¡Habla memoria!

1988. Pacto de amor

Por Redacción EG · 30 de diciembre de 2019

Julio César Gaona y su novia, Liliana, sabían que ella tenía una enfermedad incurable. Sin embargo se casaron y tuvieron un hijo. La madre ya no está pero padre e hijo están más unidos que nunca.

Nadie logró precisar el momento exacto, pero la imaginación ayuda a completar el cuadro. El sol metiéndose por los ventanales y aplastándose contra las pare-des frías y blancas, sin lograr entibiarlas. Los cuerpos apoyados en esas paredes. Las voces, graves y bajas. Las cabezas juntas. El silencio de ese pasillo de hospital, apenas quebrado por algún lejano timbrazo de teléfono. Ella no tenía aún veinte años cuando lo supo; y él aún no había cumplido los veinte años cuando ella se lo contó.

La imaginación los pone ahora caminando lentamente por la calle del barrio que se deslizó bajo sus pies, sintiéndolos felices, apenas un día antes. Ella habla quedamente mientras caminan. Tiene los ojos sombreados por el triste maquillaje del insomnio. El sol se está poniendo y enrojece los perfiles, pues están mirándose de frente —ella apenas necesita elevar un poco los ojos para encontrar los de él. Han callado. Ella teme; no por ella, pues ya conoce su futuro y está dispuesta a enfrentarlo. Teme por él, por las horas que vendrán. El teme no por lo que pueda decir, sino por todas las cosas que quizá no alcance a decir. El —que nunca tuvo miedo de hablar cara a cara con quien fuese— ahora está callado, intentando —eligiendo— cada palabra.

Por fin, habla. Resume en tres o cuatro palabras algo más que toda la ternura del mundo, pues en esas tres o cuatro palabras está también definiendo la futura vida de ambos cuando le dice:

—Yo voy a estar junto a vos, pase lo que pase.

Ariel sale a la cancha. Lo rodean su papá y sus compañeros de Deportivo Español.

Ariel sale a la cancha. Lo rodean su papá y sus compañeros de Deportivo Español.

Hasta ese momento la vida transitaba casi fácilmente por el camino que él mismo había pavimentado con sus propios sueños. Bastó que a los once años un hermano lo llevara de la mano a Vélez para que Julio César Gaona eligiera su vida, el fútbol. Y aunque Vélez no pudo darle cabida, insistió hasta llegar a Platense. Sí, tenía once años cuando eligió su destino. Ya no más libros, puesto que con el séptimo grado tenía suficiente para lo que él quería. A los catorce ya jugaba en la tercera de Platense. A los quince la conoció a ella, Liliana Elizabeth. Fue en una fiesta común, en el barrio en común —Villa Martelli—, por una amiga común: prima de él, conocida de ella. Se conocieron y se pusieron de novios. Eso fue allá por 1979 y él ya jugaba en la primera de Platense desde hacía dos años.

Idilio común, de barrio, de bailes cuando el fútbol lo permite, quizá de recortes de diarios prolijamente coleccionados por ella con los artículos sobre él. Durante aquellos cinco años de noviazgo fueron felices. Estaban juntos. ¿Qué más podían esperar?

Hoy todas las mañanas, antes de que llegue el primer mate de doña Ana —única forma de llamarla, difícil sería hacerlo por uno de sus nombres: Merlinda Hipólita—, Julio César Gaona tiene dos actos reflejos. Primero mira una de las fotos que tiene en su mesa de luz y luego se levanta para besar a su hijo, Johnatan Ariel. Es ese primor de rulos y sonrisas el que le da fuerzas cotidianamente para recomenzar de nuevo, cada día, cada entrenamiento, cada partido, cada inhalación del aire que lo mantiene vivo.

Su hijo tiene tres años. Ariel es, además, la orgullosa y ocurrente mascota del Deportivo Español. No sólo no quiere faltar a los entrenamientos, sino que se empeña en ser masajeado y vendado antes de salir a la cancha, junto al resto de los jugadores, a los que él seguramente siente como meros acompañantes.

A principios del año 1985, Julio César Gaona ya se había casado con Liliana Elizabeth Puente. Emprendieron viaje rumbo a Bogotá, al Independiente Santa Fe de Colombia, en donde vivirían a lo largo de seis meses. Quizá fueron los más duros. No sólo porque ya ambos sabían que ella estaba enferma, sino también porque él ni siquiera jugó, vaya a saber uno por qué extraños designios del destino que desató la decisión del técnico de entonces. Y durante todo ese tiempo estuvieron más juntos que nunca, sabiendo que cada vez que el reloj de la casa adelantaba una manecilla, corría un tiempo en contra que ellos jamás dominarían.

 

La mascota del Gallego.

La mascota del Gallego.

 

Es que lo que ella supo antes de cumplir los veinte años y que le dijo a él, que tampoco había cumplido los veinte años, es que estaba enferma. Lupus. Un mal como una bomba de tiempo con el reloj enloquecido, incapaz de prever. Ella se enteró después de análisis casi rutinarios. Tenía dolores de riñones, un médico le dijo que era reuma... Sería en el hospital Rivadavia y con la ayuda y la paciencia del doctor Jorge Lorenzo cuando comenzaría no el calvario, sino la ciega lucha contra la muerte.

Él jamás dudó en seguir junto a ella, de la misma manera en que ella no quiso rogárselo. Y aunque a su alrededor palabras con la suficiencia de la sabiduría popular le aconsejaron que no lo hiciera, él lo hizo. Se casó con ella.

Y aunque ambos escucharon los consejos de que no lo hicieran, lo hicieron. Y así proyectaron el nacimiento del niño.

Cuando partieron a Colombia, ella ya estaba embarazada.

Hoy, casi todas las mañanas, Gaona se mete en la entraña misma de la esperanza: los entrenamientos del Deportivo Español. Primero el trabajo, y luego, al mediodía, la comida en común, el turno para uno de lavar platos, para otro de mirar, para todos de reír y disfrutar. Hay motivos, pues Carlitos Capella siempre tendrá alguna anécdota. Y por ahí está el Cai Aimar, respetado y querido, y está el Puma Rodríguez, y el doctor Carlos D'Angelo... Y por ahí aparecerá el pequeño Ariel, un día cualquiera, para sonrisas de todos.

Ariel. Una sonrisa debajo de los rulitos. Su padre. Duro y transparente, el mismo que lo mira día a día y le dice, aunque sea chiquito: 'Hijo mío, nunca vas a tener vergüenza de tu padre, ¿sabés? Tu viejo se equivocará en muchas cosas, pero siempre va a luchar por ser digno, por decir las cosas de frente. A lo mejor no me entendés ahora, pero quiero que lo sepas desde ya, porque somos amigos...".

Dos amigos, ésa sería la palabra. Mordiéndose muchas veces los labios el mayor pues detesta crear un sentimiento de lástima a su alrededor, aunque en realidad no lo inspira. Es fuerte, ha luchado por la vida y sigue luchando.

Aquel agosto de 1985 se metería para  siempre en la vida de Gaona. Por aquellos días, él estaba jugando en Unión de Santa Fe. Venía todas las semanas para ver a su esposa. No fallaba jamás aquella visita, aquella caricia a esa panza hinchada de amor.

 

En el vestuario, Julio y Ariel Gaona.

En el vestuario, Julio y Ariel Gaona.

 

Fue finalmente la ciencia la que decidió: el niño tenía que nacer antes de término. Era la única manera de ganarle a lo que vendría irremediablemente. La decisión fue tomada y por eso el 1° de agosto de 1985 a las 12.30 Ariel vino al mundo en el Hospital Rivadavia con sólo seis meses y medio de embarazo. Pesaba apenas 1,290 kilos y estuvo tres meses en una incubadora. Cuando salió de ella y empezó a vivir sin tubos ni luces su madre ya no estaba con él. Había fallecido el 30 de agosto a los 22 años de edad, en el mismo hospital.

Él ya no volvió a jugar en Santa Fe. Estuvo seis meses sin recibir un peso y sin jugar. Volvió a la casa de Villa Bosch, junto a su suegro, Antonio Puente. Allí, donde alguna vez conoció las delicias del enamoramiento primero y la amargura del futuro incierto más tarde, empezó a vivir, nuevamente a vivir, pues no le quedaban más recursos espirituales que su hijo, sus suegros, sus padres y sus amigos.

Es por eso que no es ésta la historia de un hombre y —muchísimo menos— la historia de sus andanzas sobre el césped de una cancha de fútbol.

Esta trata de ser la historia de un pacto de amor; un pacto que nada ni nadie pudo separar ni interrumpir. Una historia de amor y de vida de dos que se amaron y demostraron que se puede ser más fuerte que el dolor, la desesperanza y la soledad.

Hoy ya no estás, Liliana. No estás físicamente. Pero estás en los ojos de Ariel y Julio César. Estás en esos ojos que miran al futuro igual que lo miraste vos: amando a la vida, más fuertes que el dolor y la soledad.

 

Por CARLOS IRUSTA (1988).

Fotos: NORBERTO MOSTEIRIN.

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