Las Entrevistas de El Gráfico

Sebastián Rambert, en primera persona

Por Redacción EG · 15 de enero de 2009

Habla sobre los consejos de Gareca, los recuerdos de Independiente, el arranque del avioncito y los famosos códigos del fútbol.

Nota publicada en la edición abril de 2008 de la revista El Gráfico.

El ayudante de campo de Ramón Díaz, 34 años, fue campeón con Independiente y River. Jugó en Boca y pasó por Inter.El ayudante de campo de Ramón Díaz, 34 años, fue campeón con Independiente y River. Jugó en Boca y pasó por Inter.

No pude aprovechar la experiencia de mi padre. Tuve la desgracia de perderlo a los ocho años. Se llamaba Angel. El, que jugó once años en Francia, podría haber sido un gran consejero para mí.

La imagen materna fue muy importante para mí. Le debo casi la totalidad de mi carrera a mi madre, Norma. Ella ha sido el sostén desde lo económico –porque lo necesitábamos– hasta el apoyo incondicional que me dio para ser alguien dentro del fútbol. Viví rodeado de mujeres, porque tengo dos hermanas mucho mayores que yo.

Soy más bien solitario y tranquilo. Tuve que vivir solo cuando fui a jugar en Italia. Y ahí aprendí a tomar decisiones y a ser más independiente.

No me imagino un mundo sin fútbol. Nunca se me pasó por la cabeza. Hoy entiendo cuando te dicen que hay que estudiar. Cuando me tocó trabajar en Arsenal, con la tercera, con Daniel Garnero, me di cuenta de que el embudo es muy chico y son pocos los que llegan. Yo tuve la suerte y llegué, pero la mayoría queda en el camino.

En el fútbol ha cambiado todo. A mí me llevaba mi vieja a las inferiores. Ella opinaba un poco y nada más que eso. Hoy el pibe va con los padres, el tío y el representante y todos van con la necesidad de que pueda llegar a ser alguien...

Otros que me ayudaron fueron Ricardo Gareca, cuando llegó a Independiente, Jorge Gordillo, Jorge Burruchaga, que me invitó a trabajar con Garnero en Arsenal... Siempre me han dejado cosas, no sólo desde lo futbolístico.

Cuando uno es joven el consejo dura poco. Es que el chico presta poca atención y al final uno se da cuenta de que, durante el año, termina recalcando lo mismo. A mí me pasaba igual, decía todo que sí y después del domingo me olvidaba.

 No son tantos los amigos que tengo del fútbol. Pero los que tengo son gente de bien: Garnero, Diego Cagna, Eduardo Berizzo... Uno se da cuenta de la verdadera amistad porque quizás no te ves por un tiempo, pero los lazos siguen fuertes.

En el ambiente del fútbol aprendí que hay que tener códigos. Nunca hay que hablar de más. Si no tenés la virtud de saber callar, terminás siendo un bocón. No hay nada peor que tratar de demostrar que uno sabe mucho. Hay cosas que quedan en el vestuario o en la intimidad. Y otras que ni a mis amigos les cuento, soy muy reservado.

No me formo un prejuicio sobre la persona que estoy por conocer. Casi siempre me seduce ver qué ofrece, porque casi siempre te muestran lo mejor en los inicios. Yo también soy de dar poco también. Con el tiempo, verás si realmente da para ser un amigo, el proceso se va a haciendo solo.

Mis mejores recuerdos son de Independiente, porque me formé en el club del cual soy hincha. Pude jugar en Primera, salir campeón... Hoy me doy cuenta de lo difícil que es obtener algo así, y yo lo logré muy joven. Lo que más fuerte me quedó grabado fue la Supercopa 94, y eso que antes habíamos ganado el Clausura de ese año. Todavía hoy mucha gente me lo hace recordar...

El jugador se forma por etapas. Todas requieren de un esfuerzo, pero las iniciales son las más duras. Cuando un pibe empieza, tiene esa inconciencia, esa chispa, que lo lleva a gambetar, a tirar un caño, a hacer locuras... Después eso se pierde, tener una tranquilidad económica lo lleva a ser un poquito más responsable y eso pasa a ser una presión.

Los cracks son los que juegan bien siempre, tienen una gran regularidad, siempre se mantienen igual, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Pude entrenar con Ricardo Bochini. Lo disfruté mucho, lo admiré siempre. Me llevó a una pretemporada y luego se fue.  Mi gusto fue verlo como jugador. Un grande.

Un dia descubri dónde era la casa de Gordillo, porque iba en bicicleta al Cinturón Ecológico donde entrenaba Independiente, y de casualidad lo vi. El salía a las 8 y yo iba a las 8 menos 10 y me quedaba en la bici esperando para verlo desde la esquina, con eso me conformaba...

Con Diego  tengo recuerdos muy lindos. Cuando llegué a Boca, al principio no se me daban las cosas. Un día, Diego vino a entrenar con Bilardo y dijo si yo me podía quedar pateando al arco con él. Me quedé toda la mañana y nunca me olvidé de ese día.

Maradona me dio una lección de grandeza. A mí me tocó, jugando en Boca, ser el encargado de tirar los penales, porque él no jugaba tanto. En un partido de local me toca un penal contra Universidad Católica. La gente enseguida lo coreó a Diego para que lo pateara él. Diego me dijo que lo hiciera yo y tuve la mala suerte de errar el penal. En la semana vino como a pedirme perdón: “Yo voy a tirar los penales, no quiero que a nadie le vaya mal por mi culpa, que me puteen a mí”, dijo. Es la primera vez que lo cuento públicamente.

Cuando el Inter me compró, me fui lesionado. Pero más allá de eso –porque al final dejé de jugar por esa rodilla–, el tema era que entonces sólo podían jugar tres extranjeros. Era muy difícil entrar. Me acuerdo que miraba en una pared la foto de Ramón Díaz, porque era el último argentino campeón antes de que llegáramos con Javier Zanetti. 

Es dificil, como jugador, entender que no te pongan. Eso pasó conmigo en el Inter, por el tema de los tres extranjeros. Zanetti y yo costamos 6,5 millones de dólares, pero Roberto Carlos valía 11 millones. Y cuando uno está en actividad, no siempre entiende bien como son las cosas...

Lo del avioncito nació casi de casualidad. En esos tiempos no se festejaban los goles de la misma forma. Una vez hice un gol y lo festejé así porque lo había visto en la tele, de un jugador brasileño. Fue entre la lluvia y el negro, ni me acuerdo el nombre, parecía un avión en serio. Yo lo hice en la cancha de Lanús, que estaba más seca que el asfalto bajo el sol. Me acuerdo que Cagna me miró y hacía señas de que estaba loco. Después seguí haciéndolo y me dio una identidad.

Me encanta Grecia, pero si me hubieran dicho de volver a jugar, habría dicho: ¡No, gracias! Son como nosotros, medio despelotados. Encima, el idioma: estudié casi ocho meses, dos veces por semana. En eso uno me gritaba una cosa y yo hacía otra. Salónica es como Mar del Plata. En verano es lindo, pero en invierno vas a buscar el diario y lo traés congelado...

El fútbol es un buen gancho para el tema social. Estuve como Subsecretario de Deportes y Juventud de Quilmes. Trabajamos en un proyecto de una Liga Municipal de Fútbol. La idea era reunir a clubes humildes de la zona y formar una liga. Así podíamos hacer controles médicos, ya que si no, los padres no llevan a los pibes a revisaciones. Después, cuando me vine a San Lorenzo, no pude seguir.

Con Ramón hay mucho para aprender. Tuve la posibilidad de tenerlo en el dia a día como técnico. Me dijo que no a muchas cosas, pero tuvimos una buena relación. Me convocó porque sintió que puedo ser un buen ayudante. Ha sido una suerte para mí, porque tiene muchas vivencias, sabe manejar grupos. Yo lo miro constantemente para aprender. Estar al lado suyo fue inesperado, aunque él sabía que yo había trabajado en Arsenal. Hoy disfruto de todo esto, porque siento que sigo preparándome para mi futuro...

 

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