¡Habla memoria!

Goles de penal

Por Redacción EG · 29 de febrero de 2020

Una visita por distintos institutos carcelarios, en 2003, permitió comprobar que el fútbol es sagrado para los presos. Muchos se portan bien con tal de jugar los partidos porque dicen que es el único momento en el que se sienten libres.

Llue­ve y Ani­bal se quie­re mo­rir. No mi­ra por la ven­ta­na por­que no tie­ne y no se mo­ja por­que no es­tá al ai­re li­bre. Pe­ro es­cu­cha. Es­cu­cha el con­cier­to de go­tas que caen co­mo se­mi­cor­cheas, aun­que sin rit­mo ni for­ma, y ta­cha en la lis­ta de su ca­be­za la pa­la­bra fút­bol. Aní­bal es pe­ti­so, ca­no­so, tie­ne unos se­sen­ta años y es fa­ná­ti­co de San Lo­ren­zo (“San­fi­lip­po me vol­vía lo­co. Un mos­tro”). Es­tá sen­ta­do so­bre una si­lla hú­me­da y fría, en un rin­cón del Mó­du­lo 2 del Pa­be­llón de Con­duc­ta del Pe­nal de Ezei­za, don­de es­tá en­ce­rra­do des­de ha­ce “tres años, dos me­ses y sie­te días, por un te­mi­ta de frau­des y es­ta­fas” y, co­mo se ve, lle­va el tiem­po en la cár­cel bien con­ta­do. Aho­ra no pue­de creer su ma­la suer­te: con llu­via no pue­de sa­lir; con llu­via no pue­de co­rrer; con llu­via no pue­de sal­tar; con llu­via no pue­de ju­gar al fút­bol. En­ton­ces sur­ge la pre­gun­ta obli­ga­da: ¿Qué lu­gar ocu­pa la pe­lo­ta den­tro de la cár­cel? “Te ju­ro que es to­do. Y cuan­do te di­go to­do, es todo. No exis­te una per­so­na más fa­ná­ti­ca que un con­de­na­do. Si no mi­rás los par­ti­dos, si no es­cu­chás la ra­dio, si no sa­lís a ju­gar, si no se­guís a tu equi­po... ¿qué ha­cés? Si es­ta­mos acá aden­tro... El en­cie­rro te vuel­ve lo­co y, ade­más, te atro­fia las ar­ti­cu­la­cio­nes”, cuen­ta mien­tras ima­gi­na la can­cha em­ba­rra­da. Y agre­ga: “El fút­bol nos ayu­da a de­sa­ho­gar­nos. Por eso hoy, con es­ta llu­via, me quie­ro mo­rir”.

Al mis­mo tiem­po, y a va­rios ki­ló­me­tros de dis­tan­cia, en La Pla­ta to­da­vía se ve el sol. Y es pre­ci­sa­men­te en la Uni­dad Nú­me­ro 9, una de las cár­ce­les de la ca­pi­tal bo­nae­ren­se, don­de dos equi­pos aca­ban de re­par­tir­se pe­che­ras y jue­gan un par­ti­do de fút­bol, a dos tiem­pos de más o me­nos una ho­ra. En­tre los que es­tán en la can­cha, hay dos ju­ga­do­res que se des­ta­can so­bre el res­to, no só­lo por­que son las fi­gu­ras de sus res­pec­ti­vos equi­pos, si­no por las his­to­rias que car­gan so­bre sus es­pal­das. El del equi­po ro­jo, el ar­que­ro que sa­ca has­ta lo que le ti­ran sus pro­pios de­fen­so­res, es el fa­mo­so “Lo­co de la Ru­ta”, co­mo lo apo­da­ron –1,70 me­tro y muy po­co pe­lo–, que cum­ple una con­de­na por ase­si­nar pros­ti­tu­tas en los al­re­de­do­res de Mar del Pla­ta. Al­gu­nos pre­sos que mi­ran el par­ti­do de atrás del ar­co cuen­tan que el ex po­li­cía su­frió una di­fí­cil adap­ta­ción en la cár­cel por ser “ex co­ba­ni” y “ma­ta­con­chas”, dos de los tan­tos tér­mi­nos que se ma­ne­jan tras las re­jas.

 

Golazo en la cancha auxiliar de Olmos.

Golazo en la cancha auxiliar de Olmos.

 

Del otro la­do, con re­me­ra azul y el 14 en la es­pal­da, hay un de­fen­sor que co­rre más que el res­to. Tie­ne un ta­tua­je en el mus­lo de­re­cho, ca­si ta­pa­do por un short de Bo­ca del 92, y de arri­ba es ca­si im­pa­sa­ble. Ese de­fen­sor es Gus­ta­vo Gon­zá­lez, uno de los in­te­gran­tes de la Ban­da de Los Hor­nos, quien re­ci­bió ca­de­na per­pe­tua por ser par­tí­ci­pe pri­ma­rio en el ase­si­na­to del fo­tó­gra­fo Jo­sé Luis Ca­be­zas. A los dos los miran des­de un cos­ta­do el res­to de los in­ter­nos, esos que no tu­vie­ron la suer­te de sa­lir a ju­gar y se con­for­man con, al me­nos, ver un par­ti­do de fút­bol en vi­vo y en di­rec­to, aso­man­do la ca­be­za en­tre los an­gos­tos es­pa­cios que de­jan los ba­rro­tes. Y en la hin­cha­da, un es­pec­ta­dor que tam­po­co pa­sa inad­ver­ti­do: Ri­car­do Ba­rre­da, el odon­tó­lo­go que ase­si­nó a su mu­jer, a sus dos hi­jas y a su sue­gra por­que lo mal­tra­ta­ban y se bur­la­ban de él. Aun­que por su edad –es­tá cer­ca de los 70– no jue­ga al fút­bol, ca­si to­dos le gri­tan: “¡Gran­de, ído­lo!…”.

Dos ar­cos y una pe­lo­ta, tan sim­ple co­mo sue­na. Só­lo con eso, y a pe­sar de las re­jas, los guar­dias vi­gi­lan­do en lo al­to y el alam­bre de púas, un pre­so pue­de sen­tir­se li­bre, aun­que sea por unos mi­nu­tos.

 

LA LI­BER­TAD Y LA PE­LO­TA

“Yo ju­ga­ba en Comunicaciones y has­ta es­tu­ve a prue­ba en Ra­cing –re­la­ta Fer­nan­do, un ha­bi­li­do­so en­gan­che, zur­do e hin­cha fa­ná­ti­co de la Academia–. Iba, me en­tre­na­ba y vol­vía a mi ca­sa. Pe­ro a mis vie­jos les em­pe­zó a fal­tar gui­ta pa­ra co­mer y tu­ve que ha­cer al­go. En­ton­ces, sa­lí a afa­nar. Caí en ca­na a los 17, tu­ve ma­la suer­te, ¿vis­te? Y es­toy aden­tro ha­ce cin­co años. Acá es­tá bue­no ju­gar, aun­que sea me man­ten­go en for­ma pa­ra po­der ir y pro­bar­me otra vez en un club el día que sal­ga. Hoy só­lo ten­go la ca­be­za pues­ta en eso, en el fút­bol, por­que mis vie­jos ya fa­lle­cie­ron y no ten­go her­ma­nos. Na­die me vie­ne a vi­si­tar.”

Ca­sos co­mo el de Fer­nan­do hay mon­to­nes. No es na­da nue­vo de­cir que el au­men­to de la in­se­gu­ri­dad y la de­lin­cuen­cia en la Ar­gen­ti­na en los úl­ti­mos años fue enor­me. Y tam­po­co lo es pen­sar que las cár­ce­les co­men­za­ron a per­der es­pa­cios va­cíos, se su­per­po­bla­ron. En ca­si to­dos los ins­ti­tu­tos que vi­si­tó El Grá­fi­co, la sen­sa­ción de quie­nes for­man par­te del Ser­vi­cio Pe­ni­ten­cia­rio fue la mis­ma: “No da­mos abas­to”. Un ejem­plo es la Uni­dad 9 de La Pla­ta –pen­sa­da pa­ra que ha­ya 800 de­te­ni­dos– don­de hoy los pre­sos lle­gan a 1600. El pe­nal es­tá di­vi­di­do en 14 pa­be­llo­nes, to­dos fut­bo­le­ros: el de evan­ge­lis­tas, que tie­nen sus pro­pios mé­to­dos de con­vi­ven­cia; el de ex po­li­cías, que ob­via­men­te no se jun­ta con el res­to; el de re­fu­gia­dos, don­de de­ri­van a los que no lo­gran adap­tar­se a los de­más pa­be­llo­nes; el de au­to­dis­ci­pli­na, don­de vi­ven los de me­jor con­duc­ta y los que es­tu­dian; y, por úl­ti­mo, la “po­bla­ción”, los más pe­sa­dos de to­da la Uni­dad. En­tre las ac­ti­vi­da­des que rea­li­zan se en­cuen­tran la gim­na­sia, el aje­drez, el te­nis, el vó­ley, la es­cul­tu­ra… Pe­ro el en­tre­te­ni­mien­to prin­ci­pal en los pe­na­les de to­do el país es, sin du­das, el fút­bol.

El técnico observa a su equipo desde un costado, en la Unidad 9 de La Plata.

El técnico observa a su equipo desde un costado, en la Unidad 9 de La Plata.

El Chue­co –tan al­to y gor­do que me­te mie­do, de­te­ni­do en Ol­mos por do­ble ho­mi­ci­dio– ex­pli­ca que, aun­que nun­ca ha­bía ju­ga­do a la pe­lo­ta, la pa­sión de los de­más lo con­ta­gió: “Co­mo soy un pa­ta­du­ra me man­da­ron al ar­co y aho­ra me va bien, ¿eh? Ata­jar es lin­do, aun­que la al­tu­ra y las pier­nas no me ayu­dan pa­ra na­da. Pa­ra no­so­tros, sa­lir de la pie­za es co­mo que­dar un ra­to en li­ber­tad. Ape­nas nos abren la re­ja sa­li­mos to­dos co­rrien­do co­mo lo­cos, je. Pa­re­ce un bo­lu­deo, pe­ro ¿sa­bés lo que es es­tar en­ce­rra­do las 24 ho­ras del día? Por eso, pa­ra no­so­tros, los mo­men­tos que sa­li­mos a ju­gar son sa­gra­dos, no sa­bés. Tan sa­gra­dos co­mo las vi­si­tas de tu mi­na…”.

 

LA ME­JOR TE­RA­PIA

En un rin­cón, Mar­tín es­tá til­da­do. Tie­ne ta­tua­jes por to­dos la­dos, uno en una pier­na y va­rios en un bra­zo, que camuflan una herida de 7 centímetros en el hombro. Mi­ra el pi­so, pe­ro no ve na­da. De su cue­llo –tam­bién ta­tua­do– cuel­ga un ro­sa­rio blan­co. Pa­re­ce una es­ta­tua que de­co­ra el pa­tio del pa­be­llón, mien­tras los que no jue­gan al fút­bol char­lan de ven­ta­na a ven­ta­na, abra­za­dos a los fríos ba­rro­tes. Mar­tín si­gue til­da­do. Es lla­ma­ti­vo el con­tras­te. Mien­tras mu­chos co­rren de­trás de una pe­lo­ta, él, al cos­ta­do de la can­cha, jue­ga un par­ti­do mu­cho más di­fí­cil: sin el gus­to por el fút­bol no en­cuen­tra la ma­ne­ra de que el tiem­po pa­se más rá­pi­do. Só­lo es­pe­ra. Y se man­tie­ne col­ga­do en su mun­do.

Los psi­có­lo­gos que tra­ba­jan en la cár­cel coin­ci­den en des­ta­car la in­fluen­cia del fút­bol en el es­ta­do de áni­mo de los pre­sos y lo ven co­mo al­go im­pres­cin­di­ble pa­ra des­car­gar la bron­ca y las ten­sio­nes de sen­tir­se aco­rra­la­dos. “Al­gu­nos es­tán de­pri­mi­dos y ni se quie­ren mo­ver –ex­pli­ca uno de los psi­có­lo­gos del pe­nal de Ezei­za–. Por eso es im­por­tan­te que sal­gan a ju­gar un po­co, que de­jen el en­cie­rro un ra­to. Con el fút­bol tie­nen un nue­vo ob­je­ti­vo ca­da día, co­mo meter un gol o prac­ti­car una ju­ga­da; pue­den ha­cer ejer­ci­cio y, ade­más, el día se les ha­ce mu­cho más cor­to. Pa­ra los guar­dias tam­bién es me­jor, por­que los pre­sos se can­san co­rrien­do y se van a dor­mir di­rec­to, sin ar­mar pro­ble­mas.”

Ade­más, el fút­bol es uti­li­za­do co­mo alen­ta­dor de la bue­na con­duc­ta –“Si te por­tás mal no sa­lís a ju­gar por dos me­ses”–, es un pri­vi­le­gio que le dan al de­te­ni­do si no cau­sa in­con­ve­nien­tes. “Por lo ge­ne­ral, no hay pe­leas –ex­pli­ca Is­mael, panza de vino e hin­cha de Dock Sud, de­te­ni­do en Ezei­za por ro­bo a ma­no ar­ma­da–. Ba­ja­mos a di­ver­tir­nos, a pa­sar el me­jor mo­men­to. Y lo cui­da­mos, por­que es un be­ne­fi­cio que nos dan las au­to­ri­da­des. De­pen­de de no­so­tros, na­da más.” El Ren­go, que camina como un pingüino, tiene 29 años y está de­te­ni­do por ten­ta­ti­va de ho­mi­ci­dio, agre­ga: “El fút­bol es fun­da­men­tal. Te­ne­mos la ven­ta­ja de te­ner cés­ped, eso es co­mo un ca­ble a tie­rra. Es­pi­ri­tual, fí­si­ca y psi­co­ló­gi­ca­men­te es bue­no pa­ra no­so­tros, por­que con el fút­bol sa­li­mos al ai­re li­bre. Es juego por un la­do y li­ber­tad por el otro… Es, le­jos, el me­jor mo­men­to de la se­ma­na”. 

Pa­ra Ja­vier, el Gor­do, en­ce­rra­do en Ol­mos des­de ha­ce más de tres años, la sen­sa­ción no es dis­tin­ta, a pe­sar de es­tar en otra cár­cel: “El fút­bol es la úni­ca te­ra­pia que te­ne­mos. Es­ta es una cár­cel de má­xi­ma se­gu­ri­dad, no po­de­mos ha­cer na­da más. Es­ta­mos en­ce­rra­dos y el fút­bol es el úni­co mo­men­to que te­ne­mos pa­ra de­jar de pen­sar. Si no nos sa­ca­mos de la ca­be­za que es­ta­mos per­dien­do años de nues­tras vi­das, nos mo­ri­mos de an­gus­tia. Con la pe­lo­ta nos di­ver­ti­mos un ra­to y ni te das cuen­ta de que te es­tán vi­gi­lan­do con un ri­fle en la ma­no. Te sen­tís li­bre…”.­


OR­GA­NI­ZA­CIÓN TUM­BE­RA

El tiem­po que tie­nen los pre­sos pa­ra co­rrer atrás de la pe­lo­ta va­ría se­gún el pe­nal, pe­ro, ge­ne­ral­men­te, es de dos tur­nos de dos ho­ras por se­ma­na, a la ma­ña­na y a la tar­de. “Ha­ce­mos cam­peo­na­tos por tan­das, por­que es im­po­si­ble sa­car­los a to­dos –cuen­ta Marcelo Fassi, uno de los pro­fe­so­res de edu­ca­ción fí­si­ca de la 9 de La Plata–. Nun­ca los mez­cla­mos. Por ejem­plo, ba­ja­mos por un la­do a los evan­ge­lis­tas, que son co­mo 500, y des­pués a la po­bla­ción, que son, le­jos, los más bra­vos. No los po­ne­mos en la mis­ma can­cha por­que se ar­ma… Una vez los jun­ta­mos y fue un caos.”

Como en la plaza, pero entre paredes y alambres. El fútbol une a los presos, aunque nunca faltan las peleas por los colores preferidos.

Como en la plaza, pero entre paredes y alambres. El fútbol une a los presos, aunque nunca faltan las peleas por los colores preferidos.

Los cam­peo­na­tos, en su ma­yo­ría, son or­ga­ni­za­dos por los pro­fes, a pe­di­do de los in­ter­nos. Ca­da pa­be­llón rea­li­za una pre­se­lec­ción (no hay lu­gar pa­ra to­dos) pa­ra de­fi­nir quié­nes son los me­jo­res, aun­que casi siempre ter­mi­nan ju­gan­do los de más po­der, los ca­pos del pa­be­llón. Más allá de las apues­tas in­ter­nas en­tre los pre­sos –ge­ne­ral­men­te se jue­ga por un so­bre­ci­to de ju­go Tang o por quién va a ce­bar ma­te du­ran­te to­da la se­ma­na–, los cam­peo­na­tos tie­nen un tro­feo pa­ra el ga­na­dor y un pre­mio es­pe­cial: sa­lir del me­nú de fi­deos, arroz y gui­so pa­ra lle­nar el es­tó­ma­go con va­rios cho­ri­pa­nes y una bue­na ti­ra de asa­do.

“Pa­ra no­so­tros los cam­peo­na­tos son lo más–ex­pli­ca Fer­nan­do, casi un mannequin de casa de deportes: remera de Argentino de Merlo, shorts del Barça y medias de Newell’s, pro­ce­sa­do por ho­mi­ci­dio sim­ple–. Es co­mo que nos ol­vi­da­mos de to­do. Nos sen­ti­mos bár­ba­ro, es la emo­ción del de­por­te; de es­tar en­ce­rra­dos y de re­pen­te po­der sa­lir. Los equi­pos ca­si nun­ca son los mis­mos, por los cam­bios de alo­ja­mien­to que hay. Pa­sa que pa­ra que no ha­ya qui­lom­bo nos cam­bian de Uni­dad; en­ton­ces a ve­ces te­nés un com­pa­ñe­ro que la mue­ve y te lo man­dan pa­ra otro pa­be­llón y en­ci­ma jue­ga pa­ra el otro equi­po. Es co­mo ser com­pa­ñe­ro de Te­vez y que te lo ven­dan a Eu­ro­pa. Des­pués te lo en­con­trás en la fi­nal, te ca­ga a go­les y te que­rés ma­tar…”

El com­por­ta­mien­to en los tor­neos es bue­no, se­gún los ce­la­do­res. Y es que a los pre­sos la bue­na con­duc­ta les sir­ve pa­ra ba­jar sus con­de­nas. Hay va­rios que uti­li­zan un sim­ple par­ti­do pa­ra mos­trar­se an­te los guar­dias. Una es­pe­cie de “mi­ren qué bien me por­to”.

“Hay dis­cu­sio­nes nor­ma­les, del mo­men­to, co­mo en cual­quier par­ti­do, pe­ro no po­de­mos por­tar­nos mal, por­que sino nos man­dan al bu­zón (ca­la­bo­zos de 2x2, os­cu­ros, sin ba­ño ni ca­ma). Men­ti­ría di­cien­do que so­mos 22 mon­ji­tas ju­gan­do, pe­ro tam­po­co es que nos ma­ta­mos”, acla­ra El Gor­do, que lu­ce un ta­tua­je de Bo­ca en el bra­zo de­re­cho y no ve la ho­ra de vol­ver a pa­rar­se en un pa­raa­va­lan­chas de la Bom­bo­ne­ra. 

 

ES­PEC­TA­DO­RES TRAS LAS RE­JAS

En el pa­be­llón nú­me­ro 3 de Ezei­za hay dos te­le­vi­so­res, col­ga­dos de un vie­jo so­por­te, que só­lo sin­to­ni­zan los ca­na­les de ai­re. Es­tán bas­tan­te al­tos, a eso se de­ben las ca­ras lar­gas. Sen­ta­dos, ca­si hip­no­ti­za­dos, unos 30 pre­sos mi­ran un par­ti­do de Pri­me­ra. Al­gu­nos es­tán en cue­ros, otros lle­van los co­lo­res de su equi­po a cues­tas. Son po­cos los que no pres­tan aten­ción. Unos plan­chan su ro­pa, otros leen o jue­gan al truco. En cam­bio, en La Pla­ta, mu­chos mi­ran el mis­mo par­ti­do, pe­ro des­de su pro­pia cel­da, en su pro­pio te­le­vi­sor, con su pro­pio con­trol re­mo­to y has­ta pue­den sin­to­ni­zar TyC Sports pa­ra ver el par­ti­do del Real Ma­drid (y ni ha­blar a la no­che, cuan­do se pue­de enganchar has­ta el ca­nal por­no). Se­gún ellos, ese be­ne­fi­cio de­pen­de de su con­duc­ta, si es­tu­dian o tra­ba­jan. Y, cla­ro, de su re­la­ción con los guar­dias.

Al re­vés de lo que mu­chos pien­san, los pre­sos tie­nen más ac­ce­so a la in­for­ma­ción que tan­tos otros fa­ná­ti­cos que ca­mi­nan li­bre­men­te por la ca­lle. En la cár­cel nun­ca fal­tan la te­le con ca­ble, las ra­dios, los dia­rios ni las re­vis­tas. “No­so­tros acá te­ne­mos ca­ble –cuen­ta Luis, quien ex­hi­be or­gu­llo­so, des­de Ol­mos, su di­plo­ma de di­rec­tor téc­ni­co de di­vi­sio­nes in­fan­ti­les–. Y si se ol­vi­dan de po­ner el fút­bol, to­dos gri­tan ‘¡che, po­né el par­ti­do, lo­co’. Es, co­mo el no­ti­cie­ro, sa­gra­do, al­go que nos sa­ca por un ra­to. El no­ti­cie­ro lo ve­mos pa­ra es­tar in­for­ma­dos. Es bue­no sa­ber lo que pa­sa. Ma­ña­na nos va­mos, sa­li­mos, y ¿qué ha­ce­mos? No po­de­mos ha­cer de cuen­ta que du­ran­te es­tos años no exis­ti­mos.”

 

Nunca la falta la custodia, ni en los picados que se arman.

Nunca la falta la custodia, ni en los picados que se arman.

 

To­dos los do­min­gos a la no­che se reúnen en el pa­be­llón. En ese mo­men­to na­die se mue­ve ni se cru­za de­lan­te de la tele. Cuan­do jue­gan Bo­ca o Ri­ver son más los que se jun­tan. Eso sí: los bos­te­ros por un la­do y las ga­lli­nas por el otro… y na­da de jo­das cuan­do se ter­mi­na el par­ti­do.

“Nos que­da­mos vien­do fút­bol ca­si to­da la no­che –co­men­ta uno de los pre­sos, que no quie­re dar a co­no­cer su nom­bre, ni su apo­do, ni na­da–. Ve­mos des­de los par­ti­dos del as­cen­so has­ta los de Ale­ma­nia o In­gla­te­rra. Cuan­do ve­mos Fút­bol de Pri­me­ra se ar­man tri­bu­nas y em­pie­zan los can­ti­tos… Por lo ge­ne­ral se sientan los de Ri­ver por un la­do y los de Bo­ca por otro. Y los que so­mos de Hu­ra­cán, co­mo yo, nos que­da­mos su­frien­do so­los. Es bue­ní­si­mo, no sa­bés có­mo se po­nen los lo­cos. Co­mo acá es to­do ce­rra­do, re­tum­ba y pa­re­ce la Bom­bo­ne­ra.”

El ho­ra­rio pa­ra en­trar en ca­da cel­da va­ría se­gún la cár­cel, ca­si siem­pre el lí­mi­te ven­ce al­re­de­dor de las 22. Pe­ro el fút­bol es más fuer­te: los do­min­gos el ho­ra­rio se es­ti­ra. Y mu­cho. “Los guar­dias nos de­jan ver bas­tan­te fút­bol –acla­ra Da­niel, de­te­ni­do en Ezei­za–. Du­ran­te el Mun­dial, el año pa­sa­do, no sa­bía­mos có­mo íba­mos a ha­cer, por­que los par­ti­dos se ju­ga­ban a las 3 y a las 5 de la ma­ña­na. En­ton­ces armamos una reu­nión y arre­gla­mos con las au­to­ri­da­des del pe­nal que, si nos por­tá­ba­mos bien, nos iban a de­jar ver la te­le cuan­do ju­ga­ba Ar­gen­ti­na. Y así fue. Lás­ti­ma lo que tu­vi­mos que ver… ¡una mier­da, ju­ga­ron co­mo el cu­lo!”

El fút­bol es tan te­ni­do en cuen­ta den­tro de la cár­cel que has­ta va­rios pre­sos son ubi­ca­dos se­gún el equi­po del que son hin­chas. “A ve­ces te­nía­mos ca­pos de ba­rras bra­vas que coin­ci­dían en el mis­mo pa­be­llón –ex­pli­ca un guar­dia que pi­dió que­dar en el ano­ni­ma­to–. Sa­bía­mos que ha­bía pi­ca, en­ton­ces en­se­gui­da los cam­biá­ba­mos. Nos pa­só ha­ce po­co con dos de los ca­pos de Es­tu­dian­tes y Gim­na­sia.”

Cuen­tan que no hay na­da peor pa­ra un ba­rra­bra­va que es­tar so­lo en la cár­cel. “Le ha­cen la vi­da im­po­si­ble. ‘¿Así que vos sos gua­po de a mu­chos? –Le di­cen– Ve­ní, a ver có­mo te la aguan­tás so­li­to’ y le ha­cen de to­do. Sí, sí, le ha­cen de to­do…”  

 

CO­MO SE JUE­GA

“No jun­ta­rás pre­sos de dis­tin­tos pa­be­llo­nes den­tro de un cam­po de jue­go”, di­ce uno de los pri­me­ros y fun­da­men­ta­les man­da­mien­tos car­ce­la­rios. No sa­len a ju­gar así no­más, hay va­rios pa­sos pre­vios al par­ti­do: pri­me­ro, pa­ra sa­car a los de­te­ni­dos de las cel­das, se pa­sa lis­ta, pa­ra que no se es­ca­pe nin­gu­no des­pués de ju­gar. Se­gun­do, se los re­vi­sa, por pre­cau­ción, ya que va­rias ve­ces los de peor con­duc­ta ba­ja­ron con una “fa­ca” –una es­pe­cie de cu­chi­llo – y el par­ti­do nun­ca se ju­gó. Y, ter­ce­ro, se los vi­gi­la an­tes, du­ran­te y des­pués del jue­go. De esa ma­ne­ra los ce­la­do­res ha­cen guar­dia y, de pa­so, mi­ran un po­co de fút­bol.

“Ha­ce nue­ve años que es­toy acá y nun­ca vi a un que­bra­do –se sin­ce­ra uno de los pro­fe­so­res de edu­ca­ción fí­si­ca de La Pla­ta, que confiesa que apenas empezó a trabajar con los presos tuvo miedo de ser tomado como rehén–. En la can­cha hay fric­cio­nes, pe­ro cuan­do se ar­ma qui­lom­bo es por­que ha­bía pro­ble­mas de an­tes. Si se quie­ren ma­tar aden­tro de la can­cha, se ma­tan. El pro­ble­ma es que aho­ra son muy pen­de­jos y es­tán to­dos sa­ca­dos. Ha­blás con un pi­be de 20 y te das cuen­ta de que es­tá en otra; sa­le de acá y se va de ca­ño otra vez o sa­le a cho­rear pa­ra la fru­la, otra no le que­da”. Des­de un cos­ta­do, un pre­so es­cu­cha y se me­te: “Pa­rá, che, na­da que ver. ¿Vos te pen­sás que siem­pre jue­gan así de lin­do? Aho­ra es­tán tran­qui­los por­que es­tán us­te­des, es­tán ju­gan­do a las mu­ñe­cas. Pe­ro acá a mí me rom­pie­ron la ro­di­lla. Hay al­gu­nos que sa­len y se dan con to­do. Son pi­bes bue­nos, lo ha­cen de on­da, pe­ro no se dan cuen­ta y te quie­bran de una”, di­ce Raúl, que es­pe­ra sa­lir en mar­zo pa­ra cu­rar­se de la le­sión y vol­ver a ju­gar.

 

En el patio se preparan los que esperan su turno para jugar.

En el patio se preparan los que esperan su turno para jugar.

 

Canchas hay para todos los gustos: la del Penal de Ezeiza está tan cuidada como la de Ferro –los mismos internos se encargan de cortar el pasto y conseguir la cal para las líneas–, no hay ni un pozo, tiene banderines en los córners y, los arcos, obviamente, tienen red. La de Olmos tiene un ingrediente extra: no sólo se puede jugar al fútbol, sino que también puede armarse un partido de waterpolo. Con sólo dos días de lluvia quedó inutilizable por más de tres meses...

¿Y la pe­lo­ta? En mu­chas cár­ce­les del país los pre­sos tie­nen la po­si­bi­li­dad de em­pe­zar o com­ple­tar sus es­tu­dios, ya sean pri­ma­rios, se­cun­da­rios y, en al­gu­nos ca­sos, has­ta uni­ver­si­ta­rios. Por ejem­plo, en la Uni­dad 9 de La Pla­ta son mu­chos los es­tu­dian­tes que es­tán por re­ci­bir­se de abo­ga­dos. Otros, los que no aga­rran los li­bros ni de ca­sua­li­dad, tra­ba­jan en dis­tin­tas áreas, co­mo sa­ni­dad, lim­pie­za y co­ci­na. A cam­bio re­ci­ben un suel­do, que ge­ne­ral­men­te ron­da los 50 pe­sos por mes. Y ese di­ne­ro tie­ne va­rios des­ti­nos: yer­ba, tar­je­tas de te­lé­fo­no, ci­ga­rri­llos… Y, cla­ro, un pe­so pa­ra la pe­lo­ta. 

Co­mo acá es­tá lle­no de pa­ta­du­ras –se que­ja Ga­briel, 43 años, con­tra­ban­do de dro­gas–, el ful­bo se pin­cha ca­da dos o tres par­ti­dos… En­ton­ces ha­ce­mos una va­qui­ta de un pe­so por ca­be­za y com­pra­mos uno. Le da­mos la pla­ta al ce­la­dor o a nues­tros fa­mi­lia­res y nos com­pran la bo­la. Acá no nos ti­ran ni una. De vez en cuan­do uno en­cuen­tra una pe­lo­ta pin­cha­da por la ca­lle y la trae. Acá se arre­gla, se le po­ne la cá­ma­ra y se jue­ga. Pa­sa que un fulbo bue­no te du­ra, co­mo mu­cho, 20 días… Los del Ser­vi­cio Pe­ni­ten­cia­rio po­drían po­ner­se las pi­las y re­ga­lar­nos uno, ¿no?” Ge­ne­ral­men­te la pe­lo­ta es de cue­ro y la cui­da al­guien del pa­be­llón. “Una vez vi­nie­ron a ju­gar Cam­ba­ce­res y San Car­los –si­gue Ga­briel– y nos re­ga­la­ron un mon­tón de ful­bos. Es­tu­vo bár­ba­ro, ju­ga­ron re-bien esos pi­bes.”

Du­ran­te los tor­neos se in­ten­tan evi­tar los ro­ces y los pro­ble­mas. Por eso los tiem­pos son de 25 mi­nu­tos y jue­gan só­lo 18 en la can­cha de 22, pa­ra que ha­ya más es­pa­cio y no se cho­quen de más. Una vez al año se or­ga­ni­za un cam­peo­na­to gran­de, en to­das las cár­ce­les. Son más de 50 equi­pos por Uni­dad, de 9 ju­ga­do­res, a eli­mi­na­ción di­rec­ta. El que pier­de só­lo se con­for­ma con oler el cos­ti­llar que de­vo­ra el equi­po ga­na­dor. “Nos por­ta­mos bien, a lo su­mo nos da­mos un par de ca­che­ta­zos aden­tro. Si que­re­mos ba­jar a ha­cer otra co­sa, ése es un mam­bo apar­te. El fút­bol no es la ex­cu­sa, por­que si al­guien ba­ja a pe­lear­se, no va a ju­gar al fút­bol, di­rec­ta­men­te se pe­lea aden­tro. Apos­ta­mos por 300 em­pa­na­das, por car­to­nes de ci­ga­rros, por un ful­bo que trae al­gún fa­mi­liar... Cuan­do al­gu­nos tie­nen vi­si­ta es bue­ní­si­mo: los es­cu­chás que le di­cen a la mu­jer ‘trae­me un car­tón de ci­ga­rros que per­di­mos’, je. Acá se di­ri­ge sin tar­je­ta, pe­ro se co­bra bien. Te ex­pul­san y que­dás cin­co mi­nu­tos afue­ra... A mí la otra vez me echa­ron. Fui­mos a tra­bar una pe­lo­ta y yo le­van­té un po­qui­to al­to la pier­na...”

En Ol­mos se or­ga­ni­zan cam­peo­na­tos por pi­sos. Y du­ran­te el tor­neo los equi­pos se van co­no­cien­do y pa­san­do in­for­ma­ción. “Cui­da­do que los del se­gun­do jue­gan bien”, se aler­tan. En­ton­ces dia­gra­man el par­ti­do en el mis­mo pa­be­llón. “Va­mos a ju­gar así, vos mo­ve­te por acá, y cui­da­do con aquel que es gor­di­to, pe­ro jue­ga pio­la.”

El ca­be­ci­lla es el téc­ni­co y el ár­bi­tro ge­ne­ral­men­te es al­guien a quien se res­pe­ta o se le tiene mie­do. “Una vez se nos ocu­rrió una idea bár­ba­ra –cuen­ta unos de los pro­fe­so­res–. Co­mo a no­so­tros no nos daban bola, pu­si­mos de ár­bi­tro a uno de los Do­ce Após­to­les (N. de R.: el gru­po que or­ga­ni­zó el fa­mo­so mo­tín en la cár­cel de Sie­rra Chi­ca, en 1996, don­de pre­pa­ra­ron em­pa­na­das con el cuer­po de un re­hén y ju­ga­ron al fút­bol con su ca­be­za). En­ton­ces el ti­po co­bra­ba y todos se quedaban callados. Y cla­ro, con lo que ha­bían he­cho esos ti­pos, ¿quién le iba a re­cla­mar una tar­je­ta?”.

 

Estudiantes por deporte

Gracias al programa “Deporte en las cárceles”, que lleva adelante la Secretaría de Deporte de la Nación, más de 200 internos realizaron cursos de árbitro y de técnico. Hoy, muestran su diploma con orgullo.

Hec­tor bal­das­si y Jor­ge Rat­ta­li­no fue­ron dos de los tan­tos in­vi­ta­dos de lu­jo que se die­ron una vuel­ta por el Pe­nal de Ezei­za. Con­vo­ca­dos por Ser­gio Ghi­bau­di, el juez que dic­tó los cur­sos en el Mó­du­lo 1, los hom­bres de ne­gro de­ja­ron con­se­jos, con­ta­ron anéc­do­tas y, cla­ro, char­la­ron de fút­bol. “La­men­ta­ble­men­te el in­ter­no no se ajus­ta con fa­ci­li­dad a los re­gla­men­tos –ex­pli­ca Ghi­bau­di–. Lo bue­no es que a tra­vés del fút­bol co­mien­zan a in­ter­pre­tar re­glas y a ubi­car­se den­tro de un con­tex­to.” El cur­so du­ró seis me­ses y los pre­sos con­si­guie­ron su tí­tu­lo de ár­bi­tro de Fut­sal yen­do a cla­ses to­dos los lu­nes a la ma­ña­na y apren­dien­do las 18 re­glas fun­da­men­ta­les del Fut­sal, con ejem­plos con­cre­tos so­bre el pi­za­rrón.

“Es­tu­vo bár­ba­ro –re­cuer­da Jo­sé Luis, con­de­na­do por do­ble ho­mi­ci­dio–, me acuer­do de que nos acla­ra­ron un mon­tón de du­das que te­nía­mos. Aho­ra, cuan­do no me to­ca ju­gar, pi­do ser ár­bi­tro y va­rios me res­pe­tan. Pa­ro la ju­ga­da y les di­go ‘es así, lo­co, me lo di­jo Bal­das­si’ y se ca­gan de la ri­sa. Es­tá bue­no, qui­zá cuan­do sal­ga tra­te de me­ter­me a di­ri­gir en al­gún la­do.”

La puerta del cielo. El acceso a la canchita para olvidar el encierro.

La puerta del cielo. El acceso a la canchita para olvidar el encierro.

En Ol­mos tam­bién se dic­tó un se­mi­na­rio, pe­ro no de ár­bi­tros, si­no de di­rec­ción téc­ni­ca. Los pre­sos tam­bién se ano­ta­ron sin pen­sar­lo ape­nas se en­te­ra­ron de la idea, aun­que só­lo los de bue­na con­du­c­ta ob­tu­vie­ron ese be­ne­fi­cio. “Cuan­do me die­ron el di­plo­ma me emo­cio­né –cuen­ta Ma­no­lo, 35 años, hin­cha de Ri­ver–. Vi­nie­ron to­dos nues­tros fa­mi­lia­res a la en­tre­ga. Pa­ra mí es un or­gu­llo sa­ber que mi hi­jo lo tie­ne col­ga­do en su cuar­to. Es un buen ejem­plo.” El éxi­to de la con­vo­ca­to­ria se de­bió, en par­te, a la ne­ce­si­dad y el pe­di­do de los in­ter­nos pa­ra ha­cer una ac­ti­vi­dad di­fe­ren­te a la de to­dos los días. “Ne­ce­si­tá­ba­mos al­go pa­ra sen­tir que no per­día­mos el tiem­po –con­ti­núa Ma­no­lo–. Si bien po­de­mos tra­ba­jar, el fút­bol nos en­can­ta. Y ni ha­blar si te­ne­mos la po­si­bi­li­dad de es­tu­diar al­go re­la­cio­na­do con eso, que es nues­tra pa­sión.”

El tí­tu­lo ob­te­ni­do les per­mi­te ser téc­ni­cos de un equi­po de fút­bol in­fan­til. Y mu­chos sue­ñan con sa­lir lo an­tes po­si­ble pa­ra sa­car cha­pa en el club de su ba­rrio. “¿Quién te di­ce que el día de ma­ña­na El Grá­fi­co me ha­ga una no­ta no por es­tar acá aden­tro, si­no por lo bien que le va a mi equi­po...”, bro­mean.

 

KIT BASICO DE UN PRESO FUTBOLERO

El ful­bo, co­mo lo lla­man to­dos, pue­de ser de cue­ro, de tra­po o de lo que sea. En al­gu­nos pa­be­llo­nes has­ta se jue­ga con la vie­ja y que­ri­da Pul­po. Si es bien re­don­da, me­jor; si no, no im­por­ta. To­do sea por pa­tear un ra­to.

Las sú­per fas­hion Ni­ke úl­ti­mo mo­de­lo ga­nan por go­lea­da. “Es una cues­tión de sta­tus y una for­ma de de­mos­trar po­der”, ex­pli­can. Aun­que no ba­jan de 200 pe­sos, no se las sa­can ni pa­ra pe­gar­le de pun­tín.

Son último Mo­de­lo. “¿Vos que­rés ju­gar un tor­neo con once ca­mi­se­tas del Man­ches­ter? Pe­di­me al­go más di­fí­cil... Te las con­si­go ma­ña­na. Lla­mo a un ami­go y me trae has­ta el bu­zo del ar­que­ro”, di­cen.

El ídolo del día se debe a su hinchada. En la cárcel, los que se portan bien juegan al fútbol. El resto se conforma con espiar entre los barrotes.

El ídolo del día se debe a su hinchada. En la cárcel, los que se portan bien juegan al fútbol. El resto se conforma con espiar entre los barrotes.

De los ma­tu­ti­nos más co­no­ci­dos a las mi­nirre­vis­tas he­chas a pul­món del fút­bol del as­cen­so. Las fo­tos re­cor­ta­das son un clá­si­co pa­ra de­co­rar la cel­da. Cla­ro que las Play­boy tam­bién ayu­dan…

La ma­yo­ría só­lo sin­to­ni­za ca­na­les de ai­re, aun­que al­gu­nos pri­vi­le­gia­dos se dan el lu­jo de ver el re­su­men del cal­cio por Fox Sports. “Es­ta­mos pre­sos, pe­ro no de­sin­for­ma­dos”, acla­ran.

La di­vi­sion Re­qui­sa del pe­nal les au­to­ri­za, me­dian­te au­dien­cia pre­via, el in­gre­so de una ra­dio. Una de las co­sas que más pi­den los in­ter­nos son pi­las. “Ey, lo­co, co­pa­te, ¿me das las pi­las de tu gra­ba­dor?”. El Grá­fi­co tam­po­co za­fó del pe­di­do…

 

 

EN CARNE PROPIA

Por Carlos Randazzo

El ex jugador de Boca estuvo 11 meses en Caseros y recuerda cómo vivió el fútbol tras las rejas.

Es­tu­ve pre­so en Ca­se­ros acu­sa­do de un ho­mi­ci­dio y du­ran­te ese tiem­po el fút­bol fue fun­da­men­tal. Si sa­lir diez me­tros del pa­be­llón ya te ayu­da­, ni ha­blar lo que sig­ni­fi­ca­ po­der ju­gar un par­ti­do. Te des­car­gás, te dis­ten­dés y así te can­sás, al­go que es fun­da­men­tal pa­ra dor­mir me­jor. Por más que seas ju­ga­dor, ahí lo que hay que sa­car a re­lu­cir es el po­tre­ro que te­nés encima. En Ca­se­ros la can­cha es­ta­ba en un gim­na­sio, arri­ba de to­do. Se pe­día per­mi­so y se ju­ga­ba dos o tres ve­ces por se­ma­na, es­ta­ba bue­no. A mí me in­vi­ta­ban mu­cho por­que me co­no­cían. En esos par­ti­dos nun­ca ha­bía ár­bi­tro y era to­do un te­ma... Era co­mo en un re­creo del co­le­gio, con la di­fe­ren­cia de que si vos en el co­le­gio te por­tás mal, te ponen en pe­ni­ten­cia, pe­ro en la cár­cel si se ar­ma bron­ca, co­bran to­dos. Se te po­ne la re­qui­sa enfrente, for­man dos fi­las en la puer­ta y hay que sa­lir de a uno. De ésa sí que no se podía zafar, cobraba de lo lindo...

 

Carlos Randazzo.

Carlos Randazzo.

 

Ser co­no­ci­do me ayu­dó en al­gu­nas co­sas. Por ejem­plo, a los tres o cua­tro me­ses pe­dí el pi­so VIP y me lo die­ron. Pe­ro la ver­dad es que sa­qué pro­ve­cho sólo con eso, por­que ahí aden­tro sos uno más. La ma­yo­ría de la gen­te que es­tá en la cár­cel se crió en la ca­lle y ahí los que man­dan son los la­dro­nes. Ni los fut­bo­lis­tas ni los es­ta­fa­do­res... Con el fút­bol es igual: se jue­ga co­mo en el po­tre­ro, con el re­gla­men­to de la ca­lle, hay muy bue­nos ju­ga­do­res. Uno del que nun­ca me voy a ol­vi­dar, por có­mo ata­ja­ba, era el Ga­to Ariel, un ami­go, le mando saludos, uno de los me­jo­res ar­que­ros que vi y que tran­qui­la­men­te po­dría ha­ber lle­ga­do a Pri­me­ra. Tam­bién se veía mu­cho fút­bol. Ha­bía un par de te­le­vi­so­res, pe­ro só­lo se po­dían ver los ca­na­les de ai­re, aun­que al­gu­nos se las arre­gla­ban y con ta­pas de ca­ce­ro­la aga­rra­ban al­gu­nos ca­na­les de ca­ble. To­do va­lía por mi­rar un po­co de fút­bol, que servía para que el tiem­po pa­sa­ra más rá­pi­do. Sin du­da, lo me­jor que te pue­de pa­sar aden­tro de la cár­cel es el em­bro­llo –las relaciones sexuales– y ju­gar al fút­bol. Eso era lo úni­co que me ha­cía bien a mí y es­ta­ba to­do el día esperando ese momento.

 

 

Por Tomas Ohanian y Maxi Goldschmidt (2003).

Fotos: Alejandro Chaskielberg.

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