Las Entrevistas de El Gráfico

1971. Hugo Roldán: Reportaje al silencio

Por Redacción EG · 09 de abril de 2019

Una entrevista peculiar a una gloria de los saltos ornamentales representando a Argentina a comienzos de la década del 70. Hugo Roldán era sordomudo.

Esa mañana me lo preguntaron varios.

—Che, ¿y cómo vas a hacer para hablar con Roldán?

La misma pregunta me la venía haciendo yo mismo desde el día anterior, cuando en la redacción se decidió la nota. Hugo Roldán, 29 años, sordomudo. Campeón Mundial en los Juegos Silenciosos. Campeón Sudamericano absoluto, contra los que hablan y oyen. Olimpia 1970 a la figura deportiva del año en natación. Definido como el mejor saltador argentino de todos los tiempos. Sordomudo.

—Che, ¿y cómo vas a hacer para hablar con Roldán?

Toda la mañana la misma pregunta.

* * *

La foto corresponde al año 1971. Hugo Roldan es fotografiado por Bianco.

La foto corresponde al año 1971. Hugo Roldan es fotografiado por Bianco.

Dos de la tarde. La casa de los Roldán, en Avellaneda. Don Ricardo, el padre, en reposo desde hace 15 días con una hepatitis que no le permite moverse. Doña Lidia, la madre, orgullosa de sus hijos. "Los muchachos ya vienen. Recién habló Mario, desde Luz y Fuerza. Fueron a buscar el Olimpia que está allí desde el día siguiente a la fiesta del Luna Park. Lo pidieron en el Sindicato para ponerlo en la vitrina más importante, para que lo vean todos. Todavía no lo pudimos ver nosotros..."

Dos y dos minutos. Llegan los muchachos. Hugo entra corriendo. Macizo, fuerte, físico trabajado, indiscutible imagen de atleta. La sonrisa dibujada en los labios. Detrás, Mario, tres años menor que el campeón, con el Olimpia en la mano y las disculpas en la boca. Hugo atiende. Y asiente con la cabeza. También se adhiere al perdón por la tardanza. El patio entoldado de la casa se abre a la luz que necesitan las fotos. Hugo hace señas. Le preocupa esa columna de madera que está en el medio. ¿No va, a tapar las tomas? ¿No va a molestar? Lo entendemos. Es muy fácil entenderlo, por, que Hugo se sabe explicar muy bien. Bianco le muestra que la columna no molesta, que se quede tranquilo. Nosotros también nos tranquilizamos. Seguro de que dentro de un rato vamos hablar con Hugo sin inconvenientes.

* * *

— ¿Cómo es Hugo, señora?

—Un chico maravilloso. Muy afectivo, muy cariñoso. Se preocupa por la casa, por nosotros. Ahora que el padre está enfermo, cada vez que entra me pregunta a mí primero, en secreto, cómo está. Y después sonríe y se va adentro a verlo a mi marido. A él le vuelve a preguntar lo mismo, claro. Pero necesita la versión mía, quiere saber todo. En lo deportivo mejor que le cuente Mario, el hermano, que además es el entrenador...

— ¿Y, Mario?

—Cuando se entrena es una fiera, impresionante. Se pasa cuatro horas dándole sin parar. Le aseguro que es un espectáculo para ver. Claro que también es un poco indisciplinado, como todos los deportistas. Cuando tiene algún torneo por delante, se entrena con todo. Si no, puede llegar a rebelarse. Pero siempre dentro del entrenamiento... Se cuida el físico más que una vedette... Tiene la balanza al lado de la cama y es capaz de despertarse de noche y controlarse el peso. El otro día estábamos en el club, y alguien le ofreció una pera. ¿Sabe lo qué hizo? Se la puso sobre la  cabeza y subió a la balanza. Quería ver cuánto iba a aumentar con la pera. Como no era tanto, decidió comérsela...

 

15 de febrero de 1970. Hugo Roldán es premiado.

15 de febrero de 1970. Hugo Roldán es premiado.

 

Hugo está atento a los movimientos de la boca de su hermano. Lo frena. Le pide que le explique de qué estamos hablando. Entonces Mario le hace señas, le cuenta moviendo los labios detenidamente, y Hugo sonríe y aporta sus datos. Hace la mímica de la pera en la cabeza. Vuelve a sonreír. Lo mira a Blanco y vuelve a preocuparse por esa columna que está en el medio y molesta en la foto.

***

— ¿Qué hace Hugo todo el día?

—Lo que hace todo el mundo. Se levanta a las 6 de la mañana, a las 7 entra a trabajar en SEGBA, y se pasa allí hasta las 6 de la tarde. Tres veces por semana sale más temprano y va a entrenarse, más o menos cuatro horas. Y ahora se entrena poco, porque el próximo campeonato es recién en mayo...

Hugo se entera de lo que hablamos. Pronuncia algunas palabras que le entendemos en seguida. "Panamericanos. Colombia. Mayo". Le pide a Mario que nos explique, que nos cuente que se va a preparar con todo, que tiene ganas de volver a ganar, que estemos seguros de que otra vez será el mejor.

La madre agrega: "Ah... Y además algunos días va a la casa de la novia. Si, está de novia desde hace seis meses, con una chica que también es sordomuda. Se conocían desde antas, incluso fueron juntos a los Juegos Silenciosos de Yugoslavia —ella en el equipo de volley—pero desde hace seis meses están saliendo en serio..."

Hay un montón de preguntas que nos cuesta trabajo empezar a hacer. Pero las hacemos igual. Hay que hacerlas, porque finalmente nos vamos a dar cuenta de que son mucho más duras para nosotros que para los Roldán.

— ¿Y Hugo va solo a todos lados?

—Por supuesto. Y si no lo entienden, él va a encontrar la forma de que lo entiendan —contesta Mario— Va al banco, viaja a todos lados, va al cine o a ver algún espectáculo sin ninguna clase de problemas y sin ninguna clase de complejos. Incluso llega a parecer caradura, al principio. En Yugoslavia, yo —que hablo y oigo— no me animaba a preguntar nada por el problema del idioma, porque no sabía sí me entenderían... Hugo se movía para todos lados, paraba a los policías, a la gente por la calle para preguntarles cualquier casa. Y se hacía entender. En el club, en Independiente, donde nos entrenábamos antes, iba al solario, se les presentaba a las chicas directamente. Se acercaba, les decía yo soy Hugo Roldán, salto desde el trampolín, mucho gusto, y seguro que se despedía dándoles un beso. Menos mal que es sordomudo, que si no...

Físico excelente. Fuerte. Macizo. Hugo Roldán lo construyó en base a trabajo. 4 horas diarias de entrenamiento a fondo. 4 horas diarias de entrenamiento ejemplar.

Físico excelente. Fuerte. Macizo. Hugo Roldán lo construyó en base a trabajo. 4 horas diarias de entrenamiento a fondo. 4 horas diarias de entrenamiento ejemplar.

La madre y el padre sonríen. Hugo también. Le insiste a Mario para que nos hable del Panamericano, de Colombia, de su preparación, El hermano termina la otra historia.

—Y le digo otra. En Independiente él era conocido, y normalmente no tenía problemas para entrar en la cancha a ver los partidos de fútbol. Había amigos que le pedían si los hacía entrar gratis, y Hugo les daba las instrucciones (amigos normales, por supuesto). Vos quedate callado, le hacía, señas. Dejame a mí. Se acercaban al control. Hugo adelante, y le decía que era Hugo Roldán, sordomudo. Y cuando el control pregunta por el que venía atrás, la seña de Hugo no dejaba lugar a dudas. Él también es sordomudo; ¿sabe? Viene conmigo...

***

El Olimpia de plata sigue en la mesa del medio. Hugo lo acomoda para que, se vea en la foto. Es su orgullo. Fue su gran emoción del mes de diciembre, cuando el Luna Park se convirtió en una ovación de carne y hueso para un hombre y un premio más merecido que ninguno. Esa noche, ese 14 de diciembre, Hugo Roldán y Roberto de Vicenzo fueran los más aplaudidos. Esa noche, el matrimonio Roldán, desde su casa y a través de la pantalla de televisión, se emocionaba ante el galardón que exhibía su hijo sordomudo.

— ¿Hugo nació así?

—No. Cuando tenía un año y tres meses le tuvieron que hacer una pequeña intervención por una especie de quiste que tenía de nacimiento. Lo llevamos a la Casa Cuna y en esa época se anestesiaba con cloroformo. Se les fue la mano en la dosis y la anestesia lo hizo dormir 24 horas seguidas. El cloroformo le afectó los centros del cerebro y desde entonces quedó sordomudo... —— ¿Y no intentaron nunca mejorarlo?

—Sí, por supuesto. Hasta los 14 años estuvo en el Instituto Nacional de Sordos, en Villa Devoto. Pero no le gustaba. ¿Y sabe por qué? Porque Hugo no se conforma con ser sordomudo. Porque él se siente absolutamente igual a todo el mundo y no tiene ningún tipo de complejos —explica Mario—. Hace unos años lo vio el doctor Elkin, ese gran especial lista en garganta, y el año pasado estuvo internado en la clínica del doctor Matera. Hay conclusiones: se sabe, seguro, que en el oído Hugo no tiene ningún problema, e incluso durante un tiempo usó audífono y empezó a oír. Pero no le gusta. Los ruidos le molestaban mucho, y él se sienta mucho más feliz así.

 

Hugo posa para la cámara en enero de 1971.

Hugo posa para la cámara en enero de 1971.

 

Miramos a Hugo. Le pide a Mario que le explique. Y asiente. Y hace señas, y dice que sí, que el audífono está bien, pero que los ruidos le molestaban mucho. Y que él está muy bien así.

* * *

Bianco sigue sacando fotos y Hugo preocupándose por la columna del medio. Vamos a cambiar de ambiente. Vamos a la pieza donde están los trofeos, los banderines, los pergaminos, los recuerdos, los triunfos. Hugo nos señala cada cosa para que la veamos. Ya estamos dialogando con él casi normalmente. Ya nos acostumbramos a su idioma y casi lo entendemos. Como entendemos cuando le pregunta a su hermano si las fotos son para salir en la tapa de El Gráfico. Y con nuestra sonrisa y la de la familia, el mismo Hugo se rectifica. Sus manos hablan. "Ahora mejor no. Mejor cuando me vaya a Colombia y gane el campeonato panamericano en mayo. Ahí sí que voy a poder pretender la tapa..." Otra vez la sonrisa. Y algo raro que empieza a caminar dentro de nosotros. Esa extraña mezcla de admiración y asombro. Esa extraña sensación que nos despierta este ser humano excepcional...

—Otra cosa que usted debe saber, porque es increíble, es la facilidad que Hugo tiene para hacerse amigo de todo el mundo. En el sindicato, en cualquier momento uno se lo encuentra tomando café con el secretario general. Antes con Taccone, ahora con Mazzini. Con todo el mundo es amigo. Y para él son todos iguales: no ve superhombres. El presidente de la Nación es su amigo. Fíjese que a la vuelta de Lima, Onganía invitó a la delegación para saludarlos y felicitarlos. A la semana siguiente, cuando volvimos a pasar de casualidad por la residencia de Olivos, Hugo señaló para adentro y dijo una palabra: "¡Amigo!". Nada más que eso. Todos son sus amigos.

—Mario, quiero que le pregunte algo a Hugo. Explíquele que me gustaría saber qué piensa del deporte profesional. Quiero que me diga si él querría saltar por plata...

Y el gesto de Hugo es categórico. Con explicación y todo. Pone ejemplos. Dice Locche (se lo entendemos) y hace señas de dinero. Dice Bonavena y hace señas de dinero. Se señala él mismo, y lleva la mano derecha al corazón. ¿Hacen falta palabras?

* * *

Siguen las fotos. Ahora en la calle. En la tranquilidad de la calle Mansilla, en Avellaneda. Y mientras las máquinas se aprontan, Hugo le dice a su hermano que nos cuente las cartas que recibe, las postales de todo el mundo que le llegan porque en todo el mundo, por cada lugar que pasó, dejó una enorme cosecha de amigos.

— ¿Cuál fue el triunfo más grande?

—Seguramente lima, porque fue el último, y porque fue en un sudamericano para todo el mundo. Pero, de todas maneras, los triunfos de Hugo fueron siempre lindos, alegres. En el 65 fue subcampeón en los Estados Unidos, en los Juegos Silenciosos. Pocos días antes de viajar tuvo que operarse del apéndice y se re-sintió el entrenamiento. Así y todo llegó segundo. Después, en el 69, en Yugoslavia, Hugo le ganó al mismo australiano que lo había vencido en Miami cuatro años antes. Y con ese muchacho se intercambian postales, se hicieron amigos...

La operación de apéndice hace reaccionar a la madre del campeón:

—Usted no tiene idea de lo inquieto que es cuando está en la cama o tiene que quedarse en reposo. Le juro que no sé cómo puede hacer para ser tan inquieto. Quizá por lo mismo que de chico lo hizo iniciarse en los saltos...

— ¿Cómo fue?

—Oficialmente habrá empezado a los 15 años, pero a los 7 o los 8 nosotros vivíamos en Ezeiza y en esa época se estaban construyendo las piletas. Íbamos y Hugo jamás se quedaba en el agua un minuto seguido. Su pasión, su gran entretenimiento, era saltar desde una piedra y caer al agua.

La sonrisa está pegada al rostro de Hugo. Es vital. Inseparable. Igual que su fuerza interior, sus ganas de vivir, de luchar, de ganar. Igual que su falta de complejos, que su don para hacerse amigo de todo el mundo, que su autocontrol para no descuidar el físico.

* * *

Vuelvo a la redacción. Las mismas voces y la misma pregunta:

—Che, ¿y cómo hiciste para hablar con Roldán?

Hugo Roldán, 29 años, sordomudo. Campeón mundial, sudamericano, argentino. El mejor saltador argentino de todos los tiempos. ¿Cómo hice para hablar con Roldán? No sé. No importa si hablé o no hablé. Pero. ¿Sabés cuántas cosas me dijo? ¿Sabés cuántas veces me repitió que hay que luchar, que hay que tener fe, que nunca hay que bajar los brazos? ¿Sabés cuántas veces me proclamó que lo más lindo del mundo es vivir?

 

Por Adolfo Imas

Fotos: Bianco

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