Las Entrevistas de El Gráfico

2003. Baldassi: “Hay que ser psicólogo dentro de la cancha”

Por Redacción EG · 23 de octubre de 2019

El cordobés se alejaba de la manera de dirigir de Castrilli, creía que era indispensable entender lo que le pasaba al jugador dentro de la cancha, además habla de su llegada a Buenos Aires y su peor error dirigiendo.

–¿Sos partidario del sorteo o del dedo para las designaciones?

–Del dedo. Es una manera justa de designar al árbitro que mejor esté en el momento que debe dirigir un partido importante. Uno puede estar en un nivel diferente al otro y eso no está escrito en ninguna bolilla.

–¿Estás afiliado al “siga siga” o también te va el rigor?

–En realidad me gusta el juego y por eso pretendo darle continuidad. Pero más que nada aprendí a ser psicólogo dentro de la cancha para tratar de entender qué es lo que realmente le pasa a un jugador. Los jueces debemos poner en práctica diversas terapias. Los jugadores no están siempre de la misma manera y eso nosotros debemos entenderlo.

Relajado. Así asomó en sus inicios en el arbitraje y así se mostraba en las entrevistas.

Relajado. Así asomó en sus inicios en el arbitraje y así se mostraba en las entrevistas.

–¿Vos hacés terapia?

–No, pero nosotros tenemos un psicólogo. A mí me sirve todo lo que enseña. Forma parte del entrenamiento. Hay que estar diez puntos físicamente y también diez puntos de la cabeza. Si el cerebro se irriga bien se puede razonar mejor. Y por eso me preocupo en estar bien.   

–¿Tu modelo de árbitro?

–Francisco Lamolina. De él aprendí mucho. Pero también de muchos otros. Yo trato de aprender cada día y me gusta escuchar a quienes han vivido cosas importantes. Pero no sólo de Pancho recogí experiencias. Hay muchos árbitros que dejaron su sello en el fútbol argentino y es sabio copiar de los buenos.

–Quiénes te molestan más, ¿los que protestan o los que pegan patadas?

–Los que hablan mucho son cargosos, pero, en realidad, lo que el referí no debe perder nunca es el equilibrio y la autoridad, que no es lo mismo que el autoritarismo. El hablador y el fouleador son dos personajes que uno debe saber controlar desde al arranque. El Mellizo Guillermo es distinto afuera de la cancha; adentro habla todo el tiempo, pero ése es su estilo. Y hay que saber controlarlo.

–¿Los jugadores te entienden?

–En general, sí. No tuve mayores problemas con nadie porque trato de ser claro desde el principio. Como ya dije hay límites que no se pueden pasar. El árbitro soy yo, en cualquier circunstancia.

–¿Y los que reclaman tarjetas para los rivales?

–Ahora se está usando menos. Son mañitas. El asunto es hacerles entender que el que maneja la situación es el árbitro. Con energía en algunos casos, con más diplomacia en otros, el tema es que no te manejen la situación.

–¿Jugabas al fútbol?

–Sí, en Huracán de Córdoba capital. Era un volante retrasado por la derecha, mi pierna hábil. Pero no pasó nada. Ni bueno, ni malo. Aunque lo pasé muy bien.

–¿Querías ser árbitro?

No. Llegué a Buenos Aires desde Río Ceballos hace 16 años para buscar trabajo. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, pero un amigo, Marcelo Negrete, a quien conocía de mi terruño cordobés, y que ya era árbitro, me sugirió que hiciera el curso. Y ahí le entré a la profesión. Hace 11 años que dirijo y cada vez me gusta más hacerlo. Pasé por todas las categorías, pero pegué un salto grande cuando, por cuestión de edad o de otros motivos, se retiraron muchos árbitros de Primera División. En Primera estoy desde abril del 99 cuando, en Jujuy, arbitré al Gimnasia de allá con Newell’s.

 

Sus comienzos en el ascenso.

Sus comienzos en el ascenso.

 

–¿Tu peor momento?

–Cuando me tildaron de Judas de Castrilli. Yo no compartía, ni comparto, la manera de dirigir de Castrilli; pienso que no hay que peinarse a la gomina ni poner cara de malo para ser árbitro, pero yo no participé de ninguna movida. Lo que pasa es que hay muchos tipos a los que les gusta tergiversar las cosas y poner una palabra de más o una coma de menos para perjudicar a alguien. Me hizo mal esa historia, pero ya pasó. Me sirvió para crecer.

–¿Te encontrarías con Castrilli?

–No. La verdad es que no me interesa. Además no soy de mirar mucho para atrás. Me importa más el futuro.

–¿Estás en carrera para el Mundial de Alemania?

–Faltan casi cuatro años y es mucho tiempo, pero tampoco lo tengo como un objetivo. Estoy aprendiendo y, a pesar de haberme ganado un lugar en estos tres años y medio en Primera y dos como internacional, no me veo todavía en un Mundial. Además, delante de mí están Elizondo, Martín y Giménez.

–¿Es más fácil dirigir afuera que en la Argentina?

–Ni difícil ni fácil, es diferente. Acá ya dirigí todos los clásicos, entre ellos tres Boca-River, y me fue bien. Yo digo que uno debe saber manejar cada partido en cualquier cancha.

–¿Recordás alguna decisión complicada?

–En Santa Fe, en un Unión-River,  eché a Domizi y Ariel Donnet, por roja directa, en pocos minutos. Los tatengues me querían matar, pero hoy tengo una buena relación con los dos jugadores.

 

Fanático del entrenamiento, sin embargo Baldassi todavía no se ve en carrera para el Mundial de Alemania, al cual luego iría Horacio Elizondo, pero Héctor Baldassi tendría su revancha en Sudáfrica 2010.

Fanático del entrenamiento, sin embargo Baldassi todavía no se ve en carrera para el Mundial de Alemania, al cual luego iría Horacio Elizondo, pero Héctor Baldassi tendría su revancha en Sudáfrica 2010.

–¿Tenés cábalas?

–Varias. La más conocida es la de los algodoncitos con alcohol en las fosas nasales y la señal de la cruz. También uso cintitas rojas en los calzoncillos y en las medias. Contra la mufa, por las dudas.

–De uno a diez, ¿cómo te calificarías?

–Me pondría un 7,50.

 

Gol... pe de aire

“La peor ma­ca­na en una can­cha me la man­dé en Are­qui­pa, en el Su­da­me­ri­ca­no Sub-17 que se hi­zo en esa ciu­dad pe­rua­na, en fe­bre­ro del año pa­sa­do. Ju­ga­ban Co­lom­bia y Bra­sil; no ha­bía pa­sa­do ni un mi­nu­to des­de el pi­ta­zo ini­cial cuan­do un de­lan­te­ro co­lom­bia­no pa­teó a un án­gu­lo. Fue gol, pe­ro no lo co­bré por­que pen­sé que la pe­lo­ta se ha­bía ido afue­ra. En rea­li­dad, el ba­lón in­fló la red, pa­só por aba­jo y se per­dió fue­ra de la can­cha, de ahí la con­fu­sión. El asis­ten­te de ese la­do era un mu­cha­cho pe­rua­no que tam­po­co vio el gol. Nun­ca me lo voy a ol­vi­dar.

 

 

Por Carlos Poggi (2003).

Foto: Martín Sorter y Archivo El Gráfico.

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