Las Entrevistas de El Gráfico

“En Argentina jugaría gratis”

Por Redacción EG · 12 de julio de 2019

José Saturnino Cardozo ya había tenido la oportunidad de jugar en Argentina, pero no se había dado, en esta entrevista a El Gráfico en 2004 le cuenta los pormenores de esas oportunidades que terminarían concretándose un año más tarde.

Pa­ra­do unos me­tros de­lan­te de la lí­nea ima­gi­na­ria del ar­co, veía có­mo su pri­mo iba gam­be­tean­do a to­dos los de­fen­so­res y ca­da vez se acer­ca­ba más a su área. Co­mo era in­mi­nen­te el ma­no a ma­no, fue se­pa­ran­do más las pier­nas, ex­ten­dien­do los bra­zos, ba­jan­do las ro­di­llas, sa­can­do co­la y tra­tan­do de no per­der de vis­ta la pe­lo­ta. Ya con el de­lan­te­ro en­ci­ma, sin ce­rrar nun­ca los ojos –pro­hi­bi­do en un pro­yec­to de buen ar­que­ro–, in­fló el pe­cho y es­pe­ró el pe­lo­ta­zo. Diez mi­nu­tos des­pués to­da­vía es­ta­ba en el pi­so in­ten­tan­do res­pi­rar. La pe­lo­ta le ha­bía pe­ga­do en el es­tó­ma­go y ca­si lo de­jó in­cons­cien­te. “Te­nía do­ce años y has­ta ese mo­men­to siem­pre ha­bía si­do ar­que­ro. To­do el tiem­po de­cía que era Ever Al­mey­da, el fa­mo­so por­te­ro de Olim­pia. Pe­ro des­pués de ese pe­lo­ta­zo que me dio mi pri­mo Fé­lix no qui­se ata­jar nun­ca más”, re­me­mo­ra Jo­sé Sa­tur­ni­no Car­do­zo, el má­xi­mo go­lea­dor del mun­do de 2003.

 

El fut­bol, una ob­se­sion

Oc­ta­vo de diez her­ma­nos, Ji­ra­fa –co­mo lo lla­ma­ban de chi­co a Jo­sé por­que era al­to y fla­co– na­ció el 19 de mar­zo de 1971, en Nue­va Ita­lia, un pue­blo a 40 ki­ló­me­tros de Asun­ción. Pa­ra man­te­ner a una fa­mi­lia tan nu­me­ro­sa, pa­pá Juan tu­vo que con­se­guir un tra­ba­jo bien pa­go (en una re­fi­ne­ría) y, aun­que nun­ca les fal­tó na­da a sus hi­jos, só­lo po­día ver­los ca­da quin­ce días. Así fue que la crian­za y edu­ca­ción que­dó en ma­nos de ma­má Cons­tan­cia. Aun­que ella se las arre­gla­ba bien, su­fría a la ho­ra de po­ner­le lí­mi­tes a Jo­sé, que era ca­pri­cho­so y só­lo te­nía una pe­lo­ta en la ca­be­za. “Siem­pre qui­se ser fut­bo­lis­ta –re­cuer­da Car­do­zo–. Mi ma­má me re­ga­ña­ba por­que lle­ga­ba tar­de al co­le­gio y me cas­ti­ga­ba, pe­ro yo le de­cía: ‘Ma­má, no me cas­ti­gues que yo voy a ser ju­ga­dor de fút­bol’”.

–¿Y al fi­nal ibas al co­le­gio?

–Sí, pe­ro en las cla­ses me es­ca­pa­ba por la ven­ta­na y en el au­la te­nía to­do el tiem­po el ba­lón. La maes­tra se eno­ja­ba con­mi­go y en­ton­ces yo me iba a ju­gar al pa­tio. La maes­tra, llo­ran­do, iba a bus­car a mi her­ma­no pa­ra que yo re­gre­sa­ra a la cla­se. Fes­te­ja­ba los go­les so­lo, los trans­mi­tía y me ima­gi­na­ba que ha­bía 20 mil per­so­nas gri­tan­do a mi al­re­de­dor. La ve­ci­na de mi ca­sa le de­cía a mi ma­má que yo es­ta­ba lo­co.

José Saturnino Cardozo es ídolo en Toluca, donde jugó desde 1995 hasta 2005.

José Saturnino Cardozo es ídolo en Toluca, donde jugó desde 1995 hasta 2005.

 

–Des­pués de de­jar los guan­tes de la­do, ¿di­rec­ta­men­te ele­gis­te ser de­lan­te­ro?

–No, me acuer­do de que mi pa­pá me re­ga­ló una ca­mi­se­ta de Ar­gen­ti­na, con el nú­me­ro “10”. Esa fue mi pri­me­ra ca­mi­se­ta y du­ran­te cin­co años la usé to­do el tiem­po. Uno de mis her­ma­nos me de­cía que me iban a te­ner que ope­rar pa­ra sa­cár­me­la. Cuan­do a los do­ce años fui a pro­bar­me a Unión Pa­cí­fi­co, el téc­ni­co me pre­gun­tó de qué ju­ga­ba, y yo le di­je “de diez”; pe­ro co­mo era gran­do­te me pu­so de nue­ve.

–¿Có­mo fue que lle­gas­te al Ri­ver pa­ra­gua­yo, el club don­de de­bu­tas­te?

–A los quin­ce años ya ju­ga­ba en la Pri­me­ra de Unión Pa­cí­fi­co y des­pués me fui a Pri­ma­ve­ra, un club del in­te­rior que ju­ga­ba In­ter­li­gas. En Pa­ra­guay es muy im­por­tan­te ese tor­neo, por­que de ahí sa­len to­dos los ju­ga­do­res. Los ocho me­jo­res equi­pos jue­gan en el es­ta­dio De­fen­so­res del Cha­co, y to­dos los em­pre­sa­rios van a bus­car ta­len­tos. In­clu­so a una fi­nal de In­ter­li­gas pue­den ir más de 30 mil per­so­nas. Con Pri­ma­ve­ra sa­li­mos cam­peo­nes y, en un amis­to­so con Ri­ver, el téc­ni­co Ma­rio Ri­va­ro­la me pi­dió. An­tes de cum­plir die­ci­sie­te de­bu­té en Pri­me­ra, pe­ro la gen­te se eno­jó por­que yo era muy chi­co y ter­mi­na­ron echan­do al téc­ni­co. Lle­gó Ali­cio So­la­lin­de, me di­jo que era muy jo­ven y me man­dó al ju­ve­nil. Ju­gué tres par­ti­dos, me­tí seis go­les y me tu­vie­ron que re­gre­sar. Des­pués me­tí dos go­les en Pri­me­ra y ya no me sa­ca­ron más.

–Al año y me­dio te fuis­te pa­ra el Saint Ga­llen, de Sui­za, ¿có­mo fue esa ex­pe­rien­cia?

–Te­nía die­cio­cho años y de­ci­dí que na­die me acom­pa­ña­ra. Era un re­to, que­ría for­mar­me so­lo. Hay que ha­cer­se fuer­te en la vi­da. Ló­gi­ca­men­te su­frí bas­tan­te por­que era to­do di­fe­ren­te. Ade­más del idio­ma –es­tu­dia­ba ita­lia­no y ale­mán–, ha­cía un frío te­rri­ble. Por suer­te es­ta­ban Iván Za­mo­ra­no, Da­niel Rasch­le, el Fla­co Thei­ler, el chi­le­no Hu­go Ru­bio y ellos em­pe­za­ron a acon­se­jar­me. El pri­mer año hi­ce 30 go­les, 24 en la li­ga y 6 en la co­pa. Pe­ro al se­gun­do su­frí una dis­ten­sión de li­ga­men­tos, cam­bia­ron al téc­ni­co, que no me po­nía, y ya me que­ría re­gre­sar.

–¿Y có­mo lle­gas­te al fút­bol chi­le­no?

–Me vio Vi­cen­te Can­ta­to­re cuan­do fue a Sui­za pa­ra com­prar a Za­mo­ra­no. Y un tiem­po des­pués, cuan­do lo echa­ron de Se­vi­lla, se fue a la Ca­tó­li­ca y me lla­mó. Per­di­mos tres fi­na­les, in­clui­da la de la Li­ber­ta­do­res 93, con­tra San Pa­blo. En Chi­le me fue bien, pe­ro no ga­na­mos nin­gún tí­tu­lo. Y si no ga­nás, na­die se acuer­da. Des­pués vol­ví a Pa­ra­guay y sa­lí cam­peón in­vic­to con Olim­pia. Ahí me vi­nie­ron a bus­car de To­lu­ca.

–En Mé­xi­co aho­ra sos un rey, pe­ro al prin­ci­pio su­fris­te bas­tan­te.

–Lle­gué a Mé­xi­co con mu­cha ilu­sión. Pa­ga­ron muy bue­na pla­ta por mi pa­se y ha­bía mu­cha gen­te que con­fia­ba en mí. Pe­ro la ro­di­lla me de­jó un año sin ju­gar. Lle­gué ca­si las­ti­ma­do, en ene­ro del 95, y se­guí ju­gan­do has­ta oc­tu­bre, cuan­do me ope­ra­ron. Ese año, en la Co­pa Amé­ri­ca de Uru­guay, el ar­que­ro ve­ne­zo­la­no An­ge­luc­ci me dio una pa­ta­da y me rom­pió el cru­za­do iz­quier­do. Ju­gué tres par­ti­dos más y con­tra Atlan­te hi­ce un ama­gue y se me tra­bó la ro­di­lla. Que­dé ti­ra­do. Fue te­rri­ble. Aun­que soy muy fuer­te men­tal­men­te, un día, mi­ran­do mi pier­na, em­pe­cé a llo­rar, por­que pen­sé que no ju­ga­ba nun­ca más. Vi­vía en­ce­rra­do en mi ca­sa y ha­cía tres ho­ras por día de bi­ci­cle­ta.

 

En Toluco jugó 351 partidos y convirtió 258 goles.

En Toluco jugó 351 partidos y convirtió 258 goles.

 

–¿Pen­sa­bas que po­día ser tan bue­no el re­gre­so a las can­chas?

–Des­de el prin­ci­pio creía que me iba a ir bien en Mé­xi­co, pe­ro nun­ca me ima­gi­né que tan­to. Tu­ve la for­tu­na de ga­nar cin­co tí­tu­los y cua­tro ve­ces fui go­lea­dor. En 1998 el To­lu­ca fue cam­peón des­pués de 24 años y fui go­lea­dor, al­go que no pa­sa­ba en el club des­de ha­cía 26 años. Ese fue el mo­men­to en que me­jor me sen­tí, en el que más fuer­te es­ta­ba co­mo pro­fe­sio­nal.

–Te­nés fa­ma de ti­po con po­cas pul­gas.

–Ca­da uno tie­ne su for­ma de ver la vi­da y de pen­sar. Y el res­pe­to es tam­bién im­por­tan­tí­si­mo. Cuan­do no hay res­pe­to no se pue­de ha­cer na­da en la vi­da. Ha­blo mu­cho y soy muy exi­gen­te, con­mi­go y con mis com­pa­ñe­ros. A ve­ces di­cen que soy du­ro con mis com­pa­ñe­ros, pe­ro es to­do lo con­tra­rio. Yo me for­mé so­lo y no tu­ve la suer­te de que al­guien me acon­se­ja­ra. Por ejem­plo, cuan­do un de­lan­te­ro le quie­re pe­gar fuer­te, yo le di­go que des­pa­cio tam­bién en­tra. Hay que en­con­trar el hue­co. Siem­pre les re­pi­to a los jó­ve­nes: “A ver si por pe­gar­le fuer­te le das en la ca­be­za al ar­que­ro, se mue­re y se sus­pen­de el par­ti­do”.

–¿Siem­pre te vas úl­ti­mo de los en­tre­na­mien­tos?

–Sí, y me gus­ta lle­gar tem­pra­no, dis­fru­tar de lo que ha­go. Tam­bién co­rre­gir erro­res, por eso me que­do por lo me­nos 30 mi­nu­tos des­pués de ca­da prác­ti­ca. Has­ta un día an­tes del par­ti­do. Eso es fun­da­men­tal pa­ra mí. Ha­go que­dar al se­gun­do ar­que­ro y a al­guien que me ti­re los cen­tros. Aho­ra es el téc­ni­co “Tu­ca” Fe­rre­ti. Me ti­ra to­da cla­se de pie­dras, ni un so­lo cen­tro bue­no. Me en­can­ta de­fi­nir y me gus­ta ha­cer mi tra­ba­jo y ha­cer­lo bien. Tra­to de que la gen­te de al­re­de­dor me di­ga qué ha­go mal. No me sir­ve que me di­gan que jue­go bien, así no pue­do me­jo­rar. Pri­me­ro hay que co­rre­gir erro­res y des­pués to­do se­rá más fá­cil. Hay que tra­ba­jar, por­que pa­ra eso te pa­gan.

–Al ser el má­xi­mo go­lea­dor del mun­do, ¿no en­trás con una pre­sión te­rri­ble por te­ner que me­ter­la sí o sí?

–Sí, y eso es lo lin­do. En 2002 hi­ce 58 go­les y 40 en el úl­ti­mo tor­neo. Es una pre­sión lin­da, por­que sa­bes que tú lo hi­cis­te y que lo pue­des vol­ver a ha­cer. Co­mo pro­fe­sio­nal, yo mis­mo me pre­sio­no. “Ten­go que ha­cer un gol”, me di­go an­tes de en­trar a ju­gar. Un pro­fe­sio­nal que no tie­ne ga­nas de po­ner­se a prue­ba a sí mis­mo no sir­ve pa­ra na­da.

 

AR­GEN­TI­NA, OTRA OB­SE­SION

Car­do­zo co­no­ce muy bien Ar­gen­ti­na. Tie­ne dos her­ma­nas que vi­ven en Bue­nos Ai­res y ca­da tan­to pa­sa a vi­si­tar­las. Du­ran­te esos via­jes, pa­re­ce im­po­si­ble que al go­lea­dor se le bo­rre la son­ri­sa. Po­der en­con­trar­se con sus fa­mi­lia­res es un mo­ti­vo pa­ra esa ale­gría, pe­ro él mis­mo re­co­no­ce que no es ésa la cau­sa prin­ci­pal de su fe­li­ci­dad des­bor­dan­te. “El fút­bol es lo que más me gus­ta a mí –ex­pli­ca–. Me sien­to có­mo­do en ese país. Cuan­do voy pa­ra allá me que­do ha­blan­do de fút­bol has­ta las dos o tres de la ma­ña­na. Me atrae mu­chí­si­mo el fút­bol ar­gen­ti­no. Veo to­dos los pro­gra­mas y los par­ti­dos. Es un fút­bol muy com­pe­ti­ti­vo, y la gen­te re­co­no­ce tu tra­ba­jo. Eso es lo que más me in­te­re­sa. Los pe­rio­dis­tas sa­ben de fút­bol y tam­bién la gen­te en la ca­lle. Ne­ce­si­to ese am­bien­te fut­bo­le­ro, ir a com­prar un pe­rió­di­co o a to­mar un ca­fé y ha­blar de fút­bol”.

–Se ha­bló mu­cho de que es­ta­bas por ve­nir a Bo­ca, ¿por qué no se hi­zo el pa­se?

–Yo ha­blé con el pre­si­den­te Ma­cri en Mia­mi, du­ran­te la fies­ta de Fox Sports, y él me di­jo que que­ría lle­var­me. Yo tam­bién le di­je que te­nía ga­nas de cum­plir el sue­ño de ju­gar en Ar­gen­ti­na, en Bo­ca. A cual­quie­ra le in­te­re­sa. Pe­ro des­pués se fue en­frian­do.

–¿Y qué pa­só? ¿Es di­fí­cil que te pa­guen lo mis­mo que ga­nás en Mé­xi­co?

–Es im­po­si­ble que me pa­guen lo que ga­no, y yo en­tien­do la si­tua­ción en to­da Su­da­mé­ri­ca, aun­que tam­bién hay que arries­gar. Hu­bie­ra re­sig­na­do pla­ta, pe­ro ellos no pro­pu­sie­ron na­da. Si vos ves una pen­de­ja her­mo­sa en la es­qui­na, ¿có­mo vas a sa­ber si quie­re ir­se con vos? Ha­blán­do­le. A lo me­jor a ella tam­bién le gus­tás, pe­ro si no le vas a ha­blar no va a ve­nir a bus­car­te. Ha­bla­ron con Clau­dio Lu­na, mi re­pre­sen­tan­te, sin em­bar­go nun­ca le ti­ra­ron una ofer­ta con­cre­ta. A lo me­jor no hu­bo in­te­rés de ellos. Se­gu­ro que al­guien en Bo­ca no que­ría que fue­ra, por­que si vos que­rés a un ju­ga­dor te­nés que ti­rar la ofer­ta. Sea ba­ja, me­dia o al­ta, pe­ro ti­rar­la.

Enfrentando a Chivas de Guadalajara. En Toluca ganó cinco título, cuatro nacionales y uno internacional.

Enfrentando a Chivas de Guadalajara. En Toluca ganó cinco título, cuatro nacionales y uno internacional.

 

–Al­gu­nos te ven co­mo el Pa­ler­mo que to­da­vía la gen­te de Bo­ca ex­tra­ña.

–No, ca­da uno ha­ce su his­to­ria. La gen­te no se va a ol­vi­dar de Pa­ler­mo. Yo hu­bie­ra de­ja­do mi hue­lla.

–¿Ju­ga­rías en otro equi­po ar­gen­ti­no?

–Sí, hay clu­bes muy gran­des, co­mo Ri­ver, San Lo­ren­zo, In­de­pen­dien­te y Ra­cing. Eso me atrae del fút­bol ar­gen­ti­no. Pe­ro a mí me in­te­re­só Bo­ca por la hin­cha­da. Aun­que pier­das te apo­yan y así es más fá­cil ju­gar. Te sen­tís res­pal­da­do. Veo mu­cho sus par­ti­dos y a mí me gus­ta que es un equi­po con mu­chas lle­ga­das, te en­tra por to­dos la­dos.

–En 2001 tam­bién es­tu­vis­te cer­ca de pa­sar a Ri­ver. ¿Qué pa­só esa vez?

–Lo mis­mo, nun­ca hu­bo una ofer­ta con­cre­ta. Ellos pien­san que en el fút­bol me­xi­ca­no se ga­na mu­cho di­ne­ro. Sin em­bar­go hay que to­mar ries­gos en la vi­da. Yo me iba a arries­gar al ir a Bo­ca, prin­ci­pal­men­te en lo eco­nó­mi­co, pe­ro tam­bién por­que si no fun­cio­na­ba po­nía en jue­go mi pres­ti­gio.

–¿Y no pre­fe­rís ir a Eu­ro­pa?

–Pa­ra mí, Ar­gen­ti­na es me­jor que Eu­ro­pa. Allá tam­po­co pa­gan bien, ¿eh? Ha­ce unos años es­tu­ve por fir­mar con Za­ra­go­za y me que­rían pa­gar la mi­tad de lo que ga­no en Mé­xi­co. A mí se me acer­ca­ron va­rios equi­pos eu­ro­peos, y no quie­ren pa­gar. Sal­vo que sea un gran­de, co­mo el Real Ma­drid o el Bar­ce­lo­na.

–Ya te­nés 32 años. ¿Te ves cum­plien­do el sue­ño de ju­gar en la Ar­gen­ti­na?

–Voy a ju­gar en el fút­bol ar­gen­ti­no. Te di­go más: si pa­sa el tiem­po, en el fút­bol ar­gen­ti­no ju­ga­ría gra­tis. Igual me voy a re­ti­rar muy tar­de. Tra­to de cui­dar­me mu­cho y acá no hay se­cre­tos. Si te­nés ca­li­dad, vas a po­der ju­gar tan­to a los quin­ce años co­mo a los cin­cuen­ta.

 

Cuando un amigo se va...

Ade­mas de vol­ver a ser cam­peón y go­lea­dor en Mé­xi­co, Car­do­zo sue­ña con usar por úl­ti­ma vez la ca­mi­se­ta pa­ra­gua­ya en Ale­ma­nia 2006. “Re­ti­rar­me en el Mun­dial se­ría mag­ní­fi­co. Con­fío en que va­mos a vol­ver a cla­si­fi­car­nos. Es un equi­po fuer­te, com­pac­to, que le gus­tan los re­tos, con ju­ga­do­res ma­du­ros y jó­ve­nes muy com­pe­ne­tra­dos.” 

 

José Luis Félix Chilavert.

José Luis Félix Chilavert.

 

–Ya sin Chi­la­vert en la se­lec­ción, ¿te ves ocu­pan­do ese lu­gar de cau­di­llo?

–Jo­sé Luis se ga­nó un res­pe­to im­pre­sio­nan­te pa­ra no­so­tros. Me acuer­do de que cuan­to más me pu­tea­ban, él más me apo­ya­ba. Pe­ro se nos fue, y aho­ra so­mos cua­tro o cin­co ju­ga­do­res que tra­ta­mos de ma­ne­jar el gru­po: Ga­ma­rra, Ar­ce, Aya­la, Acu­ña y yo, los más ex­pe­ri­men­ta­dos. Pe­ro Chi­la­vert es esa cla­se de per­so­na y de pro­fe­sio­nal que per­du­ra. Co­mo ar­que­ro ga­nó to­do e hi­zo lo

im­po­si­ble. Te con­ta­gia. Es un ga­na­dor.

 

 

Por Maxi Goldschmidt  

Fotos: AFP

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