¡Habla memoria!

Ardides, mulas y otras yerbas…

Por Redacción EG · 06 de febrero de 2020

Félix Daniel Frascara nos recrea con un divertidísimo muestrario de destacados deportistas que utilizaron desde la treta fina y graciosa hasta la trampa burda con excelentes resultados.

Hecha la ley, hecha la trampa... En el  deporte, como en cualquier otra actividad, ha habido siempre quienes echaron mano del ingenio — a veces incorrectamente empleado — para alcanzar el éxito que, por las vías de la más absoluta legalidad, les resultaba difícil. Entre los ardides, que son numerosísimos, caben todas las clasificaciones, pues se ha llegado desde la treta fina y graciosa hasta la trampa burda, pasando por maniobras reñidas con el espíritu deportivo. Prefiero que esta nota constituya antes un recuerdo amable para los "muleros" que un inmerecido homenaje para los malintencionados. Por eso mismo, entre los innumerables casos de ardides que se han producido, he de citar aquellos que pueden calificarse de ingeniosos e inofensivos a la vez.

 

EN EL FÚTBOL

No es necesario pensar mucho para encontrar un "mulero" en el fútbol actual. Hay uno que, por la fuerza de la costumbre, según dicen, ha terminado por hacerse trampa cuando juega al "solitario"... Ya habrán advertido ustedes que me refiero a Pedro Lago, el insider de River Plate. El muchacho no puede con su carácter. No se retira contento de la cancha si durante el partido ha dejado pasar la oportunidad de hacer "algo". En su haber, Lago tiene anotadas mulas de todos colores y de todos tamaños, de manera que ni siquiera hace falta recordarlas. Para muestra basta un botón y, en ese sentido, podríamos recordar un match en que River jugaba contra Quilmes. Cosentino, goalkeeper de los cerveceros, detuvo un tiro enviado desde cerca en un entrevero y Lago, que estaba junto a él, le pegó el grito: "¡Deje eso ahí!" Confuso, desconcertado, el goalkeeper tuvo una indecisión, se le escapó la pelota de las manos y quedó ahí, efectivamente. Lago, con toda tranquilidad, la tocó e hizo el goal.

 

Pedro Lago.

Pedro Lago.

 

Desde luego que, en el fútbol, no es el forward millonario el primero ni el más aventajado en ese aspecto. En todas las épocas se han gastado tretas dentro del área penal, aun en los años en que el fútbol se jugaba con menos complicaciones y responsabilidades... Aquí, en Buenos Aires, se medían uruguayos y argentinos, alrededor de 1912. El puntero derecho visitante colocó un centro y cuando Juan Brown, zaguero argentino, se aprestaba a rechazar, oyó una voz que le gritaba: "¡Dejala, Juan!" Obedeció y, al darse vuelta, vió que la pelota estaba en la red. Quien le había gritado era el habilidoso forward uruguayo Dacal, que se valió de esa martingala para señalar un goal. Y fue tal la indignación de Juan Brown que salió corriendo detrás del burlador y no paró hasta que, con gesto paternal, le dió su merecido.

El mismo Dacal tenía la costumbre —común a otros delanteros — de revolcarse por el suelo cuando le quitaban la pelota, a fin de impresionar al referee, buscando que éste concediera un penal. La treta le resultó en un partido jugado por Nacional contra Peñarol, pero poco después hizo lo mismo en otro match y en esa ocasión el referee fue hasta donde estaba el "desmayado" y lo levantó, tirándole de una oreja...

 

Pablo Dacal.

Pablo Dacal.

 

Una figura nuestra de gran popularidad, Pedro Calomino, fue motivo de una queja sumamente pintoresca. Como se recordará, "Calo" empleaba con gran resultado la "bicicleta" para eludir a los adversarios. En ocasión de la visita de los futbolers vascos, el puntero de Boca actuó contra ellos y, mediante esa gambeta, pasó cuantas veces quiso a los defensores enemigos. Después del encuentro, los buenos vascos se quejaban formalmente por la conducta de Calomino: — Ese hombre — decían — usa de malas artes en el juego le hace creer a uno que se va a detener y sigue en la carrera. Eso no es correcto, no, no...

Las mulerías de Lago y las tretas de Dacal, con ser eficaces, no han originado dentro del área penal los líos que con sus ardides provocó el negro Seoane. Vivo, astuto, audaz, el gran insider de los rojos se destacó siempre por la maravillosa rapidez con que llevaba a cabo sus planes y por la apariencia de ingenuidad con que revestía sus desmanes, en ros que jamás, por cierto, puso mala intención, sino solamente picardía, tendiente a conseguir su principal objetivo: el goal. De todos los ardides que empleó durante su larga actuación, uno de los más graciosos es el que eligió para hacer de Alterio su víctima. Capital y Provincia jugaban aquel partido en el que Seoane hizo cuatro goals al rematar otros tantos centros de Perinetti. Uno de ellos fue un corner. Antes de que el puntero del centro académico ejecutara la pena, Seoane se acercó a Pibona y le avisó: "Vas a ver: ahora te piso un pie y te hago goal". "¿Qué vas a hacer, negro sinvergüenza?", le respondió el goalkeeper, en el mismo tono de amistoso desafío. "¿Qué no? insistió Seoane. — Vas a ver: te piso un pie y te hago goal". Perinetti ejecutó el centro, Pibona fue a saltar, pero Seoane le pisó un pie y, ladeándose ligeramente, le aplicó a la pelota un cabezazo, introduciéndola en el arco...

 

Vuela Manuel Seoane.

Vuela Manuel Seoane.

 

Hace varios años un forward de Nueva Chicago, González, señaló un goal valiéndose de un ardid que se comentó risueñamente por la rapidez de concepción de que hizo gala el delantero. En efecto, cuando se destacaba solo hacia el arco advirtió que el goalkeeper podía arrebatarle la pelota Y. sin detenerse en su carrera, González se quitó la boina que llevaba y la arrojó a la cara del guardavalla, con lo que consiguió desconcertarlo y pudo, de ese modo, chotear tranquilamente señalando el gol.

Fuera del field se han registrado, igualmente, gran cantidad de ardides, mulas Y otras yerbas. Los dirigentes también tienen su historia... La "casualidad" hace que los ardides empleados en las altas esferas del fútbol sean menos ingeniosos y hasta menos graciosos que los ocurridos en el field, pero en cantidad pueden rivalizar perfectamente. La forma en que San Lorenzo de Almagro obtuvo su ascenso fue de lo más original. En aquella época ascendía a primera el campeón de la división intermedia y a ésta el vencedor en el torneo de segunda. Ese año le correspondía ascender a Honor y Patria, campeón de intermedia, pero en la dirección de este club había personas que no eran gratas a las autoridades de la Asociación, quienes querían evitar a todo trance la intervención de Honor y Patria en el certamen de primera. Como reglamentariamente le correspondía, fue necesario recurrir a un ardid. Los dirigentes "inventaron" que el campeón de intermedia tenía que sostener un último match con el de segunda, división en la cual habían obtenido el primer puesto los santos. No hubo más remedio que cumplir la improvisada reglamentación. Ganó San Lorenzo de Almagro y, de ese modo, ascendió directamente de segunda a primera. A los pocos años se comprobó que el ardid había redundado en beneficio del fútbol, porque San Lorenzo llegó a ser la poderosa institución que es hoy, a lo que muy difícilmente habría llegado Honor y, Patria.

 

 

El valor de Mataderos González, famoso por hacer un gol después de sacarse su boina y arrojársela al arquero rival en la jeta.

El valor de Mataderos González, famoso por hacer un gol después de sacarse su boina y arrojársela al arquero rival en la jeta.

 

 

EN CICLISMO

En esas pruebas de gran aliento, en las que cada ciclista va luchando contra los rivales primero, contra el camino luego y, al final, hasta contra su propio cansancio, ¿quién va a despreciar la ventaja de un ardid, de cualquier recurso con el cual se da descanso al cuerpo y se acorta la distancia con los punteros? Habrá en eso una trampa, pero no mala intención. Es reprobable, por ejemplo, el ardid conocido por todos los ciclistas — aunque sean pocos quienes lo practican, — que consiste en esto: un competidor va a la rueda de otro, en tren rápido; de pronto, el que arrastra ve una piedra grande en el camino. La oportunidad es propicia: hace pasar su máquina justo al lado del escollo y el que viene a la rueda, forzosamente, ha de llevarse un porrazo.  

La otra clase de tretas en ciclismo abunda también, pero sería aventurado dar seguridad al relatarlas, porque no hay pruebas. Bajo el salvo conducto de "se dice que...", pueden contarse, sin embargo. La ratificación o rectificación corre por cuenta de los lectores.

Se dice que, hace ya muchos años, se corría en Montevideo una prueba en la que participaban los hermanos Núñez, fuertes ciclistas uruguayos, y José Guzzo, entre otros. Uno de los Núñez había logrado escapar y entonces Guzzo se acercó al camión de abastecimiento y pidió que le dieran agua. Uno del camión le alcanzó, en efecto, una botella, pero sin soltarla, y el ciclista se amarró a ella..., pero sin soltarla en mucho trecho, de modo que — ¡según se cuenta! — fue aquel un remolque de ley.

 

José Guzzo.

José Guzzo.

 

¿Y lo que se dice de la Rosario-Santa Fe corrida en 1926? En aquella prueba, que ganó Argenta, dos muchachos rosarinos habían quedado rezagados. A uno de ellos se le ayudó desde un "forcito" que llevaba, en la parte posterior, un gran cartel. En dicho cartel se practicó un agujero y por él fue alcanzada al ciclista una cuerda — que desde el interior del auto llevaba uno de los ocupantes — y en esa forma se le vió descontar distancia a aun tren extraordinario.

Pero eso no es nada, imagínense ustedes que, con cuerda y todo, el muchacho rosarino vió que un paisano suyo, competidor de la prueba también, lo venía alcanzando. ¡Cómo vendría el otro!... El asunto era sencillo: para alcanzar al del Ford, se había venido en un último modelo.

 

ALLÁ EN LOS EUCALIPTOS...

Si resulta delicado asegurar los ardides de que se han valido y se valen los ciclistas, ¡qué habría que decir de la infinidad de cosas raras que pasan en los hipódromos! Con razón dijo un sabio de la popular que, en algunos circos, "corren los caballos, pero ganan las mulas"... Naturalmente que no siempre sucede eso. De vez en cuando se da la lógica sin artificios de ninguna clase, y si en algunas oportunidades no es así, las cosas se hacen lo suficientemente bien como para que no, haya quien pueda mostrar los papeles y asegurar. Creo que, entre todos los ardides empleados, — según se dice, en el hipódromo de los eucaliptos — allá en la coqueta ciudad de las diagonales, el más pintoresco e "imposible" es uno del que se habló mucho sin probarse nada: aseguran las malas lenguas que en una determinada carrera — disputada hace poco tiempo — aparecía en los programas y en las pizarras un "burro" inocente, que poco y nada tenía que hacer, pero en la pista, respondiendo a ese mismo nombre, no se presentó el "burro", sino un caballo de clase, que, de acuerdo con sus méritos y ante el asombro de la cátedra, llegó primero al galope...

 

VIVEZAS DEL RING

El box ofrece una larga nómina de maestros en ardides, mulas y otras yerbas... Nombrarlos a todos y enumerar los casos no solamente resultaría difícil, sino imposible. Los cultores de la "viveza" han actuado en todos los escenarios del mundo. Aquí tuvimos ejemplares dignos de una exposición. El pintoresco Vicente Olivieri, por ejemplo, podría escribir el "Manual de las triquiñuelas". Ensayó todas, siempre con éxito. Su víctima principal quizás haya sido el filipino Luis Logan, dueño de una izquierda al hígado con la que terminaba a sus adversarios. La preocupación de Olivieri consistió, al medirse con él, en alterar la serenidad del filipino, evitar su izquierda y, de paso, hacer cuantas cosas raras se le ocurrieran. El resultado fue óptimo. Logan terminó tan desorientado que después del match no sabía si retirarse a los vestuarios o seguir el match a puntapié limpio... Uno de los "recursos" empleados por Olivieri fue el dirigido a entorpecer la visual de Logan: cada vez que se agachaba, en una actitud característica, lo hacía restregando bien su guante derecho sobre la lona, cubierta de resina, de tierra y otros productos más o menos nocivos; cuando creía llegado el momento, pegaba un salto y, ¡paf!, su zapallazo de derecha iba justo a embadurnar las correctas facciones y, especialmente, los ojos claros del filipino...

 

Vicente Olivieri.

Vicente Olivieri.

 

A propósito de ojos. El gaucho González, que fue también uno de nuestros más expertos maestros en ardides de toda clase que lo diga el italiano Fiermente, por ejemplo, — tuvo también su Waterloo en ese sentido. Ya en el final de Su campaña, se midió con Ino Pérez, aquel recio pugilista español que más tarde moriría en un accidente motociclístico. González, como se recordará, pegaba mucho en los brazos de sus rivales, con lo que conseguía hacerlos doler hasta el punto de que terminaban por quedar poco menos que inmóviles. En uno de los descansos, Ino Pérez le dijo a su segundo principal: "No puedo ya con el dolor de brazos..." El segundo, que conocía bien a González, recordó la costumbre que tenía éste de llevarse el guante a los ojos con frecuencia. Sin pensarlo más, clió a su pupilo una buena friega con linimento a lo larga de ambos brazos, y lo largó al centro del ring. La treta surtió efecto. El "gaucho" pegaba sobre el linimento y en seguida, se restregaba los ojos. Al Poco rato, le ardían de tal modo que empezó a llorar copiosamente y perdió la visibilidad, con lo que Ino Pérez consiguió adjudicarse el triunfo. El manager de Gonzalíto reclamó, luego, ante la Comisión Municipal, pero su protesta no prosperó: el masaje con linimento está perfectamente admitido. Nuestro reciente huésped, Tommy Loughran, usaba el ardid de finalizar todos los rounds en su rincón, pero es una treta de escaso ingenio, ya que sólo conduce a ejercer influencia sobre los fácilmente impresionables.

Ardides siempre ingeniosos practicaba Kid Mc Coy, pugilista de otra época a quien podríamos llamar el rey en ese sentido. Inventaba un recurso distinto todas las noches. Empezó practicando una treta que luego se vulgarizó:

—Se te desató el zapato —le advertía al contrario. Y a tiempo que el otro, ingenuo, miraba hacia el sitio indicado, Mc Coy le cruzaba la cara de un derechazo. O si no, en un clinch, preguntába:

—¿Quién es esa dama del ring side que te mira tanto?

El adversario caía en la trampa, miraba hacia el ring sirle y... ¡otro derechazo!

En cierta ocasión enfrentó a Me Coy un negro que peleaba descalzo. Ya digo que era en otra época. El viejo campeón tuvo una idea. Siguiendo una orden suya, el segundo, muy hábilmente, sembró de tachuelas su rincón. Mc Coy lo llevaba siempre hacia ese comer y ahí suirió las consecuencias el pobre negro.

Pero el rey del ardid llegó a su máxima expresión cuando, en uno de sus tantos matches, al salir de un clinch, le bajó los pantalones al rival. Este, azorado, fue a levantárselo con ambas manos y, ¡tan limpita quedó la cara!, que Mc Coy lo noqueó tranquilamente...

 

UNA TRETA DE GAR WOOD

En el campo de la navegación deportiva  también hay consumados maestros de la "mula". Los blancos cabellos del americano Gar Wood, crack indiscutible, despistan bien su inclinación a explotar la ingenuidad de sus rivales. Como se sabe, varias veces ha debido medirse con el irlandés Kaye Don en las grandes pruebas de lanchas a motor. La Misa England y la Miss América han sostenido duelos memorables. En uno de ellos, Kaye Don fue la víctima. Esas carreras se largan con cronógrafo y los competidores deben partir simultáneamente con el tiro, ni un quinto de segundo antes. A efectos de no retrasarse, los volantes regulan la marcha de sus motores y calculan el tiempo de manera que, al sonar el tiro, estén ya sobre la raya y a toda velocidad. Si cruzan la línea una fracción de tiempo anterior al aviso, quedan descalificados.

En la ocasión a que me refiero, Gar Wood corría con la Miss América X, Kaye Don con la Miss England II y un hermano de Gar Wood piloteaba otra lancha. Como el adversario era Kaye Don, poco antes de la largada Gar Wood le avisó a su hermano:

—Cuando calcules que faltan uno o dos segundos, lárgate a todo lo que des. Con seguridad que el irlandés va a salir disparando detrás tuyo. Se hizo así y, efectivamente, Kaye Don cayó como un angelito, quedando descalificado.

 

Gar Wood

Gar Wood

 

 

Y UNA DE AJEDREZ...

Para terminar, voy a recordar una anécdota cómica que hace un tiempo se relató en El Gráfico.

Cuando Jorge Raúl Capablanca estuvo en Buenos Aires, se hizo gran amigo del actor César Ratti. Juntos solían ir, una vez terminados los espectáculos, a un café situado en la calle Esmeralda. El celebrado cómico tenía allí un "cliente". Era éste un señor llamado Kolstic, buen jugador, en tanto que Ratti no pasaba de ser un aficionado con escasos conocimientos. Las fuerzas eran desparejas. Ratti, que perdía con la mayoría, también debía perder, y lejos, con Kolstic. Sin embargo, todos los días, invariablemente, sucedía lo contrario: ganaba Ratti. Lo peor del caso era que el perdedor debía pagar la vuelta de chocolate para todos y ya el asunto se complicaba...

Kolstic estaba a punto de enloquecer. No se explicaba cómo ese "chocolatero" de Ratti le ganaba noche tras noche. Se rascaba la cabeza, queriendo resolverlo, descubrir algo... ¡Qué iba a descubrir! Los milagros no se conocen si no hay quien cuente el truco. Y aquí, naturalmente, como existía milagro, también existía el truco.

 

Jorge Raúl Capablanca.

Jorge Raúl Capablanca.

 

¿En qué consistía? En algo muy sencillo. Capablanca y Ratti se habían puesto de acuerdo para hacerle pasar malos ratos y pagar el chocolate a Kolstic. El sistema era simple: mientras se desarrollaba el partido de ajedrez entre los rivales de todos los días, Capablanca se ponía a jugar a los naipes en una mesa vecina, de espaldas a Kolstic y de frente a Ratti. Desde ahí, mediantes señas ya convenidas, el campeón del mundo le indicaba al actor los movimientos que debía ir haciendo, hasta conseguir las fáciles victorias que tanto confundían a Kolstic. ¡Pobre y buen señor!... ¡Cómo iba a ganar, si creía estar jugando contra Ratti y estaba midiéndose con Capablanca!

 

Por Félix D. Frascara (1935).

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Otro documento histórico que comparte la FIFA. Un día después del batacazo argentino en Nápoles, Alemania accedería a la final de la copa del mundo. Los teutones, como le gusta a Bilardo, brillaron con las tres "G". GANAR, GANAR, GANAR.

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