Las Entrevistas de El Gráfico

Miteff: Héroe de leyenda

Por Redacción EG · 22 de mayo de 2019

A los 20 años se perfilaba como uno de los mejores pesados de la historia argentina. Un año después se fue a New York para no volver. Alexis Miteff nos cuenta su inusual carrera.

El pi­be se me­tía por la ca­lle Puey­rre­dón, por de­ba­jo de la re­co­va, y se sen­tía el rey del mun­do. Su rei­na­do era el Par­que Mi­se­re­re, al que los por­te­ños co­no­cen sim­ple­men­te co­mo el On­ce. Eran los tiem­pos de los tran­vías. Los se­má­fo­ros só­lo apa­re­cían en las pe­lí­cu­las. La épo­ca, pa­ra ser pre­ci­sos, era me­dia­dos de los 40. El 45, pon­ga­mos, cuan­do Pe­rón ac­ce­dió al po­der y da­ba la sen­sa­ción de que a es­te país no lo pa­ra­ba na­die.

El pi­be ha­bía na­ci­do en Ma­ría Te­re­sa, en la pro­vin­cia de San­ta Fe. Lue­go la fa­mi­lia se vi­no a la Ca­pi­tal y vi­vió un do­lo­ro­so mo­men­to cuan­do el pa­dre, Pa­blo Ale­xis, se mu­rió. El pi­be tam­bién se lla­ma­ba Pa­blo Ale­xis. A los diez años (ha­bía na­ci­do en 1935) sa­lió a la ca­lle a lus­trar za­pa­tos y a ven­der dia­rios, sin sa­ber to­do lo que le es­pe­ra­ba. Su vi­da en­con­tró una ra­zón de ser cuan­do los pa­sos lo lle­va­ron unas cua­dras más allá de su ba­rrio: a Cas­tro Ba­rros 75. Se le abrie­ron las puer­tas del gim­na­sio de la Fe­de­ra­ción Ar­gen­ti­na de Box y co­men­zó a en­tre­nar­se. Su maes­tro (úni­co) fue Víc­tor Ar­no­ten, un hom­bre del­ga­do y de fi­no bi­go­te que gus­ta­ba de es­tar siem­pre bien ves­ti­do y que, años más tar­de, co­no­ce­ría Nue­va York ca­si tan bien co­mo su ba­rrio de Pri­me­ra Jun­ta.

Miteff modelo 60, con más pinta de galán de cine que de boxeador.

Miteff modelo 60, con más pinta de galán de cine que de boxeador.

His­to­ria tí­pi­ca de ra­dio­tea­tro la del pi­be.

“Yo era chi­co y mi vie­jo no se per­día nin­gún fes­ti­val en el club Ba­rra­cas Cen­tral”, re­cuer­da hoy emo­cio­na­do el pro­mo­tor Os­val­do Ri­ve­ro. “Mi fies­ta era su­bir al ring lle­van­do los guan­tes. Y cuan­do pe­lea­ba Mi­teff era to­da una fies­ta pa­ra mí, igual que el otro ído­lo del ba­rrio, Ti­to Sáenz.”

Mi­teff, ya con­ver­ti­do en bo­xea­dor, ya ado­les­cen­te, ya cer­ca­no a los vein­te, era un pe­so pe­sa­do chi­co. Ha­bía arran­ca­do en unos 65 ki­los, se de­sa­rro­lló has­ta los 70 y si­guió cre­cien­do. Se nu­trió le­yen­do las his­to­rias de Cé­sar Brión, es­tu­pen­do pe­so pe­sa­do que, si­guien­do los pa­sos de Luis Án­gel Fir­po, Jor­ge Bres­cia y Vic­to­rio Cam­po­lo, en­tre otros, ha­bía in­ten­ta­do la glo­ria en la ciu­dad de los ras­ca­cie­los, co­mo se de­no­mi­na­ba en­ton­ces a Nue­va York.

Era fá­cil pe­lear to­dos los vier­nes si uno te­nía atrac­ti­vo. Y Pa­blo Ale­xis lo te­nía. Pres­tan­cia, pin­ta y buen bo­xeo. To­dos in­sis­tían en que el pi­be iba a lle­gar le­jos si se­guía así. “Yo era chi­qui­to y, cuan­do lo veía, él ju­ga­ba con­mi­go. Me po­nía la ca­ra y me de­cía da­le, da­le, pe­gá. Y yo le pe­ga­ba con to­das mis fuer­zas. En­ton­ces me abra­za­ba, pa­ra mí era co­mo un gi­gan­te, y me da­ba be­sos”, evo­ca Ri­ve­ro.

Si ga­nar un cam­peo­na­to era bra­vo, ob­te­ner uno in­ter­na­cio­nal lo era más to­da­vía. Así que a los vein­te años Mi­teff de­mos­tró que aque­llos que creían en él te­nían ra­zón. Ga­nó el cam­peo­na­to pa­na­me­ri­ca­no de Mé­xi­co, en 1955. No fue el úni­co cam­peón: Os­val­do Ca­ñe­te, Mi­guel Án­gel Pén­do­la y Juan Car­los Ri­ve­ro tam­bién lo lo­gra­ron y to­dos ellos bri­lla­ron lue­go co­mo pro­fe­sio­na­les. Mi­teff lo­gró la me­da­lla ya ins­ta­la­do en la ca­te­go­ría pe­sa­do. Y co­mo pa­ra que a su his­to­ria no le fal­ta­ra na­da, apa­re­ció mís­ter Hy­mie Woll­man, un nor­tea­me­ri­ca­no, dis­pues­to a lle­vár­se­lo a la ciu­dad de los ras­ca­cie­los.

“Me fui de la Ar­gen­ti­na exac­ta­men­te el 17 de abril de 1956. Es­ta­ba lle­no de ilu­sio­nes”, re­cor­da­ría años más tar­de. Te­nía 21 años, cum­pli­dos el 25 de mar­zo. De­ja­ba atrás una es­tu­pen­da cam­pa­ña de 140 pe­leas co­mo afi­cio­na­do de las cua­les ha­bía ga­na­do 126, em­pa­ta­do 11 y per­di­do só­lo 2. Sus 90 vic­to­rias an­tes del lí­mi­te de­ja­ban bien en cla­ro que, ade­más, te­nía pe­ga­da.

 

Miteff modelo 2000, jubilado en Nueva York.

Miteff modelo 2000, jubilado en Nueva York.

 

A Woll­man, a quien lla­ma­ban “El Rey del Ar­mi­ño”, por­que era un po­de­ro­so pe­le­te­ro, más que el bo­xeo le in­te­re­sa­ba el ne­go­cio. Y ya le ha­bía ido bien guian­do a Cé­sar Brión. Así que ape­nas lle­gó lo pre­sen­tó co­mo “la nue­va sen­sa­ción de los pe­sos pe­sa­dos”. Por ese en­ton­ces rei­na­ba Floyd Pat­ter­son. No ha­ría fal­ta de­cir que el he­cho de ser blan­co le da­ba a Mi­teff una cha­pa par­ti­cu­lar. Des­pués de to­do, has­ta 1952, cuan­do se re­ti­ró cam­peón e in­vic­to, ha­bía si­do otro blan­co, Rocky Mar­cia­no, el monarca. “Era un buen bo­xea­dor. Tan­to que pa­ra mí el ran­king de los pe­sa­dos en los Es­ta­dos Uni­dos es así: pri­me­ro, Rin­go Bo­na­ve­na, des­pués Cé­sar Brión y ter­ce­ro Mi­teff”, afir­ma Juan Car­los Pra­dei­ro, que fue téc­ni­co de Víc­tor Ga­lín­dez.

“Cuan­do de­bu­té co­mo bo­xea­dor él ha­cía su úl­ti­ma pe­lea de afi­cio­na­do y ya es­ta­ba por par­tir”, re­cuer­da Al­ber­to An­dra­da, ex téc­ni­co de Víc­tor Ga­lín­dez y Lá­ti­go Cog­gi. “Era un bo­xea­dor de muy bue­na plan­ta, un es­ti­lis­ta. Tal vez no fue­ra gran­do­te pa­ra pe­so pe­sa­do de ha­cer­se res­pe­tar so­bre el ring, pe­ro bo­xea­ba muy bien”.

Mi­teff me­día 1,85 (un po­co más al­to que Ty­son) y ron­da­ba los 92 ki­los, co­mo Jack Demp­sey. A di­fe­ren­cia de am­bos, en cam­bio, era más es­ti­lis­ta que de­mo­le­dor. Se­gún Lo­ren­zo Ben­ven­ta­no, ex bo­xea­dor y téc­ni­co de Car­los Sa­la­zar, “era un ex­qui­si­to”.

Acom­pa­ña­do por la mi­ra­da be­né­vo­la de pe­rio­dis­tas nor­tea­me­ri­ca­nos y ar­gen­ti­nos em­pe­zó a cre­cer. Su­mó 12 vic­to­rias al hi­lo. En 1957 per­dió por no­caut con Mi­ke de John. Pe­ro fue en el pri­mer round, un gol­pe de suer­te, un ac­ci­den­te que le pa­sa a cual­quie­ra. En 1958 de­rro­tó a Ni­no Val­dez en una de sus me­jo­res pe­leas y em­pa­tó en To­ron­to, Ca­na­dá, con el lo­cal Geor­ge Chu­va­lo, otra fi­gu­ra en as­cen­so. Se­gún Mu­rray Ro­se, de la re­vis­ta The Ring (en esa épo­ca la más im­por­tan­te fuen­te de opi­nión del mun­do, cuan­do só­lo ha­bía un cam­peón por ca­te­go­ría y sus ran­kings eran aún más fuer­tes que los ofi­cia­les), Mi­teff era “un buen mo­zo ar­gen­ti­no, que tie­ne un ex­ce­len­te gan­cho de iz­quier­da y un buen jab y, co­sa muy im­por­tan­te, ca­paz de aguan­tar gol­pes fuer­tes, aun­que pa­re­ce fá­cil blan­co pa­ra los gol­pes de de­re­cha”.

Ca­da una de sus pe­leas, co­mo en las pe­lí­cu­las, iba pro­du­cien­do ar­tí­cu­los de ma­yor ta­ma­ño en los dia­rios. Se in­for­ma­ba de ca­da en­cuen­tro co­mo si se es­tu­vie­ra for­man­do una no­ve­la por en­tre­gas. Y los ti­tu­la­res au­men­ta­ban con sus vic­to­rias. No to­dos fue­ron triun­fos. Se cor­ta­ba muy fá­cil­men­te y así ca­yó an­te Zo­ra Fo­lley (1959) y Billy Hun­ter (dos ve­ces, 1960). Sin em­bar­go, an­te la tras­cen­den­cia de sus en­cuen­tros, la Fe­de­ra­ción Su­da­me­ri­ca­na lo con­sa­gró cam­peón de ofi­cio en 1960. Ese año el Lu­na Park lo con­tra­tó pa­ra que, por pri­me­ra vez, ex­hi­bie­ra sus mús­cu­los co­mo pro­fe­sio­nal en la Ar­gen­ti­na. Fue to­do un acon­te­ci­mien­to. Pe­leó con­tra Jo­sé Geor­get­ti, co­no­ci­do co­mo Kid Tu­ta­ra, El Gi­gan­te de Que­quén o El Bo­xea­dor Mi­llo­na­rio. “El año an­te­rior Geor­get­ti ha­bía ga­na­do la lo­te­ría y se ha­bía lle­va­do una for­tu­na. Era el cam­peón ar­gen­ti­no de los pe­sa­dos, pe­ro la pe­lea no fue por el tí­tu­lo. El Lu­na Park se lle­nó tan­to que se hi­zo una re­cau­da­ción ex­traor­di­na­ria (1.547.260 pe­sos: pa­sa­ron mu­chos años has­ta po­der que­brar­la) y, co­mo no po­día ser de otra ma­ne­ra, Mi­teff ga­nó rá­pi­da­men­te. En só­lo dos rounds le dio una tre­men­da pa­li­za a Geor­get­ti que, al la­do su­yo, pa­re­cía fue­ra de es­ta­do (eran 98,300 con­tra los 93,500 de Mi­teff). Lo que pa­sa es que Pa­blo te­nía un fí­si­co es­pec­ta­cu­lar y ve­nía de un ni­vel pro­fe­sio­nal al­tí­si­mo”, re­cuer­da Ti­to Lec­tou­re.

Sin em­bar­go, al­go se que­bró, al­go no fun­cio­nó en la his­to­ria má­gi­ca, fal­tó la gran vic­to­ria. Per­dió con Ed­die Ma­chen, en Nue­va York, y con Henry Coo­per, en Lon­dres. Y, pa­ra col­mo, en­fren­tó a un Cas­sius Mar­ce­llus Clay en ple­no as­cen­so, que le ga­nó por no­caut téc­ni­co en el sex­to round. Las he­ri­das eran un mar­ti­rio y cuan­do ca­yó an­te Ray Bay­ley le die­ron 16 pun­tos de su­tu­ra. “Es­ta es la úl­ti­ma go­ta que de­jo so­bre un ring”, con­fe­só amar­ga­do. Sin em­bar­go no cum­plió. En 1966, cuan­do ya Os­car Bo­na­ve­na em­pe­za­ba un nue­vo ci­clo y lle­va­ba dos años de pro­fe­sio­nal en Nue­va York, Mi­teff vol­vió a la Ar­gen­ti­na. Le ga­nó a Ale­jan­dro Ga­llar­do en Ro­sa­rio.

En 1967, an­te Jerry Quarry, per­dió por no­caut en el ter­ce­ro en Los Án­ge­les. Ya no era lo que ha­bía si­do. Y en­ton­ces sí aban­do­nó de­fi­ni­ti­va­men­te. Que­da­ban en la his­to­ria sus 25 pe­leas ga­na­das, 15 per­di­das, un em­pa­te y 15 no­cauts a fa­vor.

Uno de los combates más recordados de Miteff, frente al cubano Nino Valdez. Fue su salto a la fama apenas llegado a los Estados Unidos. Ganó por puntos en el Madison Square Garden de Nueva York.

Uno de los combates más recordados de Miteff, frente al cubano Nino Valdez. Fue su salto a la fama apenas llegado a los Estados Unidos. Ganó por puntos en el Madison Square Garden de Nueva York.

Se ha­bía ca­sa­do en la Ar­gen­ti­na (via­jó es­pe­cial­men­te pa­ra ha­cer­lo) pe­ro se que­dó en Nue­va York. Tu­vo tres hi­jos. Com­pró una li­mu­si­na y se de­di­có a los tras­la­dos al ae­ro­puer­to des­de los gran­des ho­te­les, es­pe­cial­men­te el Hil­ton. ¿Qué ar­gen­ti­no re­sis­tía con­tra­tar­lo y, de pa­so, es­cu­char los re­la­tos de sus pe­leas? Ade­más, en 1962 ha­bía te­ni­do un pa­pel bas­tan­te im­por­tan­te en una muy bue­na pe­lí­cu­la de bo­xeo, Ré­quiem pa­ra un lu­cha­dor, di­ri­gi­da por Ralph Nel­son e in­ter­pre­ta­da por Ant­hony Quinn.

Que­dó, pues, co­mo un mis­te­rio­so ico­no pa­ra los afi­cio­na­dos, que po­cas ve­ces lo vie­ron pe­lear; pe­ro que lo ad­mi­ra­ron por ha­ber es­ta­do du­ran­te cin­co años se­gui­dos en el ran­king mun­dial. Nun­ca vol­vió a la Ar­gen­ti­na. Y hoy, ra­di­ca­do en Man­hat­tan, cer­ca del Cen­tral Park, si­gue sien­do una es­pe­cie de le­yen­da pa­ra to­da una ge­ne­ra­ción.

¿Es és­te el fin de una his­to­ria?

No.

Una voz des­de Nue­va York

–No hay na­da que ha­cer, aho­ra me que­da la­bu­rar o dor­mir –di­ce Ale­xis Mi­teff, hoy, a los 66 años, des­de su de­par­ta­men­to en Man­hat­tan de la ca­lle 112 y Park Ave­nue–. Allá, en la Ar­gen­ti­na, lo que no quie­ren es tra­ba­jar. Acá si no tra­ba­jás te mo­rís. Yo me abu­rro hoy. Es­toy so­lo, es­toy re­ti­ra­do (o sea ju­bi­la­do) y acá no exis­ten los ami­gos ni la amis­tad. No la­bu­ro, vie­jo, ha­ce un mon­tón que no la­bu­ro. Me gus­ta­ría ir de vi­si­ta, pe­ro no sé... Ha­ce un año se mu­rió mi vie­ja, He­le­na. Ella te­nía una ca­sa que le com­pré en Puen­te Al­si­na. No sé lo que pa­só, pe­ro es­tá lle­na de gen­te, gen­te que no pa­ga la ren­ta, no sé có­mo ha­ría pa­ra sa­car­la...

Tie­ne tres hi­jos: uno de 42, otro de 40 y el me­nor de 38, que le han da­do tres nie­tos, to­dos va­ro­nes.

–Ti­to Lec­tou­re me ha­bló muy bien de vos.

–Sí, pe­ro me afa­nó 30 mil man­gos.

–¿Có­mo es eso?

–Cuan­do yo via­jé lo hi­ce sin con­tra­to. Lec­tou­re me ofre­ció el 25 por cien­to de la re­cau­da­ción. Pe­ro le di­je que no, por­que cuan­do pe­lea­ron An­sa­li­ni y Aci­ta (dos pe­sa­dos de en­ton­ces) la re­cau­da­ción ha­bía si­do de 720 mil pe­sos so­la­men­te. Y yo que­ría ase­gu­rar­me una ga­nan­cia mí­ni­ma, por lo me­nos 5 mil dó­la­res. Lec­tou­re me di­jo que los de afue­ra siem­pre que­rían po­ner con­di­cio­nes. Al otro día yo me es­ta­ba en­tre­nan­do en el Ro­yal Bo­xing Club (que es­ta­ba en­fren­te al Lu­na) y me di­jo: “Ale, eso va”. En­ton­ces su­pe que te­nía ase­gu­ra­dos los 5 mil dó­la­res.

 

El emblemático Luna Park de fondo.

El emblemático Luna Park de fondo.

 

–¿Y en­ton­ces?

–Que a la fi­nal hi­cie­ron co­mo un mi­llón y me­dio de man­gos de en­tra­da, pe­ro él me dio só­lo los 5 mil dó­la­res del se­gu­ro.

–¿Pa­re­ce o no te­nés bue­nos re­cuer­dos?

–Al bo­xeo lo odio, son to­dos vi­vi­do­res. Ojo, el bo­xeo es un de­por­te her­mo­so. Pe­ro es­tá lle­no de vi­vi­do­res. Hoy hay 68 cam­peo­nes del mun­do. ¿Por qué? Por­que ca­da una de las aso­cia­cio­nes se lle­va el 6 por cien­to de ca­da bol­sa; por eso hay diez pe­leas de tí­tu­lo por día. Fi­ja­te en Joe Louis, ter­mi­nó en la lo­na. El ma­na­ger se lle­va el 33 por cien­to de la bol­sa, el en­tre­na­dor se lle­va el 10 y, si te des­cui­dás, en es­te país to­do el res­to se lo lle­va Im­po­si­ti­va. Es cier­to, yo ga­né 25 mil dó­la­res por pe­lear con Clay, pe­ro me sa­ca­ron to­do, só­lo me que­dó lo que co­mí.

–Clay de­be ser tu ma­yor re­cuer­do.

–Lo eli­gie­ron el Bo­xea­dor del Cen­te­na­rio, ¿no? Pe­ro él hi­zo mi­llo­na­rios a los ne­gros que lo ro­dea­ban. El bo­xeo es un ne­go­cio de vi­vi­do­res. El Lu­na Park ce­rró pe­ro es­tá mal, el Lu­na Park se hi­zo pa­ra que se ha­ga bo­xeo y ce­rró.

 

Muhammad Alí.

Muhammad Alí.

 

–Es ra­ro pe­ro Ti­to Lec­tou­re tie­ne re­cuer­dos muy gra­tos de vos; ade­más el Lu­na no te­nía la obli­ga­ción ex­clu­si­va de ha­cer bo­xeo.

–No sé, es lo que me di­je­ron.

–¿Ha­ce mu­cho que no via­jás a la Ar­gen­ti­na?

–La úl­ti­ma vez que fui pa­ra allá fue en 1968. ¿Qué voy a ha­cer en la Ar­gen­ti­na? Yo vi­ví po­co allá y mu­chos de mis ami­gos, co­mo mi en­tre­na­dor Ar­no­ten, es­tán muer­tos. Yo cre­cí en Hi­pó­li­to Yri­go­yen y Al­ber­ti, en el On­ce. Te­nía ga­nas de ir a mi pue­bli­to, Ma­ría Te­re­sa. Me ofre­cie­ron un ne­go­cio pa­ra po­ner en la ca­sa de mi ma­má: un gim­na­sio. Estaba equipado con 200 má­qui­nas, sau­na, un steam (ba­ños tur­cos) al­go co­mo el Col­meg­na en Bue­nos Ai­res. Co­mo son clu­bes abier­tos to­do el día co­bran ba­ra­to; acá co­bran 30 cen­ta­vos, un ne­go­cio, ima­gi­na­te. Me da­ban to­dos los apa­ra­tos, es­ta­ban usa­dos; pe­ro ser­vían, es­ta­ban bien. Pe­ro mi vie­ja ven­dió la ca­sa sin de­cir na­da y en­ton­ces no sa­lió; era un gim­na­sio pa­ra po­ner­lo ahí, en ple­no cen­tro de Ma­ría Te­re­sa.

–Pe­ro Ma­ría Te­re­sa tie­ne me­nos ha­bi­tan­tes que Nue­va York.

–Igual era un buen ne­go­cio.

–¿Te acor­dás del On­ce?

–Sí, yo an­da­ba siem­pre por el mer­ca­do Spi­net­to (hoy es un Co­to ubi­ca­do en Hi­pó­li­to Yri­go­yen y Pi­chin­cha); era muy fla­co y, por cues­tio­nes de me­ta­bo­lis­mo, no po­día su­bir de pe­so. Ima­gi­na­te, pe­sa­ba 160 li­bras y me­día 6 pies. Em­pe­cé a pe­lear en me­dia­no y des­pués lle­gué a pe­sa­do.

–En Nue­va York te que­rían mu­cho.

–Acá te usan y te ti­ran. Yo de­bu­té a 8 rounds en el Gar­den. ¿Por qué? To­dos de­bu­tan a 6 rounds por 1500 dó­la­res, pe­ro yo de­bu­té a 8 por 5 mil. El que me tra­jo era un pe­le­te­ro y que­ría re­cu­pe­rar lo in­ver­ti­do, así que en la pri­me­ra pe­lea me des­con­tó to­dos los gas­tos. Me di­je­ron que me da­ban una fá­cil y me pu­sie­ron con Ni­no Val­dez. Pe­dí otra fá­cil y me pu­sie­ron a otro mons­truo: Geor­ge Chu­va­lo. Yo ha­bía ga­na­do 8 rounds y él 2, pe­ro fue em­pa­te. Y la re­van­cha la hi­cie­ron en To­ron­to: Chu­va­lo era ca­na­dien­se, ima­gi­na­te: per­dí.

–Apa­re­cis­te en la pe­lí­cu­la Ré­quiem pa­ra un pe­so pe­sa­do.

–Sí, apa­rez­co va­rias ve­ces; apa­rez­co char­lan­do con Ant­hony Quinn; apa­rez­co en va­rias pe­leas. Tan­to es así que me hi­ce ami­go de Da­vid Suss­kind, el due­ño de la Pa­ra­mount, e hi­ce co­mo ocho pe­lí­cu­las, pe­ro de ex­tra...

–Cu­rio­so. La pe­lí­cu­la tra­ta de un bo­xea­dor de pe­so pe­sa­do ex­plo­ta­do y usa­do. Y tu vi­sión, to­ma­da de la rea­li­dad, es pa­re­ci­da.

–Es cier­to. Yo me re­ti­ré en 1968. Acá te usan. Un gran país, pe­ro te usan. Si no gas­tás la gui­ta te de­vo­ra Im­po­si­ti­va; es­tá he­cho pa­ra gas­tar. Te pa­gan 17.500 dó­la­res y al fi­nal pa­gás 16.300 de tax (im­pues­tos). Na­die vi­ve la vi­da. Los mi­llo­na­rios se mue­ren tra­ba­jan­do. Un día, char­lan­do con Da­vid Suss­kind, me di­jo: “Tra­ba­jé to­da mi vi­da, 20 ho­ras por día, y no ten­go na­da”. Acá so­mos co­mo es­cla­vos. ¿Sa­bés qué es el well­fa­re, el se­gu­ro de de­sem­pleo? Una ma­ne­ra de con­te­ner a los po­bres, por­que si no es­ta­ría lle­no de re­vuel­tas so­cia­les.

–¿Y por qué no hi­cis­te más ca­rre­ra en el ci­ne?

–Por­que, co­mo buen ar­gen­ti­no, era un va­go.

–¿Es cier­to que te se­pa­ras­te?

–No, has­ta cier­to pun­to, mi mu­jer vi­ve en una ca­sa que te­ne­mos en el Bronx. Un día me di­jo que se iba a Flo­ri­da a vi­vir con uno de mis hi­jos. “Vos es­tás siem­pre de va­go”, me re­pro­chó.

–O sea que te se­pa­ras­te.

–Bue­no, sí, al­go pa­re­ci­do.

–¿No se­rá por­que ju­gás mu­cho?

–No, ya no jue­go a na­da. Yo iba mu­cho a las ca­rre­ras de ca­ba­llos. En el jue­go nun­ca se ga­na por­que si an­dás de­re­cho que­rés más y si vas per­dien­do que­rés re­cu­pe­rar. Y ter­mi­nás per­dien­do siem­pre.

–¿Y los re­mi­ses?

–Yo tra­ba­jo so­lo, cuan­do tra­ba­jo... Cuan­do lo hi­ce en una com­pa­ñía, los ar­gen­ti­nos ven­ta­jea­ban el cash (efec­ti­vo). Em­pe­cé com­pran­do una li­mo (li­mu­si­na) por 1000 dó­la­res, ha­bía pro­ble­mas de gas (com­bus­ti­ble) y en­ton­ces em­pe­cé a la­bu­rar con una van pa­ra 15 per­so­nas. Aho­ra tra­ba­jo só­lo cuan­do ten­go ga­nas.

–¿Có­mo te lle­va­bas con Rin­go Bo­na­ve­na?

–Nun­ca nos lle­va­mos bien. Fue un ton­to, por­que ga­na­ba bue­na pla­ta pe­ro se me­tió en co­sas ra­ras, ahí, en Re­no. No, nos lle­vá­ba­mos bien.

 

Oscar Natalio Bonavena.

Oscar Natalio Bonavena.

 

–¿Ex­tra­ñás Bue­nos Ai­res?

–Me gus­ta­ría vol­ver, pe­ro he vi­vi­do tan­to en Man­hat­tan que me cues­ta ex­tra­ñar al­go que ha­ce ca­si cua­ren­ta años que de­jé. Yo me fui el 17 de abril de 1956 y es­ta­ba lle­no de ilu­sio­nes...

 

Cambio de opinión

“Aquí, en Nueva York, la gente tiene un espíritu muy amistoso. Vivo cerca del Central Park y cuando corro por ahí la gente suele saludarme y yo le devuelvo la amabilidad. Es algo muy lindo”, declaraba a mediados del 57 Pablo Miteff a la revista The Ring. Con los años, el argentino fue cambiando su impresión de los estadounidenses. A 43 años de aquella declaración, Miteff piensa que en Nueva York “no existen los amigos ni la amistad.”

 

 Carlos Irusta (2001).

Fotos de Gustavo Di Mario

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