¡Habla memoria!

Letra redonda: Jorge Asís

Por Redacción EG · 30 de diciembre de 2019

PASÓ AYER… O PASARÁ MAÑANA de Jorge Asís narra los sucesos tras una goleada de Boca a Vélez, donde el pueblo Xeneize desafiaba a los Liniers. Un texto sobre la “incapacidad para el espanto”.

 

A pesar de ser conocido en los últimos años como analista político y panelista en TV, El “Turco” Jorge Asís, nacido en 1946 en Avellaneda, es uno de los mejores y más populares escritores de su generación. Autor de una extensa obra narrativa y periodística, su novela “Flores robadas en los jardines de Quilmes” fue una de las mas vendidas en la industria editorial de los años 80.

 

 

Jorge Asís (Foto Revista Gente)

Jorge Asís (Foto Revista Gente)

 

 

PASÓ AYER… O PASARÁ MAÑANA

La primera ceremonia de saqueos la presenciaron como testigos, igual que cientos, pero sin espantarse. Tal vez, la carencia de indignación, la incapacidad para el espanto, fue la fórmula propicia para comenzar a complicarse, específicamente la incapacidad para horrorizarse contribuyó también con su campo virgen para que germinase la idea de imitarlos, perfeccionarlos. Ocurrió durante un regreso triunfal, desde la de Vélez, Boca había ganado por cuatro a uno, me acuerdo que Ferrerito había marcado dos golazos, el segundo de contragolpe fue para enmarcarlos. ¿Pase de Potente fue?, no me acuerdo, sé que Ferrerito entró en diagonal y se las mandó hasta el mango. Cómo la ponía ese pibe, después se lo llevaron los gallegos, va a ver que cuando esté por acabarse va a volver, aunque va a ser difícil que entre y la ponga como antes. Había también debutado un adolescente alto, flor de lomo tenía, Mouzo se llama, de atrás sacaba todas las que vinieran por arriba y por abajo, una muralla era. ¿Juega Mouzo todavía? ¿no? Ah, de seis, antes era dos. Los muchachos, y hasta los vitalicios, regresábamos frenéticos, contentos por la goleada y sobre todo por el bailongo, ay ay ay ay, a Patota Potente le habían salido todas, que papelón, jugó como si despachara el cretino están bailando para la televisión, aquella tarde se le antojó jugar, una de dos, baila, Patota era un haragán o un esclavo de la creación, y Vélez Baila, era para insultarlo o endiosarlo, baila, baila. Gritábamos dale Bó por Barragán, era un grito tan pegadizo como desafiante, había espontáneos cortes de manga a las ventanas, al cielo o a los tejados, alguna que otra escupida inclusive, un cascotazo, algún turrito escondido que nos gritaba, desde algún techo, ¡bosteros! Estaban a poco más de dos cuadras de la cancha, tanta era la gente que se avanzaba de a pasitos, aparte Boca había jugado tan lujosamente que nadie podía tener apuro; no se va, la Boca no se va, nunca se va, jamás se irá la Boca, resistirá la prepotencia de todos los verídicos del mundo, como resistió, resistirá.

 

Enzo Ferrero la despide con la derecha.

Enzo Ferrero la despide con la derecha.

 

¿Adónde puso el huevo Ferrerito? cantábamos, yo no sé, como si fuera la primera vez cantábamos, yo no sé, miraban borombombón a los temerosos de Liniers que precipitadamente bajaban persianas borombombón, entraban chicos y mujeres, con pavura se metían en las casas borombombón y clausuraban las puertas, espiaban quizás desde las rendijas o desde los ojos escupidos borombombón de la cerradura, probablemente temblaban, deseaban que terminásemos borombombón de pasar. Y llora, y llora Vélez llora y ocurrió de repente que un vago específicamente melenudo, mugriento, traspirado de saltos y cánticos, morochísimo y en cueros, con estigmas de indio o por lo menos de salvaje, que gritaba con brutalidad y como dándose ánimo, como si fuera un karateca o apenas un apache, arrebató la cartera de una cincuentona arriesgada. A lo mejor se trataba de una tía atenta, visitadora y tan amable, era blanca o sólo pálida, estaba ambiciosamente maquillada, en realidad una pitucona distraída, acaso esperanzada, que desconocía la temible actuación de Boca, que habría partido, al atardecer, con golosinas seductoras para sus sobrinos, a lo de su hermana tal, que tenía la desventaja implacable de vivir cerquita de la cancha. La tía, inútilmente, lloraba, no le salía una sílaba a la desdichada y por supuesto que el vaguito ya se había esfumado, a los saltos y cánticos, y llora, y llora Vélez llora. Estudiadamente, otro vago, un grandulón, de hombros grosos y pecho patoviquense, que venía corriendo desde atrás, le arrancó a la tía cierta pulsera, y también disparó, mientras se agregaba, sincronizadamente, otro pardo, que forcejeaba para tironearle un collar, tal vez barato pero dorado, luminoso sobre todo, pero problemático de arrancar de un cuello gastado que ya sangraba. Sin embargo, aunque con algunas gotas de sangre, el collar salió, y hubo un vecino, un caballero o un zonzo correcto de los que nunca faltaban, estaba en sandalias y en mangas de camisa, que intentó salir en defensa de la tía. Recibió entonces merced a su ejemplar actitud, alrededor de veinte patadas, una tormenta de trompadas y hasta algún cadenazo, y se le perdió en la tempestad, además del sentido, un reloj, los anteojos, los cigarrillos y hasta las sandalias. Ambos, tía y quijote, quedaron acostados, las bocas estúpidamente abiertas sobre una inolvidable vereda amarilla, baldosas con manchas rojas pero por la sangre. De cerca, los tres primos presenciaron, sin, lo dijimos, espantarse; después se miraron con una ambigua combinación de curiosidad, interés e indiferencia, para agregarse de inmediato a la hinchada, ocurrente que seguía, como ajena, desfilando. Y ya lo vé, somos locales otra vez; coreábamos también, enardecidos, el fundamental dale Booooca. El dale era muy firme, categórico diría, rápido, mientras que el Boca tenía su particularidad, se dividían claramente las dos sílabas, el Bó era excesivamente acentuado y largo, el ca era casi inadvertido, inexistente, como obvio, extraviado entre una multitudinaria conjunción de gargantas alborozadas.

 

JORGE ASÍS

Del libro ¨La calle de los caballos muertos¨; publicado en El Gráfico en 1984.

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