¡Habla memoria!

2007. José Sand: El señor de los milagros

Por Redacción EG · 22 de agosto de 2019

Su padre falleció cuando él tenía 15 años. Perdió una hijita recién nacida. Pensó en largar el fútbol porque River nunca le dio lugar, pero su mamá lo impulsó para seguir. Doce años más tarde sigue vigente.

La ale­gria del pre­sen­te y la tris­te­za eter­na con­vi­ven en su cuer­po. Cuan­do ha­bla de La­nús y su ni­vel fut­bo­lís­ti­co se lo no­ta ra­dian­te y lle­no de ener­gía. Cuan­do re­la­ta sus días más tre­men­dos des­de que el úl­ti­mo sá­ba­do 10 de mar­zo per­dió a su hi­ji­ta re­cién na­ci­da, el to­no cam­bia, los ojos se le quie­bran. Pe­ro no se de­rrum­ba. “To­dos di­cen que la vi­da de un hi­jo es lo más im­por­tan­te que pue­de te­ner un ser hu­ma­no. Y di­go, la pu­ta, siem­pre Dios me qui­ta al­go pa­ra dar­me otra co­sa. Eso me po­ne tris­te. Siem­pre tie­ne que pa­sar al­go en mi vi­da pa­ra que em­pie­cen a me­jo­rar otras co­sas. Eso da bron­ca. Yo pien­so que mi hi­ja y mi vie­jo me dan una fuer­za ex­tra. ¿Por qué no es­tá mi hi­ja? Dios qui­so así. ¿Por qué al­go ma­lo y al­go bue­no? Cuan­do vuel­vo a ca­sa me pre­gun­to por qué no ten­go a mi hi­ja, por qué no es­tá dis­fru­tan­do con­mi­go es­te mo­men­to. Es una tris­te­za enor­me. Cuan­do ha­blo con mi mu­jer, nos mi­ra­mos y nos da­mos cuen­ta de que nos fal­ta al­go. Ella aho­ra es­tá me­jor. Me ve bien y eso la le­van­ta. Pe­ro tie­ne el do­lor de ma­dre, que es ma­yor al de un pa­dre, por­que la tu­vo a ella en la pan­za. Vie­nen ami­gos a ca­sa con sus hi­jos y de­ci­mos, ¿por qué no­so­tros no? Yo pien­so que Mi­la­gros me es­tá ayu­dan­do des­de el cie­lo. To­do lo que cam­bió en mi vi­da des­de que fa­lle­ció ella es in­creí­ble. ¿Vos vis­te el cam­bio? Fue muy gran­de pa­ra mí”.

Y sí, tie­ne ra­zón Jo­sé. El cam­bio fue muy gran­de. Lo me­jor que le pa­só fue lle­gar a La­nús pa­ra el arran­que del Aper­tu­ra. Allí en­con­tró un club y un equi­po que lo con­tu­vo. Le die­ron la con­fian­za que ha­bía per­di­do y no fa­lló. Res­pon­dió con su me­jor ar­gu­men­to: ha­cer go­les. Go­les que le sir­vie­ron al equi­po pa­ra ser la gran sor­pre­sa del cam­peo­na­to. Go­les que le sir­vie­ron a Jo­sé pa­ra cal­mar el do­lor y cum­plir con uno de sus má­xi­mos de­seos: “Lo que es­toy lo­gran­do es un sue­ño pa­ra mí. Siem­pre qui­se triun­far en un equi­po, es­tar có­mo­do, sen­tir que la gen­te me quie­ra, que me apo­ye en lo que ha­go. Es­to es lo que siem­pre qui­se en mi vi­da. To­das las no­ches sue­ño con sa­lir cam­peón y ser el go­lea­dor de un equi­po que pue­de que­dar en la his­to­ria. Soy una pie­za im­por­tan­te y eso me lle­na de or­gu­llo y sa­tis­fac­ción. To­do lo que ten­go me cos­tó mu­cho y aho­ra lo voy a dis­fru­tar”.

Jo­sé Gus­ta­vo Sand na­ció el 17 de ju­lio de 1980 en Be­lla Vis­ta, Co­rrien­tes. To­da su in­fan­cia se la pa­só ju­gan­do a la pe­lo­ta en las ca­lles de tie­rra de su pue­blo y en el club Ba­rrio Nor­te. Has­ta los 10 años fue ar­que­ro, co­mo su pa­dre Raúl. Pe­ro des­pués cam­bió de ofi­cio y se fue a ju­gar de nue­ve, a pe­di­do de su ma­dre Aman­cia del Car­men. “La que me sa­có del ar­co fue mi vie­ja por­que siem­pre vol­vía llo­ran­do y con do­lo­res de ca­be­za. Ahí em­pe­cé a ju­gar arri­ba y a mar­car di­fe­ren­cias con el res­to de los chi­cos. Yo era más gran­do­te que los de­más y ha­cía mu­chos go­les. A los 14, mi vie­jo me lle­vó a pro­bar a Ri­ver”.

 

Toda la polenta de José Sand. Un goleador que también sabe jugar en equipo.

Toda la polenta de José Sand. Un goleador que también sabe jugar en equipo.

El pa­pá de Jo­sé ata­jó en la Re­ser­va de San Lo­ren­zo en la dé­ca­da del 60. Allí se hi­zo ami­go del co­rren­ti­no Pe­dro Gon­zá­lez, des­pués cam­peón con el Ci­clón y, más tar­de, tam­bién con Ri­ver. La amis­tad en­tre ellos con­ti­nuó y fue Pe­dro quien le con­si­guió la prue­ba. “Te­nía la po­si­bi­li­dad de ir a San Lo­ren­zo y a Ri­ver, pe­ro mi pa­pá eli­gió Ri­ver por la pen­sión. Ahí vi­vía y ju­ga­ba. To­do aden­tro, no te­nía que sa­lir.”

Jo­sé me­tió un gol en la pri­me­ra prác­ti­ca y lo ci­ta­ron pa­ra el día si­guien­te, don­de ju­gó con chi­cos de una ca­te­go­ría más gran­de y se des­pa­chó con otros cua­tro go­les. En aquel mo­men­to no lo de­ja­ron es­ca­par. Con los años se con­vir­tió, con 138 tan­tos, en el má­xi­mo go­lea­dor de las in­fe­rio­res de Ri­ver. To­da­vía na­die lo pa­só.

Pe­ro no le fue sen­ci­llo ha­cer­se un lu­gar. Con só­lo 15 años y ape­nas uno en Ri­ver, re­ci­bió la no­ti­cia de la muer­te de su pa­dre. A los 48 años y en só­lo cua­tro me­ses, Raúl mu­rió de cán­cer en los hue­sos. “A mi vie­jo lo ten­go muy pre­sen­te. To­do lo que soy se lo de­bo a él. Siem­pre fue un lu­cha­dor. Cuan­do no pu­do cum­plir su sue­ño de ju­gar en Pri­me­ra, vol­vió a Co­rrien­tes sin na­da, for­mó una fa­mi­lia y siem­pre nos tu­vo bien. Era ci­tri­cul­tor. Lo ex­tra­ño un mon­tón. Siem­pre me acom­pa­ñó. El hu­bie­ra dis­fru­ta­do mu­chí­si­mo mi pre­sen­te”, ase­gu­ra Jo­sé y mues­tra una ca­de­ni­ta do­ra­da con el nom­bre de su pa­pá.

Jo­sé es el ma­yor de tres her­ma­nos. Raúl, el del me­dio, vi­ve en el cam­po. Da­río, el me­nor, ata­ja en la re­ser­va de Ri­ver y te­nía 5 años cuan­do fa­lle­ció su pa­pá: “Es el que más fuer­te se hi­zo. A ve­ces veo que le fal­ta un apo­yo y yo ha­go de pa­dre, pe­ro no es lo mis­mo”. Aman­cia, la ma­má, es­tá des­de ha­ce cuatro años en pa­re­ja con Luis. Al prin­ci­pio, Jo­sé no que­ría sa­ber na­da con esa re­la­ción, pe­ro des­pués aflo­jó: “Ha­ce dos años acep­té có­mo ve­nía la ma­no. Un día  hi­ce un clic y me di cuen­ta de que así no po­día se­guir. Fue un gran ali­vio pa­ra ella. Se sin­tió más li­bre. Mi ma­má tie­ne de­re­cho a re­ha­cer su vi­da y ser fe­liz. Ade­más, el ti­po es pio­la, lo ban­co.”

La pri­ma­ria la hi­zo en la es­cue­la Her­ma­na de Be­lla Vis­ta, el pri­mer año de la se­cun­da­ria en la Es­cue­la Na­cio­nal de su pue­blo y des­pués si­guió en el Ins­ti­tu­to Ri­ver Pla­te, aun­que Jo­sé aban­do­nó en ter­cer año. “Era muy va­go, el úni­co que me po­nía lí­mi­tes era mi vie­jo”, con­fie­sa. En­ton­ces se pu­so a la­bu­rar en el Con­se­jo de Fút­bol y en el Dep­to. de So­cios de Ri­ver. Sa­ca­ba fo­tos y ha­cía car­nets. Di­ce que la pa­só bien.

Don­de no la pa­só tan bien fue cuan­do sal­tó a Pri­me­ra. Cre­yó que ha­ría tan­tos go­les co­mo en las in­fe­rio­res, pe­ro la rea­li­dad lo su­pe­ró. Apu­ra­do por de­bu­tar, de­ci­dió emi­grar a Co­lón en 1999. Te­nía só­lo 19 años. Allí con­vir­tió su pri­mer gol, pe­ro des­per­di­ció más si­tua­cio­nes de las que es­ta­ba acos­tum­bra­do. Lo me­jor que le pa­só fue ha­ber co­no­ci­do a Ju­lio To­re­sa­ni, Her­nán Díaz y al Pam­pa Biag­gio: “Me adop­ta­ron co­mo a un hi­jo. Vi­vía una se­ma­na en la ca­sa de ca­da uno”. Esas amis­ta­des le sal­va­rían la ca­rre­ra.

De Co­lón vol­vió a Ri­ver pe­ro es­tu­vo seis me­ses di­bu­ja­do en la re­ser­va. En ju­lio de 2000 se fue a prés­ta­mo a In­de­pen­dien­te Ri­va­da­via. De lo mal que le fue, ca­si lar­ga el fút­bol. Su ma­má lo pa­ró en se­co: “A Co­rrien­tes no ve­nís”. Se la aguan­tó me­dio año, pe­ro ju­ró no vol­ver nun­ca más: “Un pa­so atrás en mi ca­rre­ra. Me sa­lió to­do mal. Ju­gué pé­si­mo y no hi­ce go­les”. Per­dió con­fian­za y co­men­zó con los cues­tio­na­mien­tos. “Me pre­gun­ta­ba có­mo po­día errar­ go­les aba­jo del ar­co, có­mo no po­día de­fi­nir un ma­no a ma­no si ha­bía he­cho tan­tos go­les en las in­fe­rio­res de Ri­ver. No en­ten­día lo que me pa­sa­ba.”

El fu­tu­ro in­me­dia­to no fue mu­cho me­jor. Otra vez seis me­ses en Ri­ver (2001). Otra vez pin­ta­do al óleo. “El téc­ni­co de la re­ser­va era Ro­que Al­fa­ro. Yo le de­cía buen día y él ni me mi­ra­ba. Has­ta que un día me pu­so los úl­ti­mos cin­co mi­nu­tos con­tra Ar­gen­ti­nos y me­tí un gol. Des­pués ju­gué otros cin­co par­ti­dos y me­tí cin­co más”. El Gru­po Exx­cel se lo lle­vó a prés­ta­mo al Vi­to­ria, de Ba­hía, Bra­sil (2001-02). Fue ti­tu­lar y me­tió ocho go­les. Es­ta­ba me­jor de áni­mo, pe­ro ha­bía de­sa­pa­re­ci­do del ma­pa fut­bo­lís­ti­co. Re­gre­só pa­ra ju­gar en De­fen­so­res de Bel­gra­no, en la B Na­cio­nal (2002-03). En los pri­me­ros seis me­ses só­lo con­vir­tió dos go­les y, en la se­gun­da mi­tad, ano­tó ape­nas cin­co. El prés­ta­mo se ha­bía ven­ci­do. Su fu­tu­ro es­ta­ba ca­si li­qui­da­do. Sin em­bar­go, el pre­si­den­te de De­fen­so­res –Mau­ro Con­ti– les ro­gó a los di­ri­gen­tes de Ri­ver que se lo de­ja­ran seis me­ses más. La res­pues­ta fue la­pi­da­ria: “¿Pa­ra qué lo que­rés?” Al fi­nal, se lo die­ron. Y la con­fian­za dio sus fru­tos: Jo­sé me­tió 13 go­les. “Ri­ver me iba a de­jar li­bre en ju­nio de 2003, pe­ro Con­ti se la ju­gó por mí”.

 

Como buen correntino, Sand tiene en el mate a un compañero fiel.

Como buen correntino, Sand tiene en el mate a un compañero fiel.

En la lis­ta de per­so­nas que se la ju­ga­ron por él tam­bién fi­gu­ra Ma­ría Jo­sé, su es­po­sa. El asun­to es que con ella tu­vo que ha­cer más mé­ri­tos que en De­fen­so­res. Co­rren­ti­na, del pue­blo San­ta Lu­cía, la co­no­ció ha­ce diez años por in­ter­me­dio de Ro­cío, una pri­ma de Jo­sé. Pe­ro no fue amor a pri­me­ra vis­ta, por lo me­nos de par­te de ella. “Es feo, muy fla­qui­to, ore­jón, tie­ne la nuez pa­ra afue­ra y un jo­po ho­rri­ble”, le co­men­tó –sin su­ti­le­zas– Ma­ría Jo­sé a Ro­cío. A par­tir de ahí, Jo­sé tu­vo que re­mar en el Ria­chue­lo pa­ra con­quis­tar­la. Tiem­po des­pués, los tres se cru­za­ron en Bue­nos Ai­res. Ro­cío le di­jo a su pri­mo que se iba a en­con­trar con ella y Jo­sé ca­yó de “sor­pre­sa” en el lu­gar acor­da­do. Al fi­nal, cam­bia­ron te­lé­fo­nos, sa­lie­ron un par de ve­ces y co­men­zó la re­la­ción. Eso sí, el jo­po ya no exis­te.

Leo­ As­tra­da asu­mió co­mo téc­ni­co mi­llo­na­rio en ene­ro de 2004. Y Her­nán Díaz, uno de sus “pa­pás pos­ti­zos”, lo lla­mó pa­ra vol­ver. Jo­sé an­du­vo muy bien en los tor­neos de ve­ra­no y se que­dó. Con 23 años to­da­vía no ha­bía de­bu­ta­do ofi­cial­men­te en la Pri­me­ra de Ri­ver. Ja­más pen­só que re­gre­sa­ría al club que le dio to­do de chi­co. Sa­lió cam­peón del Clau­su­ra 04 y con­vir­tió 6 go­les, ape­nas tres me­nos que Fer­nan­do Ca­ve­nag­hi, la fi­gu­ra del plan­tel. La ma­no co­men­zó a cam­biar y has­ta le hi­cie­ron un ju­go­so con­tra­to de dos años. Sin em­bar­go, re­ci­bió un lla­ma­do del Ga­ti­to Leeb, téc­ni­co de Ban­field, que le pro­me­tió ju­gar to­dos los par­ti­dos de la tem­po­ra­da.  Y en ju­nio de 2005 se fue al Ta­la­dro.

Des­pués de un buen año en Ban­field apa­re­ció la chan­ce de re­gre­sar a Co­lón. “Te­nía ga­nas de vol­ver al club que me hi­zo de­bu­tar en Pri­me­ra. Ade­más, es­ta­ba mi ami­go To­re­sa­ni”. Pe­ro los pro­ble­mas no tar­da­ron en lle­gar. El Hue­vo fue des­pe­di­do por los ma­los re­sul­ta­dos y lle­gó Fal­cio­ni. La ma­la on­da fue tre­men­da. Jo­sé ju­gó po­co y na­da. Pe­ro eso no fue lo peor. En San­ta Fe su­frió la muer­te de Mi­la­gros.

Du­ran­te el em­ba­ra­zo los mé­di­cos de­tec­ta­ron unos quis­tes en el cor­dón um­bi­li­cal que no de­ja­ban que la be­bé se ali­men­ta­ra con nor­ma­li­dad. Mi­la­gros (que en prin­ci­pio se iba a lla­mar Mo­ra) na­ció el jue­ves 8 de mar­zo, tal co­mo es­ta­ba pro­gra­ma­do. Pe­sa­ba só­lo 700 gra­mos. “Es­tá en ma­nos de Dios”, les di­jo el doc­tor. Con el per­mi­so de su mu­jer, Jo­sé via­jó con el plan­tel a Men­do­za pa­ra ju­gar an­te Go­doy Cruz. El sá­ba­do lo lla­ma­ron pa­ra dar­le la peor no­ti­cia. Ló­gi­co, los días si­guien­tes fue­ron terribles. No le fue fá­cil con­cen­trar­se en el tra­ba­jo y con­te­ner a su es­po­sa. To­do era do­lor. Pe­ro al­go cam­bió, ca­si mi­la­gro­sa­men­te. Fal­cio­ni se fue de Co­lón: “Gra­cias a Dios se tu­vo que ir. Des­pués vi­nie­ron co­sas bue­nas”. Y asu­mió Leo As­tra­da; con Her­nán Díaz, cla­ro. El rum­bo co­men­zó a to­mar otro co­lor: “Leo y Her­nán me die­ron to­da su con­fian­za, vol­ví a ju­gar y a me­ter go­les. Cuan­do ter­mi­nó el cam­peo­na­to, La­nús le com­pró mi pa­se a Ri­ver. Fue una ben­di­ción”.

Jo­sé afir­ma que es “me­dio ren­co­ro­so”, que no se ol­vi­da de las per­so­nas “que no con­fia­ron en mí” y que siem­pre bus­ca “mo­ti­va­ción en la re­van­cha pa­ra me­jo­rar”. Tam­bién ase­gu­ra que el pe­rio­dis­mo “nun­ca me tra­tó muy bien”. Y tam­po­co de­ja pa­sar el te­ma Ri­ver y sus hin­chas: “Es­tá a la vis­ta que en el club se equi­vo­ca­ron con­mi­go. La gen­te tie­ne que sa­ber que con con­ti­nui­dad soy otra co­sa. Con un po­co más de pro­ta­go­nis­mo soy otra cla­se de ju­ga­dor. En Ri­ver nun­ca me va­lo­ra­ron. Aun­que siem­pre sue­ño con vol­ver, creo que es di­fí­cil. Se­ría un cos­to po­lí­ti­co muy al­to pa­ra los di­ri­gen­tes”. Y no encuentra explicación de por qué lo in­sul­ta­ron cuando fue con La­nús al Mo­nu­men­tal: “Pue­de ser que por los  pro­ble­mas que tie­ne el club al­gu­nos cai­ga­mos en la vol­tea­da y re­ci­ba­mos los in­sul­tos de la gen­te. Pe­ro, ¿qué cul­pa ten­go yo? ¿Qué cul­pa ten­go de los qui­lom­bos di­ri­gen­cia­les?”

Y así co­mo La­nús fue una ben­di­ción en su ca­mi­no pro­fe­sio­nal des­pués de tan­to pe­lear­la tam­bién sa­be que la vi­da le tie­ne pre­pa­ra­da bue­nas no­ti­cias. Hom­bre de fe, de­vo­to del Gau­chi­to Gil, con­fía que muy pron­to al­can­za­rá el sue­ño de ser pa­dre y for­mar una fa­mi­lia co­mo su­pie­ron ha­cer sus vie­jos: “Mi mu­jer se es­tá ha­cien­do es­tu­dios pa­ra bus­car otro be­bé. So­mos jó­ve­nes y ten­go mu­cha fe. Yo sé que Dios nos va a dar otra re­van­cha, co­mo siem­pre. Soy un lu­cha­dor y no pien­so aflo­jar. Siem­pre pon­go el pe­cho y sal­go ade­lan­te. Siem­pre.”

 

Un burrero de verdad

A José le fascinan los ca­ba­llos. Siem­pre se ha­ce una es­ca­pa­di­ta a los hi­pó­dro­mos de Pa­ler­mo y San Isi­dro. Y en su cam­po co­rren­ti­no de 70 hec­tá­reas tie­ne, des­de ha­ce cuatro años, un stud llamado Le­nin Se­real, co­mo su abue­lo ma­ter­no. Sus ca­ba­llos (tie­ne 6, pe­ro 3 no de­bu­ta­ron) co­rren cua­dre­ras (en­tre 300 y 500 me­tros) en Be­lla Vis­ta, pe­ro tam­bién por el res­to de la pro­vin­cia, San­ta Fe y En­tre Ríos. Su pri­mer ejem­plar, Jo­se­li­to, ga­nó 9 ca­rre­ras. Era su pre­fe­ri­do, pe­ro ya lo ven­dió. Aho­ra tie­ne otra buena: Ya­lu­ci­ta, que ga­nó 6 de 12. Ade­más, Jo­sé tie­ne ami­gos del am­bien­te. To­dos los jue­ves se jun­ta a co­mer asa­dos (fa­mi­lias in­clui­das) con los joc­keys Ju­lio Cé­sar Mén­dez y Juan No­rie­ga, con el cui­da­dor Wál­ter Suá­rez y con el of­tal­mó­lo­go Juan Ro­que.

 

 

Por Maximiliano Nobili (2007).

Fotos: Emiliano Lasalvia.

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