¡Habla memoria!

1934. Los que emocionaron a Buenos Aires

Por Redacción EG · 09 de enero de 2020

Por Félix Frascara. La llegada del imponente Graf Zeppelin a la ciudad en el mes de junio, impulsó al periodista a una recopilación sobre proezas de intrépidos que maravillaron a los porteños.

Los pueblos necesitan emociones. Viven de emociones. Y forman una idolatría indestructible para aquellos que se las crean. Buenos Aires ha sido emocionado por grandes empresas de arrojo. Porque es la valentía, por lo general, la que genera esa admiración de las gentes, nacida al margen de la impresión que causan las hazañas superiores a todo esfuerzo normal.

Lo extraordinario unido con lo heroico ha tenido en nuestro medio muchos protagonistas. Desde aquel gran sportsman que fué Jorge Newbery, que asombró con sus ascensiones en globo y con un vuelo suyo mientras se realizaba una parada militar, hasta ese valiente que se llama Vito Dumas, héroe del raid más fantástico de los últimos tiempos en la navegación solitaria; desde el cabo Teodoro Fels, vencedor del Plata en una travesía memorable, pasando por el gran aviador Doolittle — maravilloso acróbata del aire — y por Domenjoz, el primer hombre que hizo el "looping the loop", hasta la última y reciente emoción creada por la visita de Hugo Eckener a bordo de su Graf Zeppelin.

Pero han sido, sin duda, los primeros tiempos de la aviación en Buenos Aires, en una época que necesitaba valientes el vuelo mecánico para su imposición, los que brindaron al público nuestro espectáculos inolvidables de audacia y de pericia. Posteriormente, aquellas mismas pruebas habrán sido repetidas y superadas, pero el progreso técnico en todo orden despojaron ya a esas empresas del sello excepcional que caracterizó a las primeras. Los hombres que emocionaron a Buenos Aires tienen un lugar en el recuerdo de todos cuantos asistieron a sus proezas, admiración transmitida hacia quienes no alcanzaron a verlos, de cuyo conjunto se ha formado para esos hombres un homenaje imperecedero.

No todo, sin embargo, tuvo el cielo por escenario. Iniciaremos esta nota de evocaciones con una referencia a la hazaña polar de Nordenskjold, en la que cupo encomiable participación a un argentino.

 

JOSÉ MARÍA SOBRAL

En el año 1901, Otón Gustavo Nordenskjold inició su exploración a bordo del Antarktik. El gran expedicionario aceptó el pedido de nuestro gobierno de llevar a bordo un marino argentino y la suerte hizo que recayera la designación en José María Sobral, cadete de la armada nacional. El muchacho partió hacia lo desconocido, hacia la zona que, al cabo de dos años, lo devolvería hecho protagonista de una empresa inolvidable.

El Antarktik llegó hasta la costa de la Tierra de Luis Felipe en febrero de 1902. Nordenskjold, acompañado de varios de sus hombres, entre los que figuraba Sobral, abandonó ahí su barco, el cual volvería a zonas más templadas, para pasar en ellas el invierno, y se internó en el polo. Iba a fundar una estación en la península de Seymour. Lejos estaba el sabio expedicionario de imaginar la tragedia que entretanto sucedía: su barco, el Antarktik, naufragó en las bahías de Erebus y Terror en febrero de 1903. Los audaces conquistadores del polo quedaron, entonces, aislados en las nieves eternas. Habían llegado hasta los 669 de latitud Sur. Y quedaron ahí, a la espera de auxilios, aislados de todo el mundo.

 

José María Sobral

José María Sobral

 

La tardanza en el regreso de la expedición inquietó al mundo entero cuando transcurrió el largo plazo sin que llegaran noticias de ninguna clase. El optimismo hizo creer que aún podría acudirse en auxilio de aquellos bravos. Alentados por esa esperanza, varios gobiernos — entre ellos los de Argentina y Francia — resolvieron enviar embarcaciones en busca del grupo perdido en los hielos. Fue entonces que partió de nuestro puerto la pequeña corbeta Uruguay, confiada a manos de expertos marinos. Nordenskjold y sus acompañantes se daban ya por perdidos, imaginándose la tragedia sucedida al Antarktik, cuando sus corazones fueron de pronto sobresaltados por la sirena de un barco.

— ¡ La France! — gritó uno de los expedicionarios, suponiendo que era el barco, llamado así, del explorador Charcot, en medio del júbilo que dominaba al pequeño grupo. Salieron corriendo de la choza en que vivían, y otro grito surgió del pecho de Sobral:

— ¡ La Argentina!

El joven marino había visto flamear, en el tope de la corbeta, la bandera de su patria. Era, en efecto, la "Uruguay", conducida maravillosamente, que en una empresa heroica llegaba hasta el polo y devolvía la vida a la expedición de Nordenskjold. Era la "Uruguay", que con su llamado había hecho el milagro de que desapareciera el frío de los hielos polares. Con su valiosa carga a bordo, la brava corbeta inició el viaje de retorno a Buenos Aires. Y fue su llegada a nuestro puerto un momento de emoción indescriptible, de júbilo desbordante. Demasiada alegría, de pronto, para contrarrestar el dolor de tanto tiempo. Los expedicionarios no traían ropa. Se les llevó a bordo un traje gris perla para cada uno de los civiles y el uniforme de marino para José María Sobral. Así, contrastando sus flamantes vestimentas de ciudadanos con el rostro curtido por el azote de las nieves, Nordenskjold y sus compañeros desembarcaron para perderse en los brazos de la multitud. Subidos a los coche, se vieron pronto rodeados por el delirio del pueblo que vivía una hora de felicidad inmensa. Del vehículo que conducía a Sobral fueron desatados los caballos y se le condujo en triunfo por las calles del centro. Florida rindió el homenaje femenino a los héroes del polo: de ambas veredas, a todo lo largó de sus cuadras, fueron cayendo flores y más flores sobre el uniforme de marino y sobre los trajes gris perla. Y eran flores frescas, recién regadas por lágrimas de mujer...

SILLIMBANI

Iba desafiando a la muerte este acróbata de la aerostación. Distraía a la gente con sus pruebas; la emocionaba con su arrojo. Sólo sabía de dónde efectuaba la partida; siempre ignoraba adónde caería. Y para que la impresión fuera mayor, muchas veces Sillimbani, el pruebista del globo, fue igualado en sus ascensiones y en sus piruetas admirables por su propia mujer. Como que se jugaban la existencia cada día, en uno de ellos la perdió para siempre la mujer de Sillimbani. El agua del río de la Plata conservó el secreto de su última caída.

Él siguió provocando emociones en todos los pueblos, hasta que le quitaron la vida al margen de su profesión, muy por debajo de sus hazañas.

Buenos Aires lo vio muchas veces en su arriesgada prueba. Sillimbani escogía un terreno cualquiera y en él se elevaba con un globo que ascendía impulsado por aire caliente. El lugar de la barquilla estaba ocupado por un trapecio. Tomado de éste con ambas manos, Sillimbani cobraba altura y una vez arriba comenzaba a efectuar toda clase de acrobacia en el trapecio. Así se le veía alejarse en la dirección del viento. Pero antes de que se le perdiera de vista, daba en el trapecio una última vuelta quedaba asegurado con los pies, cabeza abajo, saludando con ambas manos. Caía, luego, en los puntos más diversos; tanto podía ser una azotea, como un alambrado, algún baldío o cualquier sitio de más riesgo. Todo estaba en que la suerte lo ayudara. Toda la ciudad conocía sus pruebas; con él se distrajo y con él se emocionó, porque lo sabía enteramente librado a su audacia y a la casualidad.

CATTANEO

Figura popular, ésta del gran aviador italiano, quedó para siempre en el recuerdo de Buenos Aires. Ha sido, acaso, Cattáneo, el primer hombre que de verdad "entró" en el pueblo y mereció que se le citara hasta en las coplas populares. Llegó hasta nosotros cuando todavía la aviación estaba en vías de ensayo, cuando se sostenían en el aire, milagrosamente, aparatos que eran en sí mismo un desafío a la muerte. Y fue por él que nuestra capital supo que el vuelo mecánico era una realidad. Anteriormente, sólo se habían realizado ensayos en los pueblos vecinos. Nadie había volado por encima de las calles céntricas. Hasta que los ojos absortos de la población lo vieron aparecer piloteando su Blériot en dirección hacia el río, viniendo por la recta de la calle Victoria. Todo el mundo se echó fuera de las casas. La Plaza de Mayo se abarrotó de gente que quería asistir a la verdad del hecho. Todo lo velozmente que le permitía el avión, Cattáneo siguió su trayectoria directa, llegó hasta las proximidades del río, efectuó el viraje y volvió a retirarse por el mismo trayecto. Había conquistado el cielo de la ciudad.

Después, en distintos campos, emocionó con su audacia. En la Sportiva disputó un torneo de habilidades con el célebre aviador francés Roland Garrós, figura mundial. En esa ocasión, Cattáneo hizo pruebas increíbles. Pasó por sobre las cabezas de los espectadores, a escasísima altura. El asombro se mezcló al peligro.

Cattáneo fue ídolo de Buenos Aires. Y desde entonces se citó su nombre como sinónimo de valentía. Había hecho pruebas que nunca vieron ojos porteños. Se le quiso y se le quiere aún, a través del tiempo.

PETTIROSI

¡Paraguayo bravo, Silvio Pettirosi! Vivió desafiando el peligro. Se había acostumbrado tanto a dominarlo, que se creyó invencible. Sin embargo, tuvo un olvido: el del tiempo. Estuvo inactivo durante largo plazo y, al cabo de él, quiso volver a hacer lo mismo. La falta de "training" lo perjudicó. En una de pruebas que antes realizara sin tropiezos, falló en el cálculo perdió la vida.

 

Pettirossi en 1912

Pettirossi en 1912

 

París había asistido a su consagración de acróbata aéreo. Era un intuitivo en ese sentido. El mismo recordaba a menudo el episodio con que asombró a los aviadores franceses. Estaba allá perfeccionándose en el aprendizaje y lo sorprendió la lluvia en uno de sus vuelos. Como la caída del agua arreciara, los demás aviadores se encerraron en el hangar, temiendo por la suerte de Pettirosi. Al rato lo vieron descender y le preguntaron en seguida:

— ¿Vendrás empapado?

— No Casi nada... — respondió, mirándose el cuerpo que, en recto, estaba apenas mojado. — Cuando empezó a llover di vuelta el aparato.

— ¿Cómo?

No querían creerle. Sin embargo, Pettirosi lo había hecho: para no mojarse, invirtió el avión y, cabeza abajo, enderezó hacia el aeródromo, en un vuelo impecable. Resultaba increíble la hazaña, porque piloteaba un Duperdussin, aparato que no estaba hecho para el looping; pero la comprobación fue fácil: las alas del aeroplano estaban mojadas en su cara inferior.

Alguien seguía dudando, a pesar de todo: era el cronometrista del aeródromo. Para convencerlo, Pettirosi fue hacia él y le pidió:

— Prepárese, que voy a intentar batir el record de "looping the loop".

—¿Usted? ¡Vamos, vamos!...

—¡ Yo, sí, yo!

Tuvo que exigirlo, mostrando su brevet de aviador. Seguros de que iba hacia la muerte, pero inhabilitados para impedírselo, los demás aviadores se aprestaron para presenciar el accidente. Pettirosi cobró altura y, ante el asombro de todos, empezó a dar vueltas y más vueltas. El cronometrista no atinaba a seguir la cuenta. Aproximadamente 33 fueron los "looping" que hizo el aviador paraguayo; en cada uno de ellos iba perdiendo altura. Y después del último, acordándose de quien había desconfiado de sus condiciones, ensayó una caída a pique sobre la cabeza del cronometrista, que lo creyó enloquecido, y cuando estaba a escasos metros enderezó el aparato y siguió haciendo acrobacia.

Consagrado campeón mundial, Pettirosi vino a Buenos Aires y se asistió entonces a las pruebas más impresionantes. El "looping the loop" pasó a ser, para él, una cosa demasiado fácil. Fue mucho más allá. Creó las mayores situaciones de peligro en todos los saltos mortales, para salvarlas luego. Hacía locuras en el aire. Antes de iniciar una de sus exhibiciones se le rompió el extremo de un ala. Postergó la prueba para el día siguiente. A las 24 horas, los mecánicos le avisaron que sería conveniente esperar a que la compostura se asegurara mejor, pero él no creyó correcto postergar nuevamente el espectáculo.

—Probaré si se puede.

Y para probarlo, ascendió, invirtió el aparato bruscamente, y viéndola resistir continuó con la exhibición. Si en esa prueba llega a rompérsele nuevamente el ala, Pettirosi se hubiera matado. Era de una pasta especial. Saltimbanqui del aire, a nadie se le vio ejecutar pruebas semejantes, considerando los aparatos que entonces se utilizaban. En la época en que el "looping" era una Proeza, él ya lo conceptuaba un juego de niños. Su aeroplano, en al aire, semejaba un cohete que describiera las más disparatadas evoluciones. Pettirosi estuvo siempre más cerca de lo mágico que de lo real.

LOCATELLI

"5 agosto 1919: teniente Antonio Locatelli, italiano. Cruce de los Andes en vuelo Valparaíso-El Palomar, en biplano SVA-SPA de 220 h. p." Así quedó anotado para la historia el notable raid del piloto italiano que fue el primero en sorprendernos con una travesía de esa magnitud. La noticia de la proeza con todos sus detalles encumbró a la figura de Locatelli y hubo ambiente de fiesta en todo Buenos Aires. A las hazañas que había realizado durante la gran guerra ese apuesto oficial de la milicia italiana, se agregaba ésta, más real para nosotros porque terminaba de ser realizada aquí mismo.

Por todas las calles, en todos los negocios, la cara ya familiar de Locatelli nos sonreía desde las vidrieras. ¡En un solo vuelo unido Chile con la Argentina! Para una dama de la sociedad porteña trajo el aviador un ramo de flores frescas que ese o día le entregara una dama de la sociedad chilena. Era una referencia a la vertiginosidad del raid la lozanía de esas rosas en Buenos Aires, esparcieron el perfume de Chile. Y estaba mimado por todos, ensalzado en periódicos, en reuniones y en las familiares, el 'hombre del día, el joven militar que traía jubilosa, emocionada, a la población entera.

ADRIENNE BOLLAND

Dos años más tarde, la indomable cordillera de los Andes aparecía sometiéndose al paso leve de una mujer. Adrienne Bolland, la aviadora francesa, vanguardista de la moda y de las costumbres femeninas, dueña de una pericia y tesón admirables, inteligente, serena, pasó por encima del macizo andino el 1' de abril de 1921, yendo de Mendoza a Chile, en un Caudron de 80 caballos de fuerza. Jamás mujer alguna había realizado una proeza semejante. En ella tuvo la aeronavegación femenina una impulsora decisiva. Pasó por Buenos Aires dejando un recuerdo amable con su presencia y una enseñanza recia con sus hazañas. Se la admiró en todos sus aspectos, porque constituyó en sí una avanzada de la rápida transformación que se operaría en el carácter de la mujer. Ya anteriormente había conocido el halago de otros cielos, pero su cruce de los Andes le dio celebridad y popularizó su nombre en la Argentina.

EL "PLUS ULTRA"

Delirantemente se estremeció el pueblo de la Capital aquel 10 de febrero de 1926. Un reguero de gente corría en dirección hacia el puerto. Desaparecía la presión agobiadora del calor bajo la fuerza del entusiasmo incontenible.

¡El Plus Ultra había llegado a Buenos Aires! Al cabo de los siglos, la ruta de Colón (Palos-América) se cubría por los aires en 19 días. Los ocho años que han pasado son poco tiempo para que puedan haber sido olvidados los detalles del insuperable acontecimiento. Demostración maravillosa de habilidad, de ciencia y de coraje la de este gallego ilustre, Ramón Franco, piloto magnífico, que tuvo su mano derecha en Ruiz de Alda, y a quien acompañaron el celo profesional de Rada y la presencia útil y simpática a la vez del malogrado Durán. Esfuerzo incomparable, travesía límpida, certera, matemática, que con justicia hizo vibrar al pueblo de Buenos Aires, sacudido de emoción y de alegría bajo la impresión del milagro real. Aun recordamos la palabra de muchos testigos de esa llegada: "Ramón Franco descendió en el puerto como si hubiera nacido en Buenos Aires". Tan perfecta fue su maniobra. Sucesos posteriores pusieron otras veces en la actualidad a la figura de Franco. Episodios políticos de orden interno. Pero nunca, ninguno de esos hechos podrá oscurecer la fama de quien fue protagonista de una proeza que acaso no vuelva a repetirse; nada será capaz de hacernos olvidar las horas aquellas en que a brazo forzado íbamos hacia el puerto, para rozar siquiera con nuestras manos el cuerpo de Ramón Franco.

EL GRAF ZEPPELIN

Otros acontecimientos emocionaron a Buenos Aires. Así el raid de Olivero y Duggan, con su dramático episodio en el que tan decidida participación tocó a Josinho Cardoso; así, también, las sucesivas travesías del Atlántico, las visitas de Costes y Le Brix, de De Pinedo... Hechos sobre-salientes todos ellos, pero que en emoción debieron ceder a aquellos otros.

 

Hugo Eckener vuela el Graf Zeppelin sobre Buenos Aires el 30 de junio de 1934

Hugo Eckener vuela el Graf Zeppelin sobre Buenos Aires el 30 de junio de 1934

 

Las grandes emociones son producidas por las grandes novedades. Así, conservando muchas en el recuerdo, llegamos a la última, a la reciente emoción que debemos al sabio alemán Hugo Eckener, señor del espacio, que con su gigantesco Graf Zeppelin hizo madrugar a todo Buenos Aires y mostró un espectáculo nuevo, imprevisto, maravilloso, paseándose majestuosamente, tendiendo la sombra de ese enorme pez aéreo por encima de los edificios, como si fuera el progreso que extendiera su manto por sobre la civilización.

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