¡Habla memoria!

1995. ¡Viva el básquetbol!

Por Redacción EG · 08 de agosto de 2019

Argentina entró en la historia panamericana al lograr la medalla dorada por primera vez. Venció 90-86 a Estados Unidos y fue un indiscutido campeón.

Déjeme que le cuente este momento histórico, que le confiese con lágrimas en los ojos que la Selección Nacional de básquetbol ha logrado su conquista más importante desde el Campeonato Mundial conseguido en 1950. Déjeme decirle que estoy parado, tengo las manos apoyadas sobre mi pupitre -el número 24 de la primera fila de este hermoso Polideportivo, el estadio soñado durante tantos años- y un nudo de emoción en la garganta. Allá arriba, el tablero electrónico dibuja un resultado inolvidable: Argentina 90, Estados Unidos de América 86. Allá abajo, estos chicos -algunos no tan pibes- son puro canto y festejo bajo una lluvia de agua mineral y champagne.

Déjeme que le transmita la felicidad que los envuelve, que Marcelo Milanesio está enloquecido y festeja este título como si fuera el primero, que Diego Ossela y Esteban De la Fuente no pueden separarse porque están aferrados en un abrazo, que Fabricio Oberto y Diego Maggi -dos generaciones unidas- muestran hombro a hombro y a puro grito la ansiada medalla de oro, que todos han desatado el carnaval marplatense.

Fue un partido durísimo. Luis Emilio Villar busca con todo el rebote ante el estadounidense Erik Martin, cuando Brian Davis no consigue frenarlo desde atrás. Esteban De la Fuente espera abajo.

Fue un partido durísimo. Luis Emilio Villar busca con todo el rebote ante el estadounidense Erik Martin, cuando Brian Davis no consigue frenarlo desde atrás. Esteban De la Fuente espera abajo.

Déjeme decirle que somos campeones panamericanos por primera vez...

Para llegar al partido final con Estados Unidos hubo que recorrer un camino cargado de historias...

El programa había dispuesto que Argentina debía abrir la etapa clasificatoria enfrentando a los norteamericanos, equipo que esta vez estaba integrado por jugadores de la Continental Basketball Association (CBA), esa segunda Liga profesional que la mayoría de los basquetbolistas utiliza como sala de espera para incursionar por primera vez o retornar al fantástico mundo de la NBA. Algo estaba claro, entonces: los norteamericanos no presentaban un Dream Team, pero sí contaban en el plantel con seis jugadores con experiencia en la NBA.

Si algo necesitó la Selección Nacional para conmocionar al público fue ese triunfo inicial sobre Estados Unidos: lo consiguió faltando apenas 1 segundo y 3 décimas, cuando Diego Ossela anotó un doble y estampó el increíble 68-67, que se convertiría en el quinto triunfo argentino sobre los norteamericanos en toda la historia.

Luego vendrían tres victorias trabajosas sobre Uruguay (83-81), México (90-80) y Puerto Rico (87-86): el equipo no aparecía, pero le alcanzaba para ganar con la entrega que exhibía en los instantes finales de cada juego.

Una de las claves estaba alojada en lo más íntimo de este grupo de jugadores: siempre se mostraron unidos, adentro -cuando las cosas no salían y la garra tapaba varias falencias- y afuera, como ocurrió el 20 de febrero, fecha en la que todos los integrantes de la Selección exigieron seriedad y, como no hubo respuestas, no concurrieron a la concentración planificada por el entrenador Guillermo Edgardo Vecchio que iba a realizarse en Mar del Plata.

Esa ausencia tuvo una causa fundamental: no era el dinero, sino la implementación de un Reglamento de Selecciones Nacionales aprobado, pero que nunca había sido puesto en ejecución. A los jugadores simplemente les interesaba jerarquizar la Selección.

Diego Marcelo Ossela, dominante en la final, como en todo el torneo. Lo suyo fue espectacular.

Diego Marcelo Ossela, dominante en la final, como en todo el torneo. Lo suyo fue espectacular.

De pronto, Argentina explotó. La victoria aplastante por 95-75 sobre Brasil produjo un shock en el equipo. Fue apoteótico. Se había jugado el mejor partido del torneo con una defensa en la que todos ayudaban y defendían con una agresividad conmovedora.

El equipo argentino ya había definido a sus tres hombres fundamentales... Quedó claro que cuando Marcelo Milanesio alcanzó su mejor nivel, se jugó muy bien: impuso su traslado creativo, amenazó con sus triples decisivos y manejó siempre la posibilidad de la asistencia imposible. Ary Ventura  Vidal, el entrenador brasileño, lo confesó después de enfrentarlo, al tiempo que señalaba a Marcelo: "Existen pocos en el mundo como éste..." Ary lo vivió en carne propia: su equipo no había contado con un armador de la dimensión del cordobés.

El segundo nombre: Diego Ossela. ¿Un base y un pivote? Por ahí pasa la clave del básquetbol. La mayoría de los jugadores altos de los otros equipos chocaron con el mismo problema: su gran movilidad, virtud que le sirvió para poner bloqueos y estar siempre bien ubicado para el rebote. El mejor Ossela que conocimos hasta hoy.

El tercero: Juan Alberto Espil. El "Batistuta del básquetbol", goleador del campeonato con 20,4 de promedio. El triple mortal. ¿Qué rival se puede quedar tranquilo con las dos ametralladoras -porque a Espil lo acompañó Esteban Pérez- prontas a disparar y jugando al mismo tiempo? Así también se le ganó a Uruguay en la semifinal por 90-74.

Tres nombres, realidades concretas. Pero hubo más y tiene que ver con el futuro. Hoy, este equipo es el resultado de un tesoro invalorable: la Liga Nacional. Su competitividad permite vivirlo. Y hay un mañana: podría simbolizarse en el nombre de Fabricio Raúl Jesús Oberto, la aparición más explosiva desde Marcelo Nicola hasta aquí. De Las Varillas, Córdoba, sólo 20 años y... 12,07 de básquetbol en estado puro.

 

La felicidad y las medallas doradas en el pecho.

La felicidad y las medallas doradas en el pecho.

 

Estoy parado, el Polideportivo -desbordante con siete mil espectadores hasta convertirse en una caldera- parece estremecerse... Déjeme contarle que a Mike Thibault -44 años, el entrenador de Estados Unidos- le preocupaba demasiado nuestra Selección y en especial... "¿Juega Espil? ¿Me pueden decir si juega Espil?", le preguntó a Chiche Gornatti, el analista de ATC, el domingo 19, minutos antes de que ambos Seleccionados se enfrentasen por primera vez. Las dudas aparecían porque el tirador bahiense había sufrido un esguince en el tobillo izquierdo.

En realidad, el temor del coach venía desde antes: en el Torneo de las Américas realizado en San Juan de Puerto Rico, en 1993, Espil resultó la figura del campeonato. Ahora, durante el primer tiempo, Juan tampoco tuvo piedad: lo defendieron Robinson, Thomas, Gay y Weems sucesivamente, pero ninguno logró atraparlo y el goleador les convirtió 16 puntos.

 

La celebración se hizo extensiva hasta el vestuario.

La celebración se hizo extensiva hasta el vestuario.

 

Déjeme confesarle que pensé que perdíamos el partido. Cuando faltaban 13m 10s para el final, Argentina había sacado una ventaja de 13 puntos (76-63). Pero en 6m 41s, Estados Unidos pasó al frente por uno (77-76). ¿Qué ocurrió? Ossela había cometido su cuarta falta y en ese período los norteamericanos colocaron un parcial estremecedor: i14-0! Fue el momento en que el público entendió que había que poner en funcionamiento el efecto ¨¡olé-olé-olá / soy de Argentina / es un sentimiento / no puedo paraaaar!¨ La fórmula no había fallado con el vóleibol y el hóckey sobre césped. Así ocurrió, con los corazones palpitando a mil, con Esteban De la Fuente penetrando y ganando en el uno contra uno y con Diego Ossela -de nuevo en la cancha- jugándose en cada rebote como un león, hasta convertirse en el mejor jugador del torneo.

A las 00.01 ya del domingo 26 de marzo de 1995, el cronómetro dijo basta. Déjeme decirle que, de repente, me quedé solo y que una bocanada de aire frío me recibió al salir del estadio. Paré un taxi, me subí y por fin me sentí tranquilo. Sólo pensé en una cosa, un deseo: que este triunfo sirva para darle otro empujoncito al crecimiento del básquetbol argentino.

Amén (que así sea).

El camino de Argentina y los campeones Panamericanos hasta ese momento.

El camino de Argentina y los campeones Panamericanos hasta ese momento.

 

Por GUILLERMO GORROÑO (1995).

Fotos: NORBERTO MOSTEIRIN, EDUARDO BISCAYART y DANIEL MUÑOZ.

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