¡Habla memoria!

Jordan, el hombre que vuela

Por Redacción EG · 14 de enero de 2020

En el 2000, El Gráfico destacaba a los mejores deportistas de todos los tiempos y si se habla de básquet es imposible no referirse a Michael Jordan, el ídolo de los ídolos.

Años locos, los ’90. Sorprendentes, ciclotímicos, crueles a veces, mágicos también. Década de libertades y hedonismo, de deshumanización y materialismo crudo, de pobreza y lujuria. Facetas. Pero ante todo, década de descubrimientos, de ciencia y tecnología.

Y cuántas cosas... Deep Blue, una computadora, vence a Garry Kasparov, el mejor ajedrecista del mundo; la clonación, palabra indocumentada, se convierte en la revolución científica del siglo; Hubble, el telescopio más grande que se haya construido en la historia, es enviado al espacio y transmite fotografías inéditas de nuestra galaxia; Internet que no para, que no para nunca...

Cómo podía faltar entre tanto alcance, entonces, uno de los máximos logros. Cómo podía dejar de nacer la persona capaz de conseguir lo que nadie en la historia de la humanidad...

Pues bien, nació. Un hombre. El hombre. Michael Jeffrey Jordan, de los suburbios neoyorquinos de Brooklyn, pudo. Sin pipetas, sin tubos de ensayos, sin fórmulas ni números, con apenas una pelota naranja y un aro cerca del cielo, le demostró al planeta cómo el hombre puede llegar a volar por sí mismo. Lo hizo en los ochenta, lo ratificó en los noventa. Es, y será por eso, un genio eterno, una eminencia que venció a la naturaleza y un ser al que la ciencia le estará agradecida siempre. Además, vaya detalle, lo consideraron el mejor jugador de básquetbol de todos los tiempos...

Michael Jordan, la bisagra. El mapa, antes y después suyo. El deportista de los locos años ’90.

Larry Bird, Jordan y Magic Johnson. Parte del Dream Team que ganó el oro en Barcelona 1992.

Larry Bird, Jordan y Magic Johnson. Parte del Dream Team que ganó el oro en Barcelona 1992.

No fue un año más 1963 para los Estados Unidos. Primero porque en Dallas, un militante de izquierda llamado Lee Harvey Oswald  asesinaba al presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy y dejaba al mundo absorto. Y segundo porque pocos días antes, bajo un anonimato pleno, Jordan veía la luz...

No le resultaron fáciles las cosas en sus épocas de estudiante al chico que, ya a los 12 años, era nombrado como “Mr. Baseball” del estado de North Carolina: Clifton “Pop” Herring, el técnico del Emsley A. Laney High School, no lo incluyó en el equipo porque medía 1,79 m. Es decir 4 centímetros menos de la talla que el coach se había planteado como piso para el reclutamiento.

Aun así, Jordan insistió. Y tuvo, poco a poco, su revancha...

Su gran salto fue en el encuentro entre Laney y New Hannover, en diciembre del ’80. Jordan había convertido sólo 9 puntos en los primeros tres cuartos y su equipo perdía 38-29. Hasta que vino el ciclón: ingresó a la cancha sobre el final, luego de estar sentado un largo rato entre los suplentes, y anotó los últimos 15 tantos de su equipo, incluyendo los dos últimos, para la victoria de Laney 51-49. Días más tarde, como si fuera poco, convertiría ante Eastern Wayne 44 puntos, récord de anotación para un partido de escuelas. La bestia asomaba...

Ya en North Carolina, la universidad a la que representó, Jordan era una de las figuras. Para el recuerdo quedará aquel partido decisivo del Final Four (serie final del básquetbol universitario) de 1982 ante Georgetown. Faltando 16 segundos para el final y con su equipo en desventaja por un punto, Mike, como le decían –que ya había convertido 14 tantos y tomado 9 rebotes en 34 minutos–, se levantó a 5 metros del canasto y permitió que su universidad se quedara con el segundo título de su historia. Diría días más tarde: “Fue el tiro que marcó el comienzo de mi carrera”. Hoy, conociéndola de cerca, sabemos que no era poco...

 

Enfrentando a Los Angeles Lakers.

Enfrentando a Los Angeles Lakers.

 

Y fue la NBA la que capitalizó el nuevo mundo que Michael proponía. No por nada ya desde los 21 años un modelo de zapatillas Nike llevaba su nombre. Y no por nada esta marca deportiva lleva vendido, desde 1984 hasta hoy, ropa por alrededor de 5.500 millones de dólares. Su primer gran ruido fue allá por el ’86, con dos años en la liga, en el primer partido de los playoffs de la Conferencia Este. En una actuación increíble, Jordan le convirtió 49 puntos al último campeón, los Celtics, en el mismísimo Boston Garden. No lo podían parar. Y fue por eso que, para la revancha, 14.890 personas llenaron el estadio con un solo objetivo: abuchear, insultar y humillar a ese hombrecito que les había hecho pasar el peor papelón de los últimos años. Pero fue imposible, claro: su juego soberbio obligó a que hasta el mismísimo Larry Bird dijera desde su más profundo dolor: “Esta noche, Dios se vistió de Michael Jordan”. Había convertido 63 tantos...

Capaz de eso era Michael, de hacer que en 1994 levantaran una estatua de su figura en la puerta del United Center de Chicago. Y de mucho más, como lo fue demostrando durante toda su carrera. Nunca, jamás, se cansó de subir a los podios. Y ganó: un título universitario; 2 medallas de oro olímpicas con los Estados Unidos; 6 campeonatos de la NBA con los Bulls; 5 premios al Jugador más Valioso de la serie regular y 6 honores al más Valioso de las finales. Poco...

Michael Jordan en las alturas. La NBA sacó provecho de su espectacularidad.

Michael Jordan en las alturas. La NBA sacó provecho de su espectacularidad.

Un nuevo genio había irrumpido, ya no quedaban dudas. Pero como siempre ocurre con los mejores, lo tenía que demostrar minuto a minuto. Cierta noche de 1987, frente a Utah Jazz, Jordan volcó la pelota ante John Stockton, un base de 1,86 m que nada podía hacer ante la talla del nuevo rey: 1,98 m. “Hey, Jordan, ¿por qué no te metés con uno de tu tamaño?”, le gritó un plateísta enfurecido. En la jugada siguiente, orgulloso, Michael la volvió a volcar. Sólo que esta vez en la cara de Mel Turpin, de... ¡2,11 m! Entonces Air, su nuevo sobrenombre porque era capaz de caminar por el cielo, se acercó al plateísta y con cara de furia le preguntó: “¿Ahora está bien? ¿Alcanza?”.

 

Jordan – Pippen, una dupla que dejó huella en la NBA.

Jordan – Pippen, una dupla que dejó huella en la NBA.

 

Lo criticaban, sin embargo. “Sabe hacer tantos pero no defender, es incompleto”, coincidían. Nada de eso le gustaba al hombre, y por eso fue por más. Colérico como nunca, herido, se inspiró, se enfrentó al mundo y en 1988 fue premiado como el Defensor del Año, convirtiéndose así en el primer jugador de la NBA en juntar ese galardón con el de máximo goleador. Un logro más, tan sólo. Para poner en la bolsa de las hazañas y para que hoy, después de todo, pueda contemplarlo junto a los otros tantos de su carrera única: fue nombrado como mejor debutante de la NBA en 1985, liga que vio aquel partido en que, por primera vez en la historia, un novato marcó 49 puntos; impactó con sus célebres conquistas en las competencias de volcadas en 1987 y 1988; fue integrante 9 veces del quinteto defensivo ideal; tuvo 10 títulos de máximo goleador, más que nadie en los 53 años de vida de la NBA; fue el jugador que más partidos reunió con anotaciones por encima de los 30 puntos (109, contra 75 de Kareem Abdul-Jabbar); tuvo el promedio de tantos más alto en una serie regular (31,5) y en playoffs (33,4) en la historia de la Liga; y con los Bulls, en 1996, quebró un récord de triunfos para una temporada regular que estaba en manos de los Lakers: fueron 72 victorias y 10 derrotas. Además, con él, su equipo registró otra marca inigualable: 542 partidos consecutivos a estadio lleno jugando como local.

Todo parecía que llegaba a su fin el 6 de octubre de 1993, dos meses más tarde del día en que dos delincuentes que ni sabían lo que hacían mataron de un balazo a James, el padre de la criatura. Michael, aturdido por la locura, dejó el básquetbol e hizo que los Bulls colgaran para siempre la camiseta número 23. Jugó al béisbol, le fue mal, se despejó y, el 19 de marzo de 1995, con la consciencia plena de que el ciclo no había terminado, volvió a su primer amor: con el número 45 en su espalda, los Chicago Bulls.

El béisbol, su deporte alternativo. Probó suerte en las ligas menores. Luego volvió al básquet.

El béisbol, su deporte alternativo. Probó suerte en las ligas menores. Luego volvió al básquet.

Había que ver, entonces, si Michael iba a ser el mismo. Y claro, no dejó dudas: no sólo fue capaz de lograr un nuevo tricampeonato sino que también pudo inmortalizar momentos sublimes. Como aquel quinto partido de la serie final del ’97, ante Utah. Más de 37 grados de fiebre, los pómulos hinchados como nunca, los músculos débiles, y... una actuación espectacular: 38 puntos. Entre ellos los dos del final, a 25 segundos de la chicharra, para poner la ventaja de 90-88 y para quebrar una racha de 23 triunfos consecutivos que tenían los Jazz en el Delta Center.

Dijo el 13 de enero de 1999 en una conferencia de prensa en el corazón del United Center: “Estoy psicológicamente agotado”. No hacía falta que siguiera hablando: las lágrimas, suyas y de todos, alcanzaban para saber cuál sería el mensaje. Aun así, continuó... “Ya no siento un desafío por delante, por más que físicamente me encuentre bien”. Y se fue.

Su popularidad era tal que llegó a Hollywood. Participó del filme Space Jam, un gran éxito.

Su popularidad era tal que llegó a Hollywood. Participó del filme Space Jam, un gran éxito.

Se retiraba el mejor jugador de básquetbol de todos los tiempos, nada menos. El astro, el genio, el incomparable. Y la persona que pudo lo que no había podido nadie jamás. Ni Arquímedes, ni Fleming, ni Einstein: que con sólo las piernas, y aunque más no sea por un segundo, el hombre esté más cerca de Dios.

 

 

Por GUIDO GLAIT (2000).

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