¡Habla memoria!

Los grandes engaños de la historia del deporte

Por Redacción EG · 21 de octubre de 2019

Ocho casos de trampas en diferentes disciplinas deportivas, entre ellas el primer gol de Diego Maradona contra Inglaterra en el Mundial de México 86. Esta es la lista: para repasar, recordar y discutir.

1 Bo­ris Onis­chen­ko

El hom­bre del flo­re­te má­gi­co

Bo­ris Onis­chen­ko, ofi­cial del ejér­ci­to soviético, lle­gó a los Jue­gos Olím­pi­cos de Mon­treal, en 1976, con cier­ta re­pu­ta­ción co­mo pen­ta­tle­ta gra­cias a la me­da­lla pla­tea­da que ha­bía ga­na­do en Mu­nich 72. El pen­ta­tlón mo­der­no es una com­pe­ten­cia que abar­ca cin­co dis­ci­pli­nas, en­tre ellas la es­gri­ma. En esa es­pe­cia­li­dad, pre­ci­sa­men­te, Onis­chen­ko mos­tró su ar­ma mor­tal... el flo­re­te contaba con un dis­po­si­ti­vo elec­tró­ni­co que el hom­bre ac­cio­na­ba a vo­lun­tad, y así se can­só de ga­nar pun­tos sin si­quie­ra to­car a sus ri­va­les.

Un jurado examina el acero del ucraniano Boris Onischenko durante los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. El soviético tenía un dispositivo que hacía sonar la espada a pesar de que no hacía contacto con los rivales. Fue descubierto y descalificado.

Un jurado examina el acero del ucraniano Boris Onischenko durante los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. El soviético tenía un dispositivo que hacía sonar la espada a pesar de que no hacía contacto con los rivales. Fue descubierto y descalificado.

El equi­po bri­tá­ni­co, que lue­go ga­na­ría la me­da­lla do­ra­da, fue el pri­me­ro en sos­pe­char al­go ex­tra­ño en el es­ti­lo del ucra­nia­no. Y to­do em­pe­zó a acla­rar­se cuan­do Jim Fox, el si­guien­te ri­val del so­vié­ti­co, sin que­rer ad­vir­tió los po­de­res má­gi­cos de la es­pa­da de Onis­chen­ko. Cuan­do se en­cen­dió la lu­ce­ci­ta y Fox per­dió el pun­to, el bri­tá­ni­co se arro­di­lló an­te el juez y le su­pli­có: “Le ju­ro que es­te hom­bre no me to­có, se lo ju­ro”. Al re­vi­sar el ar­ma se des­cu­brió la ver­dad. Onis­chen­ko si­guió com­pi­tien­do con un florete sus­ti­tu­to, pe­ro lue­go se anun­ció su des­ca­li­fi­ca­ción. Su nom­bre apa­re­ció en la ta­pa de to­dos los dia­rios y se lo re­bau­ti­zó co­mo “Di­so­nis­chen­ko” o “Bo­ris, el Tram­po­so”. La le­yen­da cuen­ta que al re­gre­sar a su país fue con­fi­na­do a Si­be­ria.

 

2 Los Me­dias Blan­cas de Chi­ca­go

De­li­to de co­rrup­ción

Se hi­zo co­no­ci­do co­mo el es­cán­da­lo de las Me­dias Ne­gras cuan­do se com­pro­bó que los ju­ga­do­res de uno de los equi­pos de béis­bol más po­pu­la­res de los Es­ta­dos Uni­dos acep­ta­ron di­ne­ro de los apos­ta­do­res pa­ra ir a me­nos en la fi­nal de la Se­rie Mun­dial de 1919, que fue ga­na­da por Cin­cin­na­ti por 5-3.

Los apos­ta­do­res –in­clui­do el bo­xea­dor Abe Atell– les pro­me­tie­ron 100.000 dó­la­res a ocho ju­ga­do­res de Chi­ca­go. Al año si­guien­te, la Jus­ti­cia in­ves­ti­gó el ca­so y lo­gró que al­gu­nos de los beis­bo­lis­tas –en­tre ellos el fa­mo­so Joe Jack­son, una es­tre­lla de ese de­por­te– con­fe­sa­ran an­te un ju­ra­do. Y aun­que les ha­bían pro­me­ti­do que si de­cla­ra­ban no to­ma­rían ac­cio­nes en su con­tra, to­dos fue­ron in­me­dia­ta­men­te sus­pen­di­dos. Se di­ce que cuan­do Jack­son sa­lía de la cor­te, un ni­ño le im­plo­ró: “Di­me que no es cier­to, Joe”. La fra­se se con­vir­tió en una de las más re­pe­ti­das de la his­to­ria del de­por­te es­ta­dou­ni­den­se. En ju­nio de 1921, cuan­do es­ta­ba a pun­to de em­pe­zar el jui­cio, el tes­ti­mo­nio de los beis­bo­lis­tas mis­te­rio­sa­men­te de­sa­pa­re­ció y to­dos fue­ron ab­suel­tos por fal­ta de evi­den­cia. Sin em­bar­go, nun­ca más se les per­mi­tió ju­gar en las gran­des li­gas. El es­cán­da­lo de Chi­ca­go (1988), pe­lí­cu­la de John Say­les, con John Cu­sack, es­tá ba­sa­da en es­ta his­to­ria.

 

3- Die­go Ma­ra­do­na

La ma­no de Dios  

Mi­nu­to 54 de In­gla­te­rra-Ar­gen­ti­na en el Mun­dial de Mé­xi­co 86. Cuan­do el ar­que­ro in­glés Pe­ter Shil­ton y el ca­pi­tán ar­gen­ti­no Die­go Ma­ra­do­na sal­ta­ron pa­ra in­ter­cep­tar un pa­se for­za­do de Jor­ge Val­da­no na­da ha­cía pre­ver que el 0-0 se iba a mo­di­fi­car en esa ju­ga­da. Des­pués de to­do, Ma­ra­do­na era mu­cho más ba­jo que Shil­ton, quien ele­vó su pu­ño de­re­cho pa­ra des­pe­jar la pe­lo­ta. En­ton­ces ocu­rrió el mi­la­gro. Ma­ra­do­na ga­nó el due­lo y el ba­lón in­gre­só en el ar­co. El ár­bi­tro tu­ne­ci­no Ali Ben­na­ceur, que es­ta­ba bien ubi­ca­do, ig­no­ró las pro­tes­tas de los ju­ga­do­res in­gle­ses. Tam­po­co con­sul­tó al juez de lí­nea, el búl­ga­ro Bog­dan Dots­chev. Pe­ro las imá­ge­nes de la te­le­vi­sión y una fo­to to­ma­da por un re­por­te­ro grá­fi­co me­xi­ca­no mues­tran có­mo la ma­no iz­quier­da de Die­go des­vía el ba­lón.

Maradona ya le ganó a Shilton con el puño y la pelota va hacia el arco inglés. Fue el primer gol de la Argentina, que terminó ganando 2-1 en el 86.

Maradona ya le ganó a Shilton con el puño y la pelota va hacia el arco inglés. Fue el primer gol de la Argentina, que terminó ganando 2-1 en el 86.

El pro­pio Ma­ra­do­na la lla­mó “la ma­no de Dios”. Ar­gen­ti­na ven­ció 2-1, eli­mi­nó a In­gla­te­rra en los cuar­tos de fi­nal de la Co­pa del Mun­do y man­tu­vo con fir­me­za, de esa ma­ne­ra, su mar­cha ha­cia el tí­tu­lo.

 

4 Ben John­son

El hi­jo (ile­gí­ti­mo) del vien­to

“Mi nom­bre es Ben­ja­min Sin­clair John­son Jr. y es­te ré­cord mun­dial du­ra­rá cin­cuen­ta años, o qui­zá cien.” Las pa­la­bras de Ben John­son en el po­dio de los Jue­gos Olím­pi­cos de Seúl 1988 no fue­ron pre­ci­sa­men­te pre­mo­ni­to­rias. Su ré­cord –9,79 se­gun­dos pa­ra los 100 me­tros– du­ró ape­nas cua­tro ho­ras. En el Cen­tro de Con­trol An­ti­do­ping, a me­nos de dos ki­ló­me­tros del es­ta­dio en el que el ca­na­dien­se ha­bía re­ci­bi­do su me­da­lla do­ra­da, el doc­tor Park Jong-Sei des­cu­bría en la ori­na de John­son res­tos de es­ta­no­zo­lol, un ana­bó­li­co es­te­roi­de.

Ben Johnson cruzó la línea delante de Carl Lewis en Seúl 88, pero la medalla dorada le duró pocas horas. El control antidoping lo denunció.

Ben Johnson cruzó la línea delante de Carl Lewis en Seúl 88, pero la medalla dorada le duró pocas horas. El control antidoping lo denunció.

Eso con­fir­mó la sos­pe­cha de un en­tre­na­dor es­ta­dou­ni­den­se que an­tes de la ca­rre­ra ha­bía no­ta­do al­go ex­tra­ño en la mi­ra­da del atle­ta: “Te­nía los ojos ama­ri­llos y eso es pro­duc­to del ex­ce­si­vo tra­ba­jo del hí­ga­do pa­ra pro­du­cir es­te­roi­des”. Fue uno de los gran­des es­cán­da­los en la his­to­ria de los Jue­gos. John­son –que in­sis­tía en su ino­cen­cia– fue des­po­ja­do de la me­da­lla do­ra­da, que pa­só a ma­nos de Carl Le­wis, se­gun­do en la com­pe­ten­cia. Lue­go de dos años de sus­pen­sión, re­gre­só sin éxi­to en los Jue­gos de Bar­ce­lo­na 92. Un año des­pués vol­vió a dar po­si­ti­vo en un con­trol an­ti­do­ping y fue sus­pen­di­do de por vi­da.

 

5- Da­vid Ro­bert­son

El gol­fis­ta tram­po­so

El golf siem­pre ha he­cho un cul­to de la ho­nes­ti­dad y del au­to­control de sus ju­ga­do­res al mo­men­to de com­pe­tir. Sin em­bar­go, siem­pre hay una ex­cep­ción a la re­gla. Y ése es el ca­so de Da­vid Ro­bert­son, un es­co­cés con va­rios per­ga­mi­nos y cier­tas ma­ñas... al­gu­nas de las cua­les em­pe­za­ron a des­cu­brir­se en el ho­yo 14 de la ron­da fi­nal del Abier­to de Deal Kent, In­gla­te­rra, en 1985. Sus ri­va­les lla­ma­ron al ofi­cial del día, quien des­ca­li­fi­có a Ro­berts por no reem­pla­zar la pe­lo­ta en el lu­gar co­rrec­to del green. Des­pués se su­po que el hom­bre ha­bía acer­ca­do la pe­lo­ta unos 5 me­tros. ¿Qué hi­zo? Lle­gó al green an­tes que na­die con la ex­cu­sa de mar­car la po­si­ción de la pe­lo­ta, pe­ro en vez de ha­cer­lo en el lu­gar don­de ha­bía caí­do, lo hi­zo muy cer­ca del ho­yo. Pa­re­cía fá­cil por­que en 1985 no ha­bía tan­tas cá­ma­ras de te­le­vi­sión co­mo aho­ra, pe­ro la men­ti­ra sue­le te­ner pa­tas cor­tas... Ro­bert­son fue mul­ta­do con más de 35.000 dó­la­res y sus­pen­di­do por 20 años pa­ra ju­gar co­mo pro­fe­sio­nal en Tour Eu­ro­peo. En 1992, con­si­guió vol­ver co­mo ama­teur y par­ti­ci­pó de va­rios tor­neos.

 

6- Fred Lorz

El ma­ra­to­nis­ta “ca­mio­ne­ro”

La Ma­ra­tón de los Jue­gos Olím­pi­cos de Saint Louis 1904 fue re­cor­da­da por va­rios mo­ti­vos. Uno de ellos fue el so­fo­can­te ca­lor de aque­lla tar­de de agos­to, lo que obli­gó a aban­do­nar a más de la mi­tad de los com­pe­ti­do­res. El pri­me­ro en cru­zar la me­ta fue el neo­yor­qui­no Fred Lorz, quien com­ple­tó el re­co­rri­do en 3 ho­ras y 13 mi­nu­tos. Lorz fue re­ci­bi­do con la co­ro­na de lau­re­les y has­ta se fo­to­gra­fió con Ali­ce Roo­se­velt, la hi­ja del pre­si­den­te de los Es­ta­dos Uni­dos. To­do pa­re­cía nor­mal has­ta que los ju­ra­dos fue­ron in­for­ma­dos de que el atle­ta ha­bía re­co­rri­do ca­si 20 ki­ló­me­tros arri­ba de un ca­mión. La prue­ba de­ci­si­va la apor­tó el pro­pio hom­bre que lo lle­vó, que tes­ti­fi­có que vio al atle­ta aca­lam­bra­do y se ofre­ció a lle­var­lo. “Lo de­jé cer­ca del es­ta­dio por­que me di­jo que te­nía que pa­sar a bus­car sus per­te­nen­cias, pe­ro cuan­do al día si­guien­te leí en el dia­rio que ha­bía ga­na­do la ma­ra­tón me qui­se mo­rir”, ex­pli­có el cho­fer.

Lorz adu­jo que se tra­tó de una bro­ma, aun­que de to­dos mo­dos re­ci­bió una su­pen­sión de por vi­da. No obs­tan­te, al año si­guien­te vol­vió a co­rrer y ga­nó la Ma­ra­tón de Bos­ton.

Tho­mas Hicks, que que­dó co­mo ga­na­dor de la ca­rre­ra en los Jue­gos de 1904, tam­bién de­bió ha­ber si­do des­ca­li­fi­ca­do por­que en el me­dio de la ca­rre­ra le su­mi­nis­tra­ron un pol­vo es­ti­mu­lan­te mez­cla­do con brandy pa­ra que re­cu­pe­ra­ra las ener­gías.

 

7- Syl­ves­ter Car­mou­che

El jockey de­ma­sia­do ve­loz

En una tar­de con mu­cha ne­bli­na de ene­ro de 1990, los apos­ta­do­res del Hi­pó­dro­mo de La­fa­yet­te, Loui­sia­na, Es­ta­dos Uni­dos, se lle­va­ron una gran sor­pre­sa al ver lle­gar a Lan­ding Of­fi­cer. Guia­do por el joc­key Syl­ves­ter Car­mou­che, el ca­ba­llo pa­ga­ba 23 a 1. Pe­ro hu­bo al­go ex­tra­ño. Car­mou­che, que ha­bía que­da­do atrás en el pe­lo­tón, apro­ve­chó la po­ca vi­si­bi­li­dad pa­ra to­mar un ata­jo. El pro­ble­ma fue que le fal­tó ti­ming; al me­nos de­bió es­pe­rar un po­co pa­ra rein­ser­tar­se en la ca­rre­ra. Ga­nó por 24 cuer­pos y aún cru­zan­do el dis­co al ga­lo­pe, ba­jó en 1,2 se­gun­do el ré­cord his­tó­ri­co pa­ra la dis­tan­cia. Por eso des­per­tó las sos­pe­chas... El res­to de los joc­keys tes­ti­fi­có que nun­ca lo vio su­pe­rar el pe­lo­tón. El ad­mi­tió su ma­nio­bra una vez que el ve­te­ri­na­rio Ja­mes Brous­sard com­pro­bó que el ca­ba­llo ni si­quie­ra es­ta­ba agi­ta­do. Re­ci­bió 10 años de sus­pen­sión, pe­ro vol­vió a la ac­ti­vi­dad cuan­do le fal­ta­ban cum­plir dos.

 

8- Mi­chel Po­llen­tier

El rey de la ori­na

Jac­ques An­que­til, una de las gran­des fi­gu­ras del Tour de Fran­cia, la ca­rre­ra de ci­clis­mo más im­por­tan­te del mun­do, una vez ex­pre­só: “Pa­ra co­rrer el Tour no se ne­ce­si­ta pre­ci­sa­men­te agua mi­ne­ral”. Qui­zá por eso Mi­chel Po­llen­tier eli­gió otra cla­se de lí­qui­do pa­ra la edi­ción del año 1978, en la que fue des­ca­li­fi­ca­do. Y no por lo que con­te­nía su ori­na, si­no por­que la mues­tra que dio pa­ra el con­trol an­ti­do­ping no le per­te­ne­cía. El bel­ga ve­nía de ga­nar una eta­pa du­rí­si­ma en los Al­pes y ya se ha­bía co­lo­ca­do la re­me­ra ama­ri­lla que dis­tin­gue al pun­te­ro. Pe­ro un ex­tra­ño mo­vi­mien­to que hi­zo con sus hom­bros en el mo­men­to del con­trol an­ti­do­ping lo de­la­tó. Le pi­die­ron que se sa­ca­ra la ro­pa y des­cu­brie­ron el se­cre­to de su éxi­to: un so­fis­ti­ca­do sis­te­ma de tu­be­ría plás­ti­ca que ser­vía pa­ra tras­la­dar un bul­bo lle­no de ori­na des­de la axi­la has­ta su bra­gue­ta. Fue sus­pen­di­do por dos me­ses y lue­go re­gre­só a la prác­ti­ca. Du­ran­te años, el reem­pla­zo de ori­na fue la for­ma más uti­li­za­da pa­ra bur­lar los con­tro­les.

Combustible especial usaba el ciclista belga Michel Pollentier. Cuando llegaba al antidoping volcaba orina ajena en el frasco para evitar una sanción.

Combustible especial usaba el ciclista belga Michel Pollentier. Cuando llegaba al antidoping volcaba orina ajena en el frasco para evitar una sanción.

 

“La lis­ta es per­so­nal y se­gu­ra­men­te mu­chos no van a coin­ci­dir”, di­ce John Hen­der­son, del dia­rio in­glés The Ob­ser­ver, au­tor de la no­ta. En diá­lo­go con El Grá­fi­co, el pe­rio­dis­ta ex­pli­có: “Ele­gí pri­me­ro la de Onis­chen­ko por­que, a pe­sar de que se tra­ta de un de­por­te no tan po­pu­lar co­mo la es­gri­ma, lo su­yo fue pre­pa­ra­do de an­te­ma­no. Pa­ra el se­gun­do lu­gar no me de­ci­día en­tre el ca­so de so­bor­no en el béis­bol y la ma­no de Ma­ra­do­na. Pe­ro la de Die­go que­dó ter­ce­ra por­que, en de­fi­ni­ti­va, no fue un he­cho pre­me­di­ta­do; apro­ve­chó la opor­tu­ni­dad... Eso sí, por más que in­ge­nio­sa­men­te ha­ya sa­li­do con eso de ‘la ma­no de Dios’, el he­cho de no re­co­no­cer su tram­pa lo vuel­ve cul­pa­ble. En 1986 vi Ar­gen­ti­na-In­gla­te­rra por te­vé. No lo po­día creer, la im­po­ten­cia que sen­tí fue muy gran­de. An­tes y des­pués hu­bo otros go­les con la ma­no, pe­ro nin­gu­no tan de­ci­si­vo co­mo ése. Y era un Mun­dial”.

Al pe­rio­dis­ta Hen­der­son el gol de Ma­ra­do­na le do­lió en el al­ma, só­lo así se jus­ti­fi­ca que lo ha­ya pues­to de­lan­te de los es­cán­da­los de Ben John­son o el del ci­clis­ta Po­llen­tier, o de tre­tas in­jus­ti­fi­ca­bles co­mo la del ma­ra­to­nis­ta Fred Lorz. Sin ha­cer apo­lo­gía de la tram­pa, lo de Ma­ra­do­na fue cla­ra­men­te una pi­car­día, una reac­ción has­ta ca­si ló­gi­ca del fut­bo­lis­ta que no lle­ga a la pe­lo­ta. En to­do ca­so la gran res­pon­sa­bi­li­dad es del ár­bi­tro que no la vio. No es ca­sua­li­dad que en to­dos los ca­sos men­cio­na­dos a los in­frac­to­res se los re­ti­ró de la com­pe­ten­cia, se les anu­ló su per­for­man­ce y se los sus­pen­dió. Con Ma­ra­do­na no ocu­rrió: el gol fue con­va­li­da­do, si­guió ju­gan­do el Mun­dial y has­ta hoy no re­ci­bió nin­gu­na san­ción por la Ma­no de Dios. Qui­zás en el Día del Jui­cio Fi­nal se le re­cla­me ha­ber usa­do el nom­bre de Dios en va­no y de­soí­do el Se­gun­do Man­da­mien­to. Pe­ro ése es otro te­ma.

 

 

Por Claudio Martínez (2003).  

Fotos: Archivo El Gráfico.

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