¡Habla memoria!

Inolvidables: Eduardo A. Luro

Por Redacción EG · 01 de noviembre de 2019

Con mucha emoción, El Gráfico recuerda a Eduardito Luro, un piloto fallecido en un accidente en el cual su auto se salió del camino e impactó con un árbol. Se destacó por su valentía.

Nos ha costado escribir Eduardo en el título. Hubimos de vencer una cierta resistencia interior, pues siempre le decíamos Eduardito. Han pasado más de veinte años de su partida y en las charlas evocativas, cuando debemos mencionarlo, lo hacemos con el diminutivo.

 

Eduardito Luro.

Eduardito Luro.

 

¡Más de veinte años!.... queda consignado. Fue el 25 de abril de 1925. He aquí la foto tomada segundos antes de la partida hacia el infinito. La emoción del momento ha paralizado la sonrisa que apenas se esboza; el rostro del acompañante Rodolfo Figoli es más severo. Minutos después mirábamos atontados y horrorizados unos restos humeantes. El coche habíase salido de camino, golpeado contra un árbol envolviéndose en llamas. Sobre el lugar de la tragedia en el circuito cordobés se levanta un monolito que tiene grabado esos nombres y una fecha en la que se apagaron las risas de la cordial rueda que formaban los Luro, los Duggan, Pérez Irigoyen, Eduardo Carú y algún otro. Bernardo Duggan dejó de competir y recién muchos años después, en el Gran Premio de 1937, habría de volver a probarse por las rutas. Su brevet de piloto aviador tenía apenas dos números de diferencia con el de Eduardito. El cielo llamaba a la juventud intrépida de la hora. Al cielo se fue Eduardito con su sonrisa sutil y cariñosa. Habíase iniciado en 1923 compitiendo con un Packard en Bahía Blanca, finalizando cuarto. Después se agruparon otras actuaciones hasta lograr el triunfo en el mismo escenario en que un año más tarde dejaría su vida. Breve fue la campaña, pero lo suficiente como para evidenciar condiciones en la que no estaba ausente la temeridad que subyuga a la juventud. Enfrentar peligros y vencerlos siempre fue acicate de jóvenes: oprimir un acelerador hasta la tabla, surcar el espacio con aquellos aparatos de entonces en esa búsqueda del riesgo impuesto por el propio espíritu. Si la situación económica brindaba la posibilidad de vida fácil, eso no condecía con la ansiedad de lucha que la rechazaba. Sangre joven sedienta de aventuras empujaba hacia otros rumbos. La tibieza del confort sería gustada después, cuando los años llamaran a sosiego y fuera posible entonces pasar revista a los recuerdos y hojear emocionado el álbum en donde recortes ya amarillentos refrescaran la memoria. Eduardito así lo pensaba, como sus íntimos amigos componentes de esa rueda en donde la amistad sincera enhebraba espíritus afines. Pero no fue posible ese mañana. La tragedia se interpuso y Eduardito se marchó con sus recuerdos dejándonos uno amargo que el tiempo, generoso, fue atenuando.

Ya transcurrieron más de veinte años. En el largo período, al pasar de tanto en tanto frente al monolito erigido en el circuito cordobés de memorables luchas, hemos hecho un alto silencioso para leer la inscripción y luego elevar los ojos al cielo. Y nos pareció que Eduardito nos miraba dedicándonos su sonrisa buena.

 

 

El Gráfico (1946).

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