¡Habla memoria!

1996. El fútbol le salvó la vida

Por Redacción EG · 18 de febrero de 2020

Antonio Daniel Barijho se crió en una villa, fue un chico golpeado, pero se abrió camino. En ese momento el Chipi jugaba en Huracán, club que le dio sus primeras oportunidades para triunfar.

Tiene nariz de boxeador, un arito con la imagen de la cruz en su oreja izquierda, un tatuaje multicolor con la palabra " Chipi", su apodo, gobernando su hombro derecho y un gesto en el saludo que permite suponer que uno está frente a un personaje: no da la mano convencionalmente, la ofrece y agarra como si estuviese jugando a una pulseada.

Antonio Daniel Barijho es un pibe especial porque su historia es especial. Tiene 19 años, un físico sin carencias y una vida que le propuso desde el principio una rutina que él no eligió. Nació y vivió hasta hace seis meses en una villa miseria, la Villa 21, de Barracas, en ese pequeño mundo casi sin soles ni amaneceres.

 

Contra Ferro, Antonio Barijho es el 9 de Huracán.

Contra Ferro, Antonio Barijho es el 9 de Huracán.

 

Fue la geografía acostumbrada la que fue esculpiendo al muchacho que hoy es: la casita mínima metida entre los laberintos de callecitas sin nombres pero con historia, el domicilio de Barrio 13, casa 26 que sólo servirá para que el cartero tire algún sobre espaciado. La vida dura le golpeaba a la puerta todos los días, y el pibe fue creciendo a su manera, refugiándose en la pelota y el baldío como tabla de salvación.

Hoy, Antonio Daniel —Chipi para el barrio, Mono para algunos compañeros, aunque el apodo no le guste mucho— ha cruzado el puente que separa esa vida de emergencia de un mañana donde sus sueños son gritos de tribuna y no los otros gritos: el de llanto, el de pelea, el de otra noche de pesadilla. Por eso, hoy, al pibe se le ilumina su cara morocha cuando la charla transita por el fútbol. Huracán, los amigos de las inferiores, los muchachos en la tribuna, el tiempo sin prisiones corriendo detrás de una pelota, la vida sin remordimientos haciendo lo que más le gusta: jugar. Por eso, también, hoy al pibe se le endurece el gesto cuando abre las puertas de su infancia y recorre los recovecos que, como en la villa, lo fueron marcando a fuego. Antonio Daniel Barijho fue un chico golpeado y vio cómo golpeaban a su madre las mismas manos que lo marcaron a fuego: las de su papá.

Creció llorando el más injusto de los llantos: el de un niño sin culpa. Sufrió como pocos. El entorno le fue agrandando el calvario, pero se aferró a una pelota corno única salvación. Y está ganando la batalla de una guerra en la que no le preguntaron si quería participar... Y lo está haciendo a su manera: sobreponiéndose a un pasado que todavía lo tortura, pero también abriendo sus manos, a su manera, queriendo entregar lo que él no recibió: un pequeño presente entre los chicos de la villa para —al menos— levantar una sonrisa...

"Yo estoy en Huracán desde los l I años. Me acuerdo que me trajeron Juan Fase y Daniel Viera, un tío del Teté Quiróz En esa época yo estaba en tres equipos de barrio al mismo tiempo: el Club Biblioteca, de Avellaneda; el Flecha de Oro, de Villa Madero, y el Sagrado Corazón, de Barracas. Jugaba al fútbol mañana, tarde y noche. En realidad, lo único que quería era hacer eso, estar fuera de mi casa la mayor parte del tiempo. Mi mamá Marta trabajaba todo el día se mataba para ganar unos mangos. Papá, en cambio, nos golpeaba mucho... Mi infancia fue muy fea. Yo trataba de portarme bien, pero igual me pegaba..."

Aquella historia empezó a marcarlo todavía hoy le dejó huellas. Chipi sien te que en el diálogo está desnudando s vida, pero también que le hace bien contar algunas cosas...

"Es algo que tengo acá adentro y debo descargarme. Cuando hace un par de meses dije en un diario que mi papá me pegaba, él -que sigue viviendo en la villa, pero con el que no tengo contacto desde hace varios años- me encontró un día y me reprochó por qué con eso... No me importa yo me desahogué, y él ahora se quiere amigar. Yo no. Sufrí mucho por eso y ahora que verdaderamente me importa es ayudar mi vieja para que viva un poco mejor..."

 

Barijho jugando para Huracán enfrenta a Vélez en el Amalfitani.

Barijho jugando para Huracán enfrenta a Vélez en el Amalfitani.

 

Chipi dejó desde hace seis meses la piecita en la villa. Hoy vive en un departamento que Huracán le alquiló en Humberto 1° y Alberti. "Me fui a vivir solo por varias razones. Una, porque Chabay me aconsejaba que debía ordenar mi vida, que tratara de manejarme por las mías. Otra, que hay cosas en mi familia que ya no puedo solucionar y eso me angustia mucho. Tengo un hermano de 35 años, Lepi, que llegó a jugar en la primera de Huracán y hoy es drogadicto... Vive al lado de nuestra casa, trato de ayudarlo, pero no hay caso, la droga lo tiene mal. Tengo otro hermano, Ramón, que tiene tres hijos y le pegaron un tiro en una pelea en la villa; ahora por suerte está más tranquilo. Son muchas cosas que me pasaron por la cabeza, y eso me afectó. Salí de la villa para despejarme y porque aunque sigo teniendo amigos acá hay mucha envidia. Yo defendí al barrio, salí de allí, nunca lo oculté, pero algunos dicen que `sos un forro'..."

Doña Marta Bado hoy tiene 57 años. Llegó desde el Paraguay hace 25, y en la misma casita de chapa donde sigue viviendo tuvo al menor de sus seis hijos: Antonio Daniel, quien nació el 18 de marzo de 1977. A la doña le brillan sus ojos de mujer sufrida cuando el flash rebota en el abrazo con Chipi, el más famoso de la villa. Ahora está haciendo alguna changuita espaciada, juntando lo que se puede porque —después de 12 años de trabajar en una casa— la despidieron... "Sí, señor, yo estoy muy contento por él. Ojalá Dios que triunfe. La verdad, me dijeron que juega bien, pero fui una sola vez a verlo. Es que sale 10 pesos la entrada, señor, y eso es mucho para nosotros..."

El Chipi junto a su mamá Marta.

El Chipi junto a su mamá Marta.

El Chipi lo mira desde su metro ochenta y sonríe: "Cuando puedo, le acerco dinero, aunque no es mucho porque gano poco y estoy jugando por el 20 %... Yo sueño con hacerle una casita linda para ella, ayudar a mis sobrinos y comprarme un coche para ir a visitar a mis amigos de las inferiores o a varias familias que me ayudaron mucho. Me acuerdo de ellos porque, cuando me pegaban, yo lo único que quería era ir a otra casa: pasaba afuera el fin de semana y era lo más lindo. Cuando volvía los días lunes y tenía que pasar por casa y llegar al colegio, me ponía a llorar..."

El pibe siente que está saliendo de un infierno. De a poco. Con la ayuda de los técnicos que tuvo en Huracán: Enzo Héctor Trossero, Claudio Alberto Morresi, Héctor Raúl Cúper, Nelson Pedro Chabay; con los consejos del médico del plantel, Edgardo Locasso; con Alberto Lavalle y Alejandro Bouza, socios de Gustavo Mascardi, su representante. "Tuve momentos en los que me bajoneé. Cuando tenía 17 años y ya había debutado en Primera División, pensé en dejar todo. Me sentía muy solo, tenía esos problemas en mi familia, en la villa ya no podía vivir porque a la noche —con las peleas y los gritos— ni dormía. Engordé mucho, estaba mal. Pero ahora tengo pilas, ya bajé cinco kilos y sé que el fútbol es lo más lindo que hay: no lo tomo como un trabajo, para mí es una diversión. Correr y jugar me hace olvidar todo..."

Ahí anda el pibe Barijho, con los sueños adolescentes repartidos entre otros tortuosos. Ahí anda, con la camiseta titular del Globo para estar peleando contra los defensores, el andar generoso en la cancha, el despliegue sin renuncios, porque en la villa se jugaban tres partidos y acá no es cuestión de arrugar. Es derecho, encarador, con una gran entrega para correr. Está recuperando el nivel que alguna vez lo llevó a ser preseleccionado por José Néstor Pekerman para el plantel que terminó ganando el Mundial Sub-20 en Qatar: "Me hubiera gustado estar, pero el técnico me desafectó a mí y a Grande. Dijeron que nos habíamos portado mal en un viaje al Interior. Sé que me están siguiendo, el otro día jugamos un amistoso y lo vio el técnico. Y para mí sería muy lindo volver al Juvenil..."

Ahí anda el pibe Barijho, dándole valor a las cosas que más siente. Al fútbol, porque lo sacó de una pesadilla de todos los días. A los chicos de la villa, por quienes siente un cariño especial: "Tengo como 22 sobrinos, pero si se me acerca otro pibe, yo le compro zapatillas, una remera o un gorrito. Me pone bien hacer esas cosas porque era lo que a mí me hubiera gustado recibir..."

El tiempo, para el pibe, le está haciendo tomar distancia de algunas cosas. Mantiene unos pocos amigos de la villa: "Los de fierro, ésos que están en las buenas y en las malas". Se esfuerza por vivir solo: "Miro televisión, escucho música, y a veces —muy pocas— voy a las bailantas Samber, Radio Studio o Metrópoli, y ahora quiero cambiarme a otro departamento, en la avenida Caseros, cerca de la sede de Huracán. Y sueño con pasar algún día a algún club grande. Me ilusioné mucho cuando este año se habló de mi pase a Boca".

Una callecita del Barrio 13 de la villa 21, en Barracas. El Chipi y el lugar donde se crió.

Una callecita del Barrio 13 de la villa 21, en Barracas. El Chipi y el lugar donde se crió.

Hace 19 años nacía en la inmensidad de la Villa 21. Creció como creció: con el frío en el invierno, las zapatillas rotas y un enorme agujero en su corazón. Pero creció. La vida le tiró un soga: algunas buenas personas, el azar, también, su perseverancia para luchar porque si no es el fútbol, qué. Y sacó la cabeza, y empezó a escuchar los gritos de la multitud, y entendió que tenía que descargarse porque su conciencia lo obligaba y también seguir luchando por algunas cosas que quiere cambiar. Es un pibe que salió de la nada y está haciendo su propia historia. Dolorosa, inconclusa, pero vigente. Por eso a veces ríe, pero otras sólo entrega silencios. Por eso, la carcajada sale cuando sueña con "la casita para mi vieja". Por eso no encuentra la luz para volver a juntar a su familia: "Mi hermano se droga y es como que no quiere salir. Yo traté de ayudarlo, pero es muy difícil. Para mí, el que se droga es un cagón, tiene miedo de enfrentar la vida. Si yo sufro algún problema, prefiero estar mal pero no drogarme. Para eso tomo un par de cervezas, me olvido, pero al otro día estoy bien..."

Lo dice un tal Barijho, con la filosofía que le entregó la villa, es que lo marcó con hierro caliente y a quien el bendito fútbol le está pasando una mano para cal mar su herida.

 

 

Por HUGO SUERTE (1996).

Fotos: ALEJANDRO FIORE Y ARCHIVO ¨EL GRÁFICO¨.

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