuando Estudiantes le ganó 2-1 a Boca en cancha de Independiente, dejándolo afuera de la lucha por el título. En total, jugaron 11 partidos con el Pincha.

La última vez que jugaron juntos. Fue el 9 de diciembre de 1995, cuando Estudiantes le ganó 2-1 a Boca en cancha de Independiente, dejándolo afuera de la lucha por el título. En total, jugaron 11 partidos con el Pincha.

-¿Tampoco eran compañeros en el rubro travesuras? Porque a vos por algo te dirían el Loco. ¿Qué hacías?

-(Anticipa Verón) ¡Qué NO hacía!

-Eh, che, que la gente va a pensar cualquier cosa de mí. Alguna travesurita había, más que nada en las pretemporadas, cuando estábamos en grupo. Pero nada del otro mundo: mojarle la cama a uno, tomarlo de punto, esconderle el colchón o dejarle algún regalito entre las sábanas... Además, Loco me puso el Profe Córdoba en el 96. De pibe me decían Garza, por lo alto y flaco. ¿Yo, quilombero? Nada que ver.

-O sea que eras un angelito...

-(Otro anticipo de la Brujita) No, no, este pibe era terrible, un cable pelado.

-Ayudalo a recordar, Sebastián.

-Que cuente la del Country.

-¿La que nos agarramos a las piñas después del partido?- pregunta la ex Garza como si no supiera de qué le están hablando, hasta que arranca-. Fue en un clásico de Quinta contra Gimnasia, con los Mellizos y todo. Antes de terminar el primer tiempo le metí una murra a uno de los dos y me terminaron echando a mí, a Gustavo y a un par más. Me fui a bañar y me mandé para la tribuna, donde estaban mis viejos y mis amigos. En eso lo veo venir a Astorica, uno de ellos que también había sido expulsado, y lo fui a encarar de una. Se armó un revuelo bárbaro entre padres, hinchas y allegados. Volaban trompadas por todos lados y el partido seguía.

-Tal cual. Yo estaba viendo el partido y me fui a ver las piñas porque estaban más divertidas.

-¿Pegaste bastante, Martín?

-Y... un poquito. Fue tremendo: hasta tuvo que meterse la policía... El árbitro miraba para afuera y no entendía nada. Pero que cuente algo él, que también tiene sus cositas.

-Bueno, según nuestras estadísticas, la primera expulsión de Sebastián fue a los 3 años...

-Jaja... Sí, en Barranquilla. Yo entraba de mascota con Junior, el equipo donde estaba mi viejo, y me quedaba jugando con una pelota detrás de un arco, entre el arco y el alambrado. Una vez se me escapó la pelota dentro de la cancha y el árbitro me mostró la roja. Pero me la contaron, no la recuerdo para nada. Sí tengo un flash de la vez que, al entrar, me llevó por delante un tipo disfrazado de Bruja, en honor a mi viejo, que era jugador y técnico a la vez. Me tiró y me quiso levantar, pero salí espantado y me metí en el banco de suplentes.

El flequillo amarillo se asocia al primer título con Bianchi, en 1998. Goleador dorado.

El flequillo amarillo se asocia al primer título con Bianchi, en 1998. Goleador dorado.

-¿Ninguna cosita pesada?

-No en el club, sí con mis amigos o en la escuela.

-Por ejemplo…

-A ver… En Miramar, le saqué la camioneta a mi viejo y la hice bolsa. Llovía a morir y éramos nueve en un departamento chiquito. Con mi primo nos pusimos a jugar a la pelota y mi viejo, para que no rompiéramos nada, nos mandó a escuchar música a la camioneta. Yo tendría 16 años, estaba aprendiendo a manejar. Y mi primo, que es más grande, me puso fichas para ir a dar una vuelta: “Dale que te enseño”. La movimos despacio y la clavé de punta en una zanja. Logramos sacarla y me dio manija otra vez, “Dale que no pasó nada”, así que enfilamos para el fondo, por un camino de tierra, sin luz, y nos entusiasmamos. A la vuelta, el barro estaba peor, patinamos y la estrellamos contra una boca de tormenta. Volvimos y dijimos que habíamos pinchado una goma. “Bueno, no pasa nada”, dijo mi viejo. Cuando fue y vio cómo había quedado la trompa, nos quería matar. Estuvo un mes sin hablarme.

-¿Cobrabas de lo lindo?

-Ahí ya no, porque era más grande. Pero mi vieja y mi tía, que son polvoritas, nos querían reventar igual. De chico me revoleaban zapatillas por la cabeza, todas esas cosas, porque yo era terrible, no estudiaba nunca, la volvía loca a mi vieja… Una vez estuve ahí de que me rajaran de la escuela.

-¿Qué pasó?

-Le puse un sapo en la cartera a una maestra.

-Ah, bueno…-enfatiza Martín con cara de “menos mal que el Loco soy yo”.

-¿Cómo fue?

-Estaba en séptimo, a punto de terminar, pero me había quedado bronca con una maestra de tercero, así que le pedí un sapo a mi abuela, que era muy “flora y fauna, reserva natural”. Bicho que andaba, bicho que no se tocaba. “Es para Ciencias Naturales”, le dije. “Bueno, pero no lo vayan a abrir, ¿eh?”. “No, te lo devuelvo enterito”, le juré. En un recreo, con el aula vacía y otro pibe haciendo de campana, le mandé el sapo en la cartera. Lástima que alguien nos vio. Cuando la cartera empezó a moverse sola, se armó un quilombo bárbaro y nos mandaron al frente: “Fueron los de séptimo”. Nos reunieron a todos y nos apretaron: “Dicen quién fue o los expulsamos a todos”. No me quedó otra que admitir. Mi mamá me quería asesinar. Al final, zafé de la expulsión y el sapo sobrevivió, así que mi abuela se quedó tranquila.

-¿Y alguna tuya en la escuela, Martín?

-Algo tengo, pero al lado de este muchacho soy un santo. Yo iba a un colegio de curas. En segundo año había dos divisiones: el A, donde estábamos los quilomberos, y el B, de los buenitos. Ya sabíamos que para el año siguiente iban a armar un solo tercero y que varios iban a quedar afuera, entonces empezamos a hacer maldades para que culparan a los del B y quedarnos la mayoría de nosotros: les cortábamos la luz, les tirábamos bombitas de olor, cualquier cosa… Al final, pasaron 40 a tercero y yo fui el 41, porque mi viejo tenía buenos contactos ahí. Pero ya me tenían marcado, me perseguían continuamente (pone cara de víctima), así que terminé tercero y me fui a otro colegio. 

-Ya que tocaste el tema de la adolescencia: ¿nunca te cruzaste en un boliche con los Mellizos Schelotto?

La pregunta era para Martín, pero el suspiro de Sebastián gana de mano: “Este tiene mil con los Mellizos. Nadie se imagina lo que eran esos clásicos de inferiores. Odio total. La gente iba a ver cómo se peleaban. Y después la seguían en los boliches…”. Martín ensaya una nueva cara de angelito, trata de minimizar con un gesto, los dos comparten una carcajada, hasta que el nueve muestra apenas una carta del mazo: “A trompadas-trompadas, no. Pero siempre había algo. Nos encontrábamos en un lugar con nuestros respectivos amigos y siempre nos decíamos algo: “tripero puto”, “pincha puto”. Pero no pasaba de eso…”, y deja que los puntos suspensivos y la sonrisa pícara inviten a imaginar lo que él prefiere guardar.

-Está claro que de chicos eran bastante divertidos, pero ahora se los ve serios, responsables, referentes de sus clubes y del fútbol argentino. ¿Cuándo sentaron cabeza?

-Seguimos siendo tipos divertidos –aclara Verón-. Somos jodones en la intimidad y a veces en público…

-Pero ya no vas a 295 kilómetros por hora…

-Claro, exacto, ya no. Más que nada, tuvo que ver la familia. Cuando tenés chicos y señora las responsabilidades van cambiando. Quieras o no, madurás, hacés un click. Y con la edad y la experiencia dejás de hacer cosas dentro de un plantel, notás que los chicos te toman como referencia y que el mensaje más directo que podés enviarles no es con la palabra, sino con el ejemplo. Yo creo que hay un tiempo para cada cosa. Tiempo para platinarse, para vestirse de mujer (y lo mira de reojo a Martín).

Un día con Verón, en 1997. Ya empilchaba y vestía de lujo, con estilo claramente europeo.

Un día con Verón, en 1997. Ya empilchaba y vestía de lujo, con estilo claramente europeo.

-¿Qué pensaste cuando lo viste disfrazado de mujer en una tapa de revista?

-No me asombró porque conocía su manera de ser. Más me asombran las actitudes serias de ahora. Se nota que maduró. Y me parece bárbaro.

-¿Cuál fue tu click, Martín?

-El mismo que Sebastián. A los 20 años no imaginás la responsabilidad de tener que pagar las cuentas a principios de mes o estar pendiente de lo que les sucede a tus hijos. A los 20 sólo pensás en jugar y en divertirte, las obligaciones te llegan después.

-Por eso ni dudaste cuando te ofrecieron posar de mujer.

-Más vale. Lo vi como un juego, algo normal. Tampoco imaginaba el revuelo que se vino después.

-Pero te vino bien. Dicen que, por esa tapa, River desistió de comprarte y empezó tu carrera en Boca.

-Escuché los comentarios, pero no sé si fue así. Boca había mostrado interés desde siempre. Y si bien sorprendió que me vistiera así en medio de un posible pase, a mí no me pareció tan loco…  

Platinado, sorprendía en Estudiantes y estaba cerca de pasar a Boca. Desenfado puro.

Platinado, sorprendía en Estudiantes y estaba cerca de pasar a Boca. Desenfado puro.

Mas loco es que, con todo lo que quieren a Estudiantes, hayan compartido plantel tan poco en el círculo máximo. No llegaron a ser dos años: entre 1994 (debut de Verón) y fines de 1995. Pero dos años muy raleados: apenas jugaron juntos 11 partidos en Primera antes, durante y después de la temporada en la B Nacional, con el mazazo del descenso como herida en común.

-Nada es casual en el fútbol -sentencia Verón-. Si hacés las cosas bien, se nota. Y si las hacés mal, más todavía. En esa época, Estudiantes salía campeón de Prenovena a Reserva, pero no se miraba para abajo, contrataban jugadores a préstamo en vez de darles oportunidades a los chicos del club. Y esas malas decisiones derivaron en el descenso. Por suerte, el club cambió mucho en los últimos quince años.

-Yo jugué el partido con Lanús, cuando nos fuimos al descenso. Fue lo más triste que me tocó vivir -admite Martín-. Entré un rato en el segundo tiempo y sentí una impotencia enorme, no había manera de revertir la situación. Remar tanto en inferiores, subir y que justo te toque el descenso, fue un golpe durísimo.

-¿Vos dónde estabas ese día, Sebastián?

-En la tribuna. Jugué en Reserva, fui a la hinchada durante el partido y al final no aguanté y bajé al vestuario para llorar con mis compañeros. Yo jugaba poco, pero integraba el plantel. Habíamos estado concentrados como un mes en San Miguel del Monte, una cosa espantosa. Para nosotros, que éramos de La Plata, hinchas y veníamos de inferiores, fue terrible. Lo peor que me tocó vivir en mi carrera.

Primera producción, en 1994. La rompía en la B Nacional y se lo descubría como “hijo de“.

Primera producción, en 1994. La rompía en la B Nacional y se lo descubría como “hijo de“.

La carrera de ambos creció descomunalmente luego de aquel trago amargo que, cada tanto, les jaquea el alma en forma de eterno reflujo. La Brujita, previa escala en Boca, emigró hacia un largo periplo europeo. El Titán reverdeció en Estudiantes, explotó en Boca, hizo su camino en el exterior y regresó al corazón xeneize en forma de leyenda. “Siempre nos mantuvimos en contacto. Hablamos bastante mientras él anduvo por España. Nosotros crecimos juntos y seguimos la relación. Yo considero a Martín un amigo –define Verón- y eso perdura con el tiempo, más allá de que la vida o la distancia te aleje un poco a diferencia del día a día. Pero siempre hubo un teléfono o una computadora para mantenernos comunicados”.

-¿Y entonces?

-¿Entonces qué? -repregunta Sebastián, como si quisiera engañar a un marcador.

-¿Entonces cómo pudo haber pasado lo que pasó cuando Estudiantes le ganó 2-1 a Boca la final del Apertura 2006 en la cancha de Vélez? -contraatacamos con todos los detalles, para que quedara claro hacia dónde vamos-. ¿Fue una calentura del partido y nada más?

-Para mí, sí. Pero bueno, cada uno lo tomó a su manera. Obviamente, no fue una situación linda ni normal para Martín. Porque es hincha de Estudiantes, porque nació en el club. Pero para mí, a diferencia de él, que ya había ganado todo con Boca, ese campeonato era un momento único y… nada, se dio como se dio.

-Digámoslo claramente: vos querías que Martín fuera para atrás.

-No, para atrás no. Pero sí sacarlo del partido, porque hasta ahí era el mejor jugador de la cancha.

-Vos, Martín, metiste el gol del 1-0 y te tiraste al piso para no festejarlo.

-Yo quería desaparecer (terminante). Fue el partido que más me costó estar dentro de una cancha. En la platea veía gente amiga, conocidos de toda la vida… Pero yo quería ganar. No era un partido como los anteriores, donde ya le había metido goles a Estudiantes. ¡Era una final de campeonato! Y yo defendía los colores de Boca.

-¿Qué fue lo que más te hizo calentar?

-¿Sabés qué pasa? En una situación así tenés las pulsaciones a mil… Mirá que no lo hablamos nunca a esto, ni las veces que volvimos a charlar. Ni yo le pedí explicaciones sobre por qué lo hizo, ni él necesitó explicarme. Nada de nada, porque los dos sabemos lo que puede llegar a pasar cuando se vive una situación así. Por eso, cada vez que los periodistas me preguntaban, yo contestaba que en algún momento íbamos a reencontrarnos, que el tiempo iba a solucionar las cosas. No necesitábamos sentarnos cara a cara para pedirnos explicaciones el uno al otro.

La tarde de la ruptura: 13 de diciembre de 2006. Tras el distanciamiento, volvió la amistad.

La tarde de la ruptura: 13 de diciembre de 2006. Tras el distanciamiento, volvió la amistad.

-En el segundo tiempo de ese partido, se vio claro que vos, Sebastián, lo fuiste a increpar después de un tiro peligroso de Martín. Le dijiste algo así como “qué estás haciendo”…

-Sí, creo que íbamos 1 a 1. Fue una reacción del momento, un impulso. El nos había hecho el gol y, sinceramente, era el único que podía hacernos otro. Entonces traté de desconcentrarlo. Obviamente que no está bien, pero también pasó algo similar con Monzón y Larrivey en la final entre Huracán y Vélez. De eso se habló un día, con lo nuestro hablaron dos años.

-¿Cómo recompusieron las cosas? ¿Hubo algún intermediario para que vos aflojaras?

-Ayudó un poco Ezequiel, un amigo en común. Venía de estar con Sebastián y me decía “Seba quiere hablar con vos”. Y yo le decía “Algún día voy a hablar, quedate tranquilo”. Mi intención era que se diera solo, naturalmente, sin que mediara nadie. Y un día hablamos. Normal, como siempre: “¿Cómo andás, todo bien?”.Y listo, se acabó todo, no hubo nada que explicar.

-Sebastián, en 2007 dijiste en El Gráfico: “Le pedí perdón, pero está duro”. ¿Qué hacías? ¿Le dejabas mensajes en el contestador?

-No, todo por intermedio de Ezequiel…

-Pero lo más insólito –interviene Palermo- ocurrió en la cena de los Premios Fox Sports. Juro que no sabía que Sebastián estaba sentado en una mesa a mis espaldas. El asunto es que me dan un premio al principio, voy a recibirlo y cuando vuelvo, en ese paneo donde se te mezclan todas las caras, la reconozco a Florencia, su mujer. ¡La saludé con un beso, no lo vi a Sebastián y me senté! Y ahí nomás, nervioso, me cayó la ficha y le pregunté a mi novia si también estaba él. Cuando me lo confirmó, me di vuelta, nos saludamos y empezó la reconciliación.

-Fue así. Pero yo ya lo había mensajeado cuando se lesionó feo la rodilla.

-Sí, es verdad. Pero en esa fiesta volvimos a vernos cara a cara y a hablar en persona.

-La gente de Estudiantes igual fue dura con Martín. Lo insultaron mucho al cruce siguiente, justo cuando les hizo tres goles en el estadio de La Plata.

-Y… Es algo que no justifico para nada. Todos sabemos, más allá de la camiseta que defienda, todo lo que Martín siente por Estudiantes. Pero bueno, él tampoco colabora: ¡siempre nos hace goles!

-Decí que al otro partido le metí cuatro a Gimnasia y acomodé un poco las cosas con la gente de Estudiantes.

-Incluso grabaste una felicitación que se pasó en la cena de festejo por el logro de la Libertadores.

-Sí, claro. Cuando nos quedamos afuera con Boca, los seguí siempre y quería que la ganaran ellos. Menos mal que no nos cruzamos, porque hubiera sido otro momento terrible… De chico mamé esa mística copera de Estudiantes, que también tiene Boca. Siempre me acuerdo del famoso partido con Gremio, en el 83. Mis viejos se fueron a la cancha y me dejaron en casa porque estaba con fiebre, lo tuve que escuchar por radio.

-Sebastián, ¿no te arrepentís de haberle dicho eso en aquella final?

-Después, en frío, sí. Pero en el partido no razonás, reaccionás por la camiseta que defendés. Nosotros hacía más de veinte años que no salíamos campeones, veníamos remando de atrás… Era esa tarde o nunca. Después te arrepentís, lógico. Pero lo importante es lo bien que estamos ahora.

El apretón de manos y las sonrisas, símbolos de unión. Palermo y Verón, tan amigos como siempre.

El apretón de manos y las sonrisas, símbolos de unión. Palermo y Verón, tan amigos como siempre.

Las bromas y el ida y vuelta afectuoso matizan la producción fotográfica. Para aflojar los músculos faciales, la Brujita le acaricia el pelo o le sopla una oreja a Martín, concentradísimo para quedar lo más relajado posible en la toma que finalmente será la tapa. Las jarras de café y los bocaditos están intactos. Apenas ingirieron dos sorbos de agua mineral. Parece que los planes gastronómicos quedan para más tarde…

-Por poco no fueron compañeros en Boca. ¿Se imaginan cómo hubiera sido?

-No sé –anticipa la Brujita-, tal vez éramos un desastre (risas). Esto no lo tendría que contar, pero bueno, ya se lo conté a Caldera, así que no hay drama. Macri andaba con ganas de traer un delantero y me preguntó a cual: Calderón o Palermo. Yo le dije “Trae a los dos, pero si tenés que elegir uno, trae a Martín”. Al final lo compró y mal no anduvo, ¿no? Pero no sé si juntos hubiéramos hecho algo importante.

-No se sabe, pero hubiera sido lindo. Después de Estudiantes no volvimos a ser compañeros, ni siquiera en la Selección

-Tal vez se den el gusto dentro de poco. Sebastián ya está y Maradona dijo que te tiene en cuenta. ¿No te ilusionás con que se te abra una puertita para ir al Mundial?

-Ojalá. Lo primero sería merecer una convocatoria y sentirme parte del grupo. No puedo soñar con junio del año que viene cuando todavía no fui convocado.

-Pero parece claro que en el plantel hay lugar para un jugador de tus características.

-Puede ser, no se ve un Batistuta o un Crespo, pero en el grupo hay grandes delanteros. Todo dependerá de cómo me vaya en el club.

-Sebastián, ¿qué te quedó de aquel paso por Boca?

-Fue corto pero intenso. Justo me tocó en un momento increíble, con Maradona, Caniggia, Bilardo… Y pasar de Estudiantes a Boca, que tiene más alcance nacional, es toda una experiencia. Para jugar en Rosario nos concentramos en San Nicolás e igual había mil tipos en la puerta todo el tiempo, un infierno. Aprendí mucho en Boca porque Bilardo nos hizo un curso intensivo al Kily González y a mí. Nos entrenaba en triple turno para que incorporáramos conocimientos tácticos. Hasta practicábamos tiros libres, algo que parecía no tener mucho sentido porque después los tiraba Diego…

-¿Y cómo lo ves a Martín, casi convertido en una leyenda de Boca?

-Martín siempre fue así: una máquina de hacer goles, goles y goles. Lo que consiguió lo tiene bien ganado. Es un pibe que no claudica nunca, siempre quiere más. Cuando parece que se le termina el rollo, que las lesiones no lo dejan seguir, renace y sigue. Todavía no hay una exacta dimensión de lo que logró, se sabrá con el tiempo. Para mí, es uno de los delanteros más grandes de la historia de Boca, si no el mejor. Y lo que genera a su alrededor es terrible.

El festejo en el último superclásico, luego de convertir el 1-0. Después igualaría River.

El festejo en el último superclásico, luego de convertir el 1-0. Después igualaría River.

-¿Vos imaginabas que Sebastián iba a ganar tanto y a convertirse en símbolo en su vuelta a Estudiantes?

-Conociéndolo, sabía que no regresaba para pasar el tiempo, sino para hacer ruido y ganar cosas. Por eso es la referencia del club, no sólo de este plantel, sino de la historia de Estudiantes. Es lógico que Diego lo haya sumado a la Selección para aportar su experiencia de procesos anteriores. Está con la madurez exacta para transmitírselo al grupo.

-Además, Sebastián, es la primera vez en tu carrera que estás más de dos años en un club. Empezás el cuarto.

-Uy, sí, es verdad… Soy bastante… (busca la palabra) inquieto (risas). Hubo ofertas buenas de Estados Unidos y de acá, pero no tenía ganas de irme, por más que algunas razones había.

-¿Estabas mal con los dirigentes?

-Con uno.

-¿Alegre?

-Sí. Pero lo solucionamos, los muchachos me pidieron seguir, la familia tampoco se quería mover y acá estoy. Voy a terminar la carrera en Estudiantes, así que la decisión fue correcta.

-¿Vos también vas a terminar en Estudiantes, Martín?

-(Piensa, se rasca la pera) Nunca digo nunca, pero con todo lo vivido en Boca me costaría dar el paso de un cambio. Todavía no sé si seguiré hasta junio del 2010 o una temporada más, pero me imagino terminando en Boca. Igual, no descarto nada.

-Según contaron, el futuro de Sebastián sería la presidencia de Estudiantes y el de Martín pasaría por la dirección técnica. ¿Se puede pensar en Verón presidente con Palermo de técnico?

-Bueno –arranca el futuro presidente-, primero tendría que hacer experiencia en algún lado, ¿viste? Si nos guiamos por los goles que hizo, sí, pero…

-Además, hay que ver a quién trae como ayudante de campo.

-Sí, claro (risas). Donde voy a estar yo no es fácil consensuar un cuerpo técnico, no sé si me entendés…

-Vos lo decís pensando en que Martín lo quiere de ayudante a Guillermo, pero por Estudiantes ya pasó Guglielminpietro en la misma función.

-Sí, seguro, el Guly es un pibe divino, pero todos sabemos cómo es nuestro fútbol. No sería muy sencillo en una ciudad como La Plata. No estamos preparados culturalmente. Ojalá se dé esa posibilidad de Martín en el futuro. Igual (dice entre risas) habrá que ver las ideas que trae, cómo se desenvuelve.

-¿Con el Mellizo te llevás bien?

-Sí, todo bien, no hay problema. Aparte, el Mellizo salió de Estudiantes.

-¡Epa! ¡Qué bombita estás tirando!

-De verdad. El Mellizo salió de Estudiantes, fue el primer club en el que estuvo. Después se lo llevaron, aunque él no lo reconoce.

-Si Estudiantes no ganaba la Libertadores, ¿igual hubieras dicho que te alegrabas porque Gimnasia se salvó del descenso?

-Sí, por supuesto. Antes de ir a Belo Horizonte lo llamé a Chirola Romero y lo felicité. Hay chicos que conozco de toda la vida, buena gente. Si me pongo en hincha, festejarles un descenso es bárbaro. Pero yo lo miré como profesional. Me tocó descender y sé lo feo que es. Me puse contento por los muchachos que conozco y porque para la ciudad es importante que la rivalidad del clásico se mantenga en Primera.

Verón, la Libertadores y los colores del alma, en la llegada del Pincha al Palacio Municipal de La Plata, tras ganar en Brasil.

Verón, la Libertadores y los colores del alma, en la llegada del Pincha al Palacio Municipal de La Plata, tras ganar en Brasil.

-¿Vos opinás igual, Martín?

-(Piensa, desenfunda la misma sonrisa que cuando quería negar las travesuras de la infancia) Yo estaba de vacaciones en Miami.

-Fenómeno, ¿pero qué querías?

-¿Como hincha? (Ríe de nuevo, busca una salida) Quería que siguiera Gimnasia. Si no, me iba a retirar sin poder meterles más goles. Es el club al que más goles le hice, lo dice la estadística.

-Te está creciendo la nariz, que ya está bastante crecidita.

-Esto es diferente a cuando perdieron el título por el gol de Mazzoni, -lo rescata Verón-. Aquella vez sí que se festejó. Como nos veíamos venir la gastada, nos fuimos de vacaciones a Ibiza con los hermanos Capria, Caldera y el Rusito Prátola. Queríamos estar lo más lejos posible para no sentir ni un grito de festejo de Gimnasia, porque el título lo dábamos por hecho. No quisimos escuchar nada y nos fuimos a caminar por ahí. Y en eso lo vemos a Osvaldito Príncipi, fana del Pincha, paseando en cueros y festejando como un enloquecido. Recién ahí supimos que habían perdido el título y nos fuimos todos juntos a festejar a una callecita repleta de bares. Hubiera sido el primer título de ellos y no lo lograron. Eso sí se festeja, no un descenso.

El partido ingresa en tiempo adicionado. Los dos entrenaron duro y a esa altura del día, las 2 de la tarde, “hay una lija terrible”, como define Verón a esas ganas irrefrenables de almorzar como Dios manda.

-Martín, ya jugaste una Intercontinental y un Mundial de Clubes. ¿Qué consejo le darías a Sebastián para diciembre?

-Ellos tienen las cosas claras, saben lo que hacen. El consejo sería no dispersarse. A mí me gustó más la Intercontinental, un partido directo contra un rival importante. El Mundial se hace largo, querés que la previa pase rápido para llegar al partido que realmente vale, dicho sin subestimar a nadie. Es importante no distraerse hasta que llegue la final verdadera, que ojalá puedan jugar.

Ya conmovía a la feligresía boquense y era parte de su religión. Y posaba sin problemas.

Ya conmovía a la feligresía boquense y era parte de su religión. Y posaba sin problemas.

-¿Cuántas chances hay de que vos estés en esos partidos?

-Diría que cero. Me preguntaron si me gustaría estar, y dije que sí como hincha de Estudiantes. Se armó un revuelo bárbaro, pero lo dije ingenuamente, como expresión de deseo de un simpatizante cualquiera. Yo me debo a Boca, tengo compromisos con Boca. En la realidad, para que yo juegue se tendría que lastimar un colega, como pasó con Alayes y Angeleri para que se le abriera la chance a Schiavi, y no quiero eso de ninguna manera. Es feo que se dé por una desgracia.

-Sebastián, ¿con quién no tomarías un café?

-Tomaría con cualquiera.

-¿También con el Cholo Simeone?

-Nunca estuve peleado con él, mi relación fue siempre igual. Después está la chicana o el mensaje que mandé. Si me llama para un café, no tengo ningún tipo de problemas. Lo repetí mil veces: no soy su amigo, pero tampoco me llevo mal. Lo respeto y lo admiro como profesional.

-Pero te quedaste caliente porque los dejó para irse a River.

-Cada uno toma sus decisiones, ya está.

-¿Palermo se negaría a tomar algún café con alguien?

-Nooo… Estoy perfecto con todos.

-Igual se la hiciste bastante difícil a Sebastián, ¿eh?

-No, no. Las cosas se iban a dar naturalmente, y se dieron. Fue todo muy loco esa tarde. Miraba la platea de Estudiantes y veía que me puteaba gente que me conocía de chiquito, no lo podía creer. Perder la final me dio calentura. Y sentir los insultos me provocó dolor.

-Algunos hasta dijeron que no quisiste meter el 2-0 en esa jugada que se fue arañando el palo.

-Pavadas. ¿A quién se le puede ocurrir? Era una final, la gloria de un campeonato. Ya te digo: sufrí por perder y por los insultos de gente que me conocía.

-¿Qué pasaría si Boca y Estudiantes se enfrentan en otra final?

-(A coro) ¡Mejor que no!

-¿Cómo quedó tu relación con la gente de Estudiantes, Martín?

-Creo que bien.

-Si te guiás por el clima de la cancha –cierra la Brujita-, difícil saberlo, porque te putean en todos lados. La verdad la palpás caminando por la ciudad. Y yo sé bien que la gente de Estudiantes lo admira y lo quiere. Lo siente como propio.

Sebastián bromea, el peinado de Martín lo sufre. Muy buena onda.

Sebastián bromea, el peinado de Martín lo sufre. Muy buena onda.

La “lija” ya es un serrucho. Como Martín llegó un pelín tarde, le falta responder las preguntas del ping-pong. El estómago de Sebastián reclama combustible urgente, no banca un minuto más.

-Mientras vos terminás, yo bajo y voy buscando mesa.

-Dale, dale. Igual esperame para pedir.

El reencuentro mediático ya pasó. Martín y Sebastián, el Loco y la Brujita, van a almorzar juntos en el Faena. A compartir intimidades, como cuando jugaban en la canchita del Country sin sospechar que serían ídolos.

Pasó el temblor, la vida sigue.

Martín y Sebastián, amigos como siempre.

 

Sebastián, de una

 

Juan Sebastián Verón.

Juan Sebastián Verón.

 

-El primer partido que viste en una cancha.

-Uno de mi viejo. Fue un Estudiantes-Boca en el 81, en La Plata, cuando Maradona jugaba para Boca. Yo tenía 6 años. Perdimos 3-1. Diego hizo un gol y lo echaron. Fue uno de los últimos partidos de mi viejo, que se lastimó y no pudo seguir jugando.

-Una película.

-“Titanic”. Fui a verla con mi señora en Italia y me quedó grabada porque me quedé como 4 horas en el cine. La película es larga de por sí, y los tanos encima le meten un intervalo para tomar algo. Desde ahí se me hace durísimo ir al cine. Pero me encantó.

-Un libro.

-La biografía del Che escrita por Pacho O’Donell.

-Un programa de TV.

-Los de Tinelli, que marcaron una época.

-Un deportista al que admires fuera del fútbol.

-Tiger Woods. No le doy al golf, pero me parece increíble lo que juega, lo que transmite y lo que mueve. Terrible.

-Un hobby.

-Me encantan los deportes acuáticos, andar en motos de agua y esas cosas. Así me pego cada porrazo también...

-Un deporte para ver por TV.

-Me gusta un poco todo, siempre que sea bueno. Veo un gran partido de tenis, un Master de golf. Ultimamente, por ejemplo, me enganché con el Mundial de Atletismo.

-Un perfume.

-No uso. ¡De verdad! Nunca usé.

-Tres cosas para llevar a una isla desierta, exceptuando a tu familia.

-Primero, una pelota. Después, un cepillo de dientes; no imagino cómo hacen para estar sin cepillarse. Y una hojita de afeitar para mantener rapada mi cabeza.

-Un periodista.

-Me gusta el Tano Fazzini.

-Una marca de ropa.

-Ninguna en particular, uso un poco de todo.

-Un grupo musical.

-AC/DC. Bien pesado, bien intenso.

-Dibujo animado preferido.

-El Coyote y el Correcaminos.

-Un lema para la vida.

-Ir siempre en busca de un objetivo. Lograrlo o no, ya es otro tema. Pero siempre hay que plantearse un objetivo e ir por él.

 

Martín, a un toque

 

Martín Palermo.

Martín Palermo.

 

-El primer partido que viste en una cancha.

-¿Me creen si les digo que no me acuerdo? Fue un partido de Estudiantes por el 81 o el 82, pero no recuerdo cuál.

-Una película.

-Me quedó grabada “La sociedad de los poetas muertos”. Una historia muy linda y una actuación bárbara de Robin Williams.

-Un libro.

-Uh… No soy lector habitual; los libros nunca fueron lo mío.

-Un programa de TV.

-Miro todo lo que sea fútbol: partidos de cualquier lado, programas especializados, todo. Soy un fanático del fútbol. No me engancho demasiado con otro tipo de programas.

-Un deportista al que admires fuera del fútbol.

-Primero, Michael Jordan, un monstruo impresionante. Y siempre me impactó Mike Tyson, su pegada explosiva.

-Un hobby.

-Me tiran mucho los fierros, el automovilismo, correr en karting... La velocidad es mi otra pasión. Siempre estoy atento a lo que pasa en las categorías, sobre todo en el TC.

-Un deporte para ver por TV.

-Dos: fútbol y automovilismo.

-Un perfume.

-Angel.

-Tres cosas para llevar a una isla desierta, exceptuando a tu familia.

-Una pelota, un equipo de música y… y… ¡y una linda malla para tomar sol!

-Un periodista.

-Marcelo Araujo. Me marcó en el comienzo de mi carrera, una época muy fuerte para mí.

-Una marca de ropa.

-Soy de variar mucho, no tengo una en especial.

-Un grupo musical

-Soda Stereo. Lo seguí siempre, fui a recitales y todo.

-Dibujo animado preferido.

-Tom y Jerry. Y también Popeye.

-Un lema para tu vida.

-No sé si definirlo como un lema, pero sí un estilo: ponerles el pecho a las adversidades y enfocarme en lo bueno que se viene. El ejemplo son las actitudes que tuve cuando me lesioné. Nunca me dejé ganar por la depresión. Me enfoqué en la recuperación y pude salir adelante.

 

 

Por Elías Perugino y Diego Borinski (2009).

Fotos: Alejandro Del Bosco.

Imagen de 2007. Roña Castro 100x100
Las Entrevistas de El Gráfico

2007. Roña Castro 100x100

Personaje total más allá del boxeo, Locomotora repasa sus momentos sublimes y los otros. Su pasión por la velocidad, una acusación de tongo y aquella obra maestra para poner KO a Jackson.

Imagen de 1959. Cap habla de fútbol
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1959. Cap habla de fútbol

Vladislao Cap se entrevista con El Gráfico y pone sobre la mesa conceptos de avanzada para aquellos años. El ¨Polaco¨ fue referente de Racing y también campeón del Sudamericano del 59 con la Selección.

Imagen de 2008. El sello Macaya
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2008. El sello Macaya

Su apellido es marca registrada. Desde 1966, cuando debutó en la tele, Macaya Márquez es sinónimo de comentarios de fútbol. Habla de su vida, del deporte y del periodismo, donde es una eminencia.

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