¡Habla memoria!

1952. Un trébol de cuatro hojas… y dientes a granel

Por Redacción EG · 03 de febrero de 2020

Donnally, Culpin, Williams y Mac Namara fueron cuatro púgiles fundamentales para el desarrollo del boxeo en Buenos Aires. El Gráfico narra la historia de estos boxeadores que hicieron crecer el deporte en nuestro país.

¿Quiénes fueron los cuatro púgiles que comenzaron a actuar en nuestro medio cuando nos encontrábamos en el deletreo del boxeo? ¿Qué curioso símil puede existir entre estos personajes y el "trébol de las cuatro hojas" que no sea el de excepción para que como título de esta nota haya buscado el nombre de una planta difícil de encontrar? Procuraremos recordarlos.

Donnally, Culpin, Williams y Mac Namara. Cuatro figuras de importancia en nuestro incipiente deporte que comenzaron a actuar cuando recién el boxeo dejaba su andador y deba en realidad sus primeros pesos, sin necesidad de las manos de nadie para caminar.

Donnally, el más anciano, el más veterano, no era un peleador sino un verdadero "preparador". Más: un eximio maestro, de gran escuela, poderosos medios y maravilloso juego de piernas. Un hombre cuyo "hobby" eran los quites de cabeza, admirables y veloces, que le sirvieron para consagrarse como bueno. Cuando pisó tierra argentina lo hizo en forma firme dedicándose por entero a la enseñanza, a la trasmisión de su técnica precisa, porque reunía condiciones sobresalientes para ello, y digo que lo hizo en forme firme porque de inmediato se vinculó a los grandes señores del momento que sentían afición por los deportes. En el doctor Benito Nazar Anchorena, que fue su mejor alumno y luego se consagró como un aficionado de méritos, encontró este maestro de la clásica escuela inglesa un verdadero apoye para su afianzamiento en nuestro medio. Muchos fueron los que descubrieron en ese púgil que peinaba canas prematuramente condiciones singulares para transmitir sus grandes conocimientos de ring y aún no falta quien recuerde su gran inclinación por las matemáticas, al punto de resolver con frecuencia problemas a sus alumnos en trance de preparación para sus exámenes. Sin embargo, este profesional cuya cultura le permitió adentrarse en nuestro ambiente señorial fue un verdadero bohemio. Esa precisión de que hacía alarde y era motivo de justa admiración en sus discípulos cuando boxeaba no estaba acorde con sus razonamientos. Donnally sentíase inclinado e hacerle elegantes quites a las realidades de la vida, como solía hacer con sus rivales en el cuadrado; y sus andanzas disipadas fueron minando poco a poco su fortaleza física. Vaya uno a adivinar qué misterio le llevó a esa cruenta batalla de su espíritu con su existencia, si plinto de envolver su alma con un momento de tristeza que dibujaba su propia sonrisa. Frisando los ochenta años, en el Tigre, en la residencia de don Juan Carlos Gallegos, ignorado por la afición de nuestros días, pero en el recuerdo de los viejos cultores de la esgrima de los puños, se apagó la vida del más científico quizás de nuestros instructores de boxeo, en la quieta mansión de un sportman que supo brindarle lejos de su patria, los Estados Unidos, el calor de un techo y su sensibilidad exquisita, sin que el viejo maestro pudiera sentirse deprimido.

En una foto histórica, como todas las que consigue nuestro colaborador Peacan del Sar, aparece el profesor Donnally (derecha) dando una lección a su mejor alumno, el doctor Benito Negar Arachorena, aficionado de mérito.

En una foto histórica, como todas las que consigue nuestro colaborador Peacan del Sar, aparece el profesor Donnally (derecha) dando una lección a su mejor alumno, el doctor Benito Negar Arachorena, aficionado de mérito.

Alfredo Culpin, pequeño pero musculoso. Entusiasta cultor de la gimnasia sueca, logró una perfecta delineación de sus formas, que si bien aparecían abultadas eran elásticos y ligeros sus movimientos. Llegó a Buenos Aires precedido de cierto renombre, como que se comentaba su último combate en Belfast a puño limpio. Se dedicó a la enseñanza y combatió en nuestro medio con distinta suerte, contando con numerosos alumnos que seguían con verdadera admiración su trayectoria y su escuela especializada en los swings, cuya eficacia se reconocía. Pero como casi todas las figuras de ring que no se retiran a tiempo conoció la puesta del sol... Justo es reconocer, en mérito a esas condiciones personales que les atribuyo a estos cuatro púgiles en los comienzos de esta recordación, que Culpin tenía una definida personalidad. Era un cabal gentleman en le acepción de la palabra y su vida culminó en la enseñanza con el aprecio de quienes lo frecuentaban o alcanzaron a gozar del privilegio de su amistad caballeresca y sincera.

Alfredo Culpin, de origen irlandés, se dedicó en Buenos Aires a la enseñanza y también combatió en nuestro medio, dejando el recuerdo da su caballerosidad y de sus certeros swings.

Alfredo Culpin, de origen irlandés, se dedicó en Buenos Aires a la enseñanza y también combatió en nuestro medio, dejando el recuerdo da su caballerosidad y de sus certeros swings.

Willie Williams, cuyas cualidades combativas no desmerecían ante el encumbramiento de sus colegas, procuró copar situaciones, y en unas experiencias alcanzó éxito, pero en otras no. Su simpatía, que le valió congraciarse en nuestro ambiente deportivo, lo favoreció para ocupar conMac Namara un puesto como profesor en la Sociedad Sportiva Argentina y preparó discípulos que alcanzaron a destacarse en nuestras principales competiciones.

Mac Namara: el púgil de las múltiples anécdotas. Tenía ciertas veleidades en su vestir que la destacaban del grueso del público en las calles del Buenos Aires de aquel tiempo. Dicharachero y franco, llegó a congraciarse con sus discípulos, a los que procuraba hacer lucir en sus exhibiciones. A Mac Namara podríamos recordarlo como el púgil de las más curiosas preparaciones, como que solía darle a sus alumnos un baño de mostaza, precedido de masajes cuatro o cinco horas antes de sus encuentros.

En el gimnasio privado que yo tenía en la casa de mis padres, donde desde el ring reglamentario hasta el último y más insignificante detalle complementario pera un buen entrenamiento nada faltaba, preparó en esa original forma al aficionado Eduardo Ramos Oromí para un match que sostuvo con el aficionado José María Billoch Newbery en el local de la calle Santa Fe del Buenos Aires Boxing Club, encuentro que despertó gran interés en el ambiente deportivo y en el que triunfara por puntos el primero de los nombrados.

Recuerdo—y aún continúan vivientes en este pícaro mundo varios testigos presenciales —un accidente ocurrido a Mac Namara que lo popularizó por su originalidad en forma extraordinaria como profesor de la Sociedad Sportiva Argentina. Debían realizarse cinco encuentros entre aficionados y un match de fondo entre profesionales, pero inconvenientes de último momento hicieron fracasar en parte ese programe. El prestigioso boxeador decidió reemplazar ese inconveniente con un match exhibición con el aficionado Angel Vega Olmos, ganador del campeonato argentino de su categoría en el Operari Italiani.

El protagonista de los "dientes a granel", Angel Vega Olmos, acompañado por su hija y su nieto. Buen cultor del pugilismo en su juventud, Vega fué campeón de su categoría y exponente de bravura.

El protagonista de los "dientes a granel", Angel Vega Olmos, acompañado por su hija y su nieto. Buen cultor del pugilismo en su juventud, Vega fué campeón de su categoría y exponente de bravura.

La fiesta, que contó con una calificada concurrencia, se desarrolló en forma interesante hasta ese número, cuya improvisación había corrido por exclusiva cuenta del profesor. Cinco rounds movidos que comenzaron a entusiasmar al público porque cobraba aspectos de un combate, tan fuerte como rápidas eran las acciones. Mac Namara y Vega Olmos eran hombres de fuerte pegada y en un cruce de golpes que favoreció evidentemente al aficionado un poderoso impacto a la mandíbula de su oponente provocó una hilarante escena. O el golpe asestado por Vega Olmos fue de una potencia real o los mecánicos dentales de aquella época tenían mucho que aprender todavía para darle consistencia a las dentaduras postizas. Mac Namara comenzó a arrojar sus dientes uno tras otro en el ring a medida que se desprendían de su forma quebrada en dos. Vaya uno a saber cuánto tiempo habríase mantenido firme en la boca de Mac Namara con sus complementos masticadores esa dentadura postiza de no mediar semejante golpe. Tan patente tengo en mi memoria aquella escena que me parece estar escuchando las carcajadas de los circunstantes y verlo más enardecido y más peli-groso al maestro. Mac Namara buscó una oportunidad para borrar esa mala impresión. Trató en vano de propinarle al discípulo una ejemplar paliza, pero éste era demasiado grande y demasiado fuerte, y sin rehuirle en forma desmerecedora, sorteando esas acometidas aguantó como quien dice el "chubasco" hasta que llegara la campanada final de aquella lucha tragicómica.

 

 

Por Marcelo Peacan del Sar (1952).

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