¡Habla memoria!

1940. Dacunto y sus recuerdos

Por Redacción EG · 20 de febrero de 2020

El ex centre half de Ferro jugaba en el Vasco da Gama, de vacaciones en Argentina se reúne con Borocotó y repasa sus años de gloria en el conjunto de Caballito y cuenta sus mejores anécdotas.

Jugó el último match por Vasco da Gama frente a Independiente. Ganaron por 5 a 2. Pidió licencia y se vino a ver a su mamá. En cuanto llegó la apretó entre sus brazos y le repitió una pregunta que le viene formulando en broma desde niño:

—¿Es linda la vida?

—Cuando tú estás aquí... — murmuró la madre con infinita ternura. Pepe Dacunto pidió un mes más de licencia.

Volvió al café Santamarina, ese de Neuquén y Caballito en donde orejeó las horas chachareando de fútbol con sus amigos de antes, los del "Alborada", el viejo tincito de ligas independientes por el cual jugó antes de ser de Ferro Carril Oeste. Y todavía ahora mismo, días pasados, se fue a jugar uno de esos que duran hasta que el sol se apaga. Pepe Dacunto ocupó su antiguo puesto de eje delantero. Un espectador, que no lo conocía, al rato de ver aquel picado, le dijo a uno que tenía a su lado:

—Juega lindo ese centre forward...

El ex centre half de Ferro Carril Oeste, que tenía una magnífica oferta para trasladarse a Italia, pero no se aviene a abandonar a su mamá.

El ex centre half de Ferro Carril Oeste, que tenía una magnífica oferta para trasladarse a Italia, pero no se aviene a abandonar a su mamá.

Y el que estaba al lado era el hermanito de Dacunto, de hombre Roque, el secretario de Pepe, el que sabe todos los datos. Cuando al centre half se le pregunta algo de fútbol, responde:

—No me acuerdo... —Hay que preguntarle a mi secretario...

De Alborada fue a Ferro. Se había pasado de edad para la 51. Entonces Calocero, le preguntó:

—¿No tenés un hermanito menor?

—Si...; tengo varios...

—Andá a sacar la cédula con los datos de uno.

Dacunto agarró el certificado de nacimiento de Roque y sacó la cédula. Durante varias temporadas se llamó Roque. Pero un día, en un match contra Argentinos Juniors, el delegado de la quinta de este club le dijo al gordo Calocero:

—Te protesto el match porque Dacunto se llama José y no Roque.

—Y yo te lo protesto por Batilana, que está en la misma condición. Los dos muleros se miraron y se dijeron:

—No protestamos nada.

 

TIEMPOS VIEJOS

En ese tiempo Pepe tenia pelo. Se le gastó de tanto cabecear... Por eso a los 25 años parece más viejo. Por eso también usa vincha. No es porque, quiera dársela de Santos Vega. No la va con la guitarra. Es porque la vincha le aguanta esos últimos que van quedando cerquita de la frente... y pa' que no se le vengan a los ojos... cuando se caen.

—¡Lindos tiempos, aquellos! — cuenta.

— El delegado Vignau, un gran amigo, me hizo jugar de centre hall. Decía que "vió". Tiene una vista bárbara...

 

Surgido en Ferro, tuvo una gran carrera en el fútbol brasilero.

Surgido en Ferro, tuvo una gran carrera en el fútbol brasilero.

 

Y se ríe. Se cacha a sí mismo. De pronto, agarra una honda en serio y narra:

"Un hombre que sabe mucho de fútbol tuvo influencia decisiva en mi porvenir. Fue Mario Fortunato. Estuvo escaso tiempo de entrenador en Ferro. No lo comprendieron. Yo había jugado ya algunos matches en primera y vuelto a la segunda cuando Fortunato me hizo poner en primera de centre hall pasando a Garavagno de back. Creo que nos hizo un favor a los dos. Además, recuerdo mucho sus buenos consejos. Entre los tantos, voy a contar uno: "Cuando se hace un gol y el equipo contrario se larga a la conquista del empate, hay que aguantar esos primeros minutos de reacción. Lo mejor en jales casos, es tirar la pelota' afuera. En cuanto vos la agarres en esa situación, tirá largo y afuera. Verás que el rival se calma. Con ese sistema se evitarían muchos de esos empates rápidos que se producen en nuestro fútbol". Y Fortunato tiene razón.  

 

CON CORAZZO

—Vos tirabas la pelota afuera y la patada adentro... — le digo.

—No... ; si me enojé algunas veces es porque nosotros teníamos en la delantera de Ferro cinco pibes a quienes todas las defensas golpeaban. En cuanto alguno venía rengueando, había que salir adelante a atemorizar algo para que no continuaran cascando a los chicos.

—¿No tenés alguna "strolada" de la cual arrepentirte?

—No fue muy fuerte... pero se la pegué a mí ídolo. Yo estaba enamorado del juego de Corazzo. Había admirado a Chalú porque era de Ferro, por lo buen muchacho y por ese dinamismo extraordinario, pero en calidad Corazzo era algo fenómeno. Un día me tocó jugar contra él. En un ataque de Independiente le salí y Corazzo la pasó antes que yo llegara. No pude evitarlo: le di un golpe aunque no fuerte. Corazzo, q u e posiblemente no sabía mi nombre ni de mi admiración, me dijo en ese tono paternal tan suyo: "No, pibe...; no pegués en los tobillos..." Y me dió mucha vergüenza.

—¿Vos tenés de eso?

—A veces...

Pepe Dacunto junto a su madrecita, a la que siempre le pregunta si es linda la vida y ella le contesta que sí... cuando su Pepe está en Buenos Aires...

Pepe Dacunto junto a su madrecita, a la que siempre le pregunta si es linda la vida y ella le contesta que sí... cuando su Pepe está en Buenos Aires...

 

 

UN APLAUSO PARA DACUNTO

Eran los tiempos en que Ferro tenía un lindo equipo así constituido:

Patrignani; Garavagno y Agnelli; Chapuis, Dacunto y Alesio; Maril, Borgnia, Sarlanga, Gandulla y Emeal. Todos ellos, excepto Maril, cenaban juntos los domingos después de los matches. Y se les unían amigos que contribuían a hacer más amable la comida. Después del fiambre, y de los tallarines bien regados, Dacunto compraba la sexta y leía la crónica. Se iba derecho a su apellido. Y decía en voz alta:

—Dacunto jugó bien... Un aplauso a Dacunto... — y se aplaudía solo. La barra lo sentaba a panazos.

 

EN MONTEVIDEO

Una vez — cuenta Dacunto — me nombraron para ir a Montevideo de suplente de Minella... ¡Qué tipo de suerte soy yo! ¿Sabés lo que pasó? Que se vino una bajante bárbara en el río y el barco no pudo salir. Pero fuimos a los dos días. Allá me encontré con la barra del famoso Ñato Pedreira. Fue Sastre el que me presentó. ¡Fenómeno, che, fenómeno! Yo llevaba un trajecito nuevo, ¿sabés?...; de los primeritos que me hacían de medida... Iba duro...; no me sentaba ni caminaba contra viento... ¡Me quedaba de lindo!... La gente se daba vuelta para mirarme... Allá, en Montevideo y después del partido, la barra de Pedreira me hizo tomar una caña con ruda que era buena para el estómago... ; otra con menta que era muy buena para el hígado...; otra con no sé qué yuyo para los riñones... y me las tomé todas. Cómo sería la cosa que llegué al barco cuando faltaba un minuto con el traje al revés y un tamboril colgado del hombro...

—¿Te fuiste a Brasil a jugar por Vasco da Gama?

—Y nos trataron muy bien. Tuvieron muchas gentilezas con nosotros. Lástima que no jugamos como aquí. Pero... nos hemos reído mucho. Con el uruguayo Figliola y Agnelli hicimos un terceto de fuerza. Nos reíamos cuando estábamos enojados. Resulta que este Figliola, que es terrible, nos contó de dos hermanos que siempre estaban enojados y para hablarse se decían Falucho uno a otro. Nosotros nos enojábamos... y meta tratarnos de Falucho. Íbamos al cine juntos y hablando sin mirarnos. "¿Le gusta la cinta, Falucho?", nos decíamos uno a otro. "¿No tiene talco, Falucho?", me pedía Agnelli. "El otro Falucho tiene", le respondía yo. Nos amigábamos, y, en vista de que no nos reíamos tanto, volvíamos a enojarnos y a tratarnos de Falucho.

—¿Volverás a Brasil?

—Tengo un ofrecimiento para ir a Italia. Ya van dos veces que me lo formulan. Son veinte mil pesos de prima...; pero mi madre...; eso de dejar a la vieja... se me hace tan cuesta arriba irme...

Pepe Dacunto no sabe qué hacer. Por un lado, la cotización; por otro, la madre.

 

 

Por Borocotó (1940).

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