Las Entrevistas de El Gráfico

“El boxeo ya fue...”

Por Redacción EG · 02 de septiembre de 2019

Mike Tyson vino a Argentina en 2005 para ser entrevistado nada más y nada menos que por Diego Maradona para su programa de televisión. El Gráfico lo entrevistó y largó esa dura frase.

En las en­tra­ñas del Lu­na Park, una oda­lis­ca des­cal­za con­ver­sa con un mu­cha­cho ca­si des­nu­do. Su úni­ca ves­ti­men­ta es un mí­ni­mo pan­ta­lon­ci­to y un par de za­pa­ti­llas de­por­ti­vas: su piel lu­ce do­ra­da y po­bla­da de mús­cu­los. “¿Qué le­tra te to­có?”, pre­gun­ta la oda­lis­ca. Tie­ne un sán­gu­che de lo­mi­to en la ma­no. “Mi­rá vos mis­ma”, di­ce él, pi­tan­do un ci­ga­rri­llo. Se da vuel­ta y en la re­lu­cien­te es­pal­da hay una gi­gan­tes­ca le­tra “K”, pin­ta­da en ne­gro con re­bor­des do­ra­dos. El rui­do am­bien­te es el de los zum­bi­dos de los handies. Jun­to a la oda­lis­ca y al mu­cha­cho de la le­tra “K”, pa­sa un mu­cha­cho de re­me­ra ne­gra. Tie­ne un au­ri­cu­lar y un mi­cró­fo­no uni­dos por un ca­ble y del pe­cho le cuel­ga una cre­den­cial plas­ti­fi­ca­da ne­gra. De­trás de su me­sa, un co­ci­ne­ro con go­rro de co­ci­ne­ro si­gue ar­man­do san­gu­chi­tos. Una ni­ña se arre­gla las me­dias de re­ji­lla ne­gra. Tie­ne ta­co­nes in­men­sos y un ma­qui­lla­je su­bi­do. Al­guien sa­ca una fo­to con un ce­lu­lar.

En las en­tra­ñas de Lu­na Park, el gran sa­lón es­tá di­vi­di­do en dos. De es­te la­do de la pa­red, las oda­lis­cas y los co­ci­ne­ros y los handies y las cre­den­cia­les plas­ti­fi­ca­das. De es­te otro la­do, pe­que­ños ca­ma­ri­nes. En uno de ellos, sen­ta­do, es­pe­ran­do su tur­no –las puer­tas bien ce­rra­das– hay un hom­bre de tra­je. Hay po­co rui­do y po­ca gen­te. El hom­bre no sa­be (se­gu­ro no lo sa­brá nun­ca) que ca­si en el mis­mo lu­gar don­de es­tá aho­ra sen­ta­do, ha­ce unos trein­ta años ha­bía una vie­ja bás­cu­la, ac­cio­na­da a pe­sas de me­tal. Y que en esa ba­lan­za se pe­sa­ba, en­tre tan­tos otros, Car­los Mon­zón.

Mike Tyson estuvo en Argentina en 2005 para ser entrevistado por Diego Maradona en su programa de televisión.

Mike Tyson estuvo en Argentina en 2005 para ser entrevistado por Diego Maradona en su programa de televisión.

 

No pue­de sa­ber­lo ese hom­bre sen­ta­do a una si­lla en las en­tra­ñas del Lu­na Park es­pe­ran­do su tur­no pa­ra sa­lir rum­bo al es­ta­dio.

El hom­bre se lla­ma Mi­ke Ty­son. Odia que lo lla­men Iron.

El do­min­go 6 de no­viem­bre el Lu­na Park fue al­qui­la­do pa­ra una fies­ta par­ti­cu­lar. Cuan­do to­do hu­bo ter­mi­na­do, a eso de las ocho de la no­che, un ejér­ci­to de qui­nien­tas per­so­nas in­va­dió el re­cin­to. Tra­ba­jan­do con­tra­rre­loj, ubi­ca­ron las 13 cá­ma­ras, ar­ma­ron los dos es­ce­na­rios prin­ci­pa­les y mon­ta­ron los otros tres –ca­si col­ga­dos de las po­pu­la­res de La­va­lle y Co­rrien­tes y de la pull­man que da a Bou­chard–, ya que allí de­be­rían ac­tuar, en vi­vo, Los Ra­to­nes Pa­ra­noi­cos, La Ber­suit y Los Pio­jos. Cua­tro gi­gan­tes­cas pan­ta­llas, más ra­yos lá­ser pa­ra una enor­me red de lu­ces, con­vir­tieron al Lu­na Park en “el es­tu­dio de te­le­vi­sión más gran­de de Su­da­mé­ri­ca”, co­mo de­cía la pro­pa­gan­da. No era pa­ra me­nos, ya que un día más tar­de, pun­tual­men­te a las 21, co­men­za­ría el úl­ti­mo envío de “La No­che del 10”, el pro­gra­ma nú­me­ro 13, con­du­ci­do por –¿quién si­ no?– Die­go Ma­ra­do­na jun­to a Ser­gio Goy­co­chea. A las seis de la tar­de, mien­tras ha­bía co­rri­das pa­ra aquí y pa­ra allí, Die­go, de re­me­ra y jean ne­gros, apa­re­ció pa­ra ver to­do mien­tras Pa­blo Co­de­vil­la le da­ba al­gu­nas ins­truc­cio­nes. Un cá­ma­ra fue re­gis­tran­do el mo­men­to. En­ton­ces Die­go, aten­to a to­do, lan­zó una grue­sa vo­lu­ta de hu­mo tras po­ner­se de fren­te a un haz de luz. El efec­to de­be ha­ber que­da­do bár­ba­ro.

Pa­ra esa ho­ra, o sea a la tar­de­ci­ta del lu­nes 7 de no­viem­bre, Mi­ke Ty­son ya ha­bía es­ta­do en uno de los lu­ga­res de Bue­nos Ai­res que de­sea­ba co­no­cer: una vi­lla mi­se­ria en el ba­rrio de La Bo­ca. Tam­bién pa­seó por Ca­mi­ni­to y se lle­vó un cu­rio­so cua­dro, de do­ble faz. De un la­do, Mon­zón pe­gán­do­le a la bol­sa; del otro, ha­cién­do­le un gui­ño a Ben­nie Bris­coe. Ty­son lle­gó a Bue­nos Ai­res a las 9 de la ma­ña­na de ese día y una de sus pri­me­ras pre­gun­tas fue: “¿Dón­de es­tá la tum­ba de Car­los Mon­zón?”. Cuan­do se le con­fir­mó que era en San­ta Fe, acep­tó que no ha­bía tiem­po ma­te­rial de ir.

Acom­pa­ña­do de dos ami­gos y un cus­to­dio, Ty­son que­dó en­ce­rra­do en su ca­ma­rín del Lu­na Park mien­tras el show de Die­go iba en au­men­to. Tal vez nun­ca su­po que su apa­ri­ción, que só­lo du­ró unos diez mi­nu­tos, sir­vió pa­ra que el pro­gra­ma al­can­za­ra su má­xi­mo pi­co de au­dien­cia con 31,5 pun­tos de ra­ting.

El reportaje mano a mano de Diego con Tyson fue furor en audiencia. “Somos iguales”, confesó Mike.

El reportaje mano a mano de Diego con Tyson fue furor en audiencia. “Somos iguales”, confesó Mike.

Pa­ra ese tiem­po, El Grá­fi­co ya lle­va­ba va­rias ho­ras, des­de el me­dio­día, ace­chan­do la po­si­bi­li­dad de un en­cuen­tro. Jun­to al colega Eduar­do Be­juk com­par­ti­mos la vi­gi­lia. “Sa­lió”. “Aho­ra vuel­ve”. “Guar­da, hi­zo lío y lo pu­sie­ron en ca­na, qui­zás ni ven­ga”, fue el úl­ti­mo chi­men­to, es­cu­cha­do en el Lu­na a eso de las nue­ve de la no­che. Es­te­ban Li­ve­ra, el so­bri­no de Ti­to Lectoure, ras­treó en la co­mi­sa­ría 22a. y vol­vió, ali­via­do. “No hay na­da, na­da”. Po­co des­pués, Ty­son es­ta­ba ins­ta­la­do en el Lu­na. Al­go que­da­ba en cla­ro. El mar­tes se­ría vi­tal, pues aun­que nun­ca na­die sa­be qué pue­de ha­cer Ty­son –se de­cía que te­nía pa­sa­je abier­to, pa­ra ir­se cuan­do qui­sie­ra, se de­cía que que­ría ir a Chi­le, se de­cía que...–, lo cier­to era que to­do in­di­ca­ba que ese se­ría su úl­ti­mo día en la Ar­gen­ti­na. Cuan­do hu­bo ter­mi­na­do su par­ti­ci­pa­ción en el pro­gra­ma, Ty­son se des­li­zó por una bre­ve puer­ta que da a la ave­ni­da Ma­de­ro, pe­ro fue inú­til. Más de vein­te per­so­nas que no ha­bían en­tra­do al es­ta­dio lo di­vi­sa­ron y se le fue­ron en­ci­ma. Ma­ña­na se­rá otro día. Has­ta ma­ña­na.

Y el mar­tes, a eso del me­dio­día, de­sa­pa­re­ció de nue­vo. “Tie­ne que ir a la em­ba­ja­da, por un trá­mi­te”, fue la in­for­ma­ción. Y, co­mo cuan­do se es­tá de guar­dia se es­tá de guar­dia, ele­gi­mos un par de si­llo­nes ubi­ca­dos jus­to fren­te a los as­cen­so­res. Al me­nos, es­tá­ba­mos có­mo­dos, aun­que al­gu­nos con­tro­les del Ho­tel In­ter­con­ti­nen­tal –Mo­re­no y Pie­dras– mi­ra­ran con des­con­fian­za... Fi­nal­men­te lle­gó y ter­mi­na­mos en su ha­bi­ta­ción, co­mo se na­rra en el re­cua­dro apar­te...

La sui­te tie­ne co­lo­res ocres apa­ga­dos. En el fren­te, un Sony de 20 pul­ga­das. Un gran si­llón en­fren­te, otros dos a los cos­ta­dos –uno pa­ra Be­juk, el otro pa­ra no­so­tros–, una me­sa ra­to­na lle­na de pa­pe­les y de con­tro­les re­mo­tos, el si­llón gran­de pa­ra él. Y, a sus es­pal­das, sus ami­gos, que du­ran­te to­do el ra­to que du­ró la char­la –una ho­ra apro­xi­ma­da­men­te– no pa­ra­ron de ha­blar por te­lé­fo­no.

–Bue­no, ¿dón­de es­tán los gra­ba­do­res?

–No te­ne­mos.

–¿No tie­nen gra­ba­do­res, có­mo pue­de ser?

–So­mos de la vie­ja es­cue­la, Mi­ke.

–Bah, sin gra­ba­do­res des­pués pu­bli­can cual­quier mier­da... Bue­no, pe­ro es­to es ape­nas una char­la, ¿no?

–Una char­la. Y que­re­mos em­pe­zar por el Che Gue­va­ra, por­que no fue men­cio­na­do en tu conversación con Diego...

–El Che, sí. Buen ti­po, Die­go, ¿no? Di­go, ape­nas lo vi no­té que so­mos igua­les, que ve­ni­mos de la po­bre­za, que te­ne­mos los mis­mos orí­ge­nes. El Che tam­bién es­ta­ba jun­to a la gen­te po­bre, por eso lo ad­mi­ro... Só­lo el que co­no­ció la po­bre­za sa­be lo que es eso... Es­tos que es­tán atrás de mí, mis ami­gos... No en­tien­den na­da, ¿se dan cuen­ta? Ellos no su­frie­ron, no sa­ben lo que es. Ma­ra­do­na lo su­frió. El Che lu­chó por esa gen­te. Yo lo ad­mi­ro, lo ad­mi­ro mu­cho al Che Gue­va­ra. El era as­má­ti­co de chi­co, yo fui as­má­ti­co de chi­co. El... pa­re­cía tan frá­gil fí­si­ca­men­te, ¿no? No pa­re­cía un hom­bre fuer­te, pe­ro era... ¡un gi­gan­te, eso era, un gi­gan­te!

El mejor regalo. La camiseta argentina firmada por Diego fue para Mike una especial muestra de afecto que lo emocionó.

El mejor regalo. La camiseta argentina firmada por Diego fue para Mike una especial muestra de afecto que lo emocionó.

–Mi­ke, te vi en al­gu­nas pe­leas, yo es­tu­ve en Man­ches­ter cuan­do...

–Pa­va­das, mier­da, no me in­te­re­sa eso, na­da de eso, eso pa­só.

–¿Nun­ca más?

–Nun­ca más, ya no bo­xeo más. Bas­ta. Ya fue. No quie­ro ha­blar de mí co­mo bo­xea­dor, eso ya pa­só. La fa­ma es muy di­fí­cil de ma­ne­jar, im­po­si­ble. Su­pon­go que a Die­go le pa­só igual. Uno... vie­ne muy de aba­jo, muy de aba­jo... a mí, en al­gu­nos paí­ses, han lle­ga­do a tra­tar­me co­mo un rey. ¡Có­mo un rey, ima­gínen­se! Bue­no, eso ya pa­só, no más bo­xeo, na­da.

Repantigado en el si­llón, ves­ti­do con la ca­mi­se­ta que Die­go le re­ga­ló la no­che an­te­rior, con los bra­zos des­nu­dos y una gran son­ri­sa, le­jos es­tá de ser, co­mo al­gu­na vez lo bau­ti­za­ron, “el hom­bre más ma­lo del pla­ne­ta”. Por el con­tra­rio, lu­ce re­la­ja­do y son­rien­te.

Le men­cio­na­mos a Mon­zón. Y le de­ci­mos que en­tre él y Mon­zón hay una gran si­mi­li­tud: los dos sa­lían a des­truir al ri­val, no a bo­xear...

–Sí, eso pue­de ser. Yo...

Se pa­ra, se va ha­cia un rin­cón, la voz fi­ni­ta y chi­llo­na pa­re­ce to­mar otra co­lo­ra­tu­ra; ya no ha­bla en voz ba­ja...

–Yo... era un ti­gre... –y se en­co­ge, re­ple­gan­do su cuer­po co­mo un ti­gre–. Era un ti­gre, sa­lía aga­za­pa­do, dis­pues­to a pe­gar zar­pa­zos, zar­pa­zos, pa­ra des­truir las pier­nas del otro, los bra­zos, lo que fue­ra, zar­pa­zos –ti­ra uno y ca­si lo par­te en dos a Be­juk quien, pru­den­te­men­te, es­ta­ba tra­tan­do de des­pe­jar el área–, zar­pa­zos de de­mo­li­ción, de des­truc­ción... Mon­zón, en cam­bio –aho­ra yer­gue el cuer­po, imi­tan­do a Car­los–, era muy frío, muy al­to, más al­to que yo, ¿no? (sí, tie­ne ra­zón, Car­los me­día 1,82 m y él 1,80) y de bra­zos muy lar­gos pe­ro, ¡por Dios, hom­bre! Te iba des­tru­yen­do, las­ti­ma­ba con ca­da gol­pe, era tre­men­do, un hi­jo de pu­ta to­tal, ex­traor­di­na­rio.

–El odia­ba a sus ri­va­les, de­cía que les que­rían ro­bar el pan de sus hi­jos.

–Bue­no, de eso se tra­ta, yo pen­sa­ba igual, un ri­val era un ene­mi­go y lo odia­ba. Pe­ro tam­bién... Yo ad­mi­ra­ba a Mon­zón, él fu­ma­ba en pú­bli­co y po­nía ca­ras cuan­do fu­ma­ba, ¿vie­ron? Ce­rra­ba los ojos por el hu­mo y mi­ra­ba a los cos­ta­dos y se en­ce­rra­ba en lo su­yo, él fu­ma­ba y po­nía una ca­ra... Yo... no pue­do fu­mar en pú­bli­co, me cues­ta mu­cho... ¿Tenés un cigarrillo?

Le convidamos uno y de paso prendemos otro para nosotros. El clima se hace más confidencial.

–En las pe­lí­cu­las de Holly­wood, los ma­los son los que fu­man.

–Sí, eso es cier­to...

–Y a los ma­los se los re­cuer­da más, co­mo al Guasón de Bat­man, di­go, vos siem­pre fuis­te el Ma­lo...

–Eso es cier­to. Per­dón, ¿us­te­des son cris­tia­nos? ¿Creen en Je­sús? –Mi­ra a los dos la­dos con tan­ta ve­lo­ci­dad que uno siem­pre sien­te que lo es­tá mi­ran­do so­la­men­te a uno.

–Sí...

–Bue­no, Je­sús fue el Hom­bre Ma­lo.

De pron­to, ha pa­sa­do a ser de ese ti­gre sal­va­je y ru­gien­te a un hom­bre re­po­sa­do y tran­qui­lo, da la sen­sa­ción de que es­te te­ma le gus­ta más y se aco­mo­da en el si­llón.

Admirado por todos, Mike Tyson luce la camiseta de la Selección Argentina.

Admirado por todos, Mike Tyson luce la camiseta de la Selección Argentina.

–Je­sús pre­di­có co­sas en su mo­men­to que lo con­vir­tie­ron en el vi­lla­no, por eso fí­jen­se que lo per­si­guie­ron. El e­chó a los fa­ri­seos del tem­plo, ¿no? Di­go, pa­ra el im­pe­rio de ese tiem­po, o sea pa­ra el esta­blish­ment, era un ti­po pe­li­gro­so, de­cía co­sas pe­li­gro­sas co­mo ésas de que to­dos éra­mos her­ma­nos, to­dos éra­mos igua­les. Por eso di­go que era un ti­po ma­lo en su tiem­po, por eso lo cru­ci­fi­ca­ron. Hoy las co­sas si­guen igual. En Amé­ri­ca –cuan­do di­ce Amé­ri­ca se en­tien­de, lo di­ce por su país–, la gen­te co­rre por el con­fort, por el di­ne­ro, por te­ner co­sas y se ol­vi­da de la fa­mi­lia, de la ter­nu­ra, to­do pa­sa por la pla­ta...

–Los norteame­ri­ca­nos no se abra­zan co­mo no­so­tros, los la­ti­nos, ni be­san a sus ni­ños.

–Exac­to. No­so­tros, us­te­des, no­so­tros, es­ta­mos más cer­ca, te­ne­mos los mis­mos sen­ti­mien­tos. A no­so­tros nos tra­je­ron en bar­cos, co­mo mer­ca­de­ría. A us­te­des, los la­ti­nos, los ori­gi­na­les, les ro­ba­ron to­do. Los que lle­ga­ron a Co­lom­bia les pe­dían el oro a los ca­ci­ques y ellos se los da­ban, pa­ra ellos el oro no va­lía de­ma­sia­do, pa­ra los con­quis­ta­do­res va­lía mu­chí­si­mo y le sa­ca­ron to­do. Es­ta­mos mu­cho más cer­ca de lo que pa­re­ce­mos.

–¿Te gus­ta vi­vir en tu país?

–No... la ver­dad no; to­dos me ven co­mo un ti­po ma­lo, es co­mo de­cir que si yo soy ma­lo to­dos los ne­gros lo son, co­mo si un la­ti­no fue­ra ma­lo y yo di­je­ra que to­dos los la­ti­nos son igua­les, ¿qué pen­sa­rían us­te­des? No... me gus­ta­ría vi­vir... No sé, tal vez en Eu­ro­pa, tal vez en al­gún lu­gar de La­ti­noa­mé­ri­ca, no me gus­ta mi país, esa es la ver­dad.

–¿Ni Nue­va York, tu ciu­dad?

–No... Nue­va York ca­yó más que nin­gu­na en eso de que im­por­ta el con­fort más que otra co­sa.

Ha lle­ga­do un bre­ve con­so­mé de ca­ma­ro­nes, que irá co­mien­do con rui­do y sin apu­ros. Atrás uno de sus ami­gos le di­ce que “lla­ma Co­co...” El se da vuel­ta y se ríe: “¿Co­co? Bue­no, si quie­re ve­nir Co­co que ven­ga, que ven­ga rá­pi­do...” El ami­go le agre­ga: “Co­co... es el agen­te de via­jes”. En­ton­ces co­mien­za a reír­se co­mo si fue­ra un chi­co, se ríe con to­do el cuer­po, sal­ta en el si­llón y se pal­mea la ca­ra: “Un agen­te de via­jes... ¡Mi Dios! No­so­tros le de­ci­mos Co­co a las chi­cas, y aquí es un agen­te de via­jes... Yo pen­sa­ba que lla­ma­ba al­gu­na chi­ca pa­ra pa­sar un ra­to y es un agen­te de via­jes... por Dios!”.

Y se ríe, Ty­son, quien lue­go con­fe­sa­rá que odia que lo lla­men Iron, por­que es “un apo­do de de­lin­cuen­te, pe­ro tan­to lo re­pi­tie­ron que ya es­tá...” Y se ríe de la con­fu­sión de Co­co –le ex­pli­ca­mos que aquí Co­co es un mo­te mas­cu­li­no–, y no­so­tros apro­ve­cha­mos pa­ra ha­bla­r al­go más de bo­xeo.

–¿A quién más co­no­cés ade­más de Mon­zón? Del bo­xeo ar­gen­ti­no, se en­tien­de.

–Pé­rez, Pas­cual Pé­rez. ¿En qué año fue cam­peón olím­pi­co, en 1952?

–No, en 1948.

–Ah, cier­to. Bue­no, ése fue muy bue­no; otro que fue muy bue­no fue Fir­po, él pe­leó con Demp­sey, lo tu­vo fue­ra del ring... ¿Cuán­do fue, 1923, 1924?

–Fue el 14 de sep­tiem­bre de 1923, aquí es el Día del Bo­xea­dor. ¿Bo­na­ve­na?

–Era muy fuer­te, hi­zo una muy bue­na pe­lea con Alí. Del que me acuer­do es de Gus­ta­vo Ba­llas, ése bo­xea­ba muy bien.

–Es cu­rio­so que lo co­noz­cas, Ba­llas fue un muy buen bo­xea­dor, pe­ro tu­vo un rei­na­do cor­to, muy bre­ve.

–Yo, de bo­xeo, sé to­do...

Habrá que de­cir que Mi­ke Ge­rald Ty­son fue pu­pi­lo de Cus D’Ama­to des­de la ni­ñez –lue­go Cus se tran­sfor­mó le­gal­men­te en una es­pe­cie de pa­dre adop­ti­vo, ya que Mi­ke prác­ti­ca­men­te ca­re­ció de pa­dre– y que lue­go pa­só a ser bo­xea­dor de Jim Ja­cobs y Bill Cay­ton. Es­te úl­ti­mo po­seía una ex­traor­di­na­ria co­lec­ción de pe­lí­cu­las his­tó­ri­cas de bo­xeo y Mi­ke se pa­sa­ba ho­ras vien­do a los vie­jos gue­rre­ros. Su otra pa­sión, por en­ton­ces, eran las pa­lo­mas. Em­pe­zó a criar­las de ni­ño. En­ton­ces era un gor­di­to que usa­ba an­teo­jos y ha­bla­ba mal. Un día un chi­co del ba­rrio le re­tor­ció el pes­cue­zo a una de sus pa­lo­mas, y Mi­ke se con­vir­tió en un ani­mal sal­va­je que le dio una tre­men­da pa­li­za al chi­co. Nun­ca más lo lla­ma­ron Gor­di­to: “En­ton­ces me hi­ce bo­xea­dor, por­que era gor­do, pe­ti­so y ne­gro, no te­nía al­tu­ra pa­ra otra co­sa que no fue­ra bo­xea­dor”, di­ce. Le re­cor­da­mos lo de las pa­lo­mas.

El Hombre Malo conmovido por un pibe de la villa. Mike recordó su niñez pobre.

El Hombre Malo conmovido por un pibe de la villa. Mike recordó su niñez pobre.

–Sí, si­go te­nien­do pa­lo­mas. Y ti­gres, ten­go seis y a ve­ces jue­go en la ca­ma con ellos. Du­rán te­nía un león. Amo a Du­rán. La pri­me­ra vez que lo vi fue cuan­do pe­leó con Da­vey Moo­re en el Ma­di­son e hi­ce fuer­za por él, aun­que mis ami­gos no en­ten­dían por qué gri­ta­ba por un la­ti­no. Du­rán es ex­traor­di­na­rio, yo quie­ro mu­cho a ese hom­bre. 

–Da la sen­sa­ción de que no te gus­ta el bo­xeo.

–Al me­nos, lo que yo hi­ce es pa­sa­do y pa­sa­do es­tá.

–Pe­ro te da­rás cuen­ta de que es­tás en­tre los más gran­des.

–No me in­te­re­sa. Es­te Ty­son, el de las fo­tos de las pe­leas, ya no exis­te más. Yo fui fa­mo­so, es cier­to y tal vez lo sea aún; a ve­ces an­da­ba con 45 cen­ta­vos en el bol­si­llo y to­dos creían que yo era ri­co. No ne­ce­si­to del di­ne­ro aho­ra, só­lo lo ne­ce­sa­rio. El bo­xeo es el pa­sa­do.

–¿Has­ta pa­ra nom­brar tu me­jor gol­pe?

–La de­re­cha, la de­re­cha, así...

Y entonces, tras al­zar el pu­ño de­re­cho a la al­tu­ra del hom­bro, pro­yec­ta esa tre­men­da de­re­cha, más en di­rec­to que en cross, la mis­ma con la que ter­mi­nó a tan­tos y tan­tos ri­va­les, a al­gu­nos en só­lo cues­tión de se­gun­dos.

–¿Pue­de ser tan fá­cil ol­vi­dar al­go co­mo el bo­xeo, con to­do lo que te dio?

–Pe­ro allá es­tá, se­pul­ta­do. Es par­te del pa­sa­do. Es el pa­sa­do. Ya no más. Aho­ra pue­do de­cir que soy un hom­bre fe­liz.

Un gigante del deporte viste la camiseta regalada por otro gigante.

Un gigante del deporte viste la camiseta regalada por otro gigante.

 

HISTORIA DE UNA GUARDIA

Des­pues de to­do, fue más fá­cil de lo es­pe­ra­do. Ese martes, Ty­son regresó a su hotel  a eso de las 14. En­ton­ces, a la car­ga Ba­rra­cas con la más vie­ja de las men­ti­ras: “Son quin­ce mi­nu­tos, Mi­ke, no más”. La res­pues­ta fue una pre­gun­ta: “¿Loc­che era wel­ter ju­nior? ¿Cuán­tos años te­nía cuan­do mu­rió?”. Le res­pon­di­mos y él, ca­si tan rá­pi­do co­mo se cuen­ta en con­tar­lo, di­jo: “Va­mos a la ha­bi­ta­ción”. Allí que­da­mos en el as­cen­sor, mien­tras él sa­lió ha­blan­do de Mi­guel Cot­to. “Vi­no a la Ar­gen­ti­na, ¿pa­ra qué vi­no?”. Le con­ta­mos que era hin­cha de Ri­ver. “Di­cen que va a pe­lear con (Floyd) May­weat­her, pe­ro le fal­ta to­da­vía”. Lle­ga­mos. Ha­bi­ta­ción 1911. “En­tren”. En­tra­mos, le preguntamos si po­de­mos lla­mar a los fo­tó­gra­fos. “No, no hay fo­tos”, di­ce. Ni im­pe­ra­ti­vo ni ter­mi­nan­te. Lo suficiente como para que no hubiera más discusión sobre el tema.

 

Tyson saluda a Carlos Irusta, periodista de El Gráfico.

Tyson saluda a Carlos Irusta, periodista de El Gráfico.

 

 

Por Carlos Irusta

Fotos: Eduardo Sarapura.

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