¡Habla memoria!

Alí, ese desconocido

Por Redacción EG · 13 de diciembre de 2019

Testimonios inéditos y anécdotas olvidadas sirven para mostrar al más grande a través de una óptica distinta. Del fondo de su pasado, quienes lo conocieron ofrecen sus recuerdos...

Pregunta: Un mexicano, un negro y un puertorriqueño van en un auto. ¿Quién maneja?

Respuesta: Un policía.

Muhammad Alí cuenta el chiste y se ríe. Hace, digamos, treinta años, ese mismo chiste racista lo hubiera puesto furioso. Hoy parece más maduro, que es una forma de decir que está de vuelta de todo, hasta de este tipo de cuestiones. Alí se ríe y cuenta.

“¿Qué dijo Abraham Lincoln cuando se despertó después de dormir una borrachera de dos días?” Hace una pausa y responde aguantando la risa: “¿Qué yo liberé...? ¿A quiénes?”.

Su actual esposa, Lonnie, se enoja por dos razones. Primero porque no le agrada del todo que cuente ese tipo de chistes; segundo, porque los conoce de memoria.

Por supuesto, aprovechó para contar sus chistes hace muy poco cuando volvió a su Louisville natal, en el sureño estado de Kentucky. Se sabe, el Sur ha sido la zona más racista del país. El Sur jamás se reconoció derrotado en la Guerra de Secesión. Y, justo en el Sur, tenía que nacer este hombre. Este negro que revolucionó al mundo. Y que hoy ve cómo se está construyendo un monumental edificio en su nombre, un complejo que costará 80 millones de dólares.

“Eso sí”, dice Lonnie que es su cuarta esposa. “Por favor, no lo consideren un museo.”

¿Un museo tratándose de Alí? Es difícil imaginar un hombre inquieto, dinámico y creador como él.

“Tiene el poder de atención de un niño de cuatro años”, definió alguna vez Norman Mailer. “Basta que algo nuevo pase por sus ojos para que olvide lo que está haciendo y se fije en el objeto siguiente.”

 

Alí siempre rodeado de gente. Carisma absoluto.

Alí siempre rodeado de gente. Carisma absoluto.

 

Alí ha dominado la escena deportiva norteamericana y del mundo desde 1960, cuando se consagró campeón olímpico en los Juegos de Roma. Lo primero que hizo al bajar del avión fue leer una poesía. Y apenas unos meses más tarde lo segundo que hizo –aunque en esos tiempos no fue público– fue arrojar su medalla de oro en el puente de la Calle Segunda. Lo hizo en un acto de rebeldía, porque le habían prohibido el ingreso a una cafetería por ser negro.

Hoy, a los 57, cuando cuenta a media voz chistes de negros que en otros tiempos lo hubieran enfurecido, sigue siendo toda una leyenda.

Sentado frente al intendente de Louisville, el mayor David Armstrong, Alí parecía estar semidormido, casi sin escuchar: “Hoy nuestra ciudad tiene aeropuerto internacional, queremos atraer al turismo y Alí es uno de nuestros hijos más famosos”.

De pronto Alí pareció despertarse. Y mientras su esposa temblaba, esperando un nuevo chiste, sólo dijo: “Hoy los colegios están más integrados”.

El Muhammad Ali Center se encuentra en un lugar cercano al río Ohio. Fue donado por la ciudad y se estima que vale alrededor de diez millones de dólares. Un grupo de contribuciones privadas sumó treinta millones más. “Excepto por Lady Di, que ya no está con nosotros, ¿quién más aúna calidez, amor, leyenda y recuerdos como Alí?”, dice Larry G. Townsend, presidente de la entidad. Este hombre recuerda, emocionado, que asistió al debut profesional de Alí cuando ambos tenían 18 años.

Claro que en esos tiempos él se llamaba Cassius Marcellus Clay...

 

 Es imposible trazar pinceladas de Alí, el primero en lograr tres veces el campeonato mundial de los pesos pesados, sin pasar por el transitado camino de las anécdotas. Ellas lo pintan de cuerpo entero.

Dicen que ya de chico, cuando empezó a hablar, repetía siempre: “Champ”, o sea la abreviatura de “champion”. Y desde entonces así lo llamaron en familia. Familia, dicho sea de paso, de clase media. Alí no es negro profundo –basta mirar su piel, mucho más clara que la de un Joe Frazier o Mike Tyson para  exponerlo más crudamente– ni tampoco viene tan de abajo como los mismos boxeadores nombrados.

Su padre era pintor de brocha gorda y tenía un aceptable pasar. Dicen, eso sí, que Cassius no era buen alumno y, de hecho, su coeficiente de inteligencia no llegaba al límite de lo considerado normal. Hace poco se encontró con un periodista que había escrito sobre este tema y mirándolo sin enojos le dijo:

–Si yo tuviera un mejor coeficiente, hubiera disfrutado de su reportaje.

Dicen que ya en la escuela hacía reír a todos.

“Fuimos compañeros de clase”, recuerda Gloria Brady. “Nuestra profesora de latín se llamaba ‘señora Robinson’. Y todos esperábamos que él saliera con alguna de las suyas; era la única forma de reírse en una clase muy seria.”

Hoy, afectado por el síndrome de Parkinson, despierta lástima en la gente. Aquel parlanchín endiablado y provocativo tiembla como una hoja y apenas balbucea. Mientras una parte de los medios le echa la culpa al boxeo, la otra dice que esa es una enfermedad padecida por cientos de miles de personas que ni siquiera vieron una pelea por televisión. Pero los bandos coinciden en algo y es que su mente sigue intacta. Una cosa es que le cueste expresarse, otra que pueda hacerlo. Hace unos diez años, cuando le hablaron de su enfermedad, largó la bravata: “¿Y a quién le ganó ese Parkinson? Quiero ver su récord”. Hoy sigue ensayando algún truco de magia. Y practicando una de sus bromas favoritas: restregar los dedos junto a la oreja de algún distraído y, luego, mirar para otro lado.

 

1989. El mal de Parkinson, el peso de una cruz.

1989. El mal de Parkinson, el peso de una cruz.

 

Curiosa vida la de este hombre que tiene serios problemas para leer. Lo ha hecho siempre despacio, casi en voz alta, y se dice que nunca leyó un libro, ni siquiera el Corán. En el ejército le hicieron un test de inteligencia y logró un 16, o sea por debajo de lo normal. ¿Puede un tipo que apenas lee, y quizás sea algo tonto, haber sido lo que fue y seguir siendo lo que es?

Este hombre ha inspirado, cuanto menos, una docena y media de libros sobre su historia. Y un documental efectuado sobre su pelea con George Foreman en el Zaire (Cuando éramos reyes) viene de ganar el Oscar de la Academia de Hollywood.

Alguna vez lo explicó él mismo afirmando que “el boxeo me hizo diferente. Si no, estaría lavando ventanas en Louisville y diciéndole ‘si señó’ y ‘no señó’ a mis patrones blancos”.

Su aparición en el boxeo profesional, en 1960, motivó a un distinguido maestro de periodistas, el gran A. J. Liebling, a escribir sobre él: “Justo ahora, cuando la Dulce Ciencia parece una mentira como un barco pintado sobre un mar pintado, aparece un nuevo héroe. Clay tiene algo del aura heroica que obliga a prestarle atención”.

Estamos hablando de 1960. Tal vez los lectores más jóvenes no recuerden semejantes nombres, pero eran los años en los cuales reinaban Floyd Patterson en pesado, Archie Moore en medio pesado, Paul Pender en mediano. Pascual Pérez perdía su corona de los moscas y, según una recopilación de The Ring, el mismísimo Ray Sugar Robinson figura quinto en el ranking de los medianos.

Su aparición –Liebling no se equivocó en absoluto– revolucionaría al boxeo.

 

Cuando peleó por la corona mundial con Sonny Liston (a quien él bautizó “El Oso Feo”), se concentró en una pequeña casa en el norte de Miami. Una pequeña casa de alquiler barato, de paredes blancas y en donde su delegación dormía en grupos de dos o tres por habitación. (Liston, en cambio, se metió en una mansión de 16 cuartos.)

En el patio del fondo Clay ofrecía películas y los chicos entraban a verlas. Prefería las de invasiones de marcianos y otras de terror, propias de la época.

Tras ganar la pelea, los chicos fueron a esperarlo en la casa y allí estaba también Malcolm X, famoso líder negro, con una camarita de fotos colgándole del cuello, como un admirador más.

El periodista George Plipton cuenta la escena:

“Mientras en la cocina Archie Robinson contaba los cientos de telegramas que llegaban, él asomaba la cabeza y les preguntaba a los chicos: ¿Quién sacudió al mundo? Y ellos gritaban: ¡Cassius Clay! Y luego, tras un rato, salió a la calle y lo escuché gritar: ¡Ustedes, todos ustedes... están viendo al campeón del mundo... de todo el mundo...!”

Es que una nueva era había comenzado.

1965, Clay dominante, Liston nocaut. Golpe fantasma, polémica y discusión. Todo duró 1 minuto 52 segundos.

1965, Clay dominante, Liston nocaut. Golpe fantasma, polémica y discusión. Todo duró 1 minuto 52 segundos.

Cuando te pegan, tu mente controla tu cuerpo y en el momento en que te la dieron no se puede pensar. Sólo estás como tonto y no sabes dónde estás. No es que haya dolor, sólo un sentimiento extraño. Pero algo dentro de mí sabe de qué manera reaccionar; como esas regaderas que funcionan lanzando agua cuando empieza un incendio. Cuando estoy sentido no estoy consciente, pero mi cuerpo sabe que debe bailar, escaparse. Me han pegado, claro. A todos los grandes le han pegado. Le pegaron a Louis. A Marciano. A Sugar Ray. Pero ellos han tenido la habilidad de muy pocos: aguantar hasta que se aclara la cabeza. Yo tengo esa habilidad, porque soy un boxeador defensivo”. (Clay, entrevistado por Playboy en 1974, tras vencer a Foreman).

“Nunca vimos al mejor Alí”, le dijo alguna vez Angelo Dundee a este periodista cuando lo entrevistamos para EL GRAFICO allá por 1987. En ese tiempo, Dundee estaba una vez más en la cresta de la ola ya que otro de sus pupilos, Ray Leonard, venía de ganarle a Marvin Hagler.

“Alí estuvo parado los mejores años de su vida por el asunto de Vietnam y nunca sabremos hasta dónde hubiese llegado entonces. Era rápido, inteligente, vivo, creativo y, por sobre todas las cosas, muy divertido. Estar con él fue siempre todo un placer.”

Lo cierto es que, por causa de su negativa de ir a la guerra, estuvo sin pelear entre junio de 1968 y octubre de 1970. Cuando le cancelaron la licencia tenía 25 años y 35 peleas. Cuando regresó, ante Jerry Quarry, el 26 de octubre de 1970, en Atlanta, tenía 28 años, pero ya no era el mismo ni lo sería, puesto que había perdido el prodigio que lo había hecho famoso: su increíble velocidad de piernas.

“Siempre entrenaba con gruesos borceguíes”, comentó alguna vez, admirado, Tito Lectoure. “Debían pesar... que sé yo, más de un kilo cada uno, no se los sacaba nunca, ni para el footing ni para nada; así que cuando subía a un ring con las botitas, estaba en el aire, bailaba”.

 

1964, tapa de EL GRAFICO. Excéntrico, increíble.

1964, tapa de EL GRAFICO. Excéntrico, increíble.

 

 Luego de vencer a Ringo Bonavena le tocó Joe Frazier y, se sabe, perdió por puntos. Fue la noche del 8 de marzo de 1971 en el Madison de Nueva York, ante 20.455 espectadores que dejaron 1.352.951 dólares en boletería, de los cuales Alí tuvo, garantizados, 2.500.000. En el ringside Frank Sinatra sacaba fotos para Life. Y para la tele comentaba Burt Lancaster, el tout New York estuvo esa noche en el Madison.

“A Nixon podemos votarlo o no, pero Alí es otra cosa”, escribía Norman Mailer. “Es fascinante. Cuanto más queremos no pensar sobre él, más lo hacemos. Es el Ego más grande de América. Y es el príncipe de los medios masivos de comunicación, el auténtico espíritu del siglo XX. La diferencia del Ego de los escritores con la de los boxeadores es que éstos atraviesan en el ring experiencias que sólo pueden conocer otros boxeadores. Ellos atraviesan ríos subterráneos de cansancio y cruzan picos de montañas de agonía y llegan a ver su propia muerte en el ojo del hombre con quien están peleando”.

Mailer no utilizó estos términos al azar, si no que lo hizo refiriéndose justamente a Frazier-Alí. Como Prada ante Gatica, o Valdez frente a Monzón, o el Gordo Portales ante Olmedo, Joe fue tan grande como para asumir y proyectar la grandeza del otro.

Tres veces pelearon. Y en la última, ganada por Alí el 1° de octubre de 1975 en Manila, como en la segunda ocasión, Muhammad virtió un par de frases:

“Esto fue lo más parecido a la muerte...” Y luego, dirigiéndose a su derrotado, le dijo con alivio: “Estamos libres ahora, Joe...”. Recordar que ambos estuvieron a punto de abandonar al comienzo del último round. Alí, a pedido de Dundee (quien sólo le rogó que se levantara), se paró; Frazier, a pedido de Durham, se quedó sentado y perdió la pelea, en la que Muhammad defendía su corona mundial.

Ante Joe Frazier, su más grande rival. Pelearon tres veces, Alí ganó dos. Esta fue la última, 1975, en Manila.

Ante Joe Frazier, su más grande rival. Pelearon tres veces, Alí ganó dos. Esta fue la última, 1975, en Manila.

Aquel Clay era, quedó escrito y filmado, un prodigio por sus piernas veloces que ponían siempre su rostro a un centímetro de distancia de los guantes de sus rivales. Bailaba, abría la boca, se burlaba y luego lanzaba una serie de golpes cortos y complicados.

El Muhammad Alí que volvió tras la ausencia bailaba, pero menos. Boxeadores fuertes, toscos, pero lejos de su talento, como George Chuvalo o Ringo Bonavena sirvieron para comprobar que ahora se le podía pegar, pero que sus propias manos, sin ser las de un noqueador, hacían daño. Golpes cortos, lanzados de arriba abajo, sin exuberancias, causaban efecto.

La televisión ya era el gran negocio y su imagen, a través del satélite, llegaba a todo el mundo. “Una vez mi abuelita me dijo: ‘Alí le va a ganar a Foreman’. En ese momento me di cuenta de que, si mi abuelita lo conocía, comprar los derechos de televisión sería un gran negocio”, confesó hace un tiempo un ejecutivo de la televisión de Israel, país poco afecto, si los hay, hacia el boxeo.

Cuando llegó 1974 y se firmó su pelea con George Foreman, el  mundo del boxeo pareció trastornarse del todo. Y no por la aparición de Don King sino por algunos hechos hasta ahora inéditos: 1) La pelea sería en Zaire, ex Congo belga, lugar insólito si los hubo para un encuentro por un campeonato mundial de boxeo; y 2) cada boxeador ganaría la cifra récord de 5.000.000 de dólares.

Sólo Muhammad Alí podía ser el motor de semejante empresa.

Y, por cierto, sorprendió al mundo.

Lonnie, la tercera mujer de El Más Grande, lleva junto a él 12 años. Su historia es una de amor, pues su madre era amiga de la madre de él. Y, a los 17, ella supo que alguna vez se casaría con quien, por entonces, era Cassius Marcellus. Mientras tanto, se graduó en la Universidad de Vanderbilt y recibió un Master de Administración de Empresas en la Universidad de Los Angeles. No fue todo en su azarosa vida, pues también fue monja en Sudamérica hasta que se convirtió al islamismo en 1982, cuatro años antes de casarse con Alí. “Soy una fanática de proteger su nombre y a él mismo”, admite. “El significa muchísimo para todo el mundo. A él le gusta entretener a la gente con sus trucos de magia y sus chistes, aunque a mí no me gusten mucho cuando son racistas”, concluye.

La familia vive en el sur de Michigan con un hijo adoptado, de 8 años, Asaad. No sienten difícil el hecho de ir a Louisville, donde una de las calles principales, Chestnut, ahora se llama Muhammad Ali Boulevard. Todo quedaría en familia. En el nuevo centro en construcción se encuentra Eleanor Bingham Miller, cuyo hermano mayor fue uno de los que lanzaron al joven Cassius Clay cuando recién empezaba en el profesionalismo. Pensar que hoy su hija, Laila, a los 21 años, está lista para pelear, tras haberle pedido la bendición a papá y dejar una sola frase: “Seré el hijo varón que nunca tuvo. Y que no suene mal...”.

La vida da vueltas, Alí. Laila nació en el año en que papá perdió y recuperó la corona ante Spinks, 1978, cuatro años después de aquella hazaña en el corazón del Africa.

La vida da vueltas...

Su obra maestra: Zaire, 1974, Foreman, cansado de pegar, en el suelo. Alí, campeón por segunda vez.

Su obra maestra: Zaire, 1974, Foreman, cansado de pegar, en el suelo. Alí, campeón por segunda vez.

El 30 de octubre de 1974, en Zaire, Africa, Muhammad Alí recibió demasiados golpes frente a George Foreman. Recostado contra las sogas aguantó todo. El gigante invicto, el candidato a la victoria, el campeón del mundo, el asesino con guantes, el inmutable Foreman, tiraba golpes abiertos capaces “de abatir un árbol”–como escribió Mailer– mientras Alí, recostado sobre las sogas, aguantaba el vendaval.

“Yo aflojé los tirantes de las sogas”, le confesó Dundee a este periodista, “mientras Alí saludaba... Con Alí en el ring... ¿quién se iba a fijar en mí?”.

Alí aguantó todo y cuando el gigante se cansó, cuando el asesino perdió la convicción, cuando el favorito dejó de serlo, cuando el noqueador empezó a perder potencia, vino la derecha inclemente y el nocaut para la historia.

Y aquí termina este retazo de historia, cuando Foreman, en el suelo, no pudo escuchar el grito de la gente, celebrando la victoria de Alí. “Ali, boma–ye” (Alí, mátalo).

Cuando todo había concluido, Alí se desplomó.

 

Acababa de entrar en la historia. Después de diez años recuperaba la corona, algo que sólo había logrado hasta entonces Floyd Patterson. Luego, en 1978, la alcanzaría por tercera vez ante Leon Spinks, para retirarse en 1981 con 37 nocauts a favor, 19 por puntos y 5 derrotas.

Pero ahora es ese Alí gigantesco y ganador del Zaire quien queda en nuestras retinas al momento de entregar la nota y de ponerle el punto final.

Salve, Alí...

 

 

Por CARLOS IRUSTA (1999).

Fotos: ARCHIVO “EL GRÁFICO”

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