¡Habla memoria!

1993. Una historia que llega al corazón

Por Redacción EG · 07 de febrero de 2020

Fernando López salió del semillero del mundo, formó parte de las inferiores de Argentinos Juniors y jugó algunos partidos en Primera. Pero un accidente cambió su destino en 1992 y lo dejó sin poder caminar.

Ocurrió al final del mes de agosto en el Instituto de Neurotrasplante de La Habana. El sol quemaba en el barrio de Líbomi, y el calor hería la piel morena de sus habitantes. Fernando apoyó lo más firme que pudo las palmas de sus manos en el húmedo piso de baldosas negras y blancas. Sus hombros comenzaron a temblar y contagiaron al resto del cuerpo, casi descontroladamente. Reunió la mayor fuerza que jamás imaginó, pensó en Dios como cada día de su vida, y avanzó unos pocos centímetros su mano derecha. "Uno", contó. Y siguió, "dos... tres". Levantó la cabeza y se encontró con los ojos de su padre, Alberto, y con la emoción de Elpidio, el terapeuta físico que lo acompañaba cada minuto desde hacía treinta días. A los 20 años, Fernando Alberto López conseguía lo más importante de su vida. Gatear. Como un bebé, otra vez. Gatear, que era volver a vivir. "Uno, dos... tres". Gatear...

-¿Nos vemos mañana?

-Chau, Diosa, te quiero.

Fernando López aceleró el Fiat Regatta rumbo a su casa. "No fue un mal día", pensó. Había cobrado sus premios en Argentinos Juniors y luego, junto a su novia Laura, compartió un asado con los pibes del club. Llovía muy fuerte aquella madrugada del 24 de diciembre de 1992, pero a él no le importaba. A sólo cinco cuadras lo esperaba su casa; Alberto -su papá-, Juana Elvira -su mamá- y Walter, el hermano de 16 años que lo acompañaba a cada partido. Hoy no recuerda exactamente la maniobra. Tampoco importa. Lo cierto es que perdió el control del auto, las gomas mordieron una cuneta, el Fiat voló, cayó apoyado sobre su techo dando un golpe terrible y Fernando perdió de inmediato el conocimiento. Pocos minutos después una ambulancia del SAME lo rescató de entre los restos de su auto y lo trasladó hasta el Hospital Santojanni. Los médicos no demoraron demasiado en dar el diagnóstico. Breve, descarnado, acaso como una puñalada. "Fractura columna vertebral (T5 -T6). Paraplejia". El reloj de Fernando aún marcaba las 2.30 de la mañana. Todavía llovía en Buenos Aires.

Pocas horas después, a las cuatro de la tarde del mismo 24, Fernando fue internado en la cama 421 A del cuarto piso del Sanatorio Mitre de la Capital Federal. En su historia clínica donde dice "ENFERMEDAD ACTUAL", puede leerse: "Paciente de 19 años de edad, con diagnóstico de Paraplejia por fractura vertebral... Se interna para su tratamiento". Cinco días más tarde, el 29 de diciembre a las 9.45 de la mañana ingresó al quirófano y fue operado por el doctor Tomás Rudt y su equipo. Recién abandonó la sala de operaciones siete horas después, a las 16.45 de la tarde. Su historia clínica explica otra vez: "Reducción de la luxación. Liberación medular y estabilización con un marco metálico". Por aquellos días Fernando Alberto López era uno de los pibes "que la rompían" en el plantel de Argentinos Juniors. El lenguaje médico no decía con claridad lo más dramático. Fernando no podría volver a caminar nunca más.

Fernando López jugó 17 partidos en la Primera de Argentinos Juniors, en esta oportunidad enfrenta a Boca.

Fernando López jugó 17 partidos en la Primera de Argentinos Juniors, en esta oportunidad enfrenta a Boca.

 

SUEÑO DE POTRERO

Fernando había iniciado desde muy chico su sueño de fútbolista. En el club Parque, tradicional en el papi fútbol porteño. Desde allí llegó a las divisiones inferiores del club de La Paternal. No fue sencillo, como siempre sucede en estas historias, pero muy pronto supo que el fútbol sería su prioridad. "En 1988 Pachamé me convocó para la Selección Juvenil que participó del Sudamericano de Ecuador. Clasificamos para el Mundial de Escocia un año después. Era un buen plantel, estaban Medero, Lavallén, el Pescadito Paz, Bassedas, el de Vélez; París, que ahora juega en Estudiantes. Yo era el número 5 con París al lado. No nos fue muy bien, pero para mí era la gloria. Con Pachamé y Trossero viví cosas inolvidables. ¡Qué personaje Trossero! ¿Dónde está ahora? Nunca conocí un tipo tan calentón en mi vida", recuerda hoy Fernando, en su casa de Montiel y Emilio Castro, en Mataderos. Luego de la Selección, llegó un viaje a Estados Unidos junto a toda su familia, en la búsqueda de "estar un poco mejor". Pero a Fernando sólo le interesaba el fútbol y encontró un lugar en el equipo Washington Stars. Allí participó en 20 partidos y hoy guarda una foto blanco y negro en la que se lo ve arrancando con la pelota dominada por su pie derecho y el pelo largo hacia atrás. El epígrafe dice: " Midfielder Fernando Beto López". Lo que sigue pasó muy rápido. Mientras evaluaba una oferta para jugar Fútbol de Salón -el mejor pago en Estados Unidos- recibió un llamado de Argentinos Juniors. Acordó su primer contrato y toda la familia decidió regresar a Buenos Aires detrás de la ilusión de Fernando. El 5 de abril de 1992 alcanzó el gran objetivo: debutar en primera división. A los 61 minutos de un partido frente a Unión de Santa Fe que terminó 0-0, José Yudica, quien era el técnico, le ordenó que ingresara por Walter Paz. "EL GRAFICO me mató, me puso 4. No me olvido más", sonríe. Yudica dejó de ser el técnico. Llegó Patricio Hernández. Comenzó el Campeonato Apertura 1992 y Fernando ya integraba definitivamente el plantel. Estuvo presente en 12 partidos de aquel torneo, en 3 fue titular, en 9 actuó como suplente. "Mi mejor actuación fue contra Huracán, la tarde I que empatamos 1-1. Jugué de volante central. EL GRAFICO me puso 5", dice, y remata con un chiste. "¿Ustedes van a los partidos, no? ¿O los escuchan por radio?" Wálter, su hermano, tiene una opinión distinta: "¿Estás loco vos? Contra River, el día que ganaron 1-0, la rompiste". Jugó por última vez el 22 de noviembre de 1992, frente a Belgrano de Córdoba. Argentinos perdió 2-1 y reemplazó a los 73 minutos a Fernando Batista. Una semana después miró desde el banco de suplentes el partido con Vélez. Algunas molestias físicas lo marginaron de las últimas tres fechas. Boca fue campeón de aquel torneo, pero eso no importaba. Fernando sólo esperaba el nuevo campeonato para volver a entrenar, para seguir, como siempre, soñando con el fútbol.

 

"NUNCA ME FALTO NADA"

Pero pasó lo que pasó. En el medio se interpuso aquella insolente madrugada del 24 de diciembre. El auto sin control, el vuelco, el dolor... Hoy es miércoles 15 de diciembre en Buenos Aires. Fernando está sentado junto a su hermano Walter en el comedor de su casa de Mataderos. En sus manos hay un libro que habla de Dios. Sus piernas están sujetas por lo que él llama "dos tranques de rodilla". Afuera los árboles no alcanzan a disimular un sol incontenible. Hace muy pocos días -el 18 de noviembre- Fernando regresó de La Habana, Cuba, donde realizó cinco meses de una recuperación durísima. Para poder viajar, los jugadores de casi todos los clubes de primera división -convocados por el Pipa Gancedo y Pedro Catalano- hicieron una colecta en la que recaudaron 16.000 dólares; Futbolistas Argentinos Agremiados aportó otra parte y así lograron reunir los 37.000 dólares que costaban los primeros meses de tratamiento. "Dios me llevó allá", dice Fernando. "Allá", es la habitación 7 de la sala 3 del Instituto de Neurotrasplante de La Habana.

La lucha del pibe Fernando Alberto López es diaria y su esfuerzo ejemplar. "Todo es muy difícil, cuesta mucho. Pero logré llegar a las muletas. ¿Sabés lo que significa poder llegar a caminar aunque sea con muletas? ¿Sabés lo que significa no depender de nadie?"

La lucha del pibe Fernando Alberto López es diaria y su esfuerzo ejemplar. "Todo es muy difícil, cuesta mucho. Pero logré llegar a las muletas. ¿Sabés lo que significa poder llegar a caminar aunque sea con muletas? ¿Sabés lo que significa no depender de nadie?"

Allí trabajó cada día desde las ocho y media de la mañana hasta las doce del mediodía y desde las dos y media hasta las seis de la tarde. Sin pausas. Sin descanso. Llegando al límite del agotamiento muchas veces. Dejando caer algunas lágrimas de esfuerzo otras. Los médicos esperaron en vano durante los cinco meses el pozo depresivo normal en situaciones como la de Fernando. El jamás lo sufrió. Se convirtió en un ejemplo para los demás, también en el orgullo de Elpidio, su terapeuta físico. Hoy Fernando espera el comienzo del partido Argentina-Alemania en Miami, mientras su madre Juana Elvira lo mira con una sonrisa. "No es difícil imaginar que mi vida cambió totalmente. De correr todo el día a no poder caminar, de sentir que me llevaba al mundo por delante a estar así. Pero aprendí. Antes me hacía problemas por cualquier cosa, por un partido, por una jugada. Ahora sé cuáles cosas son importantes y cuáles no", explica. "En Cuba trabajé mucho. No sé, los médicos nunca te dicen nada. Es muy duro levantarse cada mañana y ver que no mejoraste. Primero tuve que fortalecer el tronco. El progreso inicial fue gatear, como cuando sos bebé. ¿Sabés? Gateaba 40 minutos, terminaba agotado, pero a eso le agregaba 50 flexiones de brazos". Gateó hasta el dolor. Subió escaleras sólo impulsado por sus brazos. El sol, la temperatura infernal de La Habana, la agotaban. Pero él siguió. No es fácil vencer un corazón de sólo 20 años. "Tenía que dejar la silla de ruedas. Es el paso más importante. Para eso trabajé también en una pileta. Después anduve un mes con andador. Acá, en nuestro país, estoy trabajando con el doctor Sotelano, que es un fenómeno y me ayuda muchísimo. Es que todo es muy difícil, cuesta mucho. Pero logré llegar a las muletas. ¿Sabés lo que significa poder caminar aunque sea con muletas? ¿Sabés lo que significa no depender de nadie?", pregunta con un brillo especial en la mirada. Y uno tiene ganas de responderle que sí, que lo imagina, y que por eso siente este nudo enorme en la garganta y este ardor insoportable y traicionero en los ojos.

Pero Fernando se levanta y ayudado por los bastones recorre con esfuerzo los cuatro metros que lo separan de su habitación y del televisor. Argentina juega con Alemania y en la cancha está el Colorado Mac Allister, uno de sus grandes amigos. Las piernas de Fernando, por ahora, están prisioneras, pero su corazón sigue caminando y sus sueños se animan a correr, como siempre, como lo hicieron toda la vida. "Lo que necesito son dos Ortesis (son los implementos que le sostienen las piernas para poder caminar con los bastones), que cuestan ocho mil dólares y obviamente no los puedo pagar. Los que tengo ahora se doblaron todos porque el material no es bueno. Además de eso, no necesito nada. Nunca, de verdad, nunca me faltó nada. ¿Qué voy a hacer mañana? No sé, estoy al servicio de Dios".

Laura, la novia, es rubia y tiene algo de ángel en su cara. La noche cae sobre Mataderos. El partido de Argentina y Alemania ya terminó y es hora de volver a casa. Entonces, como hace un año, acaricia una vez más la cara de Fernando y lo besa, como se besa con dulzura. No es fácil ganarle a un corazón de 20 años, piensa uno.

-¿Nos vemos mañana?, le dice.

-Chau, Diosa, te quiero.

 

 

Por GONZALO ABASCAL (1993).

Fotos: EDUARDO BISCAYART y ARCHIVO "EL GRAFICO".

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