Las Entrevistas de El Gráfico

1939. El AS del paracaidismo

Por Redacción EG · 07 de junio de 2019

Por Frascara. En una disciplina que ganaba auge y convocatoria, Tomás Picasso fue único en Sudamérica. El excéntrico y alocado personaje había superado hasta entonces los 150 saltos al espacio.

Es argentino, hijo de argentinos, nieto de argentinos. En su familia siempre hubo marinos. El también debió serlo. Pero nunca supo por qué un día sus mayores decidieron sacarlo de la escuela naval. Andaba sin rumbo fijo hasta que le correspondió cumplir con el servicio militar. Ese año hubo maniobras. El regimiento al que pertenecía. Picasso estaba en El Palomar. Lo entusiasmó la aviación. Cierta noche advirtió que un teniente había dejado el avión listo, para levantar vuelo a la mañana siguiente, bien temprano. Era una máquina de antiguo modelo, con dos carlingas, una de ellas completamente cerrada con un paño bien tupido y el cual iba prendido con broches. No había aclarado el día cuando Picasso, ayudado por algunos compañeros, se encerró allí. Iba a gustar una emoción nueva: la del bautismo del aire. Por cierto que en condiciones extraordinarias. El lugar donde se había escabullido estaba lleno de herramientas. El piloto ocupó su sitio en el comando y al momento cobró altura el aparato. Ya en el espacio, el audaz conscripto empezó a bambolearse de un lado para otro. Ese zamarreo, agregado a los efectos del encierro, lo descompusieron hasta el punto de que llegó un momento en que no pudo resistir más y abriendo la cubierta sacó la cabeza para respirar, siendo visto por el piloto, que descendió en seguida. Las consecuencias de la "hazaña" se concretaron en un mes de calabozo. ¡Extraña manera de gustar la sensación de un vuelo! Sin embargo, el hombre que debutó en la aeronáutica como "polizón" se entusiasmó con ella. Le atrajo el espacio.

 

Tomás Picasso, el notable paracaidista que relata en esta nota interesantes aspectos de su arriesgada actividad. Picasso realiza también difíciles pruebas de acrobacia en aviones.

Tomás Picasso, el notable paracaidista que relata en esta nota interesantes aspectos de su arriesgada actividad. Picasso realiza también difíciles pruebas de acrobacia en aviones.

 

EL CORAZON Y LA CABEZA

Afirma Tomás Picasso que hay dos clases de paracaidistas: los de "corazón" y los de "cabeza". Aquéllos están siempre expuestos a que les ocurra algo desagradable. Él pertenece a los otros.

—Más que por la experiencia — dice —le he perdido todo temor a los saltos porque me dediqué a estudiar el paracaídas. Observador, curioso por temperamento, apliqué esa modalidad a este deporte del que he terminado por hacer una profesión sin que pierda del todo el carácter deportivo, pues el paracaidismo me gusta mucho. Soy un apasionado. Pero nunca arriesgo más de lo necesario. Ahora pienso en todos los detalles. En cambio, la primera vez que me tiré fui un suicida. No sabía nada. Quise conocer esa sensación. Les pedí a varios aviadores amigos que me llevaran para arrojarme, pero se negaron, hasta que Jaime Ball accedió. Me tiré en el aeródromo de San Fernando, desde 600 metros. Lo encontré maravilloso.

¿QUÉ SE SIENTE AL CAER?

Desde aquel día de 1932, Tomás Picasso se ha arrojado al espacio alrededor de ciento cincuenta veces. Le he preguntado qué se siente al caer.

—Posiblemente no experimenten todos la misma sensación. No hay dos individuos iguales. Hay paracaidistas que miran hacia arriba en el momento de saltar. Yo, que habitualmente soy de temperamento nervioso, conservo en esos momentos una serenidad absoluta. Observo detenidamente el sitio donde voy a caer; le doy las últimas instrucciones al piloto, para que ubique al avión en el punto justo que me conviene y lo lleve a la velocidad necesaria; vuelvo a mirar hacia abajo, saludo con un "hasta luego" y pego el salto. Siento entonces una ligerísima sensación de ahogo, pero muy leve. Me tiro de cabeza, pero ya en el espacio voy revoloteando como una hoja de papel. No se siente el viento ni se tiene noción de la velocidad con que uno baja. Hasta que se abre el paracaídas. No se produce la frenada brusca como muchos creen, porque la gran sombrilla se abre paulatinamente. Más tarde, no se siente nada más que el deseo de llegar. A veces hasta resulta aburrido descender con tanta lentitud. Se calcula que el cuerpo sólo recorre en la caída 80 metros más o menos por segundo; con el paracaídas, entre 6 y 10 metros por segundo. Tarda en abrirse de 30 a 40 metros. Al aterrizar se produce siempre un golpe de cierta violencia: ahí sí que la experiencia ayuda. Hay que saber caer. Lo mejor es relajar los músculos, de modo que se oponga contra el suelo la mínima resistencia. No hay nada peor que contraerse, que endurecerse y es necesario sobreponerse a ello porque la subconciencia o el espíritu de conservación nos llevan por lo general a la grave equivocación de oponer esa resistencia contraproducente.

 

El paracaidista argentino durante un descenso. Ha realizado, desde 1932, alrededor de ciento cincuenta saltos en el espacio. Es un estudioso y observador que domina su especialidad.

El paracaidista argentino durante un descenso. Ha realizado, desde 1932, alrededor de ciento cincuenta saltos en el espacio. Es un estudioso y observador que domina su especialidad.

 

ACCIDENTES SIN IMPORTANCIA

Muy pocas veces corrió algún peligro Picasso. Y hasta ahora no ha tenido que guardar un solo día de cama por los riesgos de su afición. (Al decirnos esto, toca madera...) Ha caído sobre autos, sobre árboles, en el agua, contra una cornisa... Sí. Esto último ocurrió en un descenso que efectuó en Palermo. Calculaba caer en La Rural, pero equivocó la dirección del viento y fue a dar a la esquina de Oro y Santa Fe. Con la espalda pegó contra la cornisa. No sufrió nada más que dolores durante algunos días... Otra vez en el pueblo de Urquiza, le pasó algo más grave. Por un segundo salvó la vida. Cuando quiso abrir el paracaídas, no funcionó el mecanismo. Tuvo una rápida visión de lo que sucedía y atinó a tironear con sus manos para que se cortara el hilo. Lo hizo en el momento justo, cuando ya estaba a cien metros del suelo. Si tarda un segundo más, el paracaídas no habría llegado a abrirse con tiempo necesario para evitar el golpe contra la tierra. En el Hipódromo Argentino se corría, en cierta ocasión, el Gran Premio Nacional. Picasso proyectó caer en los jardines del centro, pero lo hizo con tanto acierto que fue a sumergirse, hasta la cintura, en el agua del lago... En los descensos sobre el río o el mar lo hace siempre provisto de salvavidas. No sabe nadar, y aunque supiera...

 

El paracaidista Tomás Picasso luego de uno de sus más de 150 saltos: “en el espacio voy revoloteando como una hoja de papel. No se siente el viento ni se tiene noción de la velocidad con que uno baja hasta que se abre el paracaídas.”

El paracaidista Tomás Picasso luego de uno de sus más de 150 saltos: “en el espacio voy revoloteando como una hoja de papel. No se siente el viento ni se tiene noción de la velocidad con que uno baja hasta que se abre el paracaídas.”

 

EN UN BALCON ES DISTINTO...

En San Fernando dio Picasso su salto más espectacular al arrojarse al espacio desde 6.150 metros de altura. Se ha ganado hasta ahora la confianza de treinta y cuatro pilotos. No sólo practica el paracaidismo, sino también la acrobacia sobre aviones, realizando las pruebas más arriesgadas. Practica el salto simple, de exhibición o adiestramiento; el doble o triple que consiste en tirarse, abrir un paracaídas cortarlo y abrir otro; el salto libre o retardado, es decir, arrojándose para abrir el paracaídas a la altura que él quiera o a la que crea conveniente. Y los saltos rápidos y consecutivos: subir en avión, tirarse con el paracaídas, llegar a tierra, colocarse otro, volver al avión, subir de nuevo, arrojarse y así sucesivamente. Hay quien ha realizado 14 de estos saltos en una hora. Picasso tiene la esperanza de batir ese record efectuando ocho saltos en treinta minutos. También ha hecho transmisiones de radiotelefonía durante el descenso. Este hombre que de tal suerte juega con el peligro y mira tranquilamente hacia abajo desde cualquier altura, confiesa que siente algo raro, algo muy parecido al miedo, cuando se asoma al balcón de un séptimo piso. No está cómodo allí. Lo domina el vértigo. Él lo explica diciendo que en el salto desde el avión no hay punto alguno de relación con la tierra.

—Estoy nervioso, tiemblo, cuando sentado en un sillón o recostado en la cama concibo un salto nuevo, o un número de acrobacia. En el momento de realizarlo, en cambio, soy el hombre más tranquilo del mundo.

 

1941. Picasso concretaría sus anhelos expresados en esta nota, ganándose la Tapa de El Gráfico. “El audaz paracaidista argentino, recordman mundial con 39 saltos en 10 horas y 7 minutos”

1941. Picasso concretaría sus anhelos expresados en esta nota, ganándose la Tapa de El Gráfico. “El audaz paracaidista argentino, recordman mundial con 39 saltos en 10 horas y 7 minutos”

 

Por FELIX D. FRASCARA

 

 

 

 

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