¡Habla memoria!

1993. Un burrito que la rompe

Por Redacción EG · 19 de febrero de 2020

Con tan solo 19 años, Ariel Ortega recibe a El Gráfico en Ledesma, donde está su familia y sus grandes amigos de toda la vida. Toda la intimidad de un pibe humilde que la terminó rompiendo en River.

Walo tiene la piel blanca y los brazos finitos. En Ledesma, su pueblo, a 120 kilómetros de San Salvador de Jujuy, todos lo conocen. Nadie se fijaría demasiado en él si no fuera porque hoy Walo camina con cierto aire orgulloso, diferente. Él sonríe y se acaricia la camiseta blanca con una banda roja y el número 10 en la espalda que se puso a la mañana y no piensa sacarse por el resto del verano, si es posible. La camiseta es un regalo de su amigo el Burrito Ortega y su amistad -que viene de muchos años- ubicó a Walo entre el reducido grupo de personajes del pueblo. Porque no todos pueden darse el lujo de que Ariel Arnaldo Ortega -el mismo que los domingos gambetea en Fútbol de Primera, y que hace poco los emocionó pidiendo cancha y pelota en Miami frente a los alemanes les permita subir a su jeep Suzuki Vitara, patente de Buenos Aires, que para ellos es casi como decir la limousine de Robert Redford.

En medio de la caña de azúcar, la principal plantación de la región, y con las montañas detrás.

En medio de la caña de azúcar, la principal plantación de la región, y con las montañas detrás.

La mañana del miércoles 22 de diciembre un rumor recorrió puerta a puerta el pueblo de Ledesma. "Llegó el Burrito", decían las vecinas. Y era cierto, Ariel había llegado luego de un viaje más cansador que la más dura de las pretemporadas. Manejando su inseparable jeep Vitara y junto a su padre José, su tío Sergio y su abuela Juana, recorrió en más de veinte horas de viaje los 1.700 kilómetros que separan el estadio Monumental del "Bienvenidos a Jujuy", que asoma a la entrada de la provincia. Pero las ganas de reencontrarse con Mirla, su mamá, con los tíos -"¿Cuántos? No sé, como ocho mil"- y con los "vagos"; eran demasiado fuertes como para que los kilómetros lo acobardasen. Entonces, Ariel está parado ahora en la puerta de su nueva casa de la calle Monteagudo, en el barrio de Coronel Arias de San Salvador, a pocas cuadras de la cancha de Gimnasia y Esgrima, ansioso por salir hacia Ledesma, que allí sí lo esperan su gente, sus amigos, los que soportaron sus amagues mucho antes de qué pasaran a costar millones de dólares. Mientras, José, el padre, hombre de pelo ya canoso y un hablar cantado, aprovecha para lucir su orgullo: "Mire señor, el changuito me pide que deje de trabajar, pero yo le he dicho: 'No m'hijo, yo no nací para estar de vago'. Además si me quedo en casa, la mama me manda a comprar verduras, carne, cualquier cosa'. No, mejor sigo de soldador en River. ¿Encontré gente muy buena sabe? Y los compañeros del Ariel, ah, ni le cuento, ese hombre Corti me saluda como si me conociera de toda la vida, y el Goyco también, un muchacho bárbaro, ¿cómo lo buscan las mujeres, vio? iHuy Dio, digo yo, si me hubiera dado la mitad de lo que él tiene", dice don Ortega, y se ríe, y contagia. La tarde cae sobre la belleza singular de las montañas jujeñas y se acerca el momento de partir hacia Ledesma. Pero antes queda tiempo para seguir escuchando a don Ortega: "El 2 o 3 de enero ya me lo llevo de vuelta para Buenos Aires, a que corra ahí en River y haga un poco de fierros, así no lo sorprende el entrenamiento ¿vio? Acá lo dejo salir, porque le tengo mucha confianza al changuito. Sé que no fuma, ni toma, los mismos amigos me cuentan. Nunca fue de buscar mucho la diversión ¿sabe? En Buenos Aires los lunes por ahí va al cine, pero yo le digo: 'Tata, a la una de vuelta eh', y no falla. A la una está en la cama". Don José trabajó treinta y un años en el Ingenio Ledesma y hoy es soldador en River, pero en su pasado también se descubre a un futbolista. Cuentan en el pueblo que era nueve goleador "a lo Artime" en Huracán de Ledesma y que pateaba tan fuerte que empezaron a llamarlo "Burro". Hoy el apodo lo heredó su hijo. "Papá, ¿usted viene a Ledesma?", pregunta Ariel. "No, Tata, vaya usted y tenga cuidado".

Abrazado a su mamá Mirta, su papá José y Walo, uno de sus grandes amigos.

Abrazado a su mamá Mirta, su papá José y Walo, uno de sus grandes amigos.

Nada es tan asombrosamente perfecto en Ledesma como el calor. No comete errores ni deja resquicio sin castigar. Allí se produce parte del mejor azúcar, del Mejor alcohol y del mejor papel, pero nada iguala al calor. El pueblo, claro, no ofrece las luces del centro ni las tentaciones de la capital jujeña, pero Ariel no busca eso. "Ay, este chico y su Ledesma. ¿Sabe qué pasa? Allá es más tranquilo", explica Mirta, su madre. Lo que no dice es que el Burrito regresa, cada verano, a gambetear la fama. Porque allí sigue siendo el Changuito que desparramaba rivales -algunos con kilos y años de más, es cierto- en los difíciles desafíos de solteros contra casados. Allí lo reciben Walo y Pichón, también Chachota y Ratín Fernández, quien junto a la Mula González integró durante años la defensa de Atlético Ledesma. "¡Mula, mirá quién llegó! El Burrito, si habrás roto alambrados por culpa de éste", y el Mula que lo abraza y se ríen y hablan en un tono que es propio y casi inentendible. "¿Si pintaba para llegar? Siempre, cuando entrenábamos acá, él tenía 15 años y nos pegaba unos bailes bárbaros, el Mula araba terreno que daba miedo. Además, el Ariel se divertía. Siempre fue fanático de River y jugaba relatando los partidos, decía: la lleva Medina Bello, toca para Berti, entra Ortega, goooolllll..., y se colgaba del alambrado muerto de risa. El técnico Gonzalo lo amaba. Tanto que no lo ponía para cuidarlo; claro, si jugábamos contra el Caimancito y la patada más baja té la ponían acá". Y el Mula se señala el cuello...

El Burrito se ríe: "Me acuerdo la primera práctica frente a los titulares de River. En la defensa estaban Basualdo, Higuaín, Amador Sánchez y Enrique. Te mataban. La primer pelota que recibí, estaba de espaldas, vi que llegaba con todo el Loco Enrique, abrí las piernas y pasó de largo, me fui hasta la punta y venía como una furia Juan Amador Sánchez, amagué el centro y enganché, él siguió hasta afuera de la cancha. Se quedaron todos mirando". Rata, la Mula y Pichón festejan y aprovechan el impulso locuaz de Orteguita para escucharlo.

A Orteguita, feliz entre dos vecinos que juegan al truco y uno que toca la guitarra.

A Orteguita, feliz entre dos vecinos que juegan al truco y uno que toca la guitarra.

• "Sí, creo que fue mi mejor año. Porque tuve continuidad en River y por la convocatoria a la Selección. La verdad, el llamado no me sorprendió, lo había comentado mucho el periodismo, casi que lo esperaba".

• "En estos años aprendí un montón de cosas. Sigo gambeteando porque es lindo y además es lo que me divierte, pero ahora lo hago en los lugares justos. Fue muy importante tener a Passarella y Gallego todo el tiempo aconsejándome. Antes era más fácil porque no me conocían. Ahora ya entran a la cancha y me p..., bajo amenaza, como digo yo. Y algunos realmente pegan muy duro".

• " Te digo una cosa: el campeonato lo gana River. Tenemos el fixture más accesible, en cambio los otros que pelean arriba se enfrentan todos entre ellos".

• "El comienzo fue duro. Para mí fue muy importante que mis viejos viajaran a Buenos Aires. La pensión de River a veces es triste. ¿Sabés lo que es los lunes, cuando el club está cerrado? Te dan ganas de llorar".

• "Los entrenamientos de la Selección no fueron demasiado exigentes, me dijeron que porque faltaban los muchachos que están en Europa. Yo quiero seguir, y jugar el Mundial. Además, tengo claro que nada es imposible".

Y basta, porque Orteguita habla menos de lo que patea al arco, lo cual es mucho decir. A él se lo conoce a través de su sonrisa, del cariño de sus amigos y de quienes no lo son, de los que lo acompañan a bañarse o a pescar en el arroyo Los Berros, a 15 kilómetros de Ledesma y de quienes comparten con él una Coca Cola en la confitería Scala. "Acá en el pueblo, cuando juega Ariel, cada confitería pone un televisor y todos se sientan a ver el partido. Nadie trabaja hasta que termina, y ni te cuento cuando debutó en la Selección: la gente lloró más que con Rosa de lejos", se anima Walo a intervenir. Las chicas del pueblo, mientras tanto, andan alborotadas y planean guardarle sus sonrisas para la noche, cuando lo encuentren en Manhattan, el boliche dueño de la noche ledesmense.

El tren ya no está, pero la estación sigue identificando al pueblo de Ariel Ortega.

El tren ya no está, pero la estación sigue identificando al pueblo de Ariel Ortega.

Pero el Ariel también les amaga a esos compromisos, por ahora. Prefiere seguir bajo el ala de José y Mirta, sus padres, y con la compañía de Analía y Mónica, sus hermanas. Para él la vida es "jugar a la pelota", aunque sea el desafío "soltero contra casados", publicitado de boca en boca con la frase "juega el burrito" que conmueve a todo el pueblo. Mientras, José lo observa y lo conoce, como sólo el padre puede mirarlo y conocerlo. "Mire señor, ha te-nido suerte el Ariel. Ha encontrado siempre señores, por ejemplo el Daniel Passarella. Una vez me dijo: 'Usted quédese tranquilo, su hijo es un diamante en bruto, tiene que trabajar, pero con paciencia va a llegar lejos'. Yo le dije que estaba de acuerdo y que si alguna vez se portaba mal en un entrenamiento le pegara un cachetazo nomás, que te-nía mi permiso. Un señorazo Passarella. Y ¿sabe qué? Por ahí la mama tiene un papelito guardado, de cuando el changuito viajó por primera vez a Buenos Aires, nos lo dejó en un sobre, dice Voy a jugar en River y la Selección', siempre se tuvo fe ¿vio? ¿Si yo le di consejos? No, señor, mejor no hablar mucho, en verdad uno solo, siempre el mismo, que para jugar pusiera los huevos adelante, porque el delantero cagón no llega a ningún lado. ¿O no, señor?" Ariel Arnaldo Ortega escucha y se ríe como sólo se ríe la gente cuando pisa su tierra, cuando lo rodea su gente, cuando descubre sus olores. Porque el Burrito será siempre de Ledesma y ningún brillante destino futbolístico podrá cambiar nunca eso.

—Ariel, algunos goles más y seguro jugás en Italia.

—Huuuyyy, más lejos todavía.

 

 

Por GONZALO ABASCAL (1993).

Fotos: FABIAN MAURI.

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