¡Habla memoria!

1960. El capitán debe ser un ejemplo, no el más antiguo del club

Por Redacción EG · 08 de enero de 2020

Ernesto Lazzatti reflexionaba sobre una costumbre de mediados del siglo pasado, cuando la capitanía la solía ejercer el más histórico del plantel, que no siempre era el más idóneo.

En el fútbol hay puestos, cargos, cuya función es indefinida. Por lo menos resulta indefinida en la práctica, en la manera de ejercerla. La capitanía de los equipos es una de ellas.

En la teoría, el nombramiento del capitán significa el reconocimiento de una serie de factores que conjugan una personalidad apta para desempeñar un cargo que tiene suma importancia. En la práctica, generalmente se desvirtúan los conceptos. No se le asigna valor a la misión a desempeñar y, por lo mismo, no se le dedica mayor atención a la elección. Casi siempre se recurre a la cómoda posición de nombrar al más veterano en la institución, porque se piensa que es una forma de premiar su consecuencia con el club asignándole la honorífica tarea. Y como en ella los dirigentes no advierten ninguna responsabilidad, no analizan las condiciones de quien va a desempeñarla. Cualquiera puede ejercerla (total su misión consistirá en asistir al sorteo de las vallas, o a pedirle alguna explicación al árbitro); entonces está bien que quien haya jugado más años en el club sea el capitán. Además así lo entiende también el público, (cuántas veces hemos oído decir: ¿Cómo sale el capitán fulano, en lugar de zultano que hace tanto que está en el club?), de manera que si siguiendo la costumbre no hay reacción en contra, para qué se va a cambiar.

 

Salir con la pelota bajo el brazo, un sello de los capitanes.

Salir con la pelota bajo el brazo, un sello de los capitanes.

 

Y al proceder así se cometen dos errores siempre significa consecuencia, lealtad, corazón mantenerse como jugador profesional en algunas instituciones. Muchas veces es interés, interés honesto, interés justo, pero interés al fin, el que liga a los jugadores con los clubs. ¿Qué más pueden desear que jugar en los clubs grandes, donde su profesión está bien retribuida, donde su "cartel" está bien defendido y, por lo mismo, su situación y porvenir económicos asegurados? Toda persona quiere mantenerse en su trabajo, en su profesión, cuando en ello está a gusto y gana muy bien. El jugador de fútbol, como cualquier ser humano, hace muy bien en defender sus intereses siendo leal con su club. Pero también el club responde en la misma forma cumpliendo con quien cumple con él. Ambos defienden sus intereses, hay reciprocidad en el trato, que los coloca en igualdad de condiciones. Ninguna de las partes tiene obligación o derecho a dar o pedir, al margen de lo natural, de lo establecido. Por lo mismo, al club no le corresponde distinguir al jugador que haya jugado mayor cantidad de años en sus filas, nombrándolo capitán. Si sus condiciones personales y futbolísticas lo habilitan para ello, las autoridades del mismo harán muy bien en designarlo, puesto que llevan a esa función a quien podrá representarlo con toda propiedad. Pero si lo designan simplemente en relación con la prolongada permanencia en sus filas, corren el peligro de no ser justos en cuanto a la estimación de la situación del jugador con el club. Ya que aun en el caso de jugadores de clubs de los denominados chicos, en los que es menos posible compensar monetariamente la fidelidad a los colores, el proceder de esa manera significaría caer en el segundo error. El de subestimar la importancia de la capitanía al dejarla en manos de quien cuenta con dicha fidelidad, como mejor atributo.

Este segundo error, en el que resulta fácil incurrir, dada la generalizada idea que se tiene sobre lo que debe ser un capitán, es una de las consecuencias directas de la improvisación con que se encaran muchos problemas del fútbol.

Es tan común que la gente le reste importancia a la función del capitán que se ha hecho costumbre nombrar al de mayor antigüedad en el club. Sin pensar para nada en si tiene condiciones o no; si su comportamiento dentro y fuera de la cancha autoriza a creer en la eficacia de su gestión, ya que al no otorgársele a ésta ninguna trascendencia para la marcha del equipo, o para la forma en que represente a la institución, tampoco se le atribuye al elegir a quien deba desempeñarla.

Una prueba de ello podemos buscarla en la situación que se crea cuando por cualquier circunstancia están ausentes en algún partido el capitán y subcapitán designados. Como en las autoridades también reina el concepto de lo superficial del cargo no se toman las providencias del caso, no se indica el reemplazante, y se llega a la hora de iniciar el partido sin saber quién va a encabezar el conjunto al salir a la cancha, y luego elegir el arco que convenga. En esos casos entre los mismos jugadores, o entre ellos y los entrenadores, así, a la ligera, con la premura del silbato del árbitro, se elige el candidato. Casi siempre con la frase de alguien que ubicó al más antiguo: "salí" vos que hace muchos años que estás en el club. Con lo que queda señalada la autoridad máxima del team dentro del campo, en ese partido. En Boca Juniors, en muchas oportunidades en que se presentó dicha situación, la misma fue resuelta por la indicación del utilero, Martín Pupilli, que con sus treinta y tantos años en su puesto conoce la historia de cuanto jugador pasó por el club de la ribera. Con la entrega de la pelota al elegido lo erigía en capitán. Los dirigentes estaban en otra cosa, y muy posiblemente ignoraban el problema, o no lo recordaban.

Asistir al revoleo de la moneda para elegir valla, o para disputar el derecho de iniciar el juego, es otra distinción que tiene el capitán. Generalmente su mayor mérito es el de ser el más antiguo del club.

Asistir al revoleo de la moneda para elegir valla, o para disputar el derecho de iniciar el juego, es otra distinción que tiene el capitán. Generalmente su mayor mérito es el de ser el más antiguo del club.

Todas estas situaciones son el producto de la improvisación, del deformado concepto sobre autoridad y responsabilidad con que se gobierna el fútbol, y de resoluciones de apuro que sentaron precedentes que siguen marcando el camino a seguir. Entonces, como desde hace muchos años se elige capitán del equipo al más antiguo, se sigue con la rutina, aunque para ello se olviden los verdaderos alcances del cargo, y a los futbolistas que por su personalidad están sindicados para representar a las instituciones con eficacia.

Se procede, en la mayoría de los casos, como si llenar ese puesto fuera una obligación de forma, y por lo tanto intrascendente, cuando en realidad dista bastante de ser así. El capitán del equipo es una autoridad, y como tal tiene importancia en relación con las atribuciones que se le asignan y con la forma en que es ejercida.

Si se nombra capitán solamente para salir con la pelota bajo el brazo, para elegir la valla, o para iniciar el juego, seguramente que su misión carecerá de jerarquía y valor. No va a repercutir en absoluto en la marcha del equipo, ni cobrará vuelo como representante de la institución, porque no contará con la autoridad para hacerlo. Es tan limitada su gestión y tan escasa su participación en problemas de fondo, que no tendrá la más mínima oportunidad de realizar nada constructivo. Será un jugador más, revestido de la pequeña aureola que le dispensa su honorífico cargo, y estará justificada la indiferencia con que se elegirá al candidato a desempeñarlo.

Pero lo correcto es pensar que el capitán del equipo es el eje en torno del cual gira una serie de circunstancias. En apariencia, tal vez, ajenas a su misión específica, más de indudable relación con la labor del conjunto. No podemos olvidar que en las relaciones diarias de los futbolistas entre sí, o de éstos con los entrenadores, y en muchas ocasiones entre jugadores y dirigentes, se presentan pequeñas desinteligencias que un consejo oportuno, o una intervención a tiempo eliminan. Y esos toques, que suelen pasar inadvertidos cuando frustran en su gestación posibles desavenencias, están encuadrados dentro de lo que puede hacer un capitán en provecho de su club.

Como lo está también la de orientar al equipo en plena lucha, cuando no es posible recibir indicaciones de afuera, y hacen falta porque alguien ha perdido el rumbo, o simplemente porque el contrario ha superado lo teóricamente programado' antes de iniciar el encuentro. Es decir, constituirse en el Director Técnico dentro del campo, donde nadie puede hacerlo con la misma propiedad que el jugador, en este caso erigido en capitán, y por lo mismo dotado de la autoridad necesaria para convertirse en el guía de su team.

Fernando Bello durante su larga actuación en Independiente unió a sus amplios conocimientos del fútbol (le permitieron dominar desde su arco la organización de su equipo) una ejemplar corrección en los campos de juego. En los dos aspectos cumplió acabadamente con lo que debe ser un capitán. Su ejemplo de conducta prevaleció más que la "antigüedad".

Fernando Bello durante su larga actuación en Independiente unió a sus amplios conocimientos del fútbol (le permitieron dominar desde su arco la organización de su equipo) una ejemplar corrección en los campos de juego. En los dos aspectos cumplió acabadamente con lo que debe ser un capitán. Su ejemplo de conducta prevaleció más que la "antigüedad".

Lo mismo cuando le corresponde representar a su club, fuera ya del campo de juego, pero en funciones estrechamente ligadas con el desenvolvimiento de la institución; relacionadas con actos sociales derivados de la actuación deportiva. En esos casos también el capitán debe saber estar a tono con la responsabilidad que emana de su condición de delegado del club, al que está enrolado. Yen esa posición, al margen de su condición de jugador profesional de fútbol, puede igualmente colaborar en favor del deporte, y de su club Todo depende de la conducta que observe, y de la que sepa inspirar al resto de los futbolistas.

De manera que entre el capitán, que comúnmente se forma en el grueso de la gente, y el capitán que idealizamos en estos ejemplos existe una gran diferencia. Tan grande como es también la diferencia que existe entre los jugadores que pueden Y los que no pueden ser capitanes.

 

Hay futbolistas que al salir de la cancha, al caminar en la cancha, hacen notar u posible condición de capitanes, de orienta dores de conjuntos. Por su forma de actuar, por su estilo, por lo que dejan traslucir en sus movimientos con respecto a conocimientos del juego, y de personalidad para imponerlos. Y otros que por carecer de prestancia, de poder de transmisión de posibles conocimientos, no representan el capitán en cierne, aunque jueguen muy bien en su puesto, y a su manera.

En los dos casos nos referimos exclusivamente a como los define su condición de jugadores de fútbol. En los primeros sus cualidades personales podrán aumentar o disminuir su caudal de aptitudes para el puesto. La corrección, la disciplina, la sobriedad, que indiquen equilibrio, buen sentido, responsabilidad, elevarán al máximo las posibilidades de configurar un buen capitán. Y la inconducta eliminará en gran medida sus perspectivas de serlo.

Sanfilippo ni como jugador tipo, ni como deportista de conducta elogiable, simboliza la definición de ejemplo que debe ostentar el capitán de un team. Como jugador, a pesar de su señalada eficacia frente al arco, está lejos de ser una pieza de influencia favorable en el resto del conjunto. En cuanto a la irresponsabilidad con que encara sus obligaciones de profesional, basta recordar lo ocurrido recientemente en Guayaquil. Sin embargo, capitanea el primer equipo de San Lorenzo, campeón de 1959.

Sanfilippo ni como jugador tipo, ni como deportista de conducta elogiable, simboliza la definición de ejemplo que debe ostentar el capitán de un team. Como jugador, a pesar de su señalada eficacia frente al arco, está lejos de ser una pieza de influencia favorable en el resto del conjunto. En cuanto a la irresponsabilidad con que encara sus obligaciones de profesional, basta recordar lo ocurrido recientemente en Guayaquil. Sin embargo, capitanea el primer equipo de San Lorenzo, campeón de 1959.

En los segundos, las cualidades favorables nombradas disimularán en gran proporción su falta de aptitudes técnicas para cubrir con eficiencia el cargo, y las desfavorables definirán en forma terminante a quienes no deben ser capitanes.

Néstor Rossi, con su extraordinaria personalidad, es el anverso y reverso de lo que debe ser un capitán. Por sus conocimientos, por su estilo de juego, por su ascendiente, por todo lo que representa como organizador y propulsor de un equipo, es el capitán ideal. Mas sus brusquedades, su intemperancia, su falta de control, su irrespetuosidad hacia el público y jugadores (traducida en el lenguaje que utiliza a viva voz) dan por tierra con lo anterior, tipificando la negación del capitán.

De todo esto sacamos en conclusión que "nuestro" capitán debe tener personalidad definida; en lo técnico, manifestada en capacidad individual y en la facultad de constituirse en el guía que oriente a su equipo en plena lucha; en lo Personal dueño de una línea de conducta que sirva de ejemplo.

Eso es lo que entendemos por capitán: un jugador que pueda servir de ejemplo el todo sentido.

 

 

Por Ernesto Lazzatti (1960).

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