¡Habla memoria!

2008. Curuchet - Pérez: sociedad registrada

Por Redacción EG · 26 de septiembre de 2019

La experiencia del marplatense y la potencia del chico de San Justo formaron un cóctel explosivo en los Juegos Olímpicos de Pekín. La dupla viajó sin generar grandes expectativas y se volvió con el oro.

Las medallas olímpicas, y más la dorada, deben esconder un gas hilarante. Tocarla despierta un acto reflejo: la sonrisa. ¿Cómo se hace para acariciarlas, darlas vueltas, seguir mirándolas y permanecer serio, con cara de nada? Imposible. La medalla olímpica es casi afrodisíaca.

Es la mañana siguiente al 19 de agosto, fecha que próximamente será declarada "Día del deporte marplatense" y Juan Curuchet y Walter Pérez posan para una producción fotográfica dentro de la villa olímpica. También trajeron sus bicicletas y están vestidos con las mallas celestes, azules y blancas que usan en las competiciones, pero todos, protagonistas y testigos, quedan hipnotizados con las medallas. Son suaves al tacto y bastante más grandes y pesadas de lo que parecen por televisión.

De un lado muestra la imagen de Nike, la diosa griega de la victoria, junto a la leyenda XXIX Olympiad Beijing 2008, y las tribunas del estadio de Olimpia en el que se desarrollaban las antiguas Olímpiadas. Del otro lado está grabado el emblema de los Juegos de Pekín y hay una pequeña incrustación de jade. Los periodistas se sacan fotos con las medallas, las besan y las acarician. Juegan a ser campeones olímpicos. Pero es de mentirita, por un rato. Para ganársela de por vida hay que ser héroe, como Curuchet y Pérez, como el día anterior.

Rie Walter Pérez y llora Juan Curuchet en la vuelta más olímpica que nunca. Brillaron en Pekín para convertirse en héroes.

Rie Walter Pérez y llora Juan Curuchet en la vuelta más olímpica que nunca. Brillaron en Pekín para convertirse en héroes.

 El podio olimpico es un lugar que separa a los ídolos de los héroes. Juan Curuchet y Walter Pérez dan tres pasos y entran en otra dimensión, en un espacio en el que sus vidas no serán las mismas. Tres escalones: del piso al bronce, del bronce a la plata y de la plata al oro. Al santuario. Sólo los dioses del deporte lo conocen. De fondo, por los altavoces del velódromo de Pekín suena el himno argentino. Hay que ser de mármol para no colapsar.

La alegría, o lo que sea (¿descarga?, ¿agotamiento?, ¿éxtasis?, ¿todo junto?), desfigura caras: a Curuchet, de 43 años, le aparece una revelación. Lo que andaba buscando arriba de una bicicleta era llorar. Lo que realmente había perseguido en Los Angeles 1984, Seúl 1988, Atlanta 1996, Sydney 2000, Atenas 2004 y ahora en Beijing era cruzar la meta y romperse en espamos de lágrimas. Se preparó miles de días, pedaleó por asfalto, por tierra, se pegó cien mamporros, se murió de frío y se murió de calor para esto, para quebrarse en dos y llorar como un nene un minuto, dos, diez. Veinte.

Pérez, a su lado, descubre que todo lo que había hecho en su vida era forzar el momento en el que sólo iba a tener ganas de besar. Alguien le alcanza una bandera argentina y Walter la besa como si allí se escondiera un hijo que vuelve de la guerra. Pérez no para, está desquiciado, despliega la bandera en el piso, se arrodilla y besa con devoción al sol amarillo que interrumpe el blanco y el celeste. Los fotógrafos de agencias internacionales se hacen un festival. Walter le ofrenda todo su amor a la bandera, pero también tira besos hacia el cielo: allí, desde 2007, encuentra a su madre cuando la necesita, ya sea para pedir ayuda o para regalarle el triunfo más grande.

Los héroes también lloran, pero además hacen llorar. Tocan fibras íntimas, sensibilizan. La ex patinadora Nora Vega, ícono marplatense como Curuchet, se reprime, se refriega los ojos, no quiere quebrarse, pero es inútil: también se desborda. Allá hay dos locos sueltos en la tribuna, y se abrazan y agitan la bandera de la Argentina como si fueran naúfragos en una isla solitaria y ven pasar un avión. También se dejan emocionar algunos periodistas, en especial los marplatenses. Hay abrazos entre gente que se acaba de conocer, muchas felicitaciones, muchas gracias. Es un momento feliz. Son cinco minutos en que Dios juega a ser argentino.

Pero hasta las 17.30 de este bendito 19 de agosto, hora de comienzo, eran pocos los que confiaban en que Curuchet y Pérez pudieran llegar a la medalla dorada. La prueba americana (también llamada Madison) es un desafío a la naturaleza: son 200 vueltas al velódromo, o sea cincuenta kilómetros, con diez sprints intermedios. Demasiado duro. Recién en el tercer sprint surge lo inesperado: los argentinos suman cinco puntos y una vibración positiva empieza a cubrir la atmósfera. En la pelea también están metidos los equipos de Rusia y de España, pero los argentinos no aflojan y en el sexto sprint los tres equipos están igualados: 5 puntos por pareja. Alguien razona: "La de bronce no estaría mal", pero Curuchet y Pérez van por la dorada, pedalean a 56 kilómetros por hora, suman un punto en la séptima y otros dos en la octava y pasan a liderar la competencia.

Restan cuarenta giros y si el velódromo se tomara la tensión, la mínima andaría por los 20. Es un griterío, el "Vamos, Juan, carajo" se escucha cada 10 segundos, el "No aflojes, Walter" aturde y ya ni dan ganas de mirar. También por ciclismo se sufre. Los españoles suman dos puntos en el último sprint y se ponen a tiro, 8 a 7, pero ya no queda nada, los argentinos pasan la meta y a Curuchet se le desfigura la cara, se le aparece una revelación y rompe a llorar, y a Pérez le dan ganas de besar y empieza por su madre, allá arriba.

La medalla dorada en los Juegos Olímpicos los ubica en la historia grande del ciclismo argentino.

La medalla dorada en los Juegos Olímpicos los ubica en la historia grande del ciclismo argentino.

Son las 18,23 y Curuchet y Pérez ya son héroes gigantescos.

En la mañana siguiente, en esa producción fotográfica dentro de la villa en la que todos quieren tocar la medalla y sacarse una foto como campeones olímpicos de mentirita, Curuchet suelta una carcajada: "Si lo pienso, esto de retirarme así, tan perfecto, tan justo, con la medalla dorada, no lo puedo creer. Parece mentira". Pérez ya está pensando en más, en quién será su compañero para los Juegos de Londres 2012: "Vamos a evaluar qué corredor me acompaña en cuatro años. Hay varios ciclistas argentinos muy buenos, pero también hay que evaluar el feeling, porque es mucho tiempo de convivencia". También dejan frases de a dos, al unísono: "Todavía estamos emocionados. Fue algo maravilloso".

-¿Y ahora, qué? -le preguntan a Juan.

-Ahora sólo quiero un autobomba roja esperándome en Mar del Plata y pasear por mi ciudad -responde.

Tiene una medalla de oro en el cuello. La del gas hilarante, la casi afrodisíaca. Cómo decirle que no.

 

 

Por Andrés Almanza (2008).

Fotos: AFP

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