Las Entrevistas de El Gráfico

Talamonti, el ángel guardián de River

Por Redacción EG · 21 de mayo de 2019

Tachero, camionero, gallina medular, primer ayudante de campo en estas tierras, pero sobre todo amigo íntimo de Labruna. Rodolfo falleció hoy. Lo recordamos con una entrevista que le hizo Diego Borinsky en 2010.

SANTIAGO TALAMONTI, italiano de Ascoli Piceno, no tenía ninguna intención de obedecer el mandato paterno de ir a los campos de batalla en la Primera Guerra Mundial. En 1914, entonces, se subió de polizón a un barco, en Génova, y nunca más vio a sus padres. Lo bajaron en Brasil, cruzó a Uruguay y luego se las ingenió para instalarse en la Argentina.

A Santiago Talamonti nunca le gustó demasiado el fútbol. Fue empleado en una carnicería, hasta que el progreso le permitió tener una propia, en el barrio porteño de Villa Urquiza. En la panadería de al lado, María Angélica Macanini amasaba el romance. Tuvieron dos hijos, un varón y una mujer. El mayor, Rodolfo Santiago, nació en 1932, año en que River conquistó el primero de sus 33 campeonatos profesionales. Fue premonitorio. Tras haber sido testigo privilegiado y partícipe secundario de unos cuantos de esos títulos, incluyendo el más festejado por la feligresía riverplatense (Metro 75), luego de conocer como nadie al máximo prócer del club, hablamos de Angelito Labruna, Tala –como le dicen los pibes– o Toto –como aún lo llama el Pato Fillol– hoy ha transformado la pensión de juveniles de River en su techo cotidiano y el Monumental en el jardín trasero de su hogar, al punto de que en casi un año como tutor de los futuros cracks puede contar con los dedos de sus manos las veces que atravesó el portón de Figueroa Alcorta. “Acá me voy a morir y que tiren las cenizas por algún lugar del estadio”, desliza, sin pretensiones demagógicas.


TALA, en la terraza de la pensión, con el Monumental de fondo, y algunos de los futuros cracks.

TALA, en la terraza de la pensión, con el Monumental de fondo, y algunos de los futuros cracks.


NO SABE POR QUE se hizo hincha de River, pero el barrio no le daba opciones: Villa Urquiza fue, es y será gallina. El tranvía 35 pasaba por la puerta de su casa, en Monroe y Altolaguirre, y lo dejaba en Barrancas de Belgrano. Desde los 13 años siguió a River a todos lados. Los hinchas ya venían vivando desde el techo a Alfredo Di Stéfano, “Socorro, socorro, ahí viene la Saeta con su propulsión a chorro” y años después a Walter Gómez, “Dolores, dolores, ahí viene Walter Gómez con los platos voladores”, con un cancionero más inocente que el de María Elena Walsh. Tala se subía al techo a gritar con ellos. El tranvía tenía una soga que bajaba el troley, interrumpía el contacto y así se frenaba el vehículo. “Una cuadra antes de llegar a mi casa, tirábamos de la soguita y con el envión me bajaba en la puerta”, cuenta, pícaro. “Viajábamos en el techo porque nos gustaba, era divertido ir cantando y con la bandera. Y a La Plata, en los trenes, también íbamos en el techo. Eso era más peligroso, cuando había un puente nos teníamos que acostar para atrás para no golpearnos. Eramos unos 30, siempre los mismos, yo era uno de la hinchada, pero no como las de ahora, que cobran plata, toman vino y falopa”, compara. Y subraya, para evidenciar el contraste de épocas, que a los 18 años tenía permiso de salida hasta la medianoche pero no le daban la llave. La contraseña para el regreso era dar un par de golpecitos en la persiana de Don Santiago, que así certificaba el horario de regreso y el estado de su hijo.

Durante el día hacía el reparto de carne y a la tarde se acercaba a ver las prácticas al club, charlaba con los jugadores y luego salía a tomar algo con ellos. El Cabezón Sívori, Federico Vairo y Pipo Rossi aparecen en su primera fila de amistades. “A Sívori lo conocí cuando vino a probarse de La Emilia con bombacha bataraza y alpargatas. Cuando compró un chalet en Olivos, me fui a vivir con él y con el cabezón Merlo. Teníamos 3 catres, una radio Spika, una pava, un calentador y el mate, con eso nos alcanzaba”.

Su mejor y más entrañable amigo fue, sin embargo, Angel Amadeo Labruna. Cuando habla de él, sus ojos celestes parecen aún más claros. Angelito vivía sobre Lidoro Quinteros, a cinco cuadras del estadio, y Tala lo acompañaba hasta la casa llevándole el bolso. Se quedaban a charlar en la puerta. Cuando después de un par de campeonatos perdidos insólitamente entre 1968 y 1970, los dirigentes de River prescindieron de Labruna, Talamonti –en solidaridad con su amigo–, dejó de ir al club. En esa época manejaba un taxi, actividad que lo tendría ocupado por 12 años. También piloteó camiones con azúcar entre Tucumán y Buenos Aires, trabajó en una casa de repuestos de autos y escardó lana en una hilandería. Pero su vida y pasión era el fútbol.

EN 1971, LABRUNA ancló en Argentinos. “Pasaba las mañanas por el entrenamiento, íbamos a tomarnos algo al Café de los Artistas, en Jonte y Boyacá, después él seguía para su casa y yo agarraba el taxi”, no olvida, y comienza a aproximarse a su desembarco como ayudante de campo. Un domingo, Argentinos jugó en Rosario. Al regreso, se juntó con su amigo.

-¿Fuiste a ver a River, ayer? –le preguntó Don Angel.
-No, ya le dije que desde que lo sacaron a usted no voy más, fui a ver a Huracán.

-¿Huracán? Nuestro próximo rival, contame qué viste.
Y entonces Tala le habló de cómo se defendían, cómo atacaban, cómo armaban los corners y tiros libres. En la fecha siguiente, Argentinos le ganó a Huracán. Y Talamonti se acuerda bien del veredicto de su amigo: “Lo viste bien, me dijo Angel; pero nos fuimos al hipódromo y quedó ahí”.
Unas semanas más tarde, después de un partido con Chacarita, como detalla con memoria de elefante Talamonti, Labruna le pidió que lo siguiera con el taxi. Pararon en San Luis y Anchorena, casa del empresario Poroto Salvo. “Arriba está Vesco, el presidente de Central. Quiere contratarme, pero yo no quiero ir, así que voy a pedir un fangote de guita. Vos callate y escuchá”, le solicitó. Labruna ganaba 250 mil pesos por mes y pidió un millón. Se lo dieron. Después pidió 500 mil para el profe Torrecillas y 250 mil para el flamante ayudante de campo. “¿¡El qué?!”, le preguntaron. “Me va a ver los rivales, trabaja conmigo en el campo, es mi ayudante”, les contestó Labruna y no dejó espacio para la negativa. “Yo sacaba 25 pesos por día en el taxi y pasé a ganar 250 mil por mes más la casa y la comida en Rosario, no lo podía creer. Yo fui el primer ayudante de campo del fútbol argentino. Los de hoy me tendrían que hacer un monumento”, clama, convencido.

TECNICO. Fue DT de Argentinos, entre otros.

TECNICO. Fue DT de Argentinos, entre otros.

Lo cierto es que Labruna le dio a Central el primer título de su historia, el Nacional 71, y Talamonti vio desde el banco uno de los partidos de los que más se ha hablado y escrito: el famoso clásico de la palomita de Poy. Fue la semifinal y se disputó en terreno neutral, la cancha de River. “Lo primero que hizo Angel fue pedir el vestuario visitante, porque decía que el local estaba mufado”, evoca Tala. Razón no le faltaba.

En 1975 se produjo el regreso tan ansiado a River, que llevaba 18 años de frustraciones encadenadas. En el Metro 75, el equipo le sacó 8 puntos de ventaja al escolta, aunque llegando a la ansiada meta esa diferencia se diluyó. “Nos agarró el cagazo a todos, Angel también estaba cagado. ‘No puede ser que nos agarre esta malaria ahora que estamos por ser campeones’, me decía, pero por suerte Alonso reapareció con San Lorenzo y metió los dos goles del triunfo. En la semana se desató la huelga y hubo que definir con Argentinos con los chicos de Inferiores. Angel no quiso entrar a la cancha, no correspondía. Salió Federico Vairo, pero con Angel pasamos por el vestuario y les dijo algunas cosas a los pibes, que pusieran el corazón por la camiseta de River. Vimos el partido juntos desde la platea, y con el 1-0 de Bruno explotamos todos. De Vélez fuimos en caravana al club y a la madrugada, a La Cantina de David. Angel estaba desencajado”.

El término “desencajado” le hace contacto a Tala en la cabeza y de la alegría por aquel título viaja directamente al puñal que le clavaron en 1981. Una confesión tremenda: “Tan desencajado estaba Angel como cuando Aragón fue a hablar con Di Stéfano para que ocupara su lugar. El día que se enteró, se subió a su Valiant y estuvo parado una hora al borde del riachuelo, pensando en tirarse con auto y todo. Me lo contó él. Una locura. Angel se sintió traicionado”, revive Tala, y uno imagina cómo se hubieran escrito los libros si el máximo símbolo riverplatense terminaba suicidándose a la vera de la Bombonera.

Talamonti menea la cabeza ante esa posibilidad, pero no quiere olvidarse de un viejo adversario: “Lacoste odiaba a Labruna, se la pasaba hablando pestes de Angel en la platea y entonces los que escuchaban esas cosas después iban y le contaban a Angel lo que decía Lacoste, que era un tipo muy pesado en el gobierno militar. ‘Que se vaya a la puta que lo parió’, respondía Angel; entonces Lacoste más de una vez amenazó a Aragón Cabrera, el presidente de River, que si no echaba a Labruna, le sacaba la calle Saenz Valiente, la que va por adentro del club y era de la Municipalidad”.

Talamonti y Labruna formaban una pareja ideal. Una prueba es el apodo que aún conserva el ex ayudante: Toto. Así lo llamaban los jugadores, como un homenaje a Juan Carlos Lorenzo, porque era la pata táctica de Labruna. Angel motivaba y el Toto los hacía laburar. Tala recuerda que cuando se llevaba a los jugadores a un sector para ensayar tiros libres, por ejemplo, alguno de los jugadores se acercaba a hablar con Labruna y luego Angelito le comentaba, al pasar, a su ayudante: “Eh, Rodolfo, los veo un poco cansados a los muchachos, vamos a hacer un picadito y mañana tiramos centros, ¿te parece?”. Y Tala admite que no podía decirle que no.

La muerte de Angel es un bocado que a Talamonti aún se le atraganta en el alma. La voz se le sigue quebrando al recordar aquel fatídico 19 de septiembre de 1983. “Lo operaron de la próstata ese lunes. Lo fui a ver al mediodía al sanatorio, vino el urólogo, le cambió la sonda, y le dijo que al mediodía se pasara a una habitación más grande, porque recibía muchas visitas. Sentó a mi hija en la cama, le dio un poquito de puré y me pidió un favor: que solicitara la cuenta, pasara por Argentinos a pedirle ese dinero al gerente y que pagara todo. Me fui a la cinco de la tarde y cuando llegué a Argentinos, el Bocha Brescia me pregunta: ‘¿No tiene nada para contarnos?’. Yo pensé en el empate del día anterior con Estudiantes. ‘Murió Labruna’, me dijo. ¡¡Cómo!? Salí corriendo para el auto y me puse a fumar. Hacía un año que no fumaba. Fui al sanatorio y me enteré de que Angel se había levantado a ver la habitación, se sintió mareado y ahí nomás se quedó seco. Fue un coágulo de sangre de la operación, que le tapó el corazón. Un error del médico por no haberle dado anticoagulante o masajes, qué sé yo”. El testimonio eriza la piel.

OTRA COPA MAS. Abrazado en una nueva vuelta olímpica del equipo de Labruna.

OTRA COPA MAS. Abrazado en una nueva vuelta olímpica del equipo de Labruna.

LA VIDA PARA TALA, sin embargo, no terminó allí. El “primer ayudante” también supo calzarse el saco con la sigla DT: dirigió a Argentinos, a Racing de Córdoba, Atlético Santa Rosa, Desamparados de San Juan, Cipolletti de Río Negro, Tiro Federal de Catamarca, Magallanes de Chile y Matienzo de Ingeniero Luiggi, en La Pampa. Y resalta en rojo los 7 partidos que condujo a la Primera de River: “Fue en 1978, el equipo principal estaba de gira por España. El 13 de agosto hicimos debutar con el Pacha Yácono a Héctor Sosa y a Ramón Díaz, contra Colón. Yo le había pedido al Pacha, el coordinador de Inferiores, que me trajera a los dos, él me dijo ‘Mirá que el Pelado Díaz es muy flaquito’ y yo le contesté: ‘Traémelo, que ese juega bien’”.

La relación con el actual DT de San Lorenzo, sin embargo, no terminó bien. La ingratitud es uno de los pecados más tristes. “Me relación con él no es nada buena. Ramón estaba peleado con Passarella y quería limpiar todo lo que Daniel había traído al club. En su primer ciclo, yo ya estaba en la pensión y él iba y le decía a Davicce que había miguitas en el piso para que me echaran; pero conmigo no pudo. Algunos dicen que el Pelado y Labruna son parecidos. ¡Por favor, nada que ver! Angel tenía un carisma increíble con los jugadores; Ramón se manda una cagada detrás de otra. Fijate si encontrás algún jugador que te hable mal de Angel”, desafía.

SI EN EL RUBRO “FUTBOL”, Tala es un libro abierto, ni qué hablar cuando se refiere a su vida privada. El hombre disfrutó su soltería y se casó recién en 1982. Labruna dirigía a Talleres, el equipo hacía la pretemporada y Tala invitó a un par de amigas en el día libre para que pasaran el domingo en un hotel de Alta Gracia. Tenía 50 años. La chiquilina, que luego sería su esposa, 18. Sí: no existe error de dato. Se llevaban 32 años. El matrimonio duró 12: se separaron cuando Tala tenía 62 y Silvia Beatriz, 30. Hay que imaginarlos. Hoy, Tala tiene una hija, Romina Antonella, que vive en París. Le prometió el primer nieto para el año que viene.

Tras la muerte de Labruna, el vínculo de Tala con River se recuperó gracias a Passarella. En su primer ciclo como entrenador lo convocó para que viera rivales y le hiciera informes de posibles refuerzos. Así, por su recomendación llegó Guillermo Rivarola en 1991 y por el mismo motivo fue bochado el paraguayo Neffa. Una tarde, le sugirió a Alfredo Davicce armar una nueva pensión, porque había un espacio viejo y los chicos tenían que comer en la confitería. Le aseguró que así ahorrarían dinero. Davicce le hizo caso: armó una con 5 piezas, por la que pasaron el Pepe Sand y Gabriel Pereyra, entre otros. En esos años, mediados de los 90, el viejo y querido Tala ya era el encargado de la pensión. Luego se fue a Córdoba, para no estar tanto tiempo separado de su hija, y siguió mirando jugadores para sumar a las Inferiores de River. En agosto del año pasado, con Passarella en carrera hacia la presidencia del club y su hija viviendo en Francia, volvió a Buenos Aires y participó activamente en la campaña. Todos los días hablaba con los vitalicios en el club. No hay uno que no lo conozca. El final de la historia es conocido: el Kaiser ganó por 6 votos. Se puede afirmar, sin margen de error, que Talamonti fue decisivo en la elección.

Passarella le prometió un cargo y cumplió. “¿Qué te gustaría?”, le preguntó. “Que me dejes vivir en la pensión”. En febrero, Tala le mandó al flamante presidente un mensaje de texto –porque el hombre se adaptó a las nuevas tecnologías– preguntándole si tenía alguna novedad para él y dos minutos más tarde llegó la respuesta: “Subí ya a presidencia que tengo algo”. Debe ser uno de los pocos agraciados a quien Passarella no sólo le responde los mensajes sino que también le atiende el teléfono con filtro que suele utilizar.

CON ANGEL estuvo hasta unas horas antes de su muerte. En la foto, junto a él y a su hijo, Omar.

CON ANGEL estuvo hasta unas horas antes de su muerte. En la foto, junto a él y a su hijo, Omar.

Hoy, Tala duerme todos los días en la habitación 1 de la pensión para juveniles, desde cuyo balcón-terraza se ve el imponente Monumental, y cuida a los 82 proyectos de cracks con Mariano Pita y algún ex jugador como el Mono Claut. Les habla, los aconseja, les juega a las cartas. Hace un par de semanas, mientras se divertían con un juego de manos, Don Tala se fue al piso y se desgarró el aductor. Por eso ahora anda con una silla de ruedas. “¿Dónde estaciono el coche?”, le pregunta al encargado de seguridad. En la silla también lo llevan al mediodía para que almuerce en la confitería del Monumental junto a Jota Jota López, el Pato Fillol y Pedro González, tres baluartes del 75 convocados para el fútbol amateur por Passarella en esta nueva era, quizás para empezar a devolverle al club la mística de aquel grupo que hizo historia. Y Tala se queda en la sobremesa hasta las 3 o 4 de la tarde. Jota Jota es el padrino de su hija y la mujer de Fillol, la madrina. Y todavía le dicen Toto al querido Rodolfo. Fue tan fuerte lo que compartieron, dejó una huella tan profunda, que el tono familiar con el que se tratan invita a pensar en que aún siguen siendo una gran familia.

Después de la sobremesa y de pitarse unos cuantos cigarros (fuma un paquete por día desde hace 60 años, con algún descansito), se dará una vuelta por el consultorio médico para que Pepe Seveso le revise la lesión, luego irá a merendar con los chicos en la pensión y se quedará la tarde y la noche charlando con ellos, haciéndoles más llevadera la estadía. Es la ventaja de vivir en un club como River: un “all inclusive“ con todos los servicios a disposición. O con casi todos, en realidad.
-Yo vivo en River los 30 o 31 días del mes. Trabajo, como, me atiendo, duermo, ¿qué más puedo pedir que hacerlo en mi club de toda la vida? Desde el 12 de febrero, que empecé otra vez en la pensión hasta hoy, 3 de septiembre, sólo traspasé el portón de Figueroa Alcorta cinco veces.

-¿Qué fue a hacer?
-Y... salí con alguna señorita (risas). Tengo 78 años pero todavía funciona. Con ayuda, pero funciona.

Por Diego Borinsky (2010)  / Foto: Jorge Dominelli

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