Las Entrevistas de El Gráfico

Diamante Granate

Por Redacción EG · 28 de agosto de 2019

En 2009, El Gráfico entrevista a la joyita de Lanús, Eduardo Salvio surgía como un crack, otro más de las inferiores del Granate que aportó grandes jugadores los últimos años.

El tal vez no lo sepa, pero en un picado improvisado a una cuadra del estadio de Lanús, un pibe lo imita. Acorralado contra una punta (que en realidad es el cordón de la vereda) y con un rival agazapado detrás de él, le tira el caño casi de espaldas y va a buscarla por el otro lado. El pibe se ríe, el humillado también (mientras se toma la cabeza) y los demás gritan, enloquecidos: “Uhh le hizo la de Toto, le hizo la de Toto…”. En este lado de la zona Sur, para que se entienda mejor, Salvio es Toto y, aunque lleva menos de un torneo en Primera, no hay nadie que no lo conozca. De hecho, mucho antes de que debutara en la Bombonera, ya todos sabían de él. Desde Ramón Cabrero, quien en mayo de 2007 adelantaba que la cantera inagotable del club todavía escondía a la verdadera joya, hasta los medios italianos que, apenas lo vieron jugar en el Mundial Sub 17 de Corea con la Selección argentina, comenzaron a tildarlo como el sucesor de Ezequiel Lavezzi.

Dentro del micromundo Lanús, Salvio es hoy lo que, por ejemplo, Sergio Agüero fue para Independiente antes de su vertiginoso crecimiento y posterior consolidación: un diamante en bruto. Una joya con destino de gloria marcado. Un proyecto de estrella mundial de esos que ya son famosos antes de jugar en Primera. De otra manera no se puede comprender cómo los hinchas lo pedían para el equipo titular cuando, en realidad, su categoría era la Quinta y apenas alternaba en Reserva. Esto ocurrió puntualmente el mismo día en que Luis Zubeldía fue anunciado como reemplazante de Cabrero en la dirección técnica. Por los foros de las páginas del club, la súplica resultó casi unánime: “Subilo a Toto”. Esos mismos, hoy modificaron su ruego y, un tanto precavidos, ahora exigen por la web: “Toto, por lo menos te tendrías que quedar tres años más en el club”. 

En el clásico ante Banfield no jugó bien y por eso pidió disculpas. Talentoso y humilde.

En el clásico ante Banfield no jugó bien y por eso pidió disculpas. Talentoso y humilde.

De todo lo que sucede a su alrededor, Salvio prefiere aislarse. A todos los periodistas que lo rodean, les repite una y otra vez que está tranquilo. Es su frase de cabecera (“La tira once veces por minuto”, estima un partidario), tal vez un método para autoconvencerse. Camina por el predio de Lanús y lo frenan cada dos pasos. Firma autógrafos, manda un saludo filmado para una cumpleañera de 15, posa para una foto, es el hombre al que todos buscan. “Toto es un genio. Yo vengo siempre a ver inferiores y nunca vi a un delantero tan desequilibrante como él”, comenta un hincha que busca firmar su camiseta en el estacionamiento. “Además de que juega bien, es buen pibe. De los delanteros que salieron últimamente, debe ser el mejor con el Laucha Acosta. Va a llegar lejos, pero tiene que ir despacio porque de (Diego) Manicero decíamos lo mismo y mirá dónde quedó”, destaca otro, un poco más veterano.

Salvio no le falla a nadie y cuando termina con todos (que tampoco son tantos, vale aclararlo), atiende a El Gráfico. “Es difícil acostumbrarse a esto de los saludos para la cámara”, bromea. Hay que entenderlo: se supone que con 18 años y un ascenso tan inesperado como veloz, este chico de envidiable espontaneidad, ha debido enfrentar involuntariamente un desafío paralelo al de su sueño futbolístico: el de mantener los pies sobre la tierra ante el elogio fácil y la caricia pasajera. Pero la teoría queda desterrada rápidamente. Para él, que lleva la esencia del barrio en la piel, eso ni siquiera es un desafío. No se lo perdonaría. “Todo sigue igual, no hago nada diferente a lo que hacía unos meses atrás”, aclara.

–¿Cómo toman los que te rodean, esta fama repentina?

–Ja, ja. Bueno, mis amigos, por ejemplo están tan sorprendidos como yo por lo que me pasa. Mirá, mi casa es acá por el centro de Lanús y hay veces que voy caminando y me saludan: “Ehh, Toto Salvio”, me gritan. Las chicas también me hablan más, por suerte mi novia lo toma bien. Yo no lo puedo creer y ellos tampoco. Se ríen, me joden un poco.

–¿Vos sentís presión por demostrar que toda la expectativa que se ha creado en torno tuyo es justificada? No debe ser sencillo de manejar...

–Puede ser que sienta necesidad de demostrar, pero voy de a poco. Yo trabajé mucho para llegar hasta acá y por ahora vengo bien, muchos me dicen que empecé arriba, pero que no hago goles, que me voy a quedar...

–¿Y tenés miedo de que eso pase? 

–No les doy bola, que los demás hablen lo que quieran. Sé que mi rendimiento fue bueno desde que debuté y estoy conforme con mi juego. Lentamente demostraré que las expectativas no fueron en vano.

 

Jugó en el Granate entre 2008 y 2009.

Jugó en el Granate entre 2008 y 2009.

 

De chiquito, Salvio era más chiquito de altura que ahora (mide 1,71). Pero igual, con cuatro años fue a probar suerte al club Sarmiento y lo mandaron al arco. “Jugaba en una categoría más grande y de arquero, nada que ver. Después, cuando pasé con los de mi edad ya me mandaron al medio, de cinco. Me gustó y a los siete me vine acá a Lanús para probar cómo me iba”, explica. Tanto le gustó la pelotita que se metió en otro club, Villa Ideal, para no dejar el baby: “Ahí hice mis dos últimos años de baby. Pasaba un rato ahí y después me venía para Lanús. Así siempre. Y me iba bien en los dos, eh. También jugué en Bristol, en Capital, el club de mi representante y el mismo del Kun Agüero, aunque ahí ya me ponían de delantero. En todos esos lados tuve la suerte de ser campeón”, saca pecho Toto. En el Grana, rápidamente lo movieron a la derecha y, luego, hacia los puestos de arriba. Allí fue donde, en realidad, comenzó a descollar y en poco tiempo se convirtió en “la” figura de las inferiores del club. Entonces se planteó una meta: “Llegar a Primera a los 17 años. Se me dio a los 18, tan mal no me fue”, chicanea. En el medio llegaron las convocatorias a diferentes selecciones juveniles y los elogios prematuros de algunos referentes del club que ya señalaban su proyección. Fue luego de su primera pretemporada con el plantel superior, que luego dio pie a la citación para una concentración y finalmente derivó en su posterior debut en la Bombonera. Ese día (24 de agosto de 2008, el Grana cayó 2 a 1 con Boca) no sólo será recordado para siempre por Salvio. También lo será para Martín Palermo, porque fue la tarde en que se rompió los ligamentos. “Yo intento disfrutar todo esto que pasa pero igual me cuesta darme cuenta de por qué va todo muy rápido. Se me dio algo que siempre había soñado”, destaca.

–Vamos por momentos, ¿cómo viviste el día del debut?

–Muuy fuerte. Estaba cagadísimo. Cuando entramos a reconocer el campo, ya me temblaban las piernas. Yo miraba para alrededor y les hablaba a mis compañeros, porque no lo podía creer. Enloquecido. En inferiores no había jugado nunca ahí y con la reserva tampoco, porque recién arrancaban a convocarme; así que fue un sueño.

–Y cuando te llamó Zubeldía...

–(Interrumpe). Yo ya venía desbordado desde la concentración, porque era mi primera vez con el equipo. Me pusieron con Nico Ramírez. Y tenía la seguridad de que quedaba afuera del banco; pero no, tuve suerte y me dejaron. Ya estaba chocho con eso. No me lo olvido más. Cuando llegué después de ese partido, mi vieja (la Tota, le dicen así por el apodo de su hijo) me felicitó...

–¿La noche de la primera ovación con Independiente tenías miedo de saludar a la gente?

–(Risas). No sabía si aplaudir o no, pero miraba para arriba y la gente me saludaba. Dudé mucho hasta que al final me levanté, me daba vergüenza, ja. Esa ovación fue lo mejor que me pasó en la vida, no me la voy a olvidar nunca. Yo venía a la cancha cuando Lanús salió campeón, estaba en Sexta e iba a la tribuna siempre. Veía cómo aplaudían a Valeri, a Pepe (Sand) o al Laucha (Acosta), cómo se caía el estadio abajo cuando los sacaban, y pensaba si algún día me pasaría a mí... Ahora resulta que me pasa; es difícil caer…

Salvio se asombra y hasta se emociona cuando rememora. No lo hace por demagogia: realmente no puede creer lo que vive. “Yo este mismo año estaba jugando en Quinta, ¿entendés?”, aclara. Es tan natural para dar respuestas que termina por descolocar a su interlocutor: su extrema simpleza lo ha ubicado, al menos por ahora, en un lugar muy lejano al del divismo habitual del futbolista medio. Cuenta, al pasar, que vive solo pero que pasa casi todo el día en casa de sus padres; que a los entrenamientos viaja a pata y que, por ahora, dejó el colegio por falta de tiempo. Antes de sentarse en el piso para hacer la nota (sí, la nota es en el suelo, al lado de las canchas de entrenamiento del club), reconoce que debido al próximo Sudamericano Sub 20 (ver recuadro), apenas tendrá tres días de vacaciones, lo que podría suponer una catástrofe para un chico de 18 años que quiere disfrutar de su único momento libre con amigos. No lo es para él. “No me voy a ir a ningún lado. Si hubiera tenido más, tampoco sé si me hubiese ido. Me gusta estar en mi casa”, sorprende.

Feliz tomado de los piolines. Le gusta llegar a la red, pero no se desespera por el gol. Toto lo tiene todo claro.

Feliz tomado de los piolines. Le gusta llegar a la red, pero no se desespera por el gol. Toto lo tiene todo claro.

En el mundo de Salvio el fútbol es prioridad, al punto tal que en su fotoblog personal (indicio de su real juventud), siempre se termina colando alguna referencia de Lanús o de su rendimiento individual. Un día después del clásico con Banfield (1 a 1), por ejemplo, escribió: “Perdón a todos los hinchas, la verdad quise hacer las cosas bien pero no me salieron. Estoy triste por el partido que jugué, pero bueno, espero me banquen. Vamos Lanús”. La (innecesaria) explicación pinta de cuerpo entero la pulcritud (en un punto ingenua) de un pibe que afronta con hidalguía una adolescencia anormal. No hay ninguna persona en este club que no destaque su asombroso equilibrio mental. “Sé que estoy viviendo un sueño, que va todo muy rápido. Pero estoy tranquilo, igual que siempre”, insiste. Aquellos que lo rodean, lo cuidan, especialmente los referentes del equipo. “Todos me dan una mano, pero el que más me ayuda es el Pepe Sand”, acota.

–¿Qué te dice?

–Concentro con él hace bastante tiempo, es mi referente, y me ayuda mucho desde que me subieron. Eso sí, no puedo hablar en su siesta, je. Se la pasa dándome consejos, no sólo de lo futbolístico sino también de cómo manejarme en la vida. Cada vez que necesito algo, él esta ahí para escucharme. Es un grande.

-¿Y los rivales, cómo te tratan?

-Y, a veces me ligo alguna patada, o me insultan por lo bajo, o me sacuden de atrás; por ahí creen que los sobro. Pero yo no sobro a nadie, es mi estilo de juego.

En el plantel protegen a la joya como si fuera propia, la miman y le regalan elogios públicamente: “Por ahí, la gente no puede creer lo que juega Toto cuando lo ve por primera vez. Pero nosotros ya sabíamos que era espectacular. Es muy veloz, tiene desborde y técnica. Ayudó mucho al grupo. Le levantó la autoestima”, aseguró otro crack, Sebastián Blanco, tiempo atrás. “Es un jugadorazo y puede rendir todavía más. Cuando agarre confianza y se termine de quitar la timidez va a ser imparable”, agregó Diego González. “No me sorprende para nada su nivel. Es un fenómeno”, sentenció Lautaro Acosta, uno de los referentes de Salvio, junto con Carlos Tevez y Lavezzi. “Me gustan los jugadores que tienen una actitud a la hora de salir a la cancha, los que van al frente, que la pelean y no se achican”, aclara. Y agrega, sobre los cumplidos de sus compañeros: “La verdad, me pone contento que se hable bien de mí, pero tengo que tomarlo con tranquilidad y no agarrarme tanto de eso. Debo seguir haciendo las cosas de la mejor manera posible, para demostrar por qué dicen lo que dicen”.

Salvio tiene un asado con el plantel. Así que apenas termina la nota agradece (¿?), se levanta, se despide y se va. Un par de jovencitos que acaban de salir del comedor del club lo miran de lejos, alucinados, como si se cruzaran con su máximo ídolo. Ninguno se atreve a hablarle: “Andá vos”, lo codea uno al otro. “No, vos”. La escena es insólita para el extraño que la ve desde afuera (recordar siempre que este chico debutó en Primera hace poco más de cuatro meses). Pero la ubicación geográfica termina por justificarlo todo. Esto es Lanús. Acá Salvio es Toto. Y Toto, acá, hasta ya patentó una jugada propia.

 

La Selección a flor de piel

Desde que comenzo a despegar en inferiores, Salvio siempre fue considerado para las selecciones argentinas juveniles. Jugó en Sub 15, Sub 17, Sub 20 y hasta participó como sparring de la mayor, durante el período de Alfio Basile. “Ahí pude entrenarme con Messi, con Román, Tevez, estaban todos, fue increíble”, afirma. Y agrega: “La Selección me hace bien porque me levanta. Cada vez que hay una convocatoria me llaman y eso me pone contento. Sé que soy chico y tengo que aprender, pero no puedo negar que me encanta entrenarme en Ezeiza, jugar torneos representando al país”. La meta más próxima de Toto es el Sudamericano Sub 20, que se disputará en Venezuela desde el 19 del corriente hasta el 8 de febrero (los cuatro primeros obtienen plaza para el Mundial de Egipto, en septiembre de este año). No obstante, Diego Maradona ya lo elogió públicamente y, para él, ya nada es imposible: “En 2010 voy a tener 20 años, quien te dice...”.

 

 

Por Ramón Zapico (2009).

Fotos: Emiliano Lasalvia.

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