¡Habla memoria!

1997. De la cancha al altar

Por Redacción EG · 17 de marzo de 2020

En poco menos de tres horas, Marcelo Gallardo vivió dos de las máximas emociones de su vida: dio una nueva vuelta olímpica con River y contrajo matrimonio con Geraldine, la novia de toda su vida.

Marcelo Daniel Gallardo jamás olvidará este 21 de diciembre de 1997. Y difícilmente viva en el resto de su vida dos emociones tan grandes, únicas e incomparables, como las que disfrutó en este domingo. Separadas, apenas, por tres escasas y vertiginosas horas.

“¿Te vas a casar el mismo día en que se va a definir el campeonato? ¿Estás loco?”, escuchó una y otra vez el Muñeco en los últimos días. Su respuesta, por supuesto, no podía ser otra: “Sí”. Porque eso fue exactamente lo que hizo el diez de River el domingo: a las 20:55, cuando el pitazo del árbitro Angel Sánchez marcó el final del partido ante Argentinos, Gallardo festejó sobre el campo de juego del estadio José Amalfitani un nuevo título con su equipo –el quinto en el fútbol argentino; el séptimo sumándo la Copa Libertadores ’96 y la reciente Supercopa–; y a las 23:30, en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima –de Martínez–, Marcelo contrajo matrimonio con Geraldine Alejandra Larrosa, la del primer beso allá por las calles de Merlo, la novia de toda su vida. “Jamás hubiera pensado que tantas cosas importantes me podrían pasar en tan poco tiempo. Es más: ¡Si me lo hubieran dicho, no lo habría creído! Pero bueno... ¿La verdad? Este es el mejor final para un año espectacular...”

¡Y qué final! ¡Plagado de emociones!

 

Para Gallardo la tarde empezó, tal vez, con uno de los mejores homenajes que puede recibir un jugador: el del reconocimiento de la gente. ¡Qué mejor termómetro de lo que despierta un futbolista que el aliento de la hinchada! Pues bien, tras el espectacular recibimiento gallinesco a todo el equipo –en un estadio que lanzaba llamas al cielo– y los ya clásicos “¡U–ru–guayo!” y “¡Chileee–no!” –¿Hace falta aclarar a quién iban dedicados?–, desde las dos populares surgió al unísono el reconocimiento para el Muñeco.

Era el homenaje al gran estratega del equipo durante toda esta exitosa temporada 1997. Era, también, el reconocimiento al joven que se había sobrepuesto a los fantasmas de un 1996 completamente adverso, se había animado a tomar el ardiente cometido de reemplazar al Burrito Ortega, y se había erigido –junto a su amigo y compañero de cuarto Marcelo Salas– como el hombre más desequilibrante del equipo de Ramón en esta segunda mitad de la temporada. Era, finalmente, la dedicatoria al muchacho de 21 años (nacido el 18 de enero de 1976) que, horas después, se casaría. Porque en la cancha no había hincha de River que no supiera de la ya archifamosa boda...

Marcelo Daniel Gallardo en plena acción, dejando tendido a Cristian Ledesma sobre el césped del estadio de Vélez.

Marcelo Daniel Gallardo en plena acción, dejando tendido a Cristian Ledesma sobre el césped del estadio de Vélez.

Marcelo contestó a tanto cariño con su mejor estilo: levantando tímidamente sus brazos hacia las dos tribunas. Después, se dedicó a lo suyo: crear. Y aun cuando su rendimiento no escapó al bajo perfil que mostró todo el equipo, durante el primer tiempo el hombre de la inconfundible camiseta fuera del pantalón se las arregló para estar dos veces a las puertas de convertir.

El resto del partido fue puro sufrimiento. Hasta que el pitazo final lo sorprendió solo, en el medio campo, y con un grito llenándole la boca: “¡Campeones, carajo!”.

De allí en más, el vértigo y la emoción se apoderaron de su cuerpo. Tras un profundo abrazo con el Negro Astrada, un Gallardo bañado en felicidad compartió la... media vuelta olímpica con sus compañeros. Acto seguido, se separó de la marea humana de jugadores y fotógrafos, se sumergió en el todavía desierto vestuario visitante, se cambió la camiseta y, en pantalones cortos y botines, se subió al móvil número 6667 de la Policía Federal. “¿Adónde va con el patrullero? Lo usamos sólo para salir del estadio. Después, cambia de vehículo”, le dijo Miguel Arévalo –hombre de custodia del equipo y organizador del operativo cancha–iglesia– a EL GRAFICO. ¿Cuál sería el “otro vehículo” que Gallardo abordaría pocos minutos después? Una blanca y lustrosa... ¡ambulancia!

El partido acaba de terminar y, tras compartir una mini vuelta olímpica con sus compañeros, el Muñeco -aún con pantalones cortos y botines- sube al patrullero que lo sacará a toda velocidad del José Amalfitani.

El partido acaba de terminar y, tras compartir una mini vuelta olímpica con sus compañeros, el Muñeco -aún con pantalones cortos y botines- sube al patrullero que lo sacará a toda velocidad del José Amalfitani.

Si Marcelo pensaba que, tras los festejos futboleros, encontraría sosiego durante su boda, pues bien... tardó segundos en comprender que estaba equivocado. Porque cerca de trescientos hinchas –casi todos ellos adolescentes– decidieron extender el festejo del campeonato en plena Libertador al 13.400, frente a la Parroquia donde se llevaría a cabo la ceremonia religiosa. Y trasladaron cantitos, banderas y festejos al corazón de Martínez, obligando a la policía cortar las calles. Súbitamente, el casamiento se había convertido en partido. Y el Muñeco actuó como tal: gambeteó a los fanáticos entrando a la Iglesia por una puerta trasera a bordo de su BMW azul, se reencontró con Alejandra en el altar, y ambos dieron el “sí, quiero” a las 23:30, bajo la atenta mirada de parientes y curiosos.

Geraldine y Marcelo reciben el cariño de la gente tras su casamiento en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima.

Geraldine y Marcelo reciben el cariño de la gente tras su casamiento en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima.

A la salida de la Parroquia, sí, no hubo manera de eludir a la gente: en medio de una gran maraña humana, los novios recibieron desde palmadas y besos hasta revoleos de cabeza antes de subir al Cadillac blanco descapotable que los llevaría a la fiesta.

Era el final de un día agitado para el Muñeco. Era el final, en realidad, del día más feliz de su vida.

De la cancha al altar. Y sin siquiera entretiempo...

 

 

Por JUAN IGNACIO CEBALLOS (1997).

Fotos: Alberto Raggio.

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