¡Habla memoria!

1972. Ahora sí que son domingos los de Avallay…

Por Redacción EG · 05 de diciembre de 2019

Roque Avallay, mendocino que se destacaba en Huracán y sus inicios en el fútbol, su paso por Independiente, sus años de frustración en Newell´s y un prometedor presente en el Globo, donde dejaría huella. Por Ardizzone.

Roque Avallay. Mil novecientos sesenta y cinco. Me acuerdo. Era por el verano... Aquel mendocino de la figura delgada, extremadamente delgada. La herencia cobriza en la piel. Los antepasados indios en los rasgos. La mansedumbre de los ojos oscuros. Y el aire de desamparo. Y su idioma de monosílabos. El "sí, señor" de su respetuosa y preocupada timidez. Apenas veinte años. Pero es que eran, apenas, los veinte años de Roque. Dolía Mendoza La casa paterna, allá en el pueblo de Maipú. El paisaje familiar de los viñedos y las bodegas. La vida simple, sin contrastes. Las horas iguales, sin grandes acontecimientos. Pero la confortable seguridad de sentirse allí, entre los suyos... Y de pronto, la ciudad imponente y toda su desconcertada incertidumbre provinciana. ¿Son muchos veinte años? Sí, tal vez, sí... Pero ésos, los de aquel verano del sesenta y cinco, eran, apenas, los veinte años de Roque. Con toda la timidez de aquel Roque. Con todo su desamparo. Con todo su silencio. Y de pronto, Independiente. La abrumadora fama de aquel Independiente campeón. La inminencia de la Copa. Las caras nuevas. Los compañeros célebres. Rolan, Navarro, Ferreiro, Bernao, Acevedo, Santoro, Mura, Mario Rodríguez, Savoy, Maldonado... Y su minúsculo equipaje de goleador, el que traía de allá, del Maipú de toda su vida. Por eso lo habían comprado en Buenos Aires, cuando lo fue a buscar el Turco Simes, allá a Mendoza. Por eso lo había pedido Manuel Giúdice, después de verlo en Mar del Plata, en los partidos del Campeonato Argentino. Por eso estaba allí en esa ciudad de Avellaneda... Huésped solitario de aquel pequeño hotel próximo al Riachuelo...

La llegada a Independiente. Los partidos de Copa, frente a Boca. Cuando Roque alcanzó inesperada notoriedad a raíz de su inscripción presuntivamente antirreglamentaria...

La llegada a Independiente. Los partidos de Copa, frente a Boca. Cuando Roque alcanzó inesperada notoriedad a raíz de su inscripción presuntivamente antirreglamentaria...

Así lo conocí, casi sin verlo... Así lo seguí conociendo, allá en las sierras de Córdoba, cuando aquel Independiente se preparaba para decidir con el Inter de Helenio la Copa del Mundo. Y seguía con su idioma de monosílabos. Seguía con su silencio. Apenas si algunos pocos meses le habían agregado una afectuosa elocuencia."...

Con Mónica Bianchini, su mujer. Lo conoció en Independiente. Lo siguió cuando Newell's. Ahora Huracán. Los domingos grises que los juntaban antes. Los domingos distintos que ahora trajo Roque...

Con Mónica Bianchini, su mujer. Lo conoció en Independiente. Lo siguió cuando Newell's. Ahora Huracán. Los domingos grises que los juntaban antes. Los domingos distintos que ahora trajo Roque...

¿Fracaso? Si, fracaso... Doloroso fracaso. Aunque Roque ofreciese todas sus ganas. Toda su sincera honestidad. Toda su entrega generosa. Necesitaba que le creyeran. Por eso del amor propio, por eso de la dignidad. Por eso corría... ¿Correr? Matarse corriendo. Allá de punta. Y el pique de Roque. Y el otro pique, Y el otro pelotazo. Y diez, cincuenta, cien piques... Inútiles. Todos inútiles. Todos ociosos. Hasta absurdos. Hasta grotescamente cómicos. Porque así lo denunciaban los reproches que llegaban desde afuera. Porque así lo exteriorizaban esas alusiones risueñas... Y en su desconcierto no podía encontrarle la razón a su torpeza. A esa repentina torpeza que, de pronto, se le había instalado en los pies, en las piernas, en la cintura... A esa confusión que le asfixiaba el entendimiento... Correr y correr. Picar y picar. Y no encontrar ni un domingo para llevarse a la soledad del hotel. Y no encentarse con ningún aplauso, con ningún elogio, con ninguna distinción... Y esa índole de silencioso para guardarse todo adentro. Para agobiarlo más por adentro. Porque está quien grita. Se defiende. Apela. Explica. Justifica. Argumenta. Recurre a los periodistas. Pero Roque, aquel Roque, aquel de los monosílabos, ¿qué? Nada. Nada más que su silencio. Y esa contrariedad que de a poco se iba transformando en desconsuelo, en humillación, en pena... "Que no se quede callado / el que quiera ser feliz". Como en los versos de Yupanqui, ese cantor del silencio... Sólo que fue entonces cuando apareció esa muchacha: Mónica. Quince años. La primera. La única. Porque no hay don Juan en Roque. En su estirpe de solitario no germina el galanteo frívolo. Darse y nada más que dar-se en la primera entrega... Entero. Total. ¿Sabe cómo cambia todo? Gran muchacha... Ahora es mi mujer, desde hace un año... Usted se va a reír... Pero entonces nunca salía del hotel... La primera diversión en la Capital fue el ltalpark, allá en Retiro... Un domingo, con un amigo... A pasear, a los juegos... Y ya le digo... Con Mónica encontré una familia, un lugar donde me dieron todo... Los Bianchini, de apellido..., ¿los conoce? Son simpatizantes de Independiente, pero después de conocerme se hicieron del equipo en que yo jugase... Pienso que ellos, los tres, tienen mucho que ver con esto que ocurre ahora, con ese comentario favorable de la gente... ¿Usted cree que a mí me halaga mucho la fama? No... Siempre me conformé con poco, y con mi mujer había ya encontrado todo lo que ambicionaba, lo que necesitaba... Pero ahora estoy contento; ¿sabe por qué? Por ellos, que se sientan orgullosos de mí y mi satisfacción por haber podido demostrar que era capaz... No es revancha, le aseguro que no es revancha... Porque no siento ese..., ¿me entiende? Nunca tuve problemas con nadie... Creo que nunca tuve una pelea con alguien... Estoy dispuesto siempre a pedir disculpas si es que me equivoqué en alguna actitud que puede ofender... Y aun en las malas me cuesta reaccionar con violencia... Creo que la única vez que me vi en un problema fue cuando me vendió Independiente, por el canje con Joao Caretos, ¿Se acuerda? Me Querían dar doscientos mil pesos para que me fuese... Yo los hubiera aceptado, por no discutir, ¿se da cuenta? Pero mi suegro tomó mi defensa y sacó como un millón y medio de pesos. Además, creo que eso era justo... Así fue cuando pasé a Newell's Old Boys y me fui a vivir a Rosario..."

La transferencia a Newell´s con sabor a fracaso, ya casi postergado. Y le siguió peleando a la suerte. Ganando y perdiendo. Y siempre en silencio…

La transferencia a Newell´s con sabor a fracaso, ya casi postergado. Y le siguió peleando a la suerte. Ganando y perdiendo. Y siempre en silencio…

Año setenta. La vuelta a Buenos Aires. Huracán. El canje por Obberti. Y dos años oscuros. Y ahora, este Avallay de ahora... Nuevo. Distinto. Ganador. Pero lo mismo silencioso.

Año setenta. La vuelta a Buenos Aires. Huracán. El canje por Obberti. Y dos años oscuros. Y ahora, este Avallay de ahora... Nuevo. Distinto. Ganador. Pero lo mismo silencioso.

Roque Avallay. Mil novecientos setenta y dos. Este que está ahora conmigo. Este que está ahora al volante de este rumboso automóvil sport de vivo color rojo... Que permanece largos minutos en silencio. Que sigue con su idioma de sumarios monosílabos... Que siente el orgulloso placer de poder mostrarme su casa, su mujer, sus suegros. Van como siete años de aquel otro, de aquel de los domingos vacíos, de las horas solitarias en su habitación del hotel Avellaneda... De aquel mendocino de la figura delgada que conocí en aquel verano del año sesenta y cinco... ¿Y qué pasó, Roque? ¿Qué pasa ahora, Roque? El otro. Aquel de los cien piques inútiles. Aquel del comentario cruelmente risueño... Aquel que una vez contra Boca, aquel domingo frente a Boca, cuando ese pique sin freno, con el cerebro oscurecido por la impotencia... El foso... Ese del foso de Independiente que se hizo descarnada burla... "¿Cuál? Aquél del fose?..." Y éste, éste de la noche de Vélez. Este que cambió el partido y el resultado en la noche de Vélez Este qua apareció bruscamente llenando la pantalla del televisor, en esos últimos cuarenta y cinco minutos... Y ése gol con la pelota colocada por sobre la cabeza de Pezzano. Y después, este Roque del último partido frente a Boca... Este que llenó la cancha de Boca. El del primer gol enganchando la pelota y descolgándola de allá arriba, entre Marzolini y Rogel. Este Roque del manejo pulido, que ahora le pone el freno al pique, que le pone la suela a la pelota en la pausa prudente que lo aclara todo... Este de esa maniobra que trajo el penal centra Boca. Este Roque de toda la cancha que, en el domingo frente a Argentinos Juniors, hace apenas unas semanas, obligó a evocar aquella genialidad histórica de Capote De la Mata, allá en el estadio de River... El arranque desde más atrás de la media cancha. La marcha bien administrada. La cabeza arriba. Y el pique que sigue. La derecha que corta en la gambeta. La zurda que corta para el otro lado. Y Roque que sigue. Y uno, dos, tres rivales en el camino... Y el arquero en el camino... Y con la tribuna de pie, aquel mendocino silencioso que sigue siendo éste, con su idioma de monosílabos, con su generoso silencio, que decide aún más generosamente el gran epílogo... Allí está Miguel. Allí está Brindisi, mejor pisado, mejor armado para ese gol que es lo único que importa para Huracán... Y, no hay duda, para este Roque… La entrega para Miguel, que el gol es lo que importa. Aunque esos aplausos, ese estadio de pie, también importan un poco. Aunque más no sea para canjearlos por tantos reproches, por tantos domingos con silbidos. Todos esos que habían quedado metidos adentro, que habían dolido en su condición de silencioso solitario... Por eso, aquí, en esta mesa con los Bianchini, con Mónica, con los suegros, quiero saber de este Roque, de este de mil novecientos setenta y caos... A despecho de su idioma de sumarios monosílabos... Aun en esa incolora pero sentida versión de Roque... "¿Sabe que ye siempre tuve confianza en mí? Es que yo era bastante buen jugador allá en Mendoza... Entraba como volante, mire usted. Y era hábil, tenía manejo y llegaba... Así, de volante era goleador... Esto que usted y mucha gente me elogia ahora, siempre fue mío... Y hasta le digo que en Newell's llegué a andar bien... No como en estos últimos partidos de Huracán, pero bastante bien. ¿Independiente? No sé... Tal vez el cambio brusco... Tal vez porque era muy joven... El encontrarme demasiado solo, quizá... La obligación del gol que yo mismo me había impuesto... Y chocaba. Reconozco que chocaba... Que así concluían todos mis piques. Dan Adolfo Pedernera fue el primero que trató de serenarme, de animarme a que arrancara desde más atrás... Y anduve más o menos, pero siempre con problemas, sobre todo con la gente... Casi siempre entrando en el segundo tiempo o saliendo cuando entraba en el primero... Una cosa rara... Bien en los entrenamientos. Mal en los partidos... Olvidándome la pelota. Chocando. Perdiendo goles ya convertidos, Y los silbidos. Y los gritos apenas me nombraban en el equipa... Y banco, siempre banco... Ahora, no sé... Hasta la gente me aplaude, aunque me equivoque, aunque haga una chilena... Menotti también me hace jugar libre, que ande por toda la cancha... Y creo que la posición más adelantada de Miguel, que me acompaña arriba, es lo que más me ha favorecido, Porque él, además de buen jugador, puede andar en el ritmo mío, en la pared larga, como me gusta a mí... Tocar y picar a buscarla... Y animarme en la gambeta cuando voy a enfrentar, porque sé que puedo, aunque me encimen, aunque me marquen en toda la cancha..." Y actualiza la opinión del Flaco Menotti... "Lo único que le faltaba a Roque era serenarse... Después, tiene todo... Le pega bien con las dos... Va bien arriba al cabezazo. Salada con los dos perfiles. Corta con las dos piernas. Tiene buen manejo. Y además, pique... ¿Sabe lo que es en los picados? No se la saca nadie ni en un metro cuadrado. ¿Y quiere que le diga una cosa? Y no es exageración... En algunas jugadas resuelve hasta como Pelé, cuando engancha de aire y cuando sale en velocidad del amague. Y le digo que no sé si ahora hay aquí un delantero mejor que Roque... No sé..."

EN Huracán jugó entre 1970 y 1975, siendo campeón en 1973 de la mano e Menotti.

EN Huracán jugó entre 1970 y 1975, siendo campeón en 1973 de la mano e Menotti.

Me habló de Mendoza, de su pueblo de Maipú, Sí, tuvo que trabajar desde muy purrete... En la Municipalidad, cuando cumplía los trece años, con una pandilla de mocosos. Limpiaban las calles de la ciudad. Después entró en la bodega Giol, donde sigue trabajando el padre... Y a veces fue electricista, o carpintero, o cualquier cosa... Sólo que hacía falta trabajar... Después, o quizás antes, las ganas de andar con la pelota... Maipú. El club Maipú desde la novena. Así empezó la historia... ¿Si hablaba algo más antes?... No. Tal vez un montón de cosas para decir, pero quedándoselas adentro... ¿Por qué? Por nada, quizá porque no se animan a salir... "Que no se quede callado /el que quiere ser feliz". No siempre, maestro Atahualpa: no siempre... Así, en silencio, Roque también encontró su domingo...

 

 

Por OSVALDO ARDIZZONE (1972).

Fotos: RODRIGUEZ.

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